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¿Qué
sentido tiene ser cristiano en el mundo de hoy? Pues bien, el evangelio nos da
una respuesta a través de dos símbolos sobre cuyo significado no hará falta
hacer grandes especulaciones. El cristiano está llamado, en primer lugar, a ser
sal de la tierra. Con la sal damos sabor a las comidas. De lo que se desprende
que el cristiano está llamado a dar sabor a la vida...
¿Qué
significado tiene la sal? Indica las funciones de purificación, de dar sabor,
de conservar aquello perecedero, de dar valor, etc. Aplicado a los discípulos
indica que con sus obras y su testimonio del Evangelio han de dar sabor y valor
a la humanidad. «Si la sal se vuelve sosa...»: Lo que los discípulos
pueden perder es la capacidad de manifestar, con sus obras y su testimonio, el
Evangelio. Esta posibilidad de fracaso se aplica a la imagen de la sal,
subrayando que, de la misma manera que sería totalmente inútil una sal que no
tuviera sabor, también lo sería la comunidad si no hiciese presente en el
mundo las obras de la fe.
Vosotros
sois la luz del mundo, nos dice Jesús. Y si la sal era importante, la luz
todavía lo es más. Sin luz la vida seria imposible. La luz es la que nos
permite ver las cosas en su realidad y andar por el camino correcto. En cambio,
si vamos a oscuras, lo más normal es que nos caigamos o causemos destrozos. La
luz tiene una gran fuerza simbólica: en todos los tiempos y culturas el ser
humano ha buscado la luz de la verdad, ha buscado poner luz a los interrogantes
más profundos de la existencia. La fe en Jesús Resucitado es la luz que puede
dar respuestas a todas las inquietudes del hombre.
La
imagen de la luz nos es familiar, porque a menudo es usada en los evangelios.
Pero nosotros estamos acostumbrados a aplicarla a Jesús. En efecto, él mismo
nos dice en otro texto: Yo soy la luz del mundo, y el que me sigue no anda en
tinieblas. Aquí, en cambio, no se nos dice que Jesús es la luz del mundo, sino
que nosotros somos la luz del mundo. Se trata, por tanto, de darnos cuenta de
que todos nosotros, los seguidores de Jesús, estamos prolongando la acción de
Jesús en cuanto damos testimonio de él. Nosotros seremos la luz del mundo si
somos capaces de aportar a nuestra sociedad la fe en Jesús. No podemos
ocultarnos, no podemos disimular nuestra fe. Jesús lo dice claramente: No se
enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el
candelero y que alumbre a todos los de la casa. Del mismo modo nosotros debemos
ser luz para los demás; es la misión evangelizadora que todos los cristianos
tenemos encomendada.
Lo
de ser luz es ciertamente una imagen expresiva y sugerente. Sin embargo, nos
podríamos preguntar: ¿Y en qué consiste eso de ser luz?
Nos
lo dicen muy claro la primera lectura y el salmo. El profeta Isaías nos decía:
Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va
desnudo. Entonces romperá tu luz como la aurora. Ésa es la verdadera luz que
podemos vivir y transmitir. Si vivimos en nuestra vida los valores de la
caridad, el amor desinteresado, la justicia, la solidaridad, entonces brillará
la luz en las tinieblas. Lo mismo nos decía el salmo: En las tinieblas brilla
como una luz el que es justo, clemente y compasivo. En definitiva, será por
nuestras obras como podremos ser sal de la tierra y luz del mundo. Será por el
modo de vivir como podremos mostrar a los demás la luz que ilumina nuestra
vida. Será por los valores que vivimos como podremos contagiar la fe, seremos
testigos evangelizadores para las personas que nos rodean. Tal como concluía
Jesús sus palabras en el evangelio de hoy: Para que vean vuestras buenas obras
y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
Es
decir, haced visible en vuestra vida la fuerza transformadora del evangelio;
demostrad que el amor nuevo -del que Cristo ha dado ejemplo- es posible. Jesús,
pues, está hablando del deber misionero de su comunidad.
Pero
hay algo importante: la sal sólo sirve si está fuera del salero. (...) Isaías
nos dice cómo debemos salir del «salero»
La
luz alumbra cuando se destierra la opresión, la injusticia... y se edifica el
amor, la justicia, la fraternidad... En la medida en que los hombres vean que
los que se dicen creyentes proyectan la luz de la liberación total, en esa
misma medida darán gloria al Padre. La liberación de todo mal es el signo de
la presencia de Dios entre los hombres.

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