LUNES DE LA SEMANA 12ª DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 1.- Gn 12, 01-09

1-1.

Ver Gn 12, 1-4: CUARESMA 02A


1-2.

Durante tres semanas leeremos la historia de Abraham y de los primeros patriarcas. Es ciertamente una historia «novelada» cuyas bases históricas están sólidamente ancladas en la antigua civilización del Oriente Medio. Pero los narradores definitivos interpretaron los datos que tenían para «poner de relieve» el valor de algunos aspectos de la Fe. A través de esos relatos HOY también nos habla Dios, y es nuestra Fe, la nuestra, la que debe estar a la escucha. La vida de Abraham, primer creyente, y en particular su disponibilidad a la llamada de Dios, será quizá «nuestra historia», la nuestra, si queremos...

-Abraham vivía entonces en Caldea.

Es el medio más cultivado de la historia del mundo, en el que funcionan los más antiguos tribunales y Parlamentos conocidos de los historiadores, donde se elaboran las primeras legislaciones sociales, donde la agricultura llega al más alto grado de tecnicismo jamás logrado hasta entonces.

Un día el Señor le dijo: Vete de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre...

Dios habla. Esta palabra no fue sin duda una palabra «exterior», debió ser probablemente «en su corazón» que Abraham oyó a Dios. Señor, ¿qué me dices HOY a mí? Alguna vez me quejo de no oír tu voz. Pero ¿sé escucharte? ¿Estoy dispuesto a hacer lo que Tú quieras pedirme? Por ejemplo me quedo un rato en silencio para revisar mi jornada de HOY: las personas, los trabajos, las responsabilidades que hay en mi vida... ¿Qué me dices, sobre ello, Señor?...

¡Ah, Señor! Cuando te pregunto concretamente sobre mi vida, tus palabras afluyen a mi conciencia.

-Partió Abraham como se lo había dicho el Señor.

El creyente es el que «responde» a Dios. Abraham abandona valientemente la brillante civilización para partir hacia lo desconocido del nomadismo. Deja una «casa» probablemente confortable de una ciudad civilizada para vivir, en adelante, «bajo la tienda», en los desiertos.

¿Cuál es mi respuesta a las invitaciones de Dios? No «la» de Abraham... sino «aquella que he oído yo» en el instante en que estaba exponiendo mi vida ante Dios. ¿Qué invitación me ha hecho Dios? Porque Dios no fuerza nunca.

Respeta nuestra libertad: «está a la puerta y llama». Podemos abrirle o rechazar su llamada. Ante mi jornada de hoy soy libre. Esto no quiere decir que puedo hacer «lo que me pase por la cabeza». No; pues hay cosas que Tú esperas de mí, Señor. Me las confías si yo sé escucharte.

Me dirás también otras durante el día. Pero se trata siempre de invitaciones.

-De campamento en campamento, Abraham llegó al Negueb, desierto al sur de Palestina.

Una marcha incesante, un itinerario, un camino... en búsqueda de Dios.

Nuestra vida humana ¿es también un ir adelantando en la búsqueda de Dios?

Este es un buen resumen de la vida de «fe», la vida de todo creyente:

- una llamada de Dios: Dios invita, tiene la iniciativa, desearía que...

- una respuesta del hombre: el hombre dice «sí» o «no» a Dios. Y Jesús decía «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo...».

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 140 s.


2.- 2 R 17, 05-08.13-15a.18

2-1.

Los textos que leeremos esta semana representan un trozo de historia muy conocido, no sólo por la Biblia sino también por las crónicas victoriosas de los reyes de Asiria, de Babilonia y de Persia.

753 Fundación de Roma.

721 Toma de Samaria por Sargón II, rey de Asiria.

701 Primer sitio de Jerusalén por Senaquerib, rey de Asiria.

612 Los ejércitos babilónicos toman Nínive: el poder caldeo ocupa el lugar del poder asirio, en oriente medio.

600 Fundación de Marsella por los griegos.

597 Primera deportación masiva de judíos a Babilonia.

586 Toma de Jerusalén por Nabucodonosor, rey de Babilonia; destrucción total y sistemática de la ciudad y del Templo... y deportación de toda la población.

538 Los ejércitos persas, dirigidos por Ciro se apoderan de Babilonia, y el Edicto de Ciro permite a los «prisioneros y deportados» regresar a su país.

-El rey de Asiria invadió todo el país y puso sitio a Samaria durante tres años. El año noveno de Oseas, rey de Israel, el rey de Asiria tomó Samaria y deportó a los israelitas a Asiria.

¡Señor, cuántos sufrimientos evocan estas palabras! Basta evocar los bajorrelieves que se encuentran en todos los museos del mundo para imaginar el terror que por todas partes siembran los guerreros sanguinarios de Asiria: violar, degollar, empalar, quemar, deportar, hacen sus delicias y ¡les aportan una buena distracción entre dos cacerías de león! Las víctimas son los pequeños y humildes.

