MARTES DE LA SEMANA 30ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

1.- Rm 8, 18-25

1-1.

Ver DOMINGO 15A


1-2.

-Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables a la gloria que se ha de manifestar pronto en nosotros.

La «filiación» divina, la maravillosa "adopción de amor" de la que somos objeto no suprime todo sufrimiento en este mundo.

Lo mismo que los que no creen, estamos sometidos a toda clase de pruebas. Pero estas pruebas tienen un «sentido»: sabemos que terminarán con la «gloria que se ha de manifestar» .

-La creación desea vivamente la revelación de los "hijos de Dios".

El mundo está en tensión hacia... Avanza hacia... Tiene un sentido... Espera... «Desea»... Y no se trata de una «espera pasiva»: el hombre tiene un papel en la creación, el de expresar esta «aspiración profunda» y trabajar para que ésta llegue a término.

Hacer que avance esta «revelación de los hijos de Dios».

Hacer que progresen los hombres en esta dignidad y esa conciencia de ser "hijos de Dios". Hacer que progresen los hombres en la correspondencia de su vida a esa dignidad de «hijos de Dios».

¡Verdaderamente, Señor, todo hombre es tu hijo! ¡Verdad es que nos amas hasta tal punto! Si lo creyera yo de veras ¿no cambiaría completamente mi vida?

-La creación fue sometida al poder de la nada...

Expresión sorprendente.

La creación «sometida a la vanidad», como decían antaño... «sometida al vacío, al sin sentido, al no-ser»... «sometida a la nada»...

Es preciso experimentar ese vértigo del hombre-sin-Dios para comprender mejor lo que sigue.

-Sin embargo ha conservado la esperanza: será liberada de la esclavitud, de la degradación inevitable, para conocer, ella también, la libertad, la gloria de los «hijos de Dios».

CREACION/HIJA-D: La creación, como el hombre, es «hija de Dios, salida de su amor, querida por Dios, concebida por Dios, amorosamente amada por Dios, paternalmente envuelta por los cuidados de Dios». «¡Ser hijo de Dios!»

Trato de evocar en mi corazón y en mi experiencia humana, lo que esto puede significar ya en el caso de la paternidad o maternidad humana. «¡Ser tu hijo, Señor!»

- vivir contigo, en tu casa, junto a Ti.

- recibir de Ti la vida y múltiples cuidados...

- heredar de todos los bienes divinos, alegría, amor, eternidad, felicidad infinita... Gracias. Gracias.

-La creación entera gime, pasa por los dolores de parto que duran todavía.

Es una expresión bíblica corriente. Jesús la utilizó ya.

Concepción extremosamente realista del universo. No hay que taparse los ojos. El universo y la humanidad no permanecen en un estado de fácil euforia: sufrimientos, gritos, injusticias, desgracias, enfermedades, opresiones, pecados, muerte. Pues bien, todo esto no es, para Dios un «sufrimiento de agonía»... ¡que termina en la muerte! es «sufrimiento de parto»... ¡que lleva a la vida!

-Hemos recibido las primicias del Espíritu Santo, pero esperamos nuestra adopción y la liberación de nuestro cuerpo.

Pues hemos sido salvados, pero en esperanza... pero esperar lo que no vemos es esperar con perseverancia.

Optimismo fundamental, apoyado no sobre una observación científica del cosmos ni sobre una reflexión filosófica que busca el sentido del futuro del mundo... sino sobre la Fe y la Esperanza.

No hay aquí un desprecio de las ciencias ni de la filosofía, sino la afirmación de la Fe: la esperanza es una «superación» del mundo visible verificable... un punto de apoyo en Dios solo. «Esperamos nuestra adopción definitiva».

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 358 s.


2.- Ef 5, 21-33

2-1.

Ver DOMINGO 21B


2-2. MATRIMONIO/SAN-PABLO:

Este pasaje está sacado de un contexto en el que el apóstol describe la vida nueva "en Cristo". La ha presentado actuando en la vida moral propia- mente dicha (Ef 4, 17; 5, 20); ahora la presenta en algunas instituciones: el hogar conyugal (Ef 5, 21-23), la familia (Ef 6, 1-4), las relaciones sociales (Ef 6, 5-9). Es, pues, normal que Pablo piense en el matrimonio "en el amor de Cristo" y que diga a los esposos cristianos que cuando se aman realmente son portadores del amor de Cristo. El cristiano se convierte, en efecto, en signo de ese amor de los hermanos y de Dios, perfectamente realizado por Cristo, y cada uno de los miembros de su Cuerpo debe, a su vez, poner en práctica (v. 30).

No siempre será fácil dar este sentido al amor, y muchas veces habrá que acudir expresamente al recuerdo y al Espíritu de Cristo para ser capaz de llevar el amor hasta el extremo que El lo llevó (vv. 25-28). Los esposos, además, son invitados a continuar, en su estado propio, el misterio realizado por Cristo en su Iglesia.

a) Para Pablo, el matrimonio cristiano representa más exactamente el amor de Cristo y de la Iglesia.

