8 de Agosto

Sábado XVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 8 agosto 2026

Lectio

12 ¿No eres tú Señor desde antiguo, mi Dios? Tú eres inmortal, tú has puesto a ese pueblo para ejercer el derecho, y lo has establecido para hacer justicia. 13 Tú tienes los ojos demasiado puros para mirar el mal, y la opresión te resulta insoportable. ¿Cómo puedes contemplar en silencio a los traidores, y soportar al malvado que devora a quien es mejor que él? 14 Tú tratas a los hombres como a peces del mar, como a reptiles que no tienen dueño. 15 El opresor los atrapa con el anzuelo, los arrastra en su red, los recoge en su copo y se regocija. 16 Por eso rinde culto a sus artes de pesca, porque gracias a ellas su pesca es abundante y sabrosa su comida. 17 ¿Seguirá utilizando sus redes, y asesinando sin piedad a los pueblos? 1 Voy a colocarme en mi puesto de guardia, estaré de pie sobre la muralla, me mantendré en alerta para ver lo que tú me dices, por si respondes a mi queja. 2 El Señor me respondió: "Escribe la visión, y grábala en tablillas con caracteres bien legibles, 3 porque la visión tardará en cumplirse. Tiende a su fin y no fallará, aunque parezca tardar. Espérala, pues se cumplirá en su momento. 4 El malvado sucumbirá, pero el justo vivirá por su fe" (Hab 1,12-2,4).

         El enigma de la presencia del mal en la historia, y el hecho de que prevalezca sobre el bien, es algo que ha atormentado a los creyentes desde siempre. Por su parte, también atormentó al profeta Habacuc. La historia personal de este profeta nos es desconocida, pero su escrito ha quedado registrado como paradigma de lectura de la historia.

         La pregunta crucial tiene que ver con la relación entre el mal y Dios. ¿Por qué calla Dios frente a la maldad y al atropello (v.12)? La duda bien podría aludir a una especie de connivencia entre Dios mismo y el mal, como si Dios fuera enemigo del hombre o estuviera aliado con los que se convierten en instrumentos de la maldad (v.14).

         Habacuc expresa esta idea con la imagen del pescador que, de un modo sádico, se complace con los peces que captura y mata (vv.15-17). En el ánimo del profeta se abre camino una hipótesis inquietante: ¿Acaso tiene fundamento la serpiente respecto a ciertos celos de Dios en relación con el hombre (Gn 3,4)? Abandonando la búsqueda de respuestas verificables sobre las intenciones de Dios, Habacuc se agita por dentro, despertando su corazón a la fe (v.1).

         El silencio obstinado de Dios a sus preguntas ya no asusta a Habacuc, pues sabe que puede apoyar su propia vida en la promesa divina, que es segura y no está ligada a un tiempo preciso, porque es válida para siempre (v.3).

         El creyente reconoce en Dios su centro vital y la razón de los acontecimientos, aunque éstos parezcan contradictorios. Habacuc comprende que esta fe es la raíz profunda que garantiza tanto la vida como la estabilidad. Por el contrario, el que presume de erigirse como centro y fin de su propio vivir quedará prisionero de su orgullo, encerrando en sí mismo e inestable (v.4). Es ésta una verdad que todo el mundo debe conocer (v.2).

14 Cuando llegaban a donde estaba la gente, se acercó un hombre que, arrodillándose ante Jesús, 15 le dijo: "Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene ataques y está muy mal. Muchas veces se cae al fuego, y otras al agua. 16 Se lo he traído a tus discípulos, pero no han podido curarlo". 17 Jesús respondió: "Generación incrédula y perversa, ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo aquí". 18 Jesús increpó al demonio, y éste salió del muchacho, que quedó curado en el acto. 19 Después, los discípulos se acercaron en privado a Jesús y le preguntaron: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?". 20 Él les dijo: "Por vuestra falta de fe. Si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte trasládate allá, y se trasladaría, y nada os sería imposible" (Mt 17,14-20).

         La petición de un padre para que cure a su hijo epiléptico brinda a Jesús el motivo para dirigir a los discípulos una última llamada sobre la necesidad de creer en él. Los discípulos no son capaces de llevar a cabo la curación (vv.16.19), puesto que el poder taumatúrgico no les pertenece, sino que es un don que el Maestro concede como participación en su misma misión (Mt 10,1). Los discípulos, por su parte, deben todavía adherirse a él, por medio de la fe.

         La exclamación "generación incrédula y perversa" (v.17) expresa la resistencia que opone a Jesús la dureza de corazón de sus contemporáneos, puesta ya de manifiesto por el evangelista en otras ocasiones (Mt 11,16.39).

         Jesús es quien proporciona explícitamente la enseñanza. Los discípulos, si están animados por una fe cierta en él, pueden realizar el gran signo de comunicar a los hombres la salvación otorgada por Dios (v.20). Por el contrario, la falta de fe, que los separa de la comunión con Jesús, hace prácticamente imposible la liberación del mal (v.17).

