3. Toda la Escritura se refiere a Cristo


3.1. Dios es incomprensible

19,1. El pueblo antiguo recibió todos los dones, oblaciones y sacrificios [1030] como una figura, como se lo mostró a Moisés en el monte el único y mismo Dios a cuyo nombre la Iglesia da gloria hoy entre todas las naciones. Convenía que las cosas terrenas, hechas para nosotros, nos sirviesen como figuras de los bienes celestiales hechos por el mismo Dios: de otra manera no se entendería que otra cosa diversa de los bienes espirituales pudiera ser su imagen. Pues las cosas espirituales que están sobre los cielos, son para nosotros invisibles e inefables; pero decir que ellas son tipos de otros bienes aún superiores a los cielos y que pertenecen a otro Pléroma y que son imagen de otro Dios y Padre, sería en absoluto propio de tontos e idiotas. Porque, como antes dijimos muchas veces, dichas personas se ven forzadas a inventar imágenes de imágenes ya que nunca se asienta su mente encontrando un solo Dios. Sus ideas van más allá de Dios, y ellos, en sus corazones, sobrepasan al Maestro; se imaginan haberse elevado y sobreexaltado, cuando en realidad se les escapa el Dios verdadero.

19,2. Con justicia se les podría decir, como la Palabra misma sugiere: <<Puesto que os habéis alzado por sobre Dios, orgullosos tontos -pues habéis oído que El contiene los cielos en la palma de su mano (Is 40,12)-, decidme cuánto miden y reveladme su inumerable cantidad de codos[318], enseñadme su longitud, anchura y altitud (Ef 3,18), el principio y el fin de sus límites, puesto que el corazón del ser humano es incapaz de captarlo y entenderlo>>. Pues en verdad son grandes los tesoros del cielo: el corazón no puede medir a Dios y el alma no es capaz de entender a aquel que sostiene la tierra con la palma de su mano. ¿Quién adivinará sus dimensiones, y quién conocerá el dedo de su mano derecha? ¿O quién abarcará su mano con la cual mide lo inmensurable, que con su propia medida determina las medidas de los cielos y con su puño demarca la tierra con abismos, que en sí misma contiene la anchura, longitud, profundidad y altura de toda la creación, que se ve, se oye, se entiende y sin embargo es invisible? Por eso Dios está <<por sobre [1031] todo Principado, Potestad, Dominación, y por sobre todo lo que puede nombrarse>> (Ef 1,21) entre las cosas hechas y creadas. El llena los cielos (Jer 23,24) y <<contempla los abismos>> (Dan 3,55); y, sin embargo, está con cada uno de nosotros: <<Yo soy un Dios cercano y no lejano. Si el hombre se escondiese en lo más recóndito, ¿acaso yo no lo vería?>> (Jer 23,23) Su mano abarca todas las cosas, ilumina los cielos y todo cuanto está bajo los cielos, <<escruta los riñones y el corazón>> (Ap 2,23), está presente en nuestros escondrijos y secretos, y abiertamente nos conserva y alimenta.

19,3. Si el hombre, pues, no puede contener la plenitud y grandeza de su mano, ¿cómo puede alguien pretender que conoce y entiende en su corazón a un Dios tan grande? Mas ellos, como si ya lo hubiesen visto, medido y recorrido todo lo que El es, inventan que por sobre El existen otro Pléroma de Eones y otro Padre. No volviendo los ojos a las cosas celestiales se hunden en el profundo Abismo de su locura, diciendo que su Padre termina donde comienzan los seres que están fuera del Pléroma, que el Demiurgo no alcanza el Pléroma, y de esta manera ninguno de ellos puede ser perfecto ni comprender todas las cosas: en efecto, al primero le faltaría toda la creación del mundo fuera del Pléroma, y a éste la creación de las cosas que están dentro del Pléroma, y así ni uno ni otro sería el Señor. Mas es evidente para cualquiera, que nadie puede expresar la grandeza de Dios a partir de las cosas creadas; y cualquiera que juzgue las cosas dignamente, confesará que su grandeza no puede venir a menos, sino que contiene todas las cosas, llega hasta nosotros y permanece con nosotros.

3.2. Dios creó por su Verbo y su Sabiduría

[1032] 20,1. No es posible conocer a Dios en su grandeza; pues es imposible medir al Padre: mas según su amor (pues éste es el que nos conduce a Dios por el Verbo), obedeciéndolo, aprendemos constantemente cuán grande es Dios, y que él por sí mismo crea, elige, adorna y contiene todas las cosas, y entre todas éstas también está incluido nuestro mundo. Nosotros mismos fuimos hechos junto con estas cosas que él contiene. A esto se refiere la Escritura cuando dice: <<Y Dios plasmó al hombre, tomando el barro de la tierra, e infundió en su cara el soplo de vida>> (Gén 2,7). Por tanto, no fueron los ángeles quienes nos hicieron o plasmaron, pues los ángeles no podían reproducir la imagen de Dios; ni otro alguno, fuera del Verbo del Señor, ni algún Poder que no fuese el mismo Padre universal. Porque Dios no tenía necesidad de ningún otro, para hacer todo lo que El había decidido que fuese hecho, como si El mismo no tuviese sus manos. Pues siempre le están presentes el Verbo y la Sabiduría, el Hijo y el Espíritu, por medio de los cuales y en los cuales libre y espontáneamente hace todas las cosas, a los cuales habla diciendo: <<Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza>> (Gén 1,26): toma de sí mismo la substancia de las creaturas, el modelo de las cosas hechas y la forma del ornamento del mundo.

3.3. Dios se comunica por su Verbo

20,2. Bien dice la Escritura: <<Ante todo cree que hay un solo Dios que ha creado, hizo y llevó a término todas las cosas a partir de la nada para que existiesen, El contiene todo y nada puede contenerlo>>.[319] [1033] Y también dijo bien Malaquías: <<¿Acaso no hay un solo Dios que nos ha creado? ¿Acaso no es uno solo el Padre de todos nosotros?>> (Mal 2,10). En consecuencia el Apóstol dice: <<Uno solo es Dios, el Padre, que está sobre todos y en todos nosotros>> (Ef 4,6). Lo mismo el Señor: <<Todo me lo ha dado mi Padre>> (Mt 11,27), y claramente se refiere al que hizo todas las cosas; pues no le dio cosas ajenas, sino las suyas. Y cuando dice <<todas las cosas>> ninguna queda excluida. Por eso El mismo es <<juez de vivos y muertos>> (Hech 10,42), el cual <<tiene la llave de David; abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá>> (Ap 3,7). Pues, en efecto, nadie en los cielos ni en la tierra ni bajo la tierra puede abrir el libro del Padre, ni siquiera verlo (Ap 5,3), excepto el Cordero que ha sido muerto (Ap 5,12), que nos ha redimido con su sangre (Ap 5,9) después de haber recibido el poder de Dios que hizo todas las cosas por medio de su Verbo y las ordenó por su Sabiduría.

Este mismo Verbo recibió todo el poder cuando se hizo carne (Jn 1,14) a fin de que, así como tiene el principado en los cielos como Verbo de Dios, así también lo tenga en la tierra como hombre justo <<que no cometió pecado ni se encontró dolo en su boca>> (1 Pe 2,22). Y como <<primogénito de los muertos>> (Col 1,18) tiene el principado sobre todo lo que está bajo la tierra. De esta manera, como arriba dijimos, todas las cosas pueden ver a su Rey. De esta manera la luz del Padre irrumpe en la carne de nuestro Señor, y de esa carne sus rayos se reflejan en nosotros, para que el ser humano, rodeado por la luz del Padre, se haga incorruptible.