La imagen de las bodas de Dios y de su pueblo evoca, por otra parte, una realidad muy profunda: la forma de amor de Dios hacia los hombres, un amor con tendencia a la comunión. No hay en él nada que se parezca a las hierogamias gnósticas en las que no juega prácticamente el amor. Si San Pablo pasa de la imagen de las bodas de Dios y de Israel a la de las bodas de Cristo y de la Iglesia, lo hace para subrayar que es en Cristo en quien alcanza su plenitud el amor unificante de Dios hacia la Humanidad, una plenitud decisiva para la historia del mundo. Podemos seguir el desarrollo del pensamiento de Pablo. En una primera etapa sitúa el matrimonio "en Cristo", que es para él una realidad concreta de la que tenemos que participar. En una segunda etapa hace referencia a los esponsales de Cristo y de la Iglesia para calificar el tipo de amor que debe animar las uniones cristianas.

Todo sucede como si la pequeña célula eclesial constituida por el hogar cristiano tuviera que dejarse condicionar por el amor de Cristo y de la Iglesia universal.

b) Esta asociación del hogar cristiano con los esponsales de Cristo y de la iglesia se realiza concretamente por medio del bautismo. En el acto de amor de Cristo en su muerte redentora (v.25) es donde se realiza de hecho su unión con la Iglesia, y la realidad del bautismo, al hacernos miembros de Cristo (v. 30), es el acceso concreto al misterio de Cristo y de la Iglesia.

La palabra que acompaña al rito bautismal (v. 26) no es otra cosa que la Palabra de Dios, puesta de manifiesto en ese acontecimiento que es Cristo, y la que, en el kerigma y la catequesis, proclama ese acontecimiento. La adhesión de la fe al suceso pascual de Cristo asocia automáticamente al fiel a la obra de amor de Cristo hacia su Iglesia, que es el "gran misterio" (v. 32) del plan salvífico de Dios respecto a todos los hombres.

c) Pero San Pablo lleva muy lejos la comparación de la célula conyugal con las bodas de Cristo y la Iglesia, asignando dentro del hogar menesteres característicos de los esponsales Cristo-Iglesia. Así es como, de manera particular, asigna al marido la prerrogativa de Cristo-Cabeza, confundiendo la misión simbólica del Cristo-Cabeza (Ef 1, 18-20; 2, 19; Col 2, 10) y el título jurídico de cabeza atribuido al marido.

En este momento Pablo se expone a llevar demasiado lejos el pensamiento de sus lectores. Si es cierto que el amor de una pareja cristiana es el signo del amor de Dios (evocado en la imagen de las bodas de Cristo y de la Iglesia), eso no quiere decir, que, partiendo de una simple imagen (los esponsales de Cristo y la Iglesia), haya que imponer a la pareja cristiana obligaciones particulares como si el marido fuera el único habilitado para desempeñar el papel de Cristo (mediador, cabeza:cf. v. 23; cf. 1 Cor 11, 3) y la mujer la única habilitada para representar a la Iglesia (aceptación, receptividad: cf. v. 27).

Una imagen, por hermosa que sea, no puede tener repercusiones tan concretas en la diversificación de las funciones. Lo que tiene que repetirse en el amor conyugal es el amor que circula entre Cristo y la Iglesia y no las funciones evocadas por la imagen de las bodas de Cristo y la Iglesia.

En este terreno Pablo está demasiado influenciado por su judaísmo y por el marco jurídico de la familia que él conoce como para admitir que la esposa pueda ejercer ciertas funciones de mediación respecto a su esposo y, por tanto, ser la figura de Cristo, y que el esposo pueda también ser aceptación y receptabilidad, a la manera de la Iglesia.

El deseo de Pablo de encontrar el amor de Cristo para con la Humanidad en el amor de los esposos cristianos está perfectamente justificado: eso mismo es lo que constituye el contenido del sacramento. Pero el apóstol vivió en un tiempo en que todas las mediaciones del hogar pasaban por el hombre. Y Pablo ha diferenciado, naturalmente, en la situación cristiana, un papel de mediador específico del esposo, figura de Cristo, y una función de receptividad propia de la esposa, figura de la Iglesia.

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUÍA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VIII
MAROVA MADRID 1969.Pág 191


2-3. MATRIMONIO/BODA 

Este pasaje, hoy bastante denigrado (muchos prefieren leer en las ceremonias litúrgicas del matrimonio "El Profeta" de K. Gibran), es, sin embargo, uno de los mejores textos sobre la Iglesia y el matrimonio cristiano. Partiendo de una situación concreta, común en aquella época -la autoridad incondicional del padre de familia-, Pablo renueva profundamente la visión de la pareja humana. Para él, esta autoridad es, ante todo, una autoridad de servicio: el marido tiene que amar a su mujer como a su propio cuerpo, un cuerpo al que da alimento y presta atención, como lo hace Cristo con la Iglesia.

La unión del hombre y la mujer, unión hecha de ternura y de amor, es el sacramento de la unión de Cristo y la Iglesia. Ya el profeta Oseas había visto en el sentimiento tan profundo que tenía por su mujer, a pesar de su infidelidad, un reflejo del amor de Dios a la humanidad; así el matrimonio, con sus alegrías y sus penas, con su parte de traiciones y de perdones, estaba destinado a convertirse en el símbolo más puro de la alianza eterna que Dios había establecido con los hombres.