Meditatio

         La palabra de Dios me provoca hoy a proceder a una comprobación de mi fe. Creer en Dios, en su bondad, en su amor por mí y por todas las criaturas, es algo que se dice muy pronto. Pero existe el dolor del mundo, existe el mal en todas sus perversas manifestaciones, y ante los atroces espectáculos de injusticias evidentes o de tragedias que producen víctimas entre los inocentes, ¿cómo es posible que Dios, si es bueno, permita que sufra tanta gente?

         Jesús me dice que mi fe, por muy pequeña que sea, lo puede todo. El profeta me habla de una vida que la fe garantiza. Creer en Dios, lejos de ser un analgésico, o remedio para la pena producida por el dolor personal, me abre a la acción. Vayamos a él, no me detengamos en nosotros mismos, proyectemos en él nuestra esperanza y acojamos su promesa. ¿No empieza a obrar así la fe, en mí?

Oratio

         ¿Por qué, Dios mío, esta infinita letanía de muerte? ¿Dónde está tu providencia generosa, oh Señor del tiempo y de la historia? ¿Dónde está tu amor? Tú lo sabes, Dios mío. Si denuncio tu contumacia es porque he experimentado sobre mi piel que no puedo vivir sin ti.

         Seguramente, tú me dirás: ¿Qué Dios estás buscando? ¿Un Dios que resuelva tus problemas? ¿Un Dios que te regale soluciones prefabricadas? Yo soy el Dios amor, y quien ama no crea títeres o niños eternos, sino hombres libres. ¿Por qué? Porque el precio de la libertad es el dolor.

         Seguramente, tú me seguirás diciendo: Si el juego de las libertades puede transformar el vivir humano en un crisol, tú eres siempre para mí ese metal precioso que, purificado, se vuelve luminoso. Puedes creer en mi amor, oh humano, por el que yo he atravesado el crisol del vivir humano hasta el final. Puedes creer en mi amor, por el que te he unido a mí en lo imposible de la resurrección.

Contemplatio

         ¿De dónde viene el mal? ¿Acaso de la materia de donde Dios sacó las criaturas? ¿Acaso era mala esa materia? ¿Es que algo falló, cuando Dios la ordenó? ¿Acaso, siendo omnipotente, fue también impotente? ¿No pudo mudarla toda, de modo que no quedase en ella nada de mal?

         ¿Por qué quiso servirse Dios de esta materia, para hacer algo nuevo? ¿Por qué no usó su omnipotencia para destruirla totalmente? ¿O es que podía ella existir, contra su voluntad? Y si la materia no era eterna, ¿por qué la dejó por tanto tiempo estar por tantos espacios y tiempos? Y si repentinamente quiso hacer algo, ¿no hubiera sido mejor hacerlo sin contar con esta materia? ¿Por qué no quitó esta material del medio, y creó otra buena para sacar de ella todas las cosas?

         Tales cosas revolvía yo en mi pecho, apesadumbrado con los devoradores cuidados de la muerte y de no haber hallado la verdad. Sin embargo, de modo estable se afincaba en mi corazón, en orden a la Iglesia Católica, la fe en Jesucristo, como norma de doctrina y consuelo de mi alma (cf. San Agustín, Confesiones, VII, V, 7).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El justo vivirá por su fidelidad" (Hab 2,4).

Conclusio

         El mal consiste en una falta de fe y en la oposición. Esto está presente desde siempre en él, porque es autónomo, personal y trascendente. El mal, en todas sus modalidades, existe en un mundo todavía en vías de formación, y por ende sensible al desorden. El mal es el continuo retorno a lo múltiple, que ha estado presente en el mundo desde el primer instante de la creación.

         El pecado original no es un acto aislado, sino una condición humana marcada por infinitas culpas diseminadas a lo largo de toda la historia, que empuja la evolución hacia su lado más perverso, evitando la unificación.

         Con todo, la historia humana es la manifestación de un plan divino, en el que Cristo compensa la existencia del mal y guía el progreso hacía su resurrección. La cosmogénesis tiene su punto culminante en la noogénesis, que a su vez culmina en la cristogénesis.

         He aquí, pues, el gran escándalo del universo: el dolor de los niños. ¿Habría creado Dios el mundo, se pregunta Dostoievski, si hubiera sabido que uno solo de estos pequeños habría de sufrir? El mal, la muerte, el dolor, el error, la culpa... ¿cómo concilian el plan amoroso de Dios? A este respecto, escribe Teilhard de Chardin:

"A un observador absolutamente clarividente, que mirara desde hace mucho tiempo y desde una gran altura la Tierra, nuestro planeta le parecería azul (por el oxígeno que lo rodea), después verde (por la vegetación que lo recubre), después amarillo (por su superficie) y por último oscuro (por la cantidad de sufrimientos que lo inundan). En efecto, cuanto más hombre se vuelve el hombre, más se incrusta y se agrava, en su carne, en sus nervios, en su mente, el problema del mal: el mal de comprender, el mal de padecer" (cf. Doni, R; Grandes Preguntas, Milán 1987, p. 141).

 Act: 08/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A