20,3. Que el Verbo, o sea el Hijo, ha estado siempre con el Padre, de múltiples maneras lo hemos demostrado. Y que también su Sabiduría, o sea el Espíritu estaba con El antes de la creación, lo afirma por Salomón: <<Dios creó la tierra con sabiduría, y con inteligencia consolidó los cielos; por su ciencia se abrieron los abismos y las nubes destilaron rocío>> (Prov 3,19-20). Y también: <<El Señor me hizo al inicio de sus caminos, antes de sus obras. Desde la eternidad me fundó, desde el principio, antes que la tierra. Antes de que existiesen los abismos y manasen las fuentes de las aguas, antes de que se asentasen los montes, antes de todas las colinas me engendró>> (Prov 8,22-23). Y también: [1034] <<Cuando asentó los cielos, yo estaba con El, y cuando afirmó las fuentes del abismo; cuando fortalecía los cimientos de la tierra, yo estaba con El como arquitecto. Yo era en quien El se complacía, y cada día me alegraba en todo tiempo ante su rostro, cuando El se gozaba en la perfección del orbe y se regocijaba con los hijos de los hombres>> (Prov 8,27-31).

3.4. El Verbo de Dios habló por los profetas

20,4. Uno solo es Dios, que hizo y ordenó todo mediante el Verbo y la Sabiduría: es el mismo Demiurgo que asignó este mundo al género humano. El, por su grandeza, no ha sido conocido por aquellos mismos que El creó (pues nadie ha investigado su profundidad, ni de entre los antiguos que ya han fallecido, ni de entre los que aún viven); en cambio, por el amor, lo conocemos mediante aquel por cuyo ministerio él hizo todas las cosas. Este es su Verbo, nuestro Señor Jesucristo, el cual en los tiempos recientes se hizo hombre entre los hombres, para unir el fin con el principio, es decir, al hombre con Dios. Y por tal motivo los profetas, habiendo recibido del mismo Verbo el don profético[320], predicaron su venida en la carne, por medio de la cual se realizó la mezcla y comunión de Dios con el hombre según el beneplácito de Dios. El Verbo había preanunciado desde el principio que habríamos de ver a Dios entre los hombres, que entraría en contacto con éstos sobre la tierra y hablaría con ellos, que se haría presente a su ser creado para salvarlo, y que se mostraría sensiblemente para liberarnos de manos de todos los que nos odian, esto es, de todos los espíritus rebeldes. Y que nos haría servirlo en santidad y justicia todos nuestros días, a fin de que, habiendo el hombre abrazado al Espíritu de Dios, entre en la gloria del Padre.

3.5. El Padre habló a los profetas por su Hijo y el Espíritu

20,5. Esto decían los profetas en sus anuncios, pero no como dicen algunos, que los profetas veían a alguien distinto de Dios Padre, el cual permanece invisible. Esto enseñan aquellos que ignoran enteramente lo que sea la profecía. Porque la profecía es la predicción de cosas futuras, es decir, el preanuncio de cosas que sólo después serán reales. Los profetas predecían que los hombres habrían de ver a Dios, como dice el Señor: <<Dichosos los limpios de corazón, porque [1035] ellos verán a Dios>> (Mt 5,8). Aunque, a decir verdad, <<ninguno verá a Dios y vivirá>> (Ex 33,20), si lo ve en toda su grandeza e inefable gloria; porque el Padre es inaccesible. Pero, por su amor, bondad y omnipotencia, va a conceder a todos aquellos a quienes ama, el privilegio de ver a Dios, como los profetas anunciaban; porque <<lo que para los hombres es imposible, es posible para Dios>> (Lc 18,27).

El hombre no verá a Dios por sí mismo; pero El, si lo quiere, se dejará ver de los hombres: de aquellos que el quiera, y cuando y como quiera, porque Dios es omnipotente. Por medio del Espíritu se dejó ver proféticamente; por medio del Hijo se dejó ver según la adopción; se hará ver según su paternidad en el reino de los cielos[321]: el Espíritu prepara al hombre para el Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, el Padre concede la incorrupción para la vida eterna, que a cada uno le viene con la visión de Dios. Pues así como los que ven la luz están en la luz y perciben su claridad, así también quienes ven a Dios están en Dios y ven su claridad. Y la claridad de Dios da la vida: es decir, quienes ven a Dios tienen parte en la vida. Por eso el que no puede ser abarcado, comprendido ni visto, concede a los seres humanos que lo vean, lo comprendan y abarquen, a fin de darles la vida una vez que lo han visto y comprendido. Así como su grandeza es insondable, así también es inefable su bondad, [1036] por la cual da la vida a quienes lo ven: porque vivir sin tener la vida es imposible, la vida viene por participar de Dios, y participar de Dios es verlo y gozar de su bondad.

20,6. Pues los hombres verán a Dios para vivir, haciéndose inmortales por la visión, por la que se aproximarán a Dios. Y, como antes dije, los profetas explicaban por medio de figuras que verían a Dios todos los hombres portadores de su Espíritu, que sin desmayar esperan su venida. Así como enseña Moisés en el Deuteronomio: <<En aquel día veremos que Dios hablará al hombre, y éste vivirá>> (Dt 5,24). Pues algunos de ellos veían al Espíritu profético y sus obras, que impregnaban todos los tipos de sus dones. Otros veían la venida del Señor, y toda su Economía desde sus inicios, por medio de la cual cumplió la voluntad celestial y terrena del Padre. Otros veían las glorias del Padre, de manera adaptada a los que entonces las contemplaban y escuchaban, y a los hombres que en el futuro habrían de oír hablar de ellas.

Así se revelaba Dios: pues por todas estas cosas el Padre se manifiesta, por medio de la obra del Espíritu, el ministerio del Hijo y la aprobación del Padre, perfeccionando así al hombre en vista de su salvación. Como dice el profeta Oseas: <<Yo multipliqué las visiones, y las manos de los profetas me han representado>> (Os 12,11). Y el Apóstol afirma lo mismo cuando dice: <<Hay diversidad de carismas, pero un solo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; hay diversidad de operaciones, pero el mismo Dios, que obra todo en todos. Pues a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el servicio>> (1 Cor 12,4-7). Pero, puesto que [1037] es Dios quien obra todo en todos, el saber cómo o cuán grande sea, es invisible e inefable para todas sus criaturas; mas no es en modo alguno desconocido: pues todas ellas aprenden por el Verbo, que hay un Dios Padre, que contiene todas las cosas y a todas les da el ser, como está escrito en el Evangelio: <<Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado>> (Jn 1,18).

20,7. El Hijo habla del Padre desde el principio, porque desde el principio está con el Padre, y comunica al género humano, para su utilidad, las visiones proféticas, la repartición de los carismas y sus ministerios, y en forma continuada y al mismo tiempo la glorificación del Padre, en el tiempo oportuno. Pues donde hay continuidad hay constancia, y donde hay constancia hay desarrollo en el tiempo, y donde hay desarrollo en el tiempo hay utilidad: por eso el Verbo fue hecho dispensador de la gracia del Padre para utilidad de los hombres, por los cuales ordenó toda esta Economía, para mostrar a Dios a los hombres y presentar el hombre a Dios. De esta manera custodió la invisibilidad del Padre, por una parte para que el hombre nunca despreciase a Dios y para que siempre tuviese en qué progresar; y por otra parte para revelar a Dios a los hombres mediante una rica Economía, a fin de que el hombre no cesase de existir faltándole Dios enteramente. Porque la gloria de Dios es el hombre viviente: y la vida del hombre es la visión de Dios. Si la manifestación de Dios por la creación da vida en la tierra a todos los vivientes, mucho más la manifestación por el Verbo del Padre da vida a aquellos que contemplan a Dios.

20,8. El Espíritu de Dios anunció el futuro mediante los profetas, preparándonos y moldeándonos para que fuésemos súbditos de Dios; pues había de suceder que el hombre, por beneplácito del Espíritu Santo, contemplase (a Dios). Pues era necesario que quienes habían de predicar las cosas futuras, contemplasen a Dios, al cual proponían a la mirada de los hombres. Y lo habrían de hacer de modo que no sólo se hablase proféticamente de Dios y del Hijo de Dios, del Hijo y del Padre; sino que se diesen a conocer todas las cosas de Dios a todos los miembros enseñados y santificados; para que el hombre fuese educado y meditase cómo disponerse para la gloria que habría de revelarse a quienes aman a Dios (Rom 8,18.28).