Los tiempos han cambiado mucho. Y los métodos han mejorado. Pero HOY ¿han cambiado mucho las cosas? Las «grandes potencias» se reparten las bombas atómicas, fabrican ingenios perfeccionados para matar, ¡ellos los usan y los venden a los demás! El problema de la guerra... El problema de la paz...

¿Qué plegaria me sugiere todo ello? ¿Qué acción es posible?

-Esto sucedió porque los israelitas habían pecado contra su Dios... Habían adorado a otros dioses...

El redactor del «Libro de los Reyes» se interroga sobre las causas del desastre que alcanzó el reino de Samaria.

Para él es muy simple: el desastre político y militar es la consecuencia del cisma que ha llevado el Norte a separarse del Sur y que ha sido el origen de los errores y de las idolatrías.

Esta interpretación de la historia es muy elemental. Las cosas no son tan sencillas. Y, a propósito del ciego de nacimiento, Jesús dirá claramente que la desgracia no es forzosamente un castigo (Juan 9, 3) como suele pensarse, demasiado a la ligera. Y Jesús repetirá esa misma idea a propósito de la «torre de Siloé» que al derrumbarse aplastó a dieciocho personas (Lucas 13, 4). Sin embargo, en este último pasaje hay una cierta amenaza: «si no hacéis penitencia, pereceréis de modo semejante».

Efectivamente, es necesario, interpretar la historia, pero con prudencia y discreción. Y sobre todo no aprovecharla para acusar a los demás... sino para una «reconsideración personal» para convertirse y hacer penitencia.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 140 s.


2-2. /2R/17/01-18

La historia del reino de Israel llega a un final sin retorno con la destrucción de Samaría y la deportación de sus habitantes. El escritor sagrado se detiene a reflexionar largamente sobre este hecho, por la importancia que tiene en la historia de la alianza de Dios con su pueblo.

Dios, que había liberado a Israel de Egipto, ordenaba a su pueblo que no adorara otros dioses y que no se comportara como los otros pueblos que él había desposeído. Era una alianza sancionada con promesas de felicidad y con amenazas de desgracia. Pero, a pesar de tantas infidelidades de su pueblo, el amor y la paciencia de Yahvé habían ido difiriendo el cumplimiento de las amenazas y enviaba repetidamente a los profetas a que exhortaran al pueblo a convertirse y a mantenerse fiel al Señor. ¿Por qué al final acaba Dios con su inmensa paciencia? La reflexión del narrador profético ofrece el motivo: caminando tras la nada, los israelitas acabaron por llegar a ser nada a imitación de los pueblos que lo rodeaban. La alianza, que como decía el Deuteronomio, contenía unas leyes tan justas y sabias que todos los pueblos las tenían que admirar (Dt 4 6-8) debía transformar al pueblo, de manera que su comportamiento reflejara la bondad que Dios tenía hacia el pueblo en su totalidad, hacia los huérfanos, las viudas, los pobres, los forasteros. Cuando Dios le dio a Israel el país de los cananeos, su propósito no era hacerle un obsequio caprichoso, como quien regala un juguete a un niño mimado, sino darle lo que necesitaba para que pudiera crecer como un pueblo fiel a su Dios, imitador de la bondad de ese Dios a los ojos de todos los pueblos.

La idolatría, en cambio, además de convertirlo en adorador de la nada, abría el camino a todo tipo de egoísmos y opresiones, que hacían del pueblo una verdadera nada a los ojos de Dios y de los hombres. La resolución de Dios de poner fin a aquella farsa es la que Isaías anunció en el canto de la viña que, en lugar de dar buena uva, daba agraces (Is 5,1-7), o la que Jesús anunciaría más tarde con la parábola de la higuera que no daba fruto (Lc 13,6-7) ¿Por qué tenía que hacer inútil la tierra? Es un aviso que vale igualmente para el pueblo de Dios que somos nosotros.

G. CAMPS
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 760 s.


3.- Mt 07, 01-05

3-1.

Ver Paralelo DOMINGO 08CDOMINGO 08C


3-2.

Existe el peligro, cuando te pones a juzgar a uno, de usar dos medidas: una para ti y otra para los demás: ves la paja del que tienes delante y no ves la viga que está en tu ojo (7,1-5). Se puede ser para con los otros más rígidos, más puntillosos, más impacientes que Dios mismo. Algunos fariseos lo eran. Pero lo eran también las primitivas comunidades cristianas, cuando Pablo se creyó en la obligación de escribir: "Nada juzguéis antes de tiempo, hasta que venga el Señor, que iluminará los escondrijos de las tinieblas y declarará los propósitos de los corazones" (1 Co 4,5). Por el mismo motivo, Mateo relatará más adelante la parábola de la cizaña, que crece en medio del grano, clara invitación a la tolerancia. El juicio pertenece a Dios, no a nosotros.