Vuelto por completo hacia el misterio de la cruz, Pablo medita en la Iglesia. La Iglesia ha nacido del sacrificio supremo de Cristo, de su exceso de amor. En efecto, no han sido los amigos los que han conducido hasta Cristo a la Iglesia bañada y engalanada, según la costumbre oriental, sino que ha sido el propio Cristo quien ha lavado a su esposa en el baño del bautismo para presentársela a sí mismo "sin arruga ni nada semejante". La esposa de la juventud.

DIOS CADA DIA
SIGUIENDO EL LECCIONARIO FERIAL
SEMANAS XXII-XXXIV T.O. EVANG.DE LUCAS
SAL TERRAE/SANTANDER 1990.Pág. 344


2-4.

Leeremos hoy una página célebre que se leía en todas las misas de bodas y que suele irritar hoy a las mujeres.

Digamos de entrada que san Pablo se encontraba ante una situación de la mujer muy distinta a la nuestra: es evidente que la mujer se encontraba entonces en una situación de inferioridad. Apoyándose en esa dependencia legal de la mujer respecto a su marido, Pablo sugiere que la Iglesia depende enteramente de Cristo.

Si no queremos que el texto nos choque, inútilmente, y a la vez queremos hacer del mismo una lectura fructuosa, la actitud adecuada consiste:

1º en tomar en sentido estricto todo lo que Pablo dice de Cristo y de la Iglesia.

2º en conjugar en los dos sentidos todo lo que se dice de la pareja. En la civilización de hoy se está todavía lejos de haber realizado la reciprocidad perfecta, pero se tiende hacia este ideal.

1º Cristo e Iglesia.

-Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo.

La Iglesia se somete a Cristo.

Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin mancha, ni arruga, ni defecto alguno... La quería santa e inmaculada.

Cristo cuida con cariño a la Iglesia porque somos miembros de su Cuerpo.

En estas frases hay dos imágenes entrelazadas: La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, la Iglesia es la Esposa de Cristo.

Cuerpo de Cristo, estamos en unión vital con Jesús. La Iglesia es Jesucristo. Los cristianos son Jesucristo en el mundo. Estamos ante una imagen de inmensa belleza y rica en consecuencias. Pero esta imagen, por sí sola, tendría el inconveniente de no marcar bastante la diferencia entre la Iglesia y Cristo. Pablo matiza pues su pensamiento diciendo primero que Cristo es «la Cabeza» de ese Cuerpo. No somos «Cristo» por nosotros mismos, sino porque lo recibimos todo de la cabeza.

Esposa de Cristo. Esta segunda imagen tiene un sentido análogo: se trata siempre de una unión íntima... pero de una relación entre dos personas distintas. Conviene meditar esta hermosa imagen: ¡Cristo se ha desposado con su Iglesia! se ha vinculado a ella, ha hecho causa común con ella, y nunca se separará de ella... porque la ama. Ha «entregado» su vida por ella, ¡ha muerto por ella para embellecerla! ¡La quiere santa e inmaculada! ¡Cuida de ella! Cristo y la Iglesia son sólo uno, se dan totalmente el uno al otro, para dar a luz al mundo nuevo. Apoyándose en el estado social de la época -lo repetimos de nuevo adrede- Pablo insiste en la sumisión de la Iglesia a Cristo, porque el "esposo es la cabeza".

2º La pareja: marido y mujer.

-El hombre se unirá a su mujer y los dos serán uno solo: este misterio es grande... Lo digo pensando en Cristo y en la Iglesia.

Está claro que Pablo habla de Cristo y de la Iglesia, pero habla también a los esposos.

Les da a Cristo y a la Iglesia como modelo. No existe modelo más alto: la relación conyugal y la sexualidad en la pareja, son promovidos a nivel de «sacramento», de signo de gracia, de vía de santidad. Para evitar toda irritación inútil a las parejas «modernas» y a los encarnizados defensores de la promoción femenina bastaría releer estos textos, pensando que en una pareja, desde el punto de vista esencial no se reparten los papeles en dirección única: marido y mujer han de ser fuente de gracia, y de santidad, el uno para el otro.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 358 s.


3.- Lc 13, 18-21

3-1.

Se trata de un extracto del discurso en parábolas del Señor acerca del reino de Dios. Igual que Mt 13, 31-33, Lucas aporta dos parábolas que presentan un marcado paralelismo: la parábola del grano de mostaza y la de la levadura.

a) Esta función permite comprender la perspectiva en que se sitúan los evangelistas: quieren subrayar claramente que el signo de Dios crece en extensión (el grano de mostaza sobre el que vienen a anidar los pájaros) y en intensidad (la levadura en la masa).

b) Las parábolas, sin embargo, no se fijan en el crecimiento, sino sobre todo en el estadio final: el árbol que cobija las aves y la masa fermentada, que es lo que les da un valor escatológico.

La abundancia escatológica se manifiesta en lo exagerado de ciertos aspectos: el mostacero no puede llegar a ser un árbol grande, ni ninguna mujer puede llegar a amasar tres medidas de harina. Además, el árbol es una imagen clásica (Dan 4; Ez 17, 22-24; 31, 3-9) de un reinado que ha llegado a su apoteosis.

c) Tal vez las dos parábolas sirven para animar al pequeño rebaño que rodea a Cristo: lo caduco de sus medios no es una razón para que el signo de Dios no pueda ser inaugurado.