Los profetas profetizaban no sólo por la palabra, sino también por sus visiones, por su conducta y por las acciones que realizaban [1038] según el Espíritu les sugería. De esta manera veían al Dios invisible, como dice Isaías: <<Vi con mis ojos al Señor de los Ejércitos>> (Is 6,5). Con esto dio a entender que el ser humano verá a Dios con sus ojos y escuchará su voz. De esta manera veían al Hijo de Dios hecho hombre conversar con los seres humanos (Bar 3,38), y así anunciaron lo que había de venir, hablando como presente de aquel que aún no lo estaba, presentando como pasible al impasible, y prediciendo que aquel que en ese tiempo estaba en los cielos, bajaría <<al polvo de la muerte>> (Sal 22[21],16). También anunciaron las Economías de su recapitulación, de las cuales unas las veían en visiones, otras las anunciaban por medio de la palabra, y otras las insinuaban mediante acciones que servían de figuras. Ellos veían visiblemente lo que un día habría de ser visto, proclamaban con la palabra lo que un día habría de ser oído, y realizaban con acciones aquello que un día habría de llevarse a cabo: de este modo anunciaban todas las cosas de modo profético. Por eso Moisés decía al pueblo infiel a la Ley, que Dios era un fuego (Dt 4,24), para amenazarlos con el fuego que Dios un día mandaría sobre ellos; y a quienes mantenían el temor de Dios, les decía: <<El Señor Dios es clemente y compasivo, generoso y fiel, es veraz y ejercita la justicia y la misericordia mil veces, borrando las injusticias, iniquidades y pecados>> (Ex 34,6-7).

20,9. El Verbo <<hablaba con Moisés cara a cara, como un amigo habla con su amigo>> (Ex 33,11). Moisés, sin embargo, deseó ver abiertamente a aquel con quien hablaba, y se le dijo: <<Quédate sobre la roca y te cubriré con mi mano. Cuando pase mi gloria verás mis espaldas; pero no verás mi rostro; pues ningún ser humano puede ver mi rostro y vivir>> (Ex 33,20-22). Reveló ambas cosas: por una parte el hombre no puede ver a Dios, y, por otra, mediante la sabiduría de Dios en los últimos tiempos el ser humano lo verá sobre la roca, es decir, en aquel que será hombre en su venida[322]. Por eso Moisés habló con El cara a cara en la altura del Monte, en presencia de Elías, como lo recuerda el Evangelio (Mt 17,3). De este modo se cumplió al fin la antigua promesa.

3.6. Los profetas no veían directamente a Dios

20,10. Los profetas no veían, pues, directamente la cara misma de Dios, [1039] sino las Economías y los misterios por los cuales el ser humano comenzaría a ver a Dios. Así lo dijo a Elías: <<Mañana saldrás y estarás en la presencia del Señor, y El Señor pasará. Un fuerte viento resquebrajará las montañas y quebrantará las piedras en presencia del Señor. Pero éste no será el viento (Espíritu) del Señor; después del viento temblará la tierra, pero el Señor no estará en el terremoto; después del sismo, vendrá el fuego, mas no estará el Señor en el fuego; y después del fuego vendrá una brisa suave>> (1 Re 19,11-12). El profeta se sentía indignado por los delitos del pueblo que mataba a los profetas; mas se le enseñó a proceder con mayor mansedumbre. Con esto se preparaba la venida del Señor en cuanto hombre (después de la Ley que Moisés había dado) manso y humilde, que no quebró la caña cascada ni apagó la mecha humeante (Mt 12,20; Is 42,3). También quería significar el descanso manso y pacífico de su Reino; porque tras el viento que destruye las montañas, del terremoto y del fuego, ha venido el tiempo de su Reino, en el cual el Espíritu de Dios con toda tranquilidad da vida y crecimiento al ser humano.

Con más evidencia aún el caso de Ezequiel muestra cómo los profetas no venían propiamente a Dios mismo, sino <<de manera imperfecta>> (1 Cor 13,9.12) las Economías de Dios. Habiendo tenido una visión de Dios (Ez 1,1), recordó los querubines, las ruedas y todo el desarrollo de ese misterio, contempló sobre ellos <<como un trono>> y sobre el trono <<una figura de aspecto humano>>, sobre sus hombros <<una figura como de metal brillante>>, y hacia abajo <<una figura como fuego>> (Ez 1,26-27). Y después de narrar el resto de toda la visión del trono, para que nadie imaginase que había visto a Dios mismo, añadió: <<Esta visión era semejante a la gloria del Señor>> (Ez 1,28).

20,11. Luego si ni Moisés, ni Elías, ni Ezequiel vieron a Dios, los cuales habían contemplado muchas cosas celestiales, lo que ellos veían era sólo una <<imagen de la gloria de Dios>> y una profecía de los bienes futuros. Es, pues, evidente que es invisible el Padre [1040] del cual el Señor dijo: <<Nadie ha visto jamás a Dios>> (Jn 1,18); mas el Verbo mostraba la gloria del Padre y exponía sus Economías, según El quería para el bien de quienes lo veían, como el Señor dijo: <<El Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer>> (Jn 1,18). El Verbo, como revelador del Padre, siendo rico e inmenso, no se mostró bajo una sola figura o aspecto a quienes lo veían, sino como convenía según los tiempos y momentos de sus Economías, como Daniel escribió: alguna vez se hizo ver a aquellos que estaban junto a Ananías, Azarías y Misael, acompañándolos en el horno de fuego para librarlos del fuego: <<Y veo a una cuarta persona semejante a un Hijo de Dios>> (Dan 3,92). En otra oportunidad se mostró como una <<piedra cortada del monte sin manos humanas>> (Dan 2,34-35) que destrozó y echó por tierra los reinos temporales, y en cambio ella misma llenó toda la tierra. En otra ocasión se dejó ver como un Hijo de Hombre que venía en las nubes del cielo, se acercó al Anciano en días, y de su mano recibió todo el poder, la gloria y el reino: <<Su poder es un poder eterno, y no tendrá fin su reino>> (Dan 7,13-14).

Juan, discípulo del Señor, vio en el Apocalipsis la gloriosa y sacerdotal venida de su reino: <<Me di vuelta para mirar de quién era la voz que me hablaba, y al volverme vi siete candelabros de oro y entre los candelabros a uno semejante al Hijo del Hombre vestido de poder y ceñido a la altura del pecho con un cinturón de oro; su cabeza y cabellos eran blancos, como lana blanca y como nieve; sus ojos eran como una llama de fuego; sus pies parecían bronce que se fundiera en el horno; su voz era como un torrente; en su mano derecha tenía siete estrellas; de su boca brotaba una espada de dos filos, y su cara era como un sol brillante en todo su poder>> (Ap 1,12-16). Entre todas estas cosas, la cabeza significa que ha recibido la gloria del Padre; lo sacerdotal señala los poderes -por eso Moisés vistió al pontífice según este modelo (Ex 28,4; Lev 8,7)-; [1041] otra cosa es el fin, representado por el bronce en el horno de fundición, que indica la fe y la perseverancia de las oraciones por el fuego que se encenderá al fin de los tiempos.

Juan mismo no soportó la visión. En efecto, dice: <<Caí a sus pies como muerto>> (Ap 1,17), para que se cumpliera lo escrito: <<Nadie puede ver a Dios y seguir viviendo>> (Ex 33,20). Mas el Verbo le dio vida y le recordó que él, estando reclinado sobre su pecho durante la cena, le había preguntado quién era el que lo había de traicionar (Jn 13,15), y le dijo: <<Yo soy el primero y el último, vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y de los lugares inferiores>> (Ap 1,17-18). Después de esto, sobre una segunda visión en la que contempló al mismo Señor, escribió: <<Vi en medio del trono, de los cuatro animales y de los ancianos, a un Cordero como muerto pero en pie, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus enviados por Dios a la tierra>> (Ap 5,6-7).