De cualquier modo, la rigidez y la hipocresía en el juzgar (después de todo, la crítica y el discernimiento son una obligación) son defectos que se pueden evitar si se tiene cuidado de comenzar la crítica por uno mismo. La lealtad de comenzar la crítica por uno mismo no es sólo algo coherente; es mucho más. Es la condición indispensable para ver con claridad y para valorar con equidad las cosas que nos rodean. Las palabras de Jesús lo dicen abiertamente: "Quita primero la viga de tu ojo y entonces verás claro para quitar la paja del ojo de tu hermano". Mirar a la casa propia es lo primero que se ha de hacer. En la conciencia de los propios límites y debilidades es donde se encuentra la medida justa (a saber, la tolerancia y la paciencia) para una crítica evangélica.

BRUNO MAGGIONI
EL RELATO DE MATEO
EDIC. PAULINAS/MADRID 1982.Pág. 81


3-3.

-No juzguéis y no os juzgarán...

Los pasajes precedentes del Sermón de la Montaña que hemos meditado estas dos semanas, han dado a los discípulos de Jesús unos principios de conducta moral de una exigencia muy elevada. ¿Corren quizá el riesgo de considerarse personas aparte, perteneciente a un nivel superior de humanidad y desde el cual juzgan a los demás, en un nuevo reflejo farisaico? Pues bien, Jesús, a esos mismos, a los que acaba de pedirles tanta exigencia para sí mismos, ¡les pide de "no juzgar" a los demás! "¡No juzguéis!".

Jesús no pide que dejemos de apreciar las cosas y los hechos con objetividad. La "sosería", es insulsa. La "sal" da buen sabor. La "cólera" sigue siendo cólera y "todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal" (Mt 5, 22). La violencia, la escalada de la Ley del Talión han de romperse con dulzura y mansedumbre. Y también, según Jesús, hay que "juzgar adulterio el mirar a una mujer casada excitando su deseo por ella".

Todo esto subsiste: hay que tener y conservar un "juicio" justo. Sin embargo, Jesús dice: "¡no juzguéis!" No dice solamente:

"no juzguéis severamente..."

"no juzguéis injustamente..."

"no juzguéis calumniosamente..."

Dice de modo absoluto: "no juzguéis...". ¿Por qué?

-Porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis la usarán con vosotros.

1º La primera razón es que ¡todos nosotros tenemos necesidad del perdón y del juicio indulgente de Dios! Al hablar del perdón, Jesús ha comparado siempre nuestro propio comportamiento con el que Dios emplearía con nosotros. Si deseamos un juicio misericordioso de Dios sobre nosotros, hay que empezar por aplicar esta misma comprensión respecto a todos nuestros hermanos. Si soy severo con los demás ¿cómo puedo pedir a Dios que sea bueno conmigo?

-¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?

2º La segunda razón, para no juzgar, es que somos incapaces de "ver" verdaderamente en el corazón de los demás.

En nuestro propio corazón creemos ver claro, y encontramos toda clase de excusas para nosotros; pero somos incapaces de juzgar verdaderamente lo que ha llevado a tal persona a obrar de tal manera: su herencia, las influencias de su medio ambiente, de su educación... su carácter, el juego sutil de sus hormonas, sus intenciones profundas.

Nunca tenemos todos los datos de un problema cuando se trata de los demás. Sólo Dios conoce verdaderamente el corazón. El ideal, pues, ¿no sería tener un juicio justo y el más objetivo posible sobre las cosas y los actos humanos... y evitar todo juicio subjetivo sobre las personas?

-Hipócrita, sácate primero la viga de tu ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.

Jesús nos conduce de nuevo a las exigencias con nosotros mismos. No predica un laxismo moral -no hay bien ni mal-: una viga es una viga.

Pero nos pide que procuremos ver más lo "positivo" que lo negativo. Señor, concédeme lucidez para que me dé cuenta de "mis" faltas. Señor, da a tu Iglesia, da a los cristianos, una gran exigencia consigo mismos y una gran bondad con los demás.

No permitas que pasemos el tiempo criticando a los demás, condenando y encontrándoles defectos. Líbranos de esta manía enfermiza y tan extendida: la crítica malévola.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2
EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 32 s.


3-4.

1. (Año I) Génesis 12,1-9

Los capítulos del 1 al 11 del Génesis, que leímos en las semanas 5ª y 6ª del Tiempo Ordinario, reflexionaban religiosamente sobre el origen del cosmos y del género humano.

Ahora, durante tres semanas, escuchamos la historia del pueblo predilecto de Dios, Israel, a partir de la vocación de Abrahán desde el capítulo 12 hasta el final del libro.

La historia de Abrahán, y la de los grandes patriarcas Isaac, Jacob y José, está aquí contada desde una clave claramente religiosa y, además, según varias tradiciones intermezcladas en el Génesis.

La lectura de otros libros históricos del AT nos ocupará nueve semanas (de la 12ª a la 20ª). En ellos, no sólo repasaremos la historia del pueblo de Israel, del que somos herederos, sino que nos veremos reflejados nosotros mismos en nuestra actuación, dejándonos juzgar por la voz de Dios.

a) Hoy escuchamos el relato de la vocación de Abrahán, allá en su tierra de Ur, en el país de Caldea, un pueblo de cultura bastante avanzada, con buenas técnicas de trabajo y una buena legislación social. Pero corrompido, como todos los demás, religiosa y moralmente.