San Lucas, como, por otra parte, los demás evangelistas y San Pablo, se admira cuando describe las riquezas de las que participan los cristianos o cuando evoca el poder de los que participan los cristianos o cuando evoca el poder del Espíritu que actúa en las comunidades cristianas o en la acción evangelizadora. Los primeros cristianos tienen conciencia de ser hombres colmados de toda suerte de bendiciones.

Pero es necesario examinar cuidadosamente de qué naturaleza es esta abundancia mesiánica. La saciedad que produce no tiene nada que ver con la satisfacción de los ricos; antes bien, es fuente de responsabilidad, es una riqueza que se ofrece a hombres libres, llamados a ajustarse a ella apoyándose en Jesucristo. La abundancia del Reino es un don totalmente gratuito de Dios; pero no se puede recibir sin hacer nada. Exige una tarea que hay que cumplir y se realiza en un proceso de crecimiento. Decir que participamos de la abundancia es afirmar que todo se cumplió en Jesucristo resucitado, pero al mismo tiempo es afirmar que todo está por cumplir. El Reino escatológico es una obra por hacer, un edificio por construir, un proyecto de catolicidad que se ha de realizar progresivamente.

Además, el dogma fundamental de este crecimiento en y hacia la abundancia es, paradójicamente, una ley de pobreza. San Pablo es el primero en insistir en el contraste entre la riqueza que posee y la pobreza que se le ofrece. El Cuerpo de Cristo crece mediante nuestra debilidad y, a veces, bajo las apariencias del fracaso.

De todas formas lo esencial de esta obra es invisible para nuestros ojos. El proyecto de catolicidad se realiza bajo el signo de la "semilla" y de la "levadura". El verdadero crecimiento no se ve. Si se mira externamente el crecimiento de la Iglesia, el hombre puede concluir que es un fracaso. Pero el verdadero fracaso sería que la Iglesia reaccionara como una potencia de este mundo y que la eficacia con la que sueñan los cristianos tomara las normas y recursos de este mundo.

Finalmente, la abundancia del Reino y el crecimiento activo que suscita constituye la fuente última de un crecimiento de valores humanos conforme al Evangelio. Aquí abajo hay una "abundancia" real que merece la pena ser buscada por el hombre: la fraternidad entre los hombres. La conquista de toda otra riqueza debe estar subordinada a la búsqueda de esta paz.

MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUÍA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VIII
MAROVA MADRID 1969.Pág 193


3-2.

-Jesús decía "¿A qué se parece el reino de Dios? ¿Con qué lo compararé?" Jesús era muy consciente que el Reino de Dios es un "reino escondido". "Mi Reino no es de este mundo..." Incluso para hablar de él, es preciso buscar comparaciones y proceder por alusiones. Antes de abordar esas "comparaciones" recordemos algunas fórmulas empleadas por Jesús y citadas por san Lucas:

- "Debo anunciar la "buena nueva" del Reino de Dios" Lucas 4,43

- "Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios". Lucas 6, 20

- "El más pequeño en el Reino de Dios es mayor que Juan Bautista". Lucas 7, 28

- "A vosotros es dado conocer los misterios del Reino de Dios". Lucas 8, 10

- "Jesús envió a los Doce a proclamar el Reino de Dios". Lucas 9, 2

- "El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios". Lucas 9, 62

- "El Reino de Dios está cerca". Lucas 10, 9-11

- "Padre, venga a nosotros tu Reino". Lucas 11, 2

- "Buscad el Reino de Dios, y eso se os dará por añadidura".Lucas 12, 31

- "El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Sabedlo, ya está entre vosotros el Reino de Dios". Lucas 17. 21

- "Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios". Lucas 14, 15

- "Los niños, y de los que son como éstos es el Reino". Lucas 18, 16

- "Es mas difícil a un rico entrar en el Reino de Dios". Lucas 18,25

- "Nadie que haya dejado casa, mujer... por el Reino de Dios, quedará sin recibir el céntuplo". Lucas 18, 29

- "Jesús, acuérdate de mí cuando vayas a tu Reino". Lucas 23, 42

-El reino se parece al grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta. Creció; se hizo un árbol.

El Reino de Dios, es pues un "crecimiento"... algo que "brota"; ese crecimiento es incoercible: no se puede parar porque es la potencia misma de la vida.

¿Me imagino yo quizá el Reino de Dios como algo acabado estático? o bien, ¿creo que, efectivamente, la obra de Dios crece "a la manera" de un árbol vivo? ¿Es ésta mi visión de la Iglesia? Mi vida espiritual, ¿está en expansión, o en regresión? ¿Dios reina siempre más y más en mí? ¿Qué voy a hacer para que el Reino de Dios crezca, en el día de hoy? La vista no ve crecer un árbol: su crecimiento es imperceptible; de tal manera que todos los días podemos pasar junto a un árbol sin notar que está creciendo. El Reino de Dios crece, sin que muchos se den cuenta de ello. Sólo la Fe nos abre a ese reconocimiento.

-El reino se parece a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que toda la pasta acabó por fermentar.

Esta comparación tiene también en cuenta la potencia de transformación del fermento vivo y su invisibilidad: los comienzos son modestos e ínfimos, pero el resultado final es sorprendente.