Y añade, acerca del mismo Cordero: <<Vi un caballo blanco, y el que lo montaba llevaba el nombre de Fiel y Verdadero. Combate y juzga con justicia. Sus ojos son como una llama de fuego. En su cabeza lleva muchas coronas. Tiene escrito un nombre que sólo El mismo conoce. Está vestido con una túnica teñida en sangre, y se le llama Verbo de Dios. En caballos blancos lo siguen los ejércitos del cielo vestidos de un lino blanco purísimo; de su boca sale una espada afilada para herir las naciones, para gobernarlas con cetro de hierro. Pisa las uvas en el lagar con el furor ardiente del Dios todopoderoso. Y tiene sobre el manto y sobre su muslo un nombre escrito: Rey de Reyes y Señor de Señores>> (Ap 19,11-16). Esta es la manera como el Verbo de Dios enseñaba a los seres humanos las cosas de Dios, como en figura de los bienes futuros y como imágenes de la Economía del Padre.

3.7. Figura de las acciones proféticas

[1042] 20,12. No sólo usó el servicio de los profetas para anunciar de antemano y prefigurar la salvación futura, por medio de las visiones que veían y los discursos que predicaban, sino también a través de sus acciones. Así, por ejemplo, Oseas se casó con una <<mujer prostituta>>, como una acción profética, para profetizar que <<la tierra prostituyéndose se apartará del Señor>> (Os 1,2) -diciendo la tierra se refiere a los seres humanos que la habitan-. De esta manera dio a entender que Dios se complacerá en tomar a estos seres humanos para con ellos construir su Iglesia, a fin de santificarla mediante la unión con su Hijo, así como el pueblo había sido santificado por la unión con el profeta. Por eso Pablo añadió: <<La mujer infiel se santifica en el esposo creyente>> (1 Cor 7,14). Además el profeta llamó a sus hijos: <<La que no ha obtenido misericordia>> y <<No es mi pueblo>> (Os 1,6-9) para que, como dice el Apóstol, <<el pueblo que no es pueblo se haga pueblo, y la que no ha obtenido misericordia sea objeto de misericordia; de modo que en lugar de No pueblo, se les llame hijos del Dios viviente>> (Rom 9,25-26). El Apóstol muestra ya realizado por Cristo en la Iglesia, lo que el profeta había simbolizado con sus actos.

De modo semejante Moisés tomó como mujer a una etíope (Ex 2,21) a la que hizo israelita, para que fuese figura del olivo salvaje que se injerta en el olivo bueno para participar de su fecundidad (Rom 11,17). El Cristo nacido según la carne un día habría de ser perseguido a muerte y librarse en Egipto, o sea entre los gentiles; y santificar a los que aún eran niños para de ellos formar su Iglesia -pues Egipto desde el principio era un pueblo pagano, así como Etiopía-. Por eso el matrimonio de Moisés era figura de los esponsales del Verbo, y mediante la esposa etíope se simbolizaba la Iglesia de los gentiles. [1043] Y aquellos que la calumnien, critiquen y ridiculicen, no estarán limpios: serán leprosos que han de ser arrojados del campo de los justos (Núm 12,10-14).

Así también Rahab, que se reconocía meretriz, porque era una mujer pagana culpable de todos los pecados, recibió a los tres espías que espiaban todo el terreno (Jos 2,1), y los escondió, es decir al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y, cuando toda la ciudad en la que vivía se vino a tierra al sonar siete veces las trompetas, Rahab la prostituta se salvó junto con toda su familia, por la fe significada en el listón rojo (Jos 2,18); así dijo el Señor a aquellos que no aceptaban su venida, me refiero a los fariseos que anulaban el signo del listón rojo, esto es la Pascua, redención y liberación de Egipto en favor de su pueblo: <<Los publicanos y las meretrices os precederán en el reino de los cielos>> (Mt 21,31).

3.8. Figura de los patriarcas

21,1. También en Abraham nuestra fe estaba prefigurada. El era el patriarca de nuestra fe, como muy por completo el Apóstol expuso en la Carta a los Gálatas: <<Así pues, aquel que os da el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la Ley, [1044] o por la obediencia a la fe? Como Abraham creyó a Dios y le fue reputado como justicia. Reconoced, pues, que quienes proceden por la fe, ésos son hijos de Abraham. Previendo la Escritura que Dios justifica por la fe a los gentiles, de antemano anunció a Abraham que en su nombre serían benditas todas las naciones. Así pues, quienes creen serán benditos con Abraham el creyente>> (Gál 3,5-9). Por estos motivos no únicamente lo llamó profeta de la fe, sino también padre de los fieles que, proviniendo de los gentiles, crean en Jesucristo; porque una sola es la fe, la suya y la nuestra: él por la promesa de Dios creyó en los bienes futuros como si ya fuesen reales, y de modo semejante nosotros, por la fe en la promesa de Dios, contemplamos la herencia del reino.

21,2. Tampoco carece de significado lo que sucedió a Isaac. En efecto, el Apóstol dice en la Carta a los Romanos: <<También Rebeca, que había concebido de un solo varón, es decir de nuestro Padre Isaac>>, recibió la palabra del Verbo <<para que fuese claro que las decisiones divinas no dependen de nuestras obras, sino del Dios que nos llama, se le dijo: Hay dos pueblos en tu seno, dos naciones en tu vientre, uno de ellos se impondrá al otro, y el mayor servirá al menor>> (Rom 9,10-13). Resulta, pues, claro, que no sólo las acciones proféticas, sino también el parto de Rebeca, es profecía de los dos pueblos, uno mayor y otro menor, uno bajo el servicio, otro libre, sin embargo hijos del único y mismo Padre. Pues uno solo es Dios, el nuestro y el de ellos, el que conoce los secretos, [1045] que sabe todas las cosas antes de que sucedan, y por eso dice: <<Amé a Jacob más que a Esaú>> (Rom 9,13).

21,3. Y si atendemos a las obras de Jacob, no las hallaremos vacías, sino llenas de Economías. En primer lugar su nacimiento, pues salió cogiendo del talón a su hermano, y por eso se le llamó Jacob (Gén 25,26), o sea <<El que suplanta>>: atrapa sin ser atrapado, ata los pies sin ser atado, combate y vence, detiene con la mano el talón del adversario, lo que significa victoria: para esto nació el Señor, de cuyo nacimiento Jacob era tipo, del que afirma Juan en el Apocalipsis: <<Salió como vencedor para vencer>> (Ap 6,2). Luego recibió la primogenitura, cuando su hermano la despreció (Gén 25,29-34): de esta manera también el pueblo nuevo[323] acogió a Cristo su primogénito (Col 1,15) cuando el pueblo más antiguo en edad[324] lo repudió diciendo: <<No tenemos más rey que el César>> (Jn 19,15). Y en Cristo se da toda bendición: por ello el pueblo más nuevo arrebató las bendiciones que el Padre había dado al pueblo antiguo, como Jacob la bendición de Esaú. Por eso sufría los ataques y persecuciones de su hermano, como la Iglesia de hoy los sufre de los de su raza[325].