Dios ha decidido formar un pueblo según su corazón, en medio de ese mundo pagano, para que conserve la religión monoteísta y atraiga la bendición sobre toda la humanidad. Para ello, Dios se fija en Abrahán, un hombre mayor ya, que parecería que tiene derecho a un descanso. Pero la orden es «sal de tu tierra». Tal vez esté relacionada esta salida con alguno de los fenómenos, que también existían entonces, de migraciones colectivas de pueblos buscando mejores condiciones de vida.

Abrahán responde con decisión, fiándose de lo que entiende como voz de Dios. Junto con su familia y sus posesiones, abandona Caldea y emprende el camino que Dios le indica, «sin saber a dónde iba» (Hb l 1,8). Está abierto al futuro. No se apaga al pasado. Tiene mérito su fe, porque Dios le promete dos cosas difíciles de creer: que le hará padre de un gran pueblo (a él que es ya mayor y su esposa, estéril) y le dará en posesión la tierra que le mostrará (abandona algo seguro por algo que en seguida se verá que es utópico).

No es de extrañar que Abrahán sea, tanto para los judíos como para los musulmanes y los cristianos, el prototipo del que creyó en Dios, en medio de dificultades sin cuento.

b) Abrahán se puede considerar como el representante de todas las personas a las que les ha tocado peregrinar, abandonando seguridades y lanzándose a aventuras en el servicio de Dios: misioneros, religiosos, cristianos comprometidos, voluntarios. Pero también, de los jóvenes que han dejado de ser niños y se enfrentan a la aventura de la vida. A todos nos toca alguna vez emprender nuevos caminos: «Sal de tu tierra».

En cada circunstancia nos toca dar a Dios nuestra respuesta. Aunque, a veces, sus llamadas no dejen de ser sorprendentes.

Una respuesta cultual, como hizo Abrahán levantando un altar a Dios e invocando su nombre: nosotros también lo hacemos con la oración, los sacramentos, la Eucaristía.

Y una respuesta vital, con la obediencia y un estilo de conducta según la voluntad de Dios. Como hizo María de Nazaret: «hágase en mí según tu palabra». Como hizo Jesús, que vino a cumplir la voluntad de su Padre. Aunque esta obediencia suponga éxodo, salida de nosotros mismos y de nuestras comodidades. Aunque implique dejar las cosas en las que estamos instalados y que nos resultan tan cómodas.

El salmo no va sólo por Abrahán. Va por todos nosotros, que nos sentimos llamados por Dios y ponemos nuestra confianza en él: «dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad... nosotros aguardamos al Señor, él es nuestro auxilio y escudo».

1. (Año II) 2 Reyes 17,5-8.13-15.18

a) Es trágico el final del reino del Norte, (Samaria), el que se separó del Sur después del reinado de Salomón. El año 721l antes de Cristo, después de tres años de asedio, el rey Salmanasar V conquista Samaria y deporta a sus habitantes a Asiria. El reino de Judá, el del Sur, va a quedar a salvo todavía durante más de un siglo.

El salmo nos da la clave para la interpretación religiosa de este triste final: «Oh Dios, nos rechazaste, estabas airado... hiciste sufrir un desastre a tu pueblo... tú nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas».

Aunque en la ruina de Israel seguramente intervinieron otros factores políticos, económicos y sociales, así como ineptitudes y ambiciones personales, el Libro de los Reyes la interpreta como castigo de Dios. Dios ha sido fiel a su Alianza, pero el reino de Samaria, cada vez más deteriorado en su vida social y religiosa, ha caminado hacia la ruina.

Abandonaron la religión verdadera, adoraron a dioses falsos, no hicieron ningún caso de los profetas que Dios les enviaba y procedieron según las costumbres de los paganos. Por eso ha venido el cataclismo: «el Señor se irritó contra Israel».

b) Aprendamos la lección. La infidelidad, el pecado, la flojedad en nuestra alianza con Dios, nos llevan a desastres más o menos calamitosos, a la ruina personal y a la comunitaria. La culpa no es de Dios, sino nuestra. No es que él sea rencoroso o vengativo.

Nosotros mismos elegimos, a veces, el camino más cómodo y ancho, pero que lleva a la ruina. Un camino torcido nunca lleva a la felicidad duradera.

Esto les pasa a los pueblos, cuando se dejan llevar por la corrupción y las ambiciones injustas. Y a las comunidades cristianas, cuando aflojan en la fidelidad a sus ideales. Y a las personas, cuando eligen el camino de lo superficial.

Se cumple de nuevo, y esta vez trágicamente, lo de los dos caminos del salmo. Si seguimos los caminos de Dios, tendremos vida; si preferimos los más cómodos de este mundo, nosotros mismos nos estamos condenando a la esterilidad y al fracaso. Y no se podrá decir que no hayamos tenido avisos. Los israelitas desoyeron a los profetas.