Cada ama de casa cocía el pan cada mañana. La víspera por la tarde preparaba la pasta; agua, un puñado de levadura todo mezclado con unos treinta Kgs. de harina... Durante la noche la mezcla "fermentaba" y a la mañana estaba a punto de ser metida en el horno.

Así es de potente la acción de Dios: pero se ve poco...

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 250 s.


3-3.

1. (Año I) Romanos 8,18-25

a) Ayer nos decía Pablo que el Espíritu nos hace ser hijos. Pero hoy nos presenta una perspectiva todavía más optimista: nuestra filiación está destinada a una plenitud mucho mayor de la que podríamos imaginar.

No sólo nosotros, sino toda la creación, está en una actitud de esperanza gozosa. Según el Apóstol, el cosmos está en gestación, en estado de buena esperanza, preñado de vida. Y cuando dé a luz nosotros seremos hijos en un sentido más pleno: "está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios", "para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios". Porque ahora gemimos, "como con dolores de parto", "aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo".

b) La imagen de la Iglesia, de la humanidad y hasta de toda la naturaleza cósmica preñadas, con dolores de parto, en espera de alumbrar un mundo nuevo, es una imagen poderosa y atrevida.

Lo que ya tenemos ya es bueno y llena de sentido la existencia. Pero "fuimos salvados en esperanza": todavía nos va a dar Dios una vida más gloriosa. Resulta que sólo tenemos "las primicias del Espíritu" y todavía no somos hijos en plenitud, ni estamos totalmente liberados de la esclavitud. Caminamos hacia esa "libertad gloriosa de los hijos de Dios".

¡Qué visión tan dinámica y comprometedora de la vida cristiana! Una visión de marcha y de camino, de crecimiento y maduración, de gestación de una nueva vida. ¿Qué importancia puede tener, en esta perspectiva, que haya algunos momentos de sufrimiento y de prueba? Como dice Pablo, "considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá". Haremos bien en dejarnos contagiar por la alegría del salmo: "la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares: el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres".

Esto incluye también al mundo, a la naturaleza creada, llamada a verse un día "liberada de la esclavitud de la corrupción". Pablo nos presenta una unidad de destino entre la humanidad y el cosmos: no es mera yuxtaposición lo que nos une a este mundo, sino que estamos enraizados profundamente en él. También el mundo cósmico está destinado a la salvación, al igual que nosotros estamos llamados a salvarnos, no sólo en nuestro espíritu, sino también en nuestra corporeidad.

Al Espíritu le rezamos los cristianos pidiendo "que renueve la faz de la tierra". En la Plegaria Eucarística IV del Misal, al mirar al pasado, damos gracias a Dios porque "hiciste todas las cosas para colmarlas de tus bendiciones y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria"; y al mirar al futuro, nos gozamos porque un día, "junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte, te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro". Estos gemidos y dolores de parto de que habla Pablo van a tener, por la fuerza del Espíritu, un alumbramiento sorprendente y lleno de alegría. ¿Será la vuelta al paraíso inicial, pero con mayor plenitud?

1. (Año II) Efesios 5,21-33

a) Sigue Pablo con las recomendaciones sobre la vida de cada día: esta vez en las relaciones entre marido y mujer.

La invitación al mutuo amor se basa en la voluntad originaria de Dios en el Génesis, cuando creó al hombre y la mujer y quiso que los dos fueran "una sola carne". Por eso: "que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido".

Esta página de Pablo se leía antes mucho en las bodas, pero ahora no tanto, porque refleja la situación social de su tiempo, e invita a las mujeres a "someterse a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia". Aunque luego urja a los maridos a que "amen a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a si mismo por ella", parece que no se arregla la primera impresión.

b) Hoy se subraya mucho más la igualdad entre hombre y mujer en su vida matrimonial.

Pero Pablo, hombre de su tiempo en cuanto a la constitución de las familias -lo cual se notará mañana también en cuanto a la esclavitud-, hay que reconocer que propone aquí valientemente unas consignas que para su tiempo eran revolucionarias.

La unión entre hombre y mujer la entiende desde la perspectiva de Dios, y por tanto afirma que "amar a su mujer es amarse a sí mismo", porque "es la propia carne". Pero sobre todo, la relaciona con el amor que se tienen mutuamente Cristo y la Iglesia: "es éste un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia". El amor de Cristo a su Iglesia no es precisamente romántico: lo demostró en la entrega de la cruz. Ahí está, para Pablo, la razón de ser del mutuo amor. No habla de igualdad entre hombres y mujeres, impensable en su tiempo, pero sí da los criterios que más tarde llevarán a esa conclusión. En otra carta dirá que "ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3,28).

En nuestras relaciones comunitarias -de familia o de vida religiosa o de actividad parroquial- deberíamos aceptar este criterio profundo: ver a Cristo en los demás, imitar a Cristo en su entrega. Esto vale para todas las culturas y para todas las situaciones. Como lo que dice el salmo, que también se podría entender como un retrato idílico de tiempos antiguos -"la mujer como parra fecunda en medio de tu casa, tus hijos como renuevos de olivo alrededor de tu mesa"- pero que, en el fondo, ofrece el secreto de la verdadera felicidad y convivencia familiar: "dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos".