La raza de Israel (las doce tribus) nació en suelo extranjero, porque también Cristo comenzaría a construir fuera de su patria las doce columnas de la Iglesia. Cabras manchadas fueron el salario que Jacob recibió (Gén 30,32), así como el salario de Cristo son los seres humanos que provienen de diversos pueblos para formar un solo rebaño en la fe, como el Padre le prometió: <<Pídeme y te daré las naciones en herencia, y en propiedad los confines de la tierra>> (Sal 2,8). Y como Jacob fue también profeta de una multitud de hijos del Señor, se vio obligado a hacerlos nacer de dos hermanas, así como Cristo lo hizo de dos leyes que provienen de uno y el mismo Padre, [1046] como de dos servidoras, para indicar que Cristo constituyó hijos de Dios a los que por la carne unos eran esclavos y otros libres; así como también a todos les dio el don del Espíritu que nos vivifica. Jacob hacía todo por la más joven de las hijas, que tenía unos ojos hermosos, Raquel, figura de la Iglesia por la cual Cristo sufrió. El mismo preparó en el tiempo antiguo, por medio de los patriarcas y profetas, usando figuras y preanuncios, los bienes que habían de venir. De esta manera puso en obra su parte en las Economías de Dios, y fue acostumbrando a su heredad a obedecer a Dios, a peregrinar por el mundo y a seguir su Palabra, para significar de antemano los bienes futuros. Así, pues, nada de lo acontecido es vano o sin significado.

3.9. Cristo cumple el Antiguo Testamento

22,1. En los últimos tiempos, <<cuando llegó la plenitud del tiempo>> (Gál 4,4) de la libertad, el Verbo por sí mismo <<lavó la mancha de las hijas de Sion>> (Is 4,4), cuando con sus manos lavó los pies de sus discípulos (Jn 13,5). Esta es la meta del género humano que recibió a Dios como herencia; a fin de que, así como al principio todos quedamos reducidos a la esclavitud y deudores de la muerte por culpa de los primeros (seres humanos), así también al final, en la persona de los últimos, es decir todos los que fueron discípulos lavados y purificados de la muerte, llegarán a la vida de Dios[326]: pues quien lavó los pies a sus discípulos, santificó y purificó todo su cuerpo.

Por eso, mientras estaban recostados, les sirvió la comida, para dar a entender que había venido a servir la vida a los que yacían por tierra, como dice Jeremías: <<El Señor Santo de Israel se acordó de sus muertos que dormían en la tierra del sepulcro, y bajó a ellos a fin de llevarles la Buena Nueva de su salvación y rescatarlos>>[327]. Por la misma razón los ojos de sus discípulos [1047] estaban cargados de sueño (Mt 26,43) cuando Cristo hizo frente a su pasión, y como el Señor los halló dormidos, primero los dejó, para mostrar la paciencia de Dios con los hombres que duermen; en seguida volvió, los despertó e hizo levantarse, para dar a entender que su pasión habría de despertar a los discípulos que duermen, en cuyo favor <<descendió a los lugares inferiores de la tierra>> (Ef 4,9), para ver con sus propios ojos lo que faltaba de completar a la creación, sobre lo cual dijo a sus discípulos: <<Muchos profetas y justos desearon ver y oír lo que vosotros veis y oís>> (Mt 13,17).

22,2. Cristo descendió no sólo en favor de aquellos que creyeron en tiempos del César Tiberio; ni el Padre pensó de antemano sólo en los seres humanos de hoy, sino en todos los hombres que desde el principio, en su propio origen, temieron y amaron a Dios según sus capacidades, se comportaron con el prójimo con piedad y justicia, y desearon ver a Cristo y escuchar su voz. Por este motivo en su segunda venida despertará del sueño y hará resurgir en primer lugar a éstos, antes de los demás que serán juzgados, para introducirlos en su Reino.

<<Porque en verdad hay un solo Dios>> que guio a los patriarcas en sus Economías, <<justificó la circuncisión por la fe y el prepucio por la fe>> (Rom 3,30). Pues del mismo modo como ellos nos prefiguraron y anunciaron de antemano, así también ellos a su vez recibirán su cumplimiento en nosotros, es decir en la Iglesia[328], y recibirán el premio por sus trabajos.

23,1. Por eso decía el Señor a sus discípulos: <<En verdad os digo, levantad vuestros ojos y ved los campos listos para la siega. Porque el segador recibe su salario y recoge el fruto para la vida eterna, a fin de que el que siembra y el que siega se alegren juntos. En esto se verifica el dicho: Uno es el que siembra y otro el que cosecha. Yo os he enviado a segar lo que no habéis sembrado; otros trabajaron y vosotros recogéis el fruto de sus labores>> (Jn 4,35-38). ¿Y quiénes son los que trabajaron y sirvieron a las Economías de Dios? Es claro que los patriarcas y profetas, los cuales también fueron figuras de nuestra fe, sembraron en la tierra la venida del Hijo de Dios, acerca de quién y cómo sería, [1048] a fin de que los seres humanos que habrían de sucederlos algún día, revestidos de temor de Dios fácilmente acogieran el advenimiento de Cristo, una vez instruidos por los profetas.

Por eso a José que, al darse cuenta de que María estaba encinta, había pensado en dejarla en secreto, el ángel le dijo en sueños: <<No temas recibir a María tu esposa; pues lo que lleva en el vientre es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo al que llamarás Jesús: El salvará a su pueblo de sus pecados>> (Mt 1,20-21). Y añadió para darle un signo: <<Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel>> (Mt 1,22-23). Usando las palabras del profeta lo persuadió de que disculpara a María, y mostró que ella era la Virgen anunciada de antemano por Isaías, que concibe al Emmanuel. Por eso José, convencido y sin dudar más, recibió a María, y con alegría ofreció a Cristo el servicio de atenderlo en todas sus necesidades: emigró a Egipto donde él se desarrolló, y luego, al regreso, lo llegó consigo a Nazaret. Por eso quienes no conocían las Escrituras e ignoraban la promesa divina y la Economía de Cristo, pensaban que José era el padre del niño.

También por ese motivo el Señor mismo leyó en Cafarnaúm el texto del profeta Isaías: <<El Espíritu del Señor sobre mí, por eso me ungió y me envió a llevar a los pobres la Buena Nueva, a curar a los afligidos de corazón, a predicar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos>> (Lc 4,18; Is 61,1). Y se predicó a sí mismo como el que había sido anunciado por los profetas, diciéndoles: <<Hoy se ha cumplido esta profecía en vuestros oídos>> (Lc 4,21).

23,2. Por eso Felipe, cuando se acercó al eunuco de la reina de Etiopía, éste leía lo que había sido escrito: <<Como una oveja llevada al matadero, y como un cordero mudo ante el que lo trasquila, así él no abrió su boca. Con ignominia se arrebató su juicio>> (Hech 8,32-33), y lo demás referente a su pasión y a su venida en la carne, cómo había sido infamado por los no creyentes. Felipe, con todo lo que el profeta había predicho, lo convenció fácilmente de creer en Jesucristo, el cual padeció y fue crucificado bajo Poncio Pilato, y era el Hijo de Dios que da la vida eterna a los seres humanos (Hech 8,37). Y apenas lo bautizó, desapareció de su compañía, pues ya no le faltaba nada de lo que los profetas habían dicho para catequizarlo: ni Dios Padre, ni la conducta según la Economía, excepto que ignoraba solamente la venida del Hijo de Dios. Mas, habiéndola conocido en tan poco tiempo, [1049] <<seguía alegre su camino>> (Hech 8,39). Después, en Etiopía, se hizo predicador de la venida de Cristo. Como se ve, Felipe no necesitó gastar muchas fuerzas con el eunuco, porque éste ya vivía en el temor de Dios que había aprendido de los profetas.

Por esto también al recoger a los Apóstoles, que eran como <<las ovejas perdidas de la casa de Israel>> (Mt 10,6), a partir de las Escrituras los instruía acerca de que el Jesús crucificado era el Cristo Hijo del Dios vivo. Ellos a su vez convencieron a grandes multitudes que ya vivían en el temor de Dios, y en un solo día se bautizaron tres, cuatro y cinco mil personas.

