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H O M I L Í A S |
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ASCENSIÓN DEL SEÑOR AL CIELO CICLO C |
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Los comentaristas de la obra lucana oponen de buen grado los dos textos hoy propuestos a nuestra consideración. Lo que les inspira ese trabajo no es el deseo de oponer dos redacciones diferentes; menos todavía, el malicioso gusto de hacer destacar divergencias, quizá incluso contradicciones. Su finalidad es hacer percibir dos representaciones del mismo misterio: la ascensión de Jesús; dos modos de entender la situación actual de la Iglesia en lo referente a Jesús; o bien, viceversa, de Jesús en relación a su Iglesia. El evangelio deja oír más las resonancias de una partida: Jesús "se separó" de sus discípulos, precisa el texto. Además, se muestra a Jesús "bendiciendo" a sus amigos; el gesto puede tener diversos significados, pero el más verosímil es el de la bendición-adiós; de la misma manera lo padres de Rebeca la bendicen antes de dejarla partir (Gn 24, 60), Isaac "bendice a Jacob" que se aleja (28, 1) y Tobías bendice a sus suegros antes de partir en compañía de la hija de éstos, su nueva esposa. Con estos versículos, Lucas quiere, por lo tanto, insistir en un hecho: termina una página de la historia evangélica. La experiencia que algunos hombres tuvieron de una cercanía inmediata y visible con Jesús, ha terminado. A partir de ahora, Jesús está "ausente". Nadie volverá a verle ni a oírle. Jesús no volverá ya a acercarse a ninguno de sus amigos, de camino y con cara triste, para recorrer el camino con él y hacer que su corazón arda al explicarle las Escrituras... Sin embargo, esta marcha no es una simple separación. Los discípulos dan pruebas de ello al contemplar marchar a Jesús no con la tristeza que cabría esperar, sino "con gran alegría"; prolongan esa hora gozosa "permaneciendo continuamente en el Templo bendiciendo a Dios" por los beneficios que les ha concedido y especialmente por el don que se les hace en ese instante en que Jesús es "llevado al cielo". Y es que la desaparición de Jesús deja sitio a otra presencia. Jesús está ya "libre" para ese otro tipo de presencia que evoca el texto paulino que leemos más adelante. Además, la promesa del don divino, de la que está lleno el Antiguo Testamento, va a tener su realización con la efusión del Espíritu. Ahora bien, esa efusión es posible porque Jesús, "llevado al cielo", es él mismo su fuente: "Os enviaré lo que mi Padre ha prometido". Así, a medida que se ausenta, Jesús deja detrás de sí una presencia. Este presencia, nueva, va a cambiar la vida de los discípulos tanto más cuanto que es a la vez realidad y signo. La venida del Espíritu será realidad eficaz; pero será también el signo del poder único de Jesús. Si él es quien envía el Espíritu, y el Espíritu prometido por el Padre, es que Jesús dispone, en la intimidad del Padre y en la relación con el Espíritu, de un puesto único. Jesús no aparece ya únicamente como el hombre que vive al lado de Dios, a imagen del rey bíblico de antaño, "hijo de Dios" y entronizado junto a él, sino que es, en el sentido fuerte de la palabra, "el Hijo": "mi Padre", dice. Y esta realidad nueva reduce a nada los inconvenientes de la ausencia aparente. Tienen razón los Apóstoles al sentir una "gran alegría" en el momento en que Jesús parte. Hay ausentes, y Jesús más que ningún otro, cuyo aparente alejamiento es más elocuente que su presencia visible (¿no quedaba fuera de lugar el rito nostálgico del cirio apagado después de la lectura de este evangelio?). Meditando en la misma realidad, la marcha de Jesús, el relato de los Hechos, leído en la 1ª lectura, la ve más como un comienzo que como un final. No ignora que en ese preciso momento algo acaba. Un tiempo que podría llamarse de Jesús, ese tiempo durante el cual Jesús "hizo y enseñó", ha llegado a su término. Pero es consciente también de otra cosa en la que precisamente quiere insistir: algo va a empezar. Es la razón por la que el autor inaugura un libro nuevo que estará dedicado a una época distinta: lo que podría llamarse el tiempo de la Iglesia y que es prolongación del de Jesús. Este tiempo nuevo sigue siendo el tiempo de Jesús. Por lo menos, porque Jesús es el término hacia el que todo converge: "El volverá"; y también porque Jesús sigue siendo la finalidad de toda actividad apostólica: los Apóstoles van a dar testimonio de Jesús: "Seréis mis testigos". Y también, en fin, porque Jesús, establecido ahora en el cielo (el término se cita dos veces), oculto a los ojos de los hombres por una nube que le cubre, sugiriendo el misterio divino que está ligado a su persona, no puede estar realmente ausente de la tierra. Pero este tiempo es también el del Espíritu: la continuación del libro mostrará al Espíritu presente y referirá sus eficaces intervenciones. Es, en fin, el tiempo de la Iglesia; el tiempo dado a los discípulos para "dar testimonio hasta los confines de la tierra". De este modo, a través de ambos textos, se perfila la silueta de una Iglesia que conserva el recuerdo de la pasada presencia de Jesús, pero que vive en profundidad de su presencia actual; una Iglesia cuya vida está penetrada por el Espíritu, y penetrada también por la certeza de tener una misión que cumplir, con vistas a aquel momento en que Jesús se mostrará definitivamente presente. Completando estas dos reflexiones, el texto a los Efesios, leído en la 2ª lectura, dice la realidad de la presencia actual de Jesús y su eficacia. Para el autor paulino, la Ascensión no es un simple cambio de lugar, aunque haya que utilizar una imaginería topográfica para expresar este misterio: "a la derecha... por encima... bajo sus pies... por encima de todo"; es una glorificación que lleva a Jesús, Cristo resucitado, junto al trono mismo de Dios; tan cerca, que comparte sus poderes sobre todas las cosas. La Ascensión es incluso más; es el momento en que Jesús es revelado a los hombres como Señor, investido de la dignidad propia de "Dios, el Padre de la Gloria". De hecho, los discípulos que habían visto a Jesús por última vez, percibieron después la eficacia de su poder: un descubrimiento que el autor describe con entusiasmo (vv. 18 y 19); percibieron que no había fuerza alguna superior a él, que Jesús estaba "establecido por encima de todo". Al descubrir, de este modo, la eficacia divina de la asistencia de Jesús, entrevieron que Jesucristo era ciertamente el Señor, totalmente cercano a Dios. Y así, al final de su reflexión, la Ascensión, ese momento en que los discípulos se habían separado de un hombre-hijo de Dios, aparecía como el momento en que descubrían en Jesucristo al "Hijo de Dios". ¿Cómo no iban a redefinir todas las cosas a la luz de ese descubrimiento? Todas las cosas, también la Iglesia e incluso el mundo. LOUIS
MONLOUBOU
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