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Este
domingo tiene cierto carácter de tránsito entre Epifanía y el tiempo
ordinario: Jesús se manifiesta a aquellos que iban a ser sus primeros
discípulos. Por otro lado, el episodio que hoy nos narra el evangelio de Juan
representa el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, de Juan a Jesús.
-DE
JUAN A JESÚS. "Fijándose en Jesús que pasaba, dijo: Este es el cordero
de Dios". He aquí compendiada toda la misión de Juan y la de todo
apóstol: ser simple indicador de Jesús. "No era él la luz, sino testigo
de la luz" (Jn 1,8). Son sorprendentes el desprendimiento y la sencillez
con que Juan, en medio de su fama, le da el relevo a Jesús. La pobreza deberá
ser siempre la primera cualidad del testigo de Jesús, comenzando por la propia
Iglesia. No se trata de ganar las personas para nosotros, sino de ganarlas para
Jesús, que significa ayudarles a ser más ellas mismas.
-EL
SECRETO, EL ENCUENTRO CON JESÚS. Lo que convierte a un hombre en testigo y
discípulo de Jesús es el hecho de encontrarse, de quedarse con él.
Este
sería el núcleo del mensaje de este domingo. Hoy, en la homilía, todo el
mundo hablará seguramente del "encuentro con Jesús", de
"escuchar la voz o la llamada del Señor". Pero, ¿qué puede
significar, en la vida concreta o real del hombre de hoy, encontrarse con
Jesús, escuchar su voz? Estas expresiones nos parecen muchas veces simples
frases hechas, sin significado alguno en la vida. Ha pasado aquel tiempo, si es
que existió alguna vez, en que un Samuel o un san Francisco de Asís podían
escuchar con sus oídos la voz del Señor. ¿De qué modo, por tanto, podemos
aún hoy día encontrarnos con Jesús y escuchar su voz?
Podríamos
decir que, más que de encontrar a Jesús, se trata de dejarse encontrar por
él. Y la mejor disposición es una actitud de búsqueda sincera del bien y la
verdad. Si nosotros nos mantenemos abiertos al bien y a la verdad, podemos
esperar que Jesús, a través de su Espíritu, no dejará de hacerse presente en
nuestra vida en forma de paz, de gozo, de fortaleza, de capacidad para amar y
perdonar... Y podemos esperar también que, en más de una ocasión, en la fe,
nos hará experimentar la certeza de su presencia, la certeza de que aquellos
dones nos vienen de él. Y escuchar su voz significará discernir en cada
situación, bajo la acción del Espíritu, lo que es más conforme al evangelio,
a las opciones mayores del Reino, como son la confianza en el Padre del cielo,
el respeto y el amor incondicional a los demás, la opción por los pobres, la
paz, la solidaridad, etc.
Y
no podemos despreciar las diversas mediaciones de este encuentro. Porque, si
bien es cierto que el Espíritu de Dios sopla cuando y donde quiere, también es
cierto que hay unas mediaciones ordinarias que nos permiten experimentar más
fácilmente la presencia del Señor y ver más claramente su voluntad. Por citar
algunas, el silencio y la plegaria, la lectura del evangelio, los encuentros
eclesiales, la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos.
Pero,
a la luz del capítulo 25 de san Mateo, sabemos que, nos demos cuenta o no,
Jesús se hace misteriosamente presente y pide acogida en el corazón mismo de
la vida, incluso de aquellos que no lo conocen. Jesús se hace presente en la
vida tomada con absoluta seriedad, en el tejido de las relaciones personales, en
el servicio humilde al desvalido, en el compromiso por el bien y la justicia.
-LA
IGLESIA, LUGAR DE ENCUENTRO CON JESÚS. Esto es lo que significa que la Iglesia
sea sacramento. Ella es la encargada de hacer presente a Jesús entre los
hombres. Es en ella, que ha conservado viva la memoria de Jesús, en la vida
concreta de sus comunidades, que los hombres podrán reconocer a Jesús y cuanto
él significa para nosotros hoy. Pero esto sólo será posible en la medida en
que escuche su palabra, se deje penetrar por su Espíritu y viva de su
presencia.
La
Iglesia debería poder decir como Jesús: "Venid y lo veréis". Y su
palabra debería poder limitarse a dar razón de lo que le hace vivir, del
fundamento de su esperanza.
-LOS
EFECTOS DEL ENCUENTRO CON JESÚS. El primero es un cambio profundo de la
existencia, como el que tuvo lugar en los apóstoles a raíz de su encuentro con
el Resucitado y que en el evangelio de hoy vemos reflejado en Simón incluso en
el cambio de nombre. El que realmente se ha encontrado con Jesús deviene un
hombre nuevo a imagen de Jesús.
Y,
como podemos ver también en el evangelio de hoy y es una constante en la
historia de la salvación, aquel que se ha encontrado con Jesús y ha
comprendido lo que Jesús significaba en su vida, se siente irresistiblemente
impelido a decirlo, a comunicarlo a los demás. La fe se propaga por
irradiación.
Como
decía Pablo VI, ¿acaso existe otro modo de comunicar la fe, que el de
comunicar las propias experiencias? Sólo el que ha "visto" a Dios
tiene derecho a hablar de él.
-SALMO
RESPONSORIAL. Todas estas ideas están maravillosamente plasmadas en el salmo
responsorial, al que debería darse especial relieve.
-PASO
A LA CELEBRACIÓN. La Eucaristía es el gran encuentro con Jesús y con los
hermanos, Jesús se hace "realmente" presente entre nosotros. Que cada
vez que celebremos la Eucaristía este encuentro con Jesús nos ayude a
descubrir y a vivir su presencia a lo largo de la vida.
J.
HUGUET
MISA DOMINICAL 1982/02

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