barra-01.gif (5597 bytes)

H O M I L Í A S 

barra-01.gif (5597 bytes)

do-29c.gif (23296 bytes)

DOMINGO XXIX

CICLO C

53ordinarioC29.jpg (32168 bytes)

PARA VER LA IMAGEN AMPLIADA HAGA CLIC SOBRE LA MISMA

 

Lucas es el evangelista de la oración. Es el que más nos presenta a Jesús orando y su enseñanza sobre cómo debemos orar. El domingo pasado nos invitaba a orar con gratitud. Hoy nos propone la parábola de la viuda insistente, para enseñarnos la perseverancia en la oración. Recomiendo que se lea lo que el Catecismo dice sobre la oración, sobre todo en los números 2734-2745.

MIENTRAS MOISÉS ORABA, VENCÍA ISRAEL

El ejemplo del AT es muy expresivo. En la batalla contra los enemigos, Moisés oraba a Dios pidiéndole su ayuda. Mientras él mantenía los brazos elevados, los israelitas llevaban las de ganar. Si él aflojaba en su oración, sucedía al revés. No es un gesto mágico. Es un símbolo de que la historia de este pueblo no se puede entender sin la ayuda de Dios. No nos resulta muy espontánea esta convicción, porque el hombre de hoy aprecia la eficacia, los medios técnicos, el ingenio y el trabajo humano, y no parece necesitar de Dios para ir construyendo su mundo. Pero Jesús nos avisó que el que no edifica sobre la roca de Dios, está edificando en falso. Y nos dijo: "sin mi no podéis hacer nada".

El salmo nos invita a remotivar nuestras seguridades: "levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra". Orar es reconocer la grandeza de Dios y nuestra debilidad, y orientar la vida y el trabajo según Dios.

ORAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE

Jesús también nos enseña la importancia de la oración en nuestra vida. En su parábola, el juez no tiene más remedio que conceder a la buena mujer la justicia que reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, con una oración también de petición y perseverante. Orar pidiendo a Dios no significa tratar de convencerle a él, sino remotivar nuestra visión de la historia y entrar en comunión con él. Dios quiere nuestro bien, y el del mundo, más que nosotros mismos. Eso sí, lo quiere, seguramente, con mayor profundidad. La oración nos ayuda a sintonizar con la "longitud de onda" de él y, desde ese mismo momento, ya es eficaz.

Nos hace bien decir -"pronunciar"- ante Dios nuestro deseo y nuestra disconformidad con los males de este mundo, reconociendo nuestra debilidad. Nos ayuda a no ser autosuficientes y a mantener ante Dios -y, en consecuencia, ante los demás- una postura de humildad y confianza. Y eso sin cansarnos, aunque nos parezca que no nos escucha, respetando sus tiempos y ritmos.

NO ES UNA INVITACIÓN A LA PEREZA

Ahora bien, la oración de petición no significa dejarlo todo en las manos de Dios. Moisés, aunque hoy aparezca orando con los brazos elevados, no es ciertamente una persona sospechosa de pereza y alienación. Él era el gran líder y activo conductor del pueblo: pero daba a la oración una importancia decisiva en su vida. Tampoco Jesús nos invita a la pereza: en otra ocasión nos dirá, con la parábola de los talentos, cómo hemos de trabajar para hacer fructificar los dones de Dios para bien de todos.

Lo que quiere recordarnos hoy es que la actitud de un cristiano debe ser claramente de apertura a Dios, y no de confianza en sus propias fuerzas. Cuando en la Oración Universal de la misa pedimos, por ejemplo, por la paz, no le estamos diciendo a Dios algo que no sabe o que tiene que hacer él. Expresamos en su presencia estas urgencias de la humanidad y con ello nos comprometemos a trabajar nosotros mismos en lo que le pedimos a Dios y según el estilo de Dios.

Si hoy, por ejemplo, rezamos por las intenciones de los misioneros, por ser el Domund, ciertamente unimos la oración con algún gesto de ayuda concreta y efectiva, económica o personal. La comunidad cristiana, ante la enorme tarea que hay que realizar en este mundo ("la mies es mucha y los obreros, pocos"), ha recibido este doble encargo: primero, que rece ("orad, pues, al dueño de la mies, que envíe operarios a su mies") y, luego, que vaya por todo el mundo a anunciar el evangelio. La oración y el trabajo. Así, la oración estará coloreada de compromiso, y el trabajo estará enfocado desde la mirada de Dios.

¿ENCONTRARÁ ESTA FE EN LA TIERRA?

Jesús acaba su parábola con una pregunta desconcertante: "cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en al tierra?". Tal como va nuestra vida de fe, en un mundo cada vez más encerrado en su propia visión de las cosas, hay exigencias en el evangelio que sin fe y oración difícilmente seremos capaces de asumir. Tenemos que purificar nuestras intenciones y crecer en una actitud de humilde confianza, la actitud de los que saben "orar su vida" ante Dios.

J. ALDAZÁBAL
MISA DOMINICAL 1998/13 17-18

 

31 homilías más para este domingo