Todos, tanto casados como no, cuando comulgamos con el "Cristo entregado por", debemos, no sólo buscar consuelo para nosotros, sino también aprender su amor de entrega por los demás. Se tiene que notar durante el día, en las relaciones entre marido y mujer, entre hijos y padres, entre hermanos o compañeros de trabajo o de vida de comunidad. Si no, será una Eucaristía que no produce los frutos que Cristo esperaba.

2. Lucas 13,18-21

a) Dos breves comparaciones le sirven a Jesús para explicarnos cómo actúa el Reino de Dios en este mundo: el grano de mostaza que sembró un hombre y la levadura con la que una mujer quiso fabricar pan para su familia.

La semilla de la mostaza, aunque aquí no lo recuerde Lucas, es en verdad pequeñísima.

Y, sin embargo, tiene una fuerza interior que la llevará a ser un arbusto de los más altos.

Un poco de levadura es capaz de transformar tres medidas de harina, haciéndola fermentar.

b) A nosotros nos suelen gustar las cosas espectaculares, solemnes y, a ser posible, rápidas.

No es ése el estilo de Dios. ¡Cuántas veces, tanto en el AT como en el NT y en la historia de la Iglesia, Dios se sirve de medios que humanamente parecen insignificantes, pero consigue frutos muy notables! La Iglesia empezó en Israel, pueblo pequeño en el concierto político de su tiempo, animada por unos apóstoles que eran personas muy sencillas, en medio de persecuciones que parecía que iban a ahogar la iniciativa. Pero, como el grano de mostaza y como la pequeña porción de levadura, la fe cristiana fue transformando a todo el mundo conocido y creció hasta ser un árbol en el que anidan generaciones y generaciones de creyentes.

Así crecen las iniciativas de Dios. Esa es la fuerza expansiva que posee su Palabra, como la que ha dado en el orden cósmico a la humilde semilla que se entierra y muere.

Estas palabras de Jesús corrigen nuestras perspectivas. Nos enseñan a tener paciencia y a no precipitarnos, a recordar que Dios tiene predilección por los humildes y sencillos, y no por los que humanamente son aplaudidos por su eficacia. Su Reino -su Palabra, su evangelio, su gracia- actúa, también hoy, humildemente, desde dentro, vivificado por el Espíritu.

No nos dejemos desalentar por las apariencias de fracaso o de lentitud: la Iglesia sigue creciendo con la fuerza de Dios. En silencio. Un árbol seco que cae estrepitosamente hace mucho ruido, y puede provocar un escándalo en la Iglesia. Fijémonos más bien en tantos y tantos árboles que, silenciosamente, viven y están creciendo. Abunda más el bien que el mal, aunque éste se vea más.

Lo que sí tenemos que cuidar es el no caer nosotros mismos en la pereza y en el conformismo. Estamos destinados a crecer y a producir fruto, a ser levadura en el ambiente en que vivimos, ayudando a este mundo a transformarse en un cielo nuevo y en una tierra nueva.

"La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios" (1ª lectura I)

"Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano" (1ª lectura II)

"El Reino de Dios es como la levadura que se mete en la harina y hace que todo fermente" (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 6
Tiempo Ordinario. Semanas 22-34
Barcelona 1997. Págs. 220-224


3-4

Ef 5, 21-33: La vida conyugal de los cristianos

Lc 13, 18-21: El Reinado de Dios es discreto y abierto a todas las personas

Jesús compara el Reino con dos realidades que hacen parte de la vida cotidiana: la casa y el huerto. En la primera protagoniza un varón, en la segunda una mujer. El hombre está en el huerto y la mujer en la casa. Ambos realizan tareas en las que se hacen efectivas acciones transformadoras. Él procura el sustento y ella prepara el alimento: los dos, como nueva pareja humana, son capaces de abrir espacios para la irrupción del Reino.

El hombre siembra la pequeña semilla de un arbusto. Una planta cuyo fruto es un poderoso condimento de las comidas. Cuando el arbusto crece no opaca las demás plantas del huerto, sino que ofrece sombra y cobijo a todos los que se allegan a él. Igual es el Reino, no es poderoso árbol que arrase son todos los nutrientes del suelo y que no permita crecer nada cerca de él. Por el contrario, es un modesto arbusto donde tienen acogida todas las especies, y a su lado crecen todas las flores del jardín.

El Reino en esta comparación está destinado a ser un espacio donde todos los seres humanos son acogidos, especialmente los que se hallan más alejados o marginados. El Reino no puede ocupar toda la huerta. Simplemente está ahí como una instancia entre otras, destinada a ser un espacio de crecimiento y dignificación del ser humano.

La mujer pone una pequeña medida de levadura en medio de la enorme masa de harina. El poder de la levadura penetra hasta el último gramo de la harina y la transforma, convirtiéndola en masa apta para el horno, para el alimento de los seres humanos. De igual manera el Reino se hace presente en la pequeña comunidad (levadura) y la convierte en fermento de toda la sociedad (harina). Aunque la comunidad sea ínfima, el poder de Dios en ella es grande. Por esto, transforma toda la masa y la convierte en un espacio apto para que todos los seres humanos tengan una vida digna (masa lista para convertirse en alimento).

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO


3-5. CLARETIANOS 2002

Sobre el matrimonio se habla mucho. Quienes no lo viven de cerca tienden a idealizarlo. Otros proclaman su desaparición: "El matrimonio ha muerto, ¡viva la pareja!". (Por cierto, ¿habéis caído en la cuenta de que el término "pareja", tan en boga hoy, es, ante todo, un término zoológico?). La mayoría lo considera una situación deseable, pero compleja.

En los últimos meses me ha tocado presidir la celebración cristiana de varios matrimonios. He percibido emoción, afecto, nerviosismo, perplejidad. Pero la mayoría no era consciente de que su opción de vida era un elocuente signo del misterio de Cristo y de la iglesia. ¿Cómo descubrir (o redescubrir) esta perspectiva cristiana? ¿Cómo vivir el matrimonio, no como un camino idealizado y a menudo frustrante, sino como el camino de Cristo y de la iglesia; por tanto, como un signo de entrega mutua?

Del matrimonio podría decirse lo mismo que de la mostaza. Comienza siendo un grano pequeño y puede acabar convirtiéndose en un arbusto en el que aniden las aves. Ahora se están poniendo de moda las "bodas de oro". La prolongación de la vida permite celebrar efemérides que hace unas cuantas décadas eran más bien raras. Es emocionante el amor maduro de los matrimonios ancianos. Seguramente, muchos de ellos hubieran tenido mil motivos para romperse, para hacerse la vida imposible, para no transmitir nada. Y, sin embargo, con el paso del tiempo, la pequeña entrega de cada día, aupada por la gracia de Dios, ha fructificado en hermosos signos de fidelidad. Yo me emociono más participando en las "bodas de oro" que en el comienzo del matrimonio.

A veces, cuando algún casado me pregunta qué puede hacer para mejorar su vida cristiana, lo primero que le digo es si es consciente del tesoro que ha recibido con su vocación matrimonial. Sería triste buscar fuera lo que está dentro. No se trata de acallar la conciencia con un sinfín de actividades sino de vivir el camino de santidad de un proyecto en común. Las consecuencias de este pequeño grano de mostaza son incalculables.

En un mundo como el nuestro, tan marcado por la búsqueda del interés y por la violencia, el matrimonio es un destello de otro mundo posible. Puede ser una reproducción del drama social (pensemos en las muchas violencias domésticas) o puede ser un "laboratorio" en el que los cónyuges, muriendo a sí mismos, hablen de quién es Cristo más y mejor que cualquier predicación sobre él. ¿Qué podemos hacer para cambiar este mundo nuestro? ¡Redescubrir el potencial transformador del matrimonio y de la familia! Tu pequeño grano de mostaza lleva dentro el germen de la vida, porque reproduce la relación de vida que Cristo mantiene con su Iglesia.

Gonzalo (gonzalo@claret.org)


3-6. 2001

COMENTARIO 1

EL REINO DE DIOS ENTRE LA CASA Y EL HUERTO

Contradiciendo los aires de grandeza de la enseñanza sinago-gal (léase la parábola de Ezequiel 17: «Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbrado. Lo plantaré en el monte encumbrado de Israel, se pondrá frondoso, echará frutos y llegará a ser un cedro magnífico. Anidarán en él toda clase de pája-ros...»), Jesús, después de referirse indirectamente a este pasaje («¿A qué se parece el reino de Dios?»), compara el reino de Dios con «un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerto: creció, se hizo un árbol y los pájaros anidaron en sus ramas» (Lc 13,19). En lugar de continuidad («el cedro» era figura de Israel; «la guía del cogollo» la habían arrancado los babilonios, deportando una parte del pueblo; el profeta hablaba de la restauración de Israel), propone algo completamente nuevo, «un grano de mostaza», e insignificante. Quienquiera que aspire a ver el reino de Dios / la Iglesia encumbrado y ufano, que se impone por la fuerza de sus instituciones, el hechizo de las estadísticas, la eficacia de sus miembros, se ha equivocado de época: vive todavía en el Antiguo Testamento. Jesús habla otro lenguaje: «un árbol más grande que todas las hortalizas» (cf. Mc 4,32). Recordad que toda la enseñanza de Jesús sobre el reino de Dios se condensa en dos parábolas: la primera, en que se relativizan las esperanzas mesiánicas de Israel como centro de las naciones, redimensionándolo todo dentro del pequeño espacio del «huerto», las relaciones hu-manas cotidianas, y la segunda, que veremos en seguida, en la que se explica cuál debe ser la forma de inserción en la sociedad civil.

La parábola que tiene como protagonista a un «hombre» va seguida de la que tiene como protagonista a una «mujer»: la pareja humana es la base de la nueva comunidad. Al «huerto» corresponde ahora la «casa»: «¿Con qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer metió en medio quintal de harina; todo acabó por fermentar» (13,20-21). «Medio quintal de harina» representa toda la masa. Esta «levadura» (= doctrina) se opone a la de los fariseos (= la hipocresía: cf 12,1). El reino de Dios ha de incidir profundamente en la socie-dad, pero no a base de la fuerza, el poder, la eficacia, el número, sino como «la levadura», desde dentro, desde una posición es-condida, apenas visible, pero con gran capacidad de penetración y de vivificación de las estructuras sociales. Es la fuerza del Espíritu, que se despliega ahora a través de los miembros de la comunidad, la que transforma orgánicamente las relaciones humanas. No se nota tanto por su presencia masiva e imponente como por su vitalidad y fuerza de cambio.

Estas dos parábolas nos invitan a invertir las notas mediante las cuales la iglesia debe hacerse 'notar' entre los hombres. No es el campanario más alto ni el conjunto arquitectónico más maravilloso, no es la capacidad de convocatoria ni la presencia masiva en los medios de comunicación; no son las notas externas que causan admiración: es la presencia diaria que da sentido a la vida, la capacidad de transformación, la penetración capilar en las estructuras humanas, la fuerza del Espíritu capaz de hacer fermentar toda la comunidad, como la levadura, para que ésta alcance los niveles de servicio y de compromiso que requieren las ineludibles necesidades de los más marginados. El núcleo central de la enseñanza de Jesús queda formulado, así, con los rasgos más sencillos y menos altisonantes. Como todo aquello que es importante, según la nueva escala de valores del Evangelio.

COMENTARIO 2

Si contemplamos la realidad de forma crítica, la visión sobre la suerte del mensaje de Jesús acerca del Reino a lo largo de la historia puede llevarnos al desaliento. Y esto no solamente cuando dirigimos nuestra vista hacia quienes parecen dominar el mundo. Aún en la vida de los seguidores de Jesús podemos ver en acción poderosas fuerzas que se oponen a su concreción y que dirigen muchas veces su actuación.

Frente a este desaliento que puede invadirnos en muchos momentos de nuestra vida, las dos parábolas de crecimiento nos llaman a perseverar en la búsqueda de identificación con una causa que en el comienzo se presenta pequeña y débil, y que, por ello, puede ser comparada con una semilla y con una minúscula porción de levadura. La semilla se hace árbol, la levadura fermenta toda la masa en la que ha sido colocada.

Esa fuerza deriva de la propia naturaleza de la semilla y de la levadura, y en la causa del Reino, de la actuación de Dios. Todo señorío humano que ponga obstáculos a ese crecimiento desaparecerá, toda fuerza adversa será destruída en su expansión,

Sólo en el Reino todos los pueblos de la tierra pueden encontrar abrigo y refugio, porque sólo el árbol de Dios puede ofrecer lugar para "nido" de todos los hombres. A nosotros corresponde hacer crecer el Reino con nuestra palabra y nuestro testimonio.

1. Josep Rius-Camps, El Éxodo del Hombre libre. Catequesis sobre el Evangelio de Lucas, Ediciones El Almendro, Córdoba 1991

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-7. 2002

Hace unos años hice una larga peregrinación a pie. El camino era duro y sentía el cansancio. Al final de una de las jornadas, llegué al refugio. Otros peregrinos fueron llegando. No nos conocíamos de nada. Pero había una persona que se encargaba del refugio. Ella, una chica joven, nos fue acogiendo y atendiendo en nuestras necesidades. A unos les ponía barreños de agua para los pies. A otros les pedía que le ayudasen a preparar la cena. Y logró lo que al principio parecía imposible. Convirtió a un grupo de desconocidos en una familia que compartió una cena sencilla y mucha vida en torno a la misma mesa.
Me acordé de la parábola del grano de mostaza. Pensé que aquella joven había sido como un pequeño grano de mostaza. Plantada en aquel refugio había sido capaz de convertirse en lugar de acogida para todos los peregrinos que llegaban cansados de la jornada. Y también me acordé de la parábola de la levadura. Como la levadura transforma la masa, aquella chica nos había transformado y nos había hecho hermanos a los que éramos simples desconocidos. Aquel día conocí y experimenté la fuerza de la gracia de Dios. Estoy seguro de que muchos cristianos tienen experiencias de este tipo, donde la fuerza de la gracia se ha manifestado con la fuerza del grano de mostaza y de la levadura en la masa.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-8. CLARETIANOS 2003

Queridos amigos y amigas:

Dale Carnegie, experto en el arte de las relaciones humanas, afirma: “El propio nombre es para cada persona la voz más dulce e importante de su idioma”. Llamar por el propio nombre a las personas es mostrarles que merecen nuestra confianza, que tienen nuestro respeto, que pueden contar con nuestro amor. Llamar a alguien por su nombre es reconocer su identidad más genuina. Es darle la vida.

En la antigüedad, y todavía hoy en las culturas primitivas, el nombre significa lo que en realidad es la persona, o una cualidad -imaginaria o real- que el recién nacido tiene o que se desea que llegue a poseer. En el libro del Génesis, se pone nombre a los seres y se les encomienda una tarea. En la Biblia, el nombre no es algo convencional sino que quiere expresar el papel de un ser humano en el universo, su misión, su porvenir.

¿Qué experimentarían los apóstoles -también Simón y Judas- al escuchar de labios del divino Maestro su nombre? ¿Qué resonancias especiales pudo tener para ellos la llamada de Jesús para ser apóstoles?

La vocación de los apóstoles, recordada por la liturgia en este día, nos remite al momento de nuestra propia vocación como seres humanos, como cristianos, como comprometidos con la causa de Jesús y con la extensión de su obra.

¿Nos sentimos concernidos al escuchar nuestro propio nombre? ¿Qué resonancias (sentimientos, sensaciones, impulsos...) reviste el simple recuerdo de ese momento especial en el que Jesús nos llamó? ¿Hacia qué mayor y renovado compromiso de vida nos empuja?

Vuestro hermano en la fe:

José San Román (sanromancmf@claret.org)