Nosotros tenemos a Cristo mismo y a la Iglesia que nos recuerda sus palabras: que el que edifica sobre arena se expone a derrumbes estrepitosos.

El salmo nos hace reconocer la culpa y pedir clemencia a Dios: «que tu mano salvadora, Señor, nos responda... restáuranos... auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil».

2. Mateo 7,1-5

a) Seguimos escuchando varias recomendaciones de Jesús, todavía en el sermón del monte. Esta vez, sobre el no juzgar al hermano.

Jesús no sólo quiere que no juzguemos mal, injustamente. Nos invita a no juzgar en absoluto. La comparación que pone es muy plástica: la brizna que logramos ver en el ojo de los demás y la enorme viga que no vemos en el nuestro. Claro que es exagerada, probablemente tomada de un refrán de la época: como era exagerada la diferencia entre los diez mil talentos que le fueron perdonados a un siervo y los pocos denarios que él no supo condonar.

El aviso es claro: «os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros». Si nuestra medida es de rigor exagerado, nos exponemos a que la empleen también contra nosotros. Si nuestra medida es de misericordia, también Dios nos tratará con misericordia. Es lo mismo que afirma aquella petición tan peligrosa del Padrenuestro: «perdónanos como nosotros perdonamos».

b) ¡Cuántas veces nos dedicamos a juzgar a nuestros semejantes! Juzgar significa meternos a fiscales y a jueces. Con frecuencia, lo hacemos sin tener en la mano todos los datos de su actuación y sin darles ocasión de defenderse, sin escuchar sus explicaciones.

Los defectos que tenemos nosotros no los vemos, pero sí la más pequeña mota en el ojo del vecino. Se nos podría acusar de ser hipócritas, como el fariseo que se gloriaba ante Dios de «no ser como los demás», sino justo y cumplidor.

Jesús nos enseña a ser tolerantes, a no estar siempre criticando a los demás, a saber cerrar un ojo ante los defectosde nuestros familiares y vecinos, porque también ellos seguramente nos perdonan a nosotros los que tenemos y no nos los están echando en cara cada día.

«Sal de tu tierra, hacia la tierra que te mostraré» (1ª lectura I)

«Volveos de vuestro mal camino» (1ª lectura II)

«No juzguéis y no os juzgarán» (evangelio)

«¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?» (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 5
Tiempo Ordinario. Semanas 10-21
Barcelona 1997. Págs. 62-66


3-5.

Primera lectura : 2º de Reyes 17, 5-8.13-15a.18 El Señor arrojó de su presencia a Israel y sólo quedó la tribu de Judá.

Salmo responsorial : 59, 3.4-5.12-13 Que tu mano salvadora, Señor, nos responda.

Evangelio : Mateo 7, 1-5 Sácate ese tronco de tu ojo.

En el llamado "Discurso Evangélico" aparece Jesús tomando una de las reglas básicas de convivencia practicadas por el pueblo. A pesar de lo elemental que parece esta norma es la que menos se cumple en la vida social. La aplicación que se le había venido dando estaba limitada sólo a la espiritualidad, o para hacer señalamientos a quienes eran considerados inmorales, mas su alcance no podía ser limitado para sacar partido a favor de intereses egoístas.

Jesús en este discurso está echando mano de su sabiduría humana y popular, de las reglas sabias que regulan la convivencia humana. No apoya estos dictámenes en razones superiores inspiradas en el Padre, tal como era su costumbre al hablar. Se trata de una serie de normas lógicas, muy humanas, que precisamente por lo sencillas que son, son de mucha altura, porque sin ellas no es posible establecer una convivencia humana. El querer de Dios lo muestra Jesús aquí apoyado sobre grandes logros éticos de la humanidad.

Nuestras comunidades no pueden olvidar que la vivencia del evangelio siempre se apoyará también sobre normas básicas de conducta humana. La novedad del evangelio consiste en que no va a hablar sobre temas que no sean conocidos a las personas; al contrario, aquellos logros de profunda humanidad son ratificados por el Dios encarnado; entonces el evangelio les da una calidad superior que lleva a la voluntad expresa del Padre.

Podemos notar como estas normas lógicas de convivencia, aplicables a una comunidad concreta, a pesar de que no parecen la gran revelación divina», significan en verdad que el evangelio tiene que empezar desde las convenciones culturales que subyacen en los diferentes grupos humanos, porque Dios es consecuente con las verdades de la sabiduría popular de todos los pueblos, pues todos buscan humanizarse.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-6.

Gn 12, 1-9: Abraham obedeció al Señor

Sal 32, 12-13.18-20.22

Mt 7, 1-5: No juzguen a los demás

Este capítulo contiene una serie de advertencias de Jesús a sus discípulos. La primera de ellas es la de no juzgar, que no es simplemente tener una opinión, situación que difícilmente se puede evitar; la palabra significa juzgar duramente, actuar de juez, condenar. Jesús quiere impedir, por parte de sus discípulos, una actitud de orgullo, menosprecio y superioridad frente a los demás, que lleve a una postura farisea de condena y recriminación del pecado de los demás.