3.10. Vocación de los paganos

24,1. Pablo, que era el Apóstol de los gentiles, dice: <<He trabajado más que ellos>> (1 Cor 15,10). Porque para ellos fue fácil la catequesis, pues podían tener a la mano las pruebas de las Escrituras: quienes escuchaban a Moisés y a los profetas (Lc 16,31), fácilmente acogían al <<Primogénito de los muertos>> (Col 1,18) y al <<príncipe de la vida>>[329] (Hech 3,15) de Dios, aquel que, extendiendo las manos, destruyó a Amalec (Ex 17,10-13), y, mediante la fe en El, da la vida al ser humano y lo cura de la herida de la serpiente (Núm 21,6-9).

En cambio a los gentiles el Apóstol debía enseñarles primero (como hemos expuesto en el libro anterior)[330] a renunciar a la superstición de los ídolos y a adorar a un solo Dios, Hacedor del cielo y de la tierra y Demiurgo de toda la creación; y que fue su Hijo, su Palabra, aquel por el cual produjo todas las cosas; que se hizo hombre en los últimos tiempos para luchar en favor del género humano, para vencer y destruir al enemigo del hombre y para dar a su plasma la victoria contra el adversario. Pues, aunque los que provenían de la circuncisión no cumpliesen las palabras de Dios, pues incluso las despreciaban, sin embargo se les había educado en no matar, fornicar, robar o cometer fraude (Mc 10,19). Sabían que todo cuanto perjudica al prójimo es malo y Dios lo desprecia. Les era, pues, fácil abstenerse de estas cosas, pues así los habían educado.

[1050] 24,2. En cambio era preciso que Pablo enseñase a los paganos que todas estas obras son malas, perjudiciales e inútiles, y dañosas incluso para quienes las realizan. Por eso trabajaba más aquel que fue llamado al apostolado entre los gentiles, que quienes predicaban al Hijo de Dios entre los de la circuncisión. A éstos los ayudaban las Escrituras que el Señor confirmó y llevó a cumplimiento, pues se presentó tal como había sido anunciado. En cambio para los paganos era extraña la nueva enseñanza y doctrina: que los dioses de los gentiles no sólo no son dioses, sino ídolos de los demonios; que hay un solo Dios que está <<sobre todo principado, potestad y dominación, y sobre todo nombre>> (Ef 1,21); que su Verbo, por naturaleza invisible, se hizo palpable y visible al hacerse uno de los seres humanos, que se abajó <<hasta la muerte, y muerte de cruz>> (Fil 2,8); que quienes creen en El se harán impasibles e incorruptibles cuando reciban el Reino de los cielos. Y a estas gentes debía predicarles con su sola palabra, sin ayuda de la Escritura. Por eso más debían laborar quienes predicaban a los paganos. Pero, al mismo tiempo, la fe de los gentiles se mostraba más generosa, pues asentían a la Palabra de Dios careciendo de instrucción en las Escrituras.

3.11. También son hijos de Abraham

25,1. De esta manera Dios hizo de las piedras hijos de Abraham (Mt 3,9), y les acercó al que es el inicio y anunciador preliminar de nuestra fe: él recibió el Testamento de la circuncisión después de haber sido justificado por la fe antes de ser circuncidado, a fin de que fuese figura de ambos Testamentos. Así ha devenido en padre de cuantos siguen al Verbo de Dios y emprenden la peregrinación por este mundo; quiero decir los fieles que provienen o de la circuncisión o del prepucio.[331] Cristo es, entonces, <<la piedra angular>> (Ef 2,20) que sostiene y reúne en la única fe de Abraham a los que, de uno y otro Testamento, son aptos para construir la casa de Dios. Pero la fe de los que vienen del prepucio vuelve a ligar el fin con el principio, [1051] lo último con lo primero. Antes de la circuncisión la fe se hallaba en Abraham y en los otros justos que agradaron a Dios, como ya hemos expuesto[332]; mas en los últimos tiempos ha nacido en el género humano por la venida del Señor. La circuncisión y las obras de la Ley, en cambio, ocuparon el tiempo intermedio.

25,2. Estas cosas fueron representadas en figura muchas veces, por ejemplo en Tamar, la nuera de Judá (Gén 38,27-30): habiendo ella concebido gemelos, uno de ellos asomó primero la mano; y, como la comadrona pensó que era el primogénito, le ató en la mano como señal un listón rojo. Pero, una vez que hizo esto, él retiró la mano, y nació primero su hermano Fares, y sólo en segundo lugar Záraj, el que tenía la mano atada con el listón rojo. De esta manera la Escritura hizo caer en la cuenta de que el pueblo marcado con el listón rojo, es decir el que viniendo del prepucio acoge la fe, se mostró primero en los patriarcas; luego, habiendo retirado la mano, nació su hermano; sólo después nació el que había sido marcado con el listón rojo, que significa la pasión del Justo, prefigurada en un principio por Abel y descrita por los profetas, que se consumó en el Hijo de Dios, en los últimos tiempos.

3.12. Toda la Escritura habla de Cristo

25,3. Era necesario que algunas cosas de antemano fueran anunciadas por los patriarcas, a la manera propia de los antiguos padres; otras, mediante las figuras propias de la Ley, por los profetas; finalmente a otras les darían forma los que reciben la filiación adoptiva, mediante la forma de Cristo. Todas ellas, sin embargo, se manifiestan en el único Dios. Porque, siendo Abraham uno solo, prefiguraba los dos Testamentos, en los cuales unos sembraron y otros cosecharon: <<En esto se muestra verdadera la palabra, porque uno es el que siembra>>, es decir un pueblo, <<y otro el que cosecha>> (Jn 4,37); pues uno solo es el Dios que da la semilla a los sembradores y el pan al segador para que coma (2 Cor 9,10; Is 55,10), así como es uno el que planta y otro el que riega, pero el único Dios el que da el crecimiento (1 Cor 3,7). Los patriarcas y profetas sembraron la palabra acerca de Cristo, pero la Iglesia ha cosechado, es decir, recogido el fruto. [1052] Por eso ellos pedían tener una tienda en ella, como dice Jeremías: <<¿Quién me dará una definitiva habitación en el desierto?>> (Jer 9,1), <<a fin de que el sembrador y el segador se alegren juntos>> (Jn 4,36) en el Reino de Cristo, el cual está presente en todos aquellos a quienes Dios quiso concederles que su Verbo estuviera con ellos.

26,1. Por consiguiente, si alguien lee atentamente las Escrituras, hallará en ellas la palabra acerca de Cristo y la figura anticipada de la vocación nueva. Este es <<el tesoro escondido en el campo>> (Mt 13,44), es decir en este mundo -puesto que <<el campo es el mundo>> (Mt 13,38), escondido en las Escrituras, puesto que estaba insinuado en los tipos y figuras, que los seres humanos no podían naturalmente comprender antes de que se cumpliera lo que estaba profetizado, o sea la venida de Cristo. Por eso el profeta Daniel decía: <<Oculta las palabras y sella el libro hasta el tiempo final, hasta que muchos aprendan y se cumpla lo que saben. Pues, cuando la persecución haya llegado a su fin, se sabrán todas estas cosas>> (Dan 12,4.7). Y Jeremías dice: <<Estas cosas se comprenderán al final de los tiempos>> (Jer 23,20). En efecto, cualquier profecía es para los seres humanos enigmática y ambigua hasta que se cumple; mas cuando llega el tiempo y sucede lo profetizado, [1053] entonces se pueden explicar las profecías claramente.

Por eso aun en nuestros tiempos lo que se lee en la Ley les parece una fábula a los judíos. Es que no tienen aquello que lo explica todo, como es lo que toca a la venida del Hijo de Dios hecho hombre. En cambio para los cristianos, cuando lo leen, se convierte en el tesoro escondido en el campo, revelado y explicado por la cruz de Cristo, que les da inteligencia a los seres humanos y muestra la sabiduría de Dios; también manifiesta las Economías en favor de los hombres, prefigura el Reino de Cristo y anuncia de antemano la heredad de la Ciudad Santa. Desde antes proclama que la persona amante de Dios de tal manera avanzará, que verá a Dios y escuchará su Palabra; y de tal escucha recibirá tal esplendor, que los demás no podrán mirar la gloria de su rostro (2 Cor 3,7; Ex 34,29-35), como dijo Daniel: <<Los sabios brillarán como luminarias en el firmamento, y la multitud de los justos como estrellas, por siglos sin fin>> (Dan 12,3). Por consiguiente, si alguien lee las Escrituras como acabamos de explicar -así como Cristo enseñó a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos, mostrándoles a partir de las Escrituras que <<era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y así entrara en su gloria>>, <<y en su nombre se predicara el perdón de los pecados en todo el mundo>> (Lc 24,26.46-47)-, llegará a ser un perfecto discípulo, como aquel <<padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas>> (Mt 13,52).

3.13. Los legítimos sucesores de Cristo en la Iglesia

26,2. Por este motivo es preciso obedecer a los presbíteros de la Iglesia. Ellos tienen la sucesión de los Apóstoles, como ya hemos demostrado, y han recibido, según el beneplácito del Padre, el carisma de la verdad junto con la sucesión episcopal. [1054] En cambio a los otros, que se apartan de la sucesión original y se reúnen en cualquier parte, habrá que tenerlos por sospechosos, como herejes que tienen ideas perversas, o como cismáticos llenos de orgullo y autocomplacencia, o como hipócritas que no buscan en su actuar sino el interés y la vanagloria.

Todos éstos se apartan de la verdad. Los herejes ofrecen ante el altar de Dios un fuego profano, o sea doctrinas ajenas: los consumirá el fuego del cielo, como a Nadab y Abihú (Lev 10,1-2). A aquellos que se yerguen contra la verdad y acicatean a otros contra la Iglesia de Dios, los tragará la hendidura de la tierra y se quedarán en el infierno, como todos aquellos que rodeaban a Coré, Datán y Abirón (Núm 16,33). Aquellos que rasgan y separan la unidad de la Iglesia, recibirán de Dios el mismo castigo que Jeroboán (1 Re 14,10-16).

26,3. En cuanto a aquellos que se hacen pasar por presbíteros ante los ojos de muchos, son esclavos de sus antojos y no anteponen en sus corazones el temor de Dios; sino que atacan a los otros e, hinchados con el tumor de verse en los primeros puestos, obran el mal ocultamente, y piensan: <<Nadie nos ve>> (Dan 13,20). A éstos el Verbo los reprenderá, pues El no juzga según la apariencia (Is 11,3), ni se deja guiar por la cara sino por el corazón (1 Sam 16,7). Ellos escucharán la voz del profeta Daniel: <<Raza de Canaán y no de Judá, la apariencia te sedujo y la concupiscencia arrastró tu corazón. Hombre envejecido en el mal, ahora se te echan encima los pecados que antes habías cometido cuando juzgabas con injusticia; condenabas a los inocentes y dejabas libres a los culpables, contra lo que dice el Señor: No matarás al inocente y al justo>> (Dan 13,56.52-53). Acerca de éstos dice el Señor: <<Si el mal siervo piensa en su corazón: Mi Señor tarda, y comienza a golpear a los siervos y a las sirvientas, y a comer, beber y emborracharse, vendrá el Señor de este siervo en el día que él no sabe y en la hora que él no espera, lo separará y le asignará su parte entre los infieles>> (Mt 24,48-51).

26,4. De todos estos es necesario alejarse, [1055] y en cambio adherirse a aquellos que, como hemos dicho, conservan la doctrina de los Apóstoles en el orden de los presbíteros, que ofrecen una palabra sana y observan una conducta irreprochable (Tt 2,8) para edificar y corregir a los demás. Así como hizo Moisés, a quien le fue confiado tan alto encargo; estaba seguro de su recta conciencia, y se defendió ante Dios diciendo: <<No he tomado nada de ellos por interés, ni he hecho mal a ninguno>> (Núm 16,15). Así como Samuel, el cual durante tantos años juzgó al pueblo y sin orgullo alguno ejercitó el gobierno sobre Israel, al final de su vida se justificaba diciendo: <<He pasado mi vida en vuestra presencia desde mi niñez hasta hoy. Respondedme en la presencia del Señor y de su Ungido: ¿He recibido de alguno de vosotros un becerro o un asno? ¿Sobre quién me he impuesto? ¿A quién he oprimido? Si acaso tomé con mis manos la ofrenda propiciatoria o el calzado de alguno, acusadme y yo os lo devolveré>> (1 Sam 12,2-3). Y, habiendo contestado el pueblo: <<No te has impuesto ni has oprimido a ninguno, ni has aceptado de nuestra mano ninguna cosa>> (1 Sam 12,4), él acudió al testimonio del Señor, con estas palabras: <<El Señor y su ungido me son testigos hoy, de que nada habéis encontrado en mis manos. Ellos respondieron: El es testigo>> (1 Sam 12,5). También el Apóstol Pablo, seguro de su buena conciencia, dijo a los Corintios: <<No somos como muchos otros, que adulteran la palabra de Dios; sino que hablamos con sinceridad ante Dios y en Cristo, con palabras que vienen de Dios>> (2 Cor 7,17). <<A nadie hemos hecho daño, a nadie hemos corrompido, a nadie hemos engañado>> (2 Cor 7,2).

26,5. Así son los presbíteros que la Iglesia nutre. De éstos dice el profeta: <<Te daré príncipes en la paz y guardianes[333] de la justicia>> (Is 60,17). De ellos decía el Señor: <<¿Quién es el administrador fiel, a quien su Señor pone al frente de su familia [1056] para que distribuya los alimentos a su tiempo? Dichoso el siervo a quien el Señor, al llegar, lo encontrare haciéndolo>> (Mt 24,45-46; Lc 12,42-43). Pablo indica dónde se le encontrará: <<Dios puso en la Iglesia en primer lugar Apóstoles, luego profetas, y en seguida maestros>> (1 Cor 12,28). Pues donde Dios ha depositado sus carismas, ahí es donde conviene aprender la verdad, de aquellos que conservan la sucesión de la Iglesia y la doctrina de los Apóstoles. Ahí se halla la conducta sana e irreprochable, y la palabra no adulterada ni corrompida. Ellos custodian nuestra fe en el único Dios que hizo todas las cosas; nos hacen crecer en el amor al Hijo de Dios, que tantas Economías llevó a cabo por nosotros; y nos exponen la Escrituras sin ningún riesgo ni de blasfemar contra Dios, ni de deshonrar a los patriarcas, ni de menospreciar a los profetas.

3.14. El Antiguo Testamento corrige las fallas de los antiguos

27,1. Escuché de un presbítero que había oído de aquellos que habían visto a los Apóstoles, y de ellos había aprendido, que a los antiguos, ya que actuaban sin el consejo del Espíritu, les bastaba la corrección que les hacía la Escritura; porque Dios, que no tiene acepción de personas (Hech 10,34), corregía con un proporcionado castigo lo que se hacía contra su beneplácito.

Así le sucedió a David: agradaba a Dios cuando sufría la injusta persecución de Saúl y huía del rey, no tomando venganza de su enemigo; además cantaba salmos a la venida de Cristo, con su sabiduría instruía a las naciones y todo lo hacía conforme al consejo del Espíritu. Pero, cuando llevado por la concupiscencia tomó para sí a Betsabé, la mujer de Urías, la Escritura dice de él: <<La acción de David pareció inicua a los ojos del Señor>> (2 Sam 11,27). Este le envió al profeta Natán, para descubrir su pecado, a fin de que, habiéndose juzgado el mismo David y dado sentencia sobre sí mismo, recibiese la misericordia y el perdón de Cristo. [1057] <<El Señor envió a David el profeta Natán, el cual le dijo: Había dos hombres en una ciudad. Uno era rico, el otro pobre. El rico poseía grandes rebaños de ovejas y bueyes, en cambio el pobre tenía sólo una ovejita, a la que amaba y alimentaba como si fuera una hija. Llegó un huésped a casa del rico, y a éste le pesó matar una oveja o un becerro de sus rebaños para agasajar al huésped; sino que cogió la ovejita del pobre y se la preparó a su huésped. David, entonces, mucho se enojó contra aquel hombre, y dijo a Natán: [exclamdown]Vive Dios, el hombre que ha hecho eso es digno de muerte! Entregará cuatro ovejas, porque no ha tenido compasión del pobre. Y Natán le dijo: Tú eres el hombre que ha hecho eso>> (2 Sam 12,1-7). Y continuó reprochándole todo cuanto había hecho, enumerando los beneficios de Dios que había recibido, y cómo había irritado a Dios por haber actuado así; porque Dios no aprueba tales acciones, y por ello una grande cólera recaería sobre su casa. David se arrepintió al oírlo, y dijo: <<He pecado contra el Señor>> (2 Sam 12,13), y cantó el salmo penitencial, con la esperanza puesta en la venida del Señor que lava y purifica al ser humano caído bajo la sumisión del pecado.

Algo semejante sucedió a Salomón: solía juzgar rectamente, hablar con sabiduría, edificó un templo que fue figura del verdadero, pregonaba las glorias de Dios, anunciaba a las naciones la paz futura, para prefigurar el Reino de Cristo enseñó tres mil parábolas sobre la venida del Señor, cantó a Dios cinco mil cánticos (1 Re 5,12), y proclamaba la sabiduría de Dios que se encuentra en la naturaleza creada de todo árbol, de todo vegetal, de todas las aves, cuadrúpedos y peces (1 Re 5,13). Decía: <<El Dios verdadero al que los cielos no pueden abarcar, ¿habitará sobre la tierra con los hombres?>> (1 Re 8,27). Y agradó a Dios, los humanos lo admiraban, todos los reyes de la tierra lo buscaban para escuchar la sabiduría que Dios le había concedido (1 Re 5,14), y la reina del Sur vino a él desde los confines de la tierra para aprender de su sabiduría (1 Re 10,1-10). [1058] De ésta dijo el Señor que, cuando resucitemos para ser juzgados, ella se levantará con la generación de los que no escucharon sus palabras ni creyeron en él, para juzgarlos (Mt 12,42); porque ella aceptó la sabiduría que Dios le enseñaba por su siervo, en cambio ellos despreciaron la sabiduría que les predicaba el Hijo de Dios. Y eso que Salomón era un siervo, en cambio Cristo es el Hijo de Dios y el Señor de Salomón.

Por eso, cuando Salomón servía a Dios de modo impecable y se ponía a disposición de sus Economías, entonces era glorificado. En cambio cuando tomaba mujeres de entre todos los gentiles y les permitía levantar ídolos en Israel, la Escritura dice acerca de él: <<Salomón era amante de mujeres, y tomó mujeres extranjeras. Por ello en su vejez el corazón de Salomón no era perfecto ante el Señor su Dios. Las mujeres extranjeras desviaron su corazón hacia los dioses extranjeros. Salomón hizo el mal en la presencia del Señor; no siguió al Señor como David su padre. Y el Señor se enojó contra Salomón: pues su corazón no era perfecto ante el Señor, como lo fue el corazón de David su padre>> (1 Re 11,1-9). La Escritura lo condenó duramente, como dice el presbítero: <<Que ninguna carne se gloríe en la presencia de Dios>> (1 Cor 1,29).

3.15. También los antiguos se salvaron por Cristo: descenso a los infiernos

27,2. Por este motivo el Señor <<descendió a los lugares inferiores de la tierra>> (Ef 4,9) para anunciarles la Buena Nueva de su venida, para el perdón de los pecados de quienes creyeron en él. Y en él creyeron todos los que esperaban en él (Ef 1,12), es decir, los justos, profetas y patriarcas que preanunciaron su venida y se pusieron al servicio de sus Economías. A ellos, al igual que a nosotros, se les perdonaron sus pecados, que ya no podemos imputarles porque despreciaríamos la gracia de Dios (Gál 2,21). Así como ellos no nos condenan por nuestras incontinencias cometidas antes de que Cristo se manifestara en nosotros, así tampoco es justo que nosotros condenemos a quienes pecaron antes de que Cristo viniese. Pues <<todos están privados de la gloria de Dios>> (Rom 3,23), pero quienes vuelven sus ojos hacia la luz están justificados, no por sí mismos sino por la venida de Cristo.

Sus acciones se han puesto por escrito para instrucción nuestra (1 Cor 10,11), a fin de que, ante todo, supiésemos que uno solo es el Dios [1059] suyo y nuestro, al cual no le agrada el pecado, aunque lo cometiesen personas notables; y por ello debemos apartarnos del mal. Pues, si los antiguos que nos han precedido en los dones de Dios, por los cuales el Hijo de Dios aún no había padecido, sufrieron tales ignominias cuando faltaron en algo sirviendo a las pasiones de la carne, ¿cuánto más han de sufrirlas quienes ahora han despreciado la venida de Cristo y se han puesto al servicio de sus pasiones? También a aquéllos la muerte del Señor les perdonó los pecados; en cambio, por aquellos que ahora pecan <<Cristo ya no muere, pues la muerte no tiene dominio sobre él>> (Rom 6,9); sino que el Hijo vendrá en la gloria del Padre (Mt 16,27) para exigir de los administradores el dinero que les entregó para que lo hiciesen producir (Mt 25,14-30), y a quienes dio más, más les exigirá (Lc 12,48).

Por eso decía aquel presbítero, no debemos sentirnos orgullosos ni reprochar a los antiguos; sino hemos de temer, no sea que después de conocer a Cristo hagamos lo que no agrada a Dios, y en consecuencia no se nos perdonen ya nuestros pecados, sino que se nos excluya de su Reino. Pablo dijo a este propósito: <<Si no perdonó las ramas naturales, él quizá tampoco te perdone, pues eres olivo silvestre injertado en las ramas del olivo y recibes de su savia>> (Rom 11,21.17).

3.16. La corrección de los antiguos, pedagogía para nosotros

27,3. También están descritas las transgresiones de los antiguos, no por ellos mismos, sino para nuestra corrección, y para que sepamos que es uno y el mismo el Dios contra el cual ellos pecaban, y al cual ofenden ahora algunos de los que presumen de creyentes. El Apóstol lo dijo muy claramente en su Carta a los Corintios: <<No quiero que ignoréis, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube, y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y el mar, y todos comieron del mismo alimento espiritual y bebieron de la misma bebida espiritual: pues bebían de la piedra espiritual que los seguía, y la piedra era Cristo. Mas Dios no se agradó en muchos de ellos, pues quedaron muertos en el desierto.

Esto sucedió en figura de nosotros, para que no vayamos tras los malos apetitos como aquéllos lo hicieron; ni seáis idólatras como muchos de ellos, según está escrito: El pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó para divertirse. No nos entreguemos a la lujuria como algunos de ellos lo hicieron y, en un solo día, perecieron veintitrés mil. Ni tentemos a Cristo, como algunos lo tentaron y murieron mordidos por las serpientes. Ni murmuréis, como lo hicieron algunos de ellos, y perecieron [1060] a manos del exterminador. Todas estas cosas sucedieron en figura, pues fueron escritas para que nos sirvan de lección a quienes hemos llegado al final de los tiempos. Por eso, el que piense estar en pie, tenga cuidado de no caer>> (1 Cor 10,1-12).

27,4. Sin dudar en absoluto ni mostrar contradicción alguna, el Apóstol muestra que es uno solo y el mismo Dios que entonces juzgó esas acciones y que hoy condena las actuales, e indicó el motivo por el cual aquéllas fueron descritas: aún se encuentra mucