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H O M I L Í AS |
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FIESTA
DE LA |
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1. Madurez en la familia A pesar de que la situación de la familia moderna difiere fundamentalmente de la familia del tiempo de Jesús, la Palabra de Dios nos da elementos para que revisemos nuestro sistema de relaciones con nuestros prójimos más "próximos": nuestra familia y nuestra comunidad, familia en la fe. En la visión que nos da Lucas sobre el comportamiento de la sagrada familia, cuya fiesta hoy celebramos, descubrimos algunos elementos interesantes de reflexión: a) La sagrada familia cumple fielmente la ley de su pueblo, y tal como está prescrito en el Levítico 12 y otros textos, realiza el rito purificatorio de María y ofrenda su hijo primogénito al Señor (Éxodo 13,2). Es, por lo tanto, una familia integrada socialmente; que conoce las tradiciones históricas de su pueblo y vive de acuerdo con esas tradiciones. Es éste un primer síntoma de madurez tanto religiosa como humana: se saben integrar en su comunidad; participan de los ritos comunitarios; tienen conciencia de la historia de su pueblo y expresan su fe con sentimientos profundos. La sagrada familia no entiende una religión al margen de la comunidad ni establece su propia forma de culto a Dios, ya que el culto es un acto esencialmente sentido y vivido en comunidad y de acuerdo con las formas comunitarias. b) En este momento entra en escena el misterioso Simeón, quien, si bien por una parte llena de alegría el corazón de José y María, al proclamar a Jesús como salvador y luz del pueblo, por otra parte también les revela un elemento nuevo: el Niño será con el tiempo signo de contradicción en su pueblo y una espada de dolor atravesará el corazón de la madre. Jesús será contradicción para su pueblo porque su persona dividirá al pueblo en forma clara y definitoria: "Quien no está conmigo, está contra mí", dirá más tarde el mismo Jesús. Pero también, y este aspecto ahora nos interesa más, será signo de contradicción para sus propios padres. Lucas, a lo largo de su evangelio, mostrará en qué sentido Jesús pondrá a prueba la fe de María. No siempre María entenderá de buenas a primeras el modo de proceder de su hijo, como ya se manifestará en el conocido episodio cuando el niño «se pierde en el templo». María deberá ir comprendiendo poco a poco todo el significado de la misión de su hijo, quien en ocasiones hasta parecerá hacer caso omiso de la presencia y de los deseos de su madre (Lc 8,19-21). Así y en forma lenta, María irá ascendiendo con Jesús hasta el mismo momento de su muerte en la cruz, en que una espada «atravesará su corazón». María, mujer sencilla y sin formación intelectual, se nos presenta como un modelo equilibrado de una madre prudente y madura. Sabe escuchar a su hijo y sabe esperar eI momento de comprenderlo. Y ésta es una lección de valor increíble. Generalmente los padres pretenden que sus hijos sean su copia y calco fiel: que sus hijos piensen como ellos, se comporten como ellos, y hasta elijan la misma profesión y modo de vida. Se corta el cordón umbilical fisiológico, pero se ata al hijo con fuertes cadenas afectivas, llevando el amor a una excesiva superprotección, cuya consecuencia inmediata es la inmadurez de los hijos o su franca rebeldía. María cortó el cordón psicológico y afectivo, pero hizo algo más: creció con su hijo. Supo callar, supo esperar y, en especial -y esto es algo que le cuesta a todo padre o madre- supo aprender de su hijo. Amó como nadie a su hijo y, precisamente por eso, lo respetó como hijo; le dio la oportunidad para que no fuera «el hijo de María», sino para que fuera Jesús, el Salvador, con una misión especial y con una forma especial de llevarla a cabo. Sabemos que hoy existe en nuestras modernas familias un serio problema de relación y de diálogo entre padres e hijos. Psicológicamente lo explicamos como una falta de desasimiento por parte de los padres, un apego excesivo -aparentemente a los hijos-, pero que en el fondo es a sí mismos. Los padres no pueden engendrar hijos para usarlos como una forma de prolongación... Engendrar un hijo es darle la oportunidad de ser alguien, un ser libre y un ser distinto a los padres. Si en una primera etapa el amor de los padres necesita ser amor protector, en una segunda etapa debe ser amor «promotor». Se trata de una manera distinta de amar; no se ama al hijo para tenerlo y sentirlo como «mi hijo», sino que se lo ama para que sea distinto de uno. También los hijos deben aprender a amar a sus padres siendo distintos de ellos. Generalmente se busca la distinción pero a través de la rebeldía y de la oposición sistemática. De aquí que madurar en el amor paterno-filial es una tarea ardua, que exige una gran dosis de renuncia. Es éste el camino del auténtico amor, entrega de sí mismo, don de sí mismo para el otro, para su crecimiento y felicidad. Debajo de muchas formas de amar a los hijos se puede esconder un profundo amor a uno mismo; y generalmente cuando esto sucede, es fácil descubrir que estos padres no han sabido desprenderse de sus propios padres. Por no haber resuelto su propia relación filial, no pueden ahora asumir una actitud madura con sus propios hijos. Leyendo el Evangelio, nadie duda de que Jesús tuvo una auténtica personalidad y una cabal madurez de hombre. Y justo es decir que si llegó a ese grado fue por esa presencia discreta de su madre, que supo estar a su lado, sin hacerse sentir; que lo siguió aun sin comprenderlo totalmente. Jesús supo sentirse libre ante su madre. Se sabía amado por ella, pero también respetado en su forma de pensar y de actuar. De la madurez de María surgió un hijo maduro. c) Y otro elemento más nos aporta Lucas. En este clima de fidelidad a la voluntad de Dios y de mutuo amor y respeto, "el niño crecía y se robustecía, y se llenaba de sabiduría». En aquella familia el niño Jesús encontró la oportunidad para crecer y desarrollarse. Y no sólo en el aspecto físico sino especialmente en sabiduría, expresión que podemos traducir: crecía como persona, acumulando criterios y experiencia de madurez. Su familia fue escuela de sabiduría, esa que es saber encontrar el camino, que nos señala la voluntad de Dios; tener criterios rectos de acción; equilibrar sentimientos y actos; tener una meta y un objetivo y saber aplicar todas las energías en un proyecto digno de ser vivido. Lucas nos da una fórmula que vale para las familias de todas las épocas: la gran tarea de los padres es permitir y promocionar la madurez de sus hijos. Esta concepción deja muy atrás los conceptos del Eclesiástico (primera lectura), con un esquema de familia patriarcal y de régimen severo y verticalista. En el capitulo 7, 23ss, el autor del Eclesiástico así se explaya: «¿Tienes hijos? Adoctrínalos, doblega su cerviz desde su juventud. ¿Tienes hijas? Cuídate de ellas, y no les pongas cara risueña. Casa a tu hija y habrás hecho gran cosa, pero dásela a un hombre prudente. ¿Tienes una mujer que te gusta? No la despidas, pero si la aborreces no te fíes de ella.» La primera lectura de hoy orienta a los hijos hacia el amor, respeto y ayuda a los padres. El Evangelio avanza un poco más: exige a los padres una actitud de madurez, de respeto y de libertad a los hijos. Sabemos que este ideal es difícil, y que cuesta vencer un esquema tradicional de familia, en la que los padres dominan sobre los hijos, y en la que el padre, por ser varón, se siente dueño de todos. La fe cristiana, llamada a la libertad y a la responsabilidad, hoy nos exige que revisemos a fondo nuestro sistema familiar, primera escuela en la que los hombres deben aprender el camino de la liberación y del compromiso responsable. 2. Madurez en la comunidad Es Pablo en la segunda lectura quien también nos pide esta misma madurez en las relaciones de la comunidad cristiana, cuyo prototipo, según la liturgia de esta fiesta, es la misma sagrada familia. Pablo establece los fundamentos de esta madurez: los cristianos formamos un solo cuerpo, una sola familia, pues somos los santos y amados de Dios; y a imitación de Jesucristo, nos corresponde practicar la comprensión, la bondad, el mutuo perdón, en una palabra: la caridad, que es la síntesis de la perfección. Pablo no nos da un modelo jurídico de comunidad ni se detiene en asignar atribuciones de unos y derechos o deberes de otros. Se inspira, en cambio, en el mismo Cristo, cuyo cuerpo formamos. Fundamentados en la caridad, que todos crezcamos en la instrucción de la Palabra, en la mutua corrección, en una liturgia sencilla y alegre. Que todo sea hecho "en nombre de Jesús", o sea, con sus sentimientos y actitudes. Cuanto se ha dicho de la madurez de la sagrada familia será útil que lo apliquemos a esta sagrada familia de Dios que forma toda la comunidad. Cuesta en nuestras sociedades autoritarias ponernos a pensar un modelo distinto de comunidad cristiana. Acostumbrados al clericalismo, se nos hace difícil desprendernos de esa figura de padre con que hemos revestido a los sacerdotes, padres que en muchas ocasiones se sienten dueños de la comunidad. Al respecto es útil tener en cuenta lo siguiente: muchas veces el autoritarismo de unos y la sumisión de otros no es una situación consciente. Tan sólo reflejamos inconscientemente nuestro modelo interno de familia o de autoridad. Es comprensible pensar que quienes fueron educados en el autoritarismo y que por largos años no vieron otro modelo de comunidad, ni siquiera lleguen a darse cuenta de su forma de actuar y de lo pernicioso que es para una comunidad el no darle la oportunidad de pensar, decidir, obrar y sentirse plenamente responsable. Todos éstos son motivos más que suficientes para que esta fiesta de la Sagrada Familia nos motive para reunirnos con otros hermanos a fin de repensar nuestros esquemas y preguntarnos en qué medida cada uno de nosotros permite que el otro sea realmente «otro». Más aún, en qué medida, por nuestro silencio o una actitud pasiva o más cómoda, nosotros mismos evitamos asumir responsabilidades que, por fuerza, se descargan siempre en los mismos, a quienes luego reprochamos autoritarismo o caciquismo. Concluyendo... A partir de esta conciencia de pertenecer a la sagrada familia que todos componemos y en la que «no hay griego ni judío, bárbaro, esclavo o libre, sino que Cristo es todo y en todos» (Col 3,11), se nos presenta un nuevo esquema de relaciones en las que todos y cada uno, desde su situación, debe buscar «despojarse del hombre viejo con sus obras y revestirse del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar la plenitud según la imagen de su Creador» (Col 3,9-10). SANTOS
BENETTI
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