El ejemplo de la viga en el ojo propio es ilustrativo del no juzgar para no ser juzgados. Puede tratarse de un proverbio popular aplicado al evangelio. La aguda observancia de las faltas de los demás, combinada con la complacencia hacia el propio carácter, es el tema común de muchos proverbios en todas las culturas. Estos versículos no afirman, en modo alguno, que el principio de no juzgar signifique únicamente la invitación a ver la viga propia en el trato con los demás. Juzgar al prójimo significa hablar mal de él o juzgar mal; esto equivale a despreciar la ley del amor. Debemos ver, y a veces decir, lo que es condenable en una acción; pero no debemos juzgar la responsabilidad del otro ni sus intenciones, que sólo Dios conoce. De esta manera, el contenido del texto está puesto para resaltar que el que juzga pasa a ser juzgado, porque sólo a Dios corresponde juzgar a los hombres. El hombre, al hacerlo, se atribuye un poder que no es suyo.

En la práctica, esto puede plantear muchos problemas. ¿No nos llevaría a una tolerancia excesiva? ¿No podríamos corregir las fallas de los demás por no tener la suficiente autoridad moral para hacerlo?. El tema no se puede resolver sólo con estas palabras que nos transmite Mateo, porque Jesús plantea a lo largo de todo el evangelio, la corrección fraterna como algo posible y obligatoria al interior de la vida cristiana. Lo que sí queda claro es que Jesús no admitiría nunca que una persona corrija a otra considerándose perfecta; con orgullo y dureza.

SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO


3-7. DOMINICOS 2003

Del Éufrates al Jordán
Dios, que nos creó y nunca deja de querernos como a hijos, fue sembrando por todas partes, para que las recogieran todos los pueblos y recibieran su luz, semillas de verdad.

Son semillas que cayeron sobre la haz de la tierra:

Cayeron en los montes, y desde sus cumbres peladas nos invitan a los hombres a cantar las alabanzas del Creador. Cayeron en tierras fecundas, y en ellas el germinar de las mieses es para nosotros como un milagro de Dios bajo el nombre de Naturaleza. Y cayeron, sobre todo, en el corazón de los hombres nobles; y éstos, trabajando cada día, dirigiendo a los pastos sus rebaños, despertando en la mañana a los niños que acostaron en la noche, y, dejándose sorprender por las necesidades y los acontecimientos, se interrogan sin cesar y descubren que más allá de los campos y montes y ríos y cosechas, hay un Dios creador y providente.

Hoy la liturgia nos presenta a uno de esos corazones nobles, el llamado Abrahán, que vivía en familia, pastoreaba su rebaño, cultivaba algunos campos en la ribera del Éufrates, se interrogaba sobre sí mismo, y miraba al cielo, fascinado por las estrellas.

Un atardecer, ese hombre bueno y noble, justo y tierno, abierto y solidario, creyó escuchar una voz que le decía:

¡Abrahán! ¡Abrahán! Quiero hacer de ti y de los tuyos un gran pueblo, te bendeciré. Sal de tu tierra. Camina siguiendo la estrella que te iluminará, y yo estaré contigo.

Abrahán, sorprendido, asustado, agradecido, confiado, creyó. Y, puesto en manos de Dios, dio comienzo a una obra e historia que es nuestra Historia de salvación. Así acontecía casi dos mil años antes de Jesucristo, en los campos de Ur, en Mesopotamia, punto de partida de un camino que llevaba a Canaán, Palestina.

Al recordarlo en la primera lectura, la Iglesia nos encarece la actitud de fe ante Dios y la confianza ante su mensaje salvífico, pues sin actitud creyente -desde lo hondo del corazón- no hay vida en el Espíritu.

La Palabra de Dios
Libro del Génesis 12, 1-9:
“El Señor dijo a Abrán: Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo... Salieron en dirección a Canaán y llegaron a esa tierra..., hasta Siquén..., y el Señor dijo a Abrahán: A tu descendencia le daré esta tierra... Abrahán se trasladó, por etapas, hasta el Negueb”

Este relato es una composición por medio de la cual los israelitas se iban comunicando -de generación en generación - el inicio de su historia, a partir de un gesto de elección divina. Por pura gratuidad eligió Dios a Abrahán y su descendencia como vehículo para mostrar su amor inagotable a los hombres, hasta el extremo de enviar a su Hijo.

Evangelio según san Mateo 7, 1-5:
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No juzguéis y no os juzgarán¸ porque os van a juzgar como juzguéis vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?... Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano”

Este texto nos lleva a una reflexión muy distinta de la anterior. No se trata de la ‘elección divina’ sino de la actitud que los hombres debemos adoptar en nuestra mutua valoración, y en el enjuiciamiento de nuestras conductas. Dios y la elección están al fondo. Pero el interrogante se hace a nuestro juicio sobre los demás.



Momento de reflexión
La bendición de Yhavé.
En el libro del Génesis, a partir del capítulo 12, la historia religiosa de la creación deja su puesto a la historia de la salvación del hombre, por medio del llamamiento de Abrahán y la constitución de su descendencia en ‘Pueblo Elegido’.

El mismo Dios que nos creó por amor, poniéndonos en el mundo como conciencias pensantes y libres, es el Padre que ahora proyecta un plan de re-creación para sacarnos de la esclavitud del pecado a la que nos entregamos por innumerables infidelidades.

En ese camino, Abrahán es, por su actitud de fe, poniéndose en manos del Señor, el primer eslabón de una cadena de hijos predilectos.

Jesús será el eslabón último, el último elegido, el Hijo por excelencia, el que llevará a la consumación todo el proyecto divino.

En esa cadena de gracias, nosotros, los que vinimos a la existencia en el atardecer de la historia, demos gracias al Padre y al Hijo, Jesucristo, por habernos enriquecido con sus dádivas.

¿Veo la mota y no aprecio la viga en el ojo?
Es pobre nuestra condición de criaturas. Sabemos mirar a los demás y descubrir fácilmente sus limitaciones y defectos, pero no sabemos ni queremos apreciar con la misma agudeza -ni confesar con parecida sinceridad- los propios errores de visión. La lección de Jesús está muy clara:

-Comienza analizando tu vida y reconoce tus propias limitaciones y miserias.

-Después, cumple con el deber fraterno de corregir a tu hermano, si se desvía del camino de la Verdad y del Amor.

-Pero hazlo todo con amor sincero: sintiéndote tú mismo más frágil y pecador que el hermano a quien corriges.


ORACIÓN:

Señor, danos la gracia de ser sinceros y veraces en la mirada que proyectamos sobre los demás y sobre nosotros mismos, y haz que al descubrir las debilidades ajenas descubramos también nuestras propias torpezas, que son muchas. Amén.


3-8. CLARETIANOS 2003

Los once primeros capítulos del Génesis forman una unidad dedicada al origen del mundo y de los hombres. A partir del capítulo 12 empieza el ciclo dedicado a la historia de los grandes patriarcas del pueblo de Israel. Este ciclo comienza con el breve relato de la vocación de Abrahán. Cuando se escribió, en pleno período monárquico, el autor (el famoso “yahvista”) quiso recordar al pueblo dos cosas: que el Señor seguía prometiendo su bendición y que el pueblo estaba llamado a ser fuente de bendición para todos los pueblos de la tierra.

¿Qué puede decirnos hoy? En el relato aparecen con claridad:

Una exigencia: El Señor le pide a Abrahán que salga de su tierra y se ponga en camino.

Una promesa: A cambio, Dios le promete un gran pueblo y una tierra.

La promesa resulta atractiva para un hombre del desierto. ¡Lástima que choque con dos imponderables: la esterilidad de Sara (mujer de Abrahán) y el hecho de que la tierra prometida tenga ya dueño! Esto crea una gran tensión dramática que acentúa el poder de Dios cuando todo parece indicar que su promesa es absurda.

A pesar de todo, Abrahán se pone en camino, se fía, cree. Por eso, aunque nos separen de él casi tres mil años, Abrahán es un símbolo para cada uno de nosotros.

Para muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo “lo de Dios” es increíble: por absurdo (en el caso de los más racionalistas) o por demasiado bonito para ser cierto (en el caso de los más sentimentales). Jamás empezaremos a ver mientras sigamos arrellanados en el sofá de nuestra comodidad. La promesa de Dios sólo se hace realidad cuando nos “ponemos en camino”.

El evangelio de Mateo nos presenta la parabolilla de la mota y la viga. ¡Cómo se ve a través de ella que Jesús conocía nuestra manera de funcionar! ¿Cuántos problemas surgen entre nosotros (en las familias, comunidades, grupos, empresas, países) por el mero hecho de no percibir los propios defectos? Las palabras de Jesús son una llamada al autoconocimiento. Quien se conoce bien puede comprender mejor a los demás. ¿A que se os ocurren muchos ejemplos tomados de la vida cotidiana?

Gonzalo (gonzalo@claret.org)


3-9. COMENTARIO 1

En esta sección del discurso se trata de criterios que han de tener vigencia en la comunidad y a los que deben ajustarse los que pretendan pertenecer a ella.

Comienza con un severo aviso contra los que rompen toda relación con otra persona, basándose en defectos que en ella encuentran. Dios interrumpe su relación con aquel que la interrumpe con su prójimo (cf. 6,14s). Quien practica la crítica implacable pierde toda lucidez. La viga en el propio ojo es la falta de amor con que se juzga a los demás, que impide toda visión objetiva. Sólo con amor se puede ayudar efi­cazmente.

Jesús previene contra la imitación («hipócritas») del espíritu fariseo, que dictaminaba sobre la bondad o maldad de los hombres (cf. 6,2.5.16) según sus criterios legalistas. Nadie pue­de ayudar al «malo» asumiendo la condición de «bueno».


COMENTARIO 2

El ejemplo de la viga en el ojo propio es ilustrativo del no juzgar para no ser juzgados. Puede tratarse de un proverbio popular aplicado al Evangelio. La aguda observancia de las faltas de los demás, combinada con la complacencia hacia el propio carácter, es el tema común de muchos proverbios en todas las culturas. Estos versículos no afirman, en modo alguno, que el principio de no juzgar signifique únicamente la invitación a no ver la viga propia en el trato con los demás. Juzgar al prójimo significa hablar mal de él o juzgar mal; esto equivale a despreciar la ley del amor. Debemos ver, y a veces decir, lo que es condenable en una acción; pero no debemos juzgar la responsabilidad del otro ni sus intenciones que sólo Dios conoce. De esta manera, el contenido del texto está puesto para resaltar que el que juzga pasa a ser juzgado, porque sólo a Dios corresponde juzgar a los hombres. El hombre, al hacerlo, se atribuye un poder que no es suyo.

En la práctica, esto puede plantear muchos problemas. ¿No nos llevaría a una tolerancia excesiva? No podríamos corregir las fallas de los demás por no tener la suficiente autoridad moral para hacerlo. El tema no se puede resolver sólo con estas palabras que nos transmite Mateo, porque Jesús plantea a lo largo de todo el evangelio la corrección fraterna como algo posible y obligatorio al interior de la vida cristiana. Lo que sí queda claro es que Jesús no admitiría nunca que una persona corrija a otra considerándose perfecta; con orgullo y dureza.

1. J. Mateos-F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)


3-10. Lunes 23 de junio de 2003

Gn 12,1-9: Vocación de Abrán
Salmo: 32, 12-13.18-20.22
Mt 7, 1-5 : Sácate primero la viga de tu ojo...

Este texto del sermón de la montaña ha sido con frecuencia mal interpretado. Jesús no invita a sus seguidores a tener una conciencia acrítica. Cuando dice “no juzguen y no serán condenados”, no desaconseja juzgar en el sentido de emitir un juicio crítico u opinión sobre alguien”. El verbo juzgar (en griego, krinein) se utiliza aquí en sentido jurídico y equivale a emitir un juicio condenatorio sobre una persona, basándose en los defectos que tiene; quien emite este tipo de juicio rompe la relación con la persona enjuiciada. Y Dios no quiere esto. Por eso, Jesús muestra el camino que hay que seguir y los criterios que han de tener vigencia en la comunidad cristiana que deben llevar en todo caso a la plena comprensión del otro. Cuando veas algo malo en otra persona, fíjate en tus propios defectos, dice Jesús; tal vez sean mayores que los suyos; el análisis crítico de tu realidad te ayudará a comprender la del prójimo. Sólo el amor comprensivo sana las heridas del alma. Pero esto no quiere decir que hagas caso omiso de los defectos del otro, ni que no le dirijas la palabra para invitarlo a cambiar. Con la conciencia de tu propia fragilidad, trata de curar y remediar la del prójimo; si no lo haces así, eres un hipócrita, alguien que va por la vida con una careta ocultando ante los demás quién es y desempeñando un papel que no le pertenece. El conocimiento de tus propios defectos –la viga de tu ojo-, además, te capacitará para poder sacar la mota del ojo de tu hermano. Ante la vista de tu realidad, puede que los defectos del prójimo sean poco más que una mota que molesta, pero en ningún caso impide la visión.

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO


3-11. ACI DIGITAL 2003

1. Se prohibe el juicio temerario. S. Agustín observa al respecto: "Juzguemos de lo que está de manifiesto, pero dejemos a Dios el juicio sobre las cosas ocultas" (Luc. 6, 37; Rom. 2, 1). Hay en este sentido una distinción fundamental entre el juicio del prójimo que nos está absolutamente prohibido, y el juicio en materia de espíritu que nos es recomendado por S. Juan, S. Pablo y el mismo Señor (7, 15; I Juan 4, 1; I Tes. 5, 21; Hech. 17, 11; I Cor. 2, 15).

2. Es la regla del Padre Nuestro (6, 12 ss.). Importa mucho comprender que Cristo, al pagar por pura misericordia lo que no debía en justicia (S. 68, 5 y nota), hizo de la misericordia su ley fundamental y la condición indispensable para poder aprovechar del don gratuito que la Redención significa; esa Redención, sin la cual todos estamos irremisiblemente perdidos para siempre. Dedúcese de aquí, con carácter rigurosamente jurídico, una gravísima consecuencia, y es que Dios tratará sin misericordia a aquellos que se hayan creído con derecho a exigir del prójimo la estricta justicia. Bastará que el divino Juez les aplique la misma ley de justicia sin misericordia, para que todos queden condenados, ya que "nadie puede aparecer justo en su presencia" (S. 142, 2). Véase la "regla de oro" (v. 12) y la Parábola del siervo deudor (18, 21 ss.). S. Marcos (4, 24) añade a este respecto una nueva prueba de la generosidad de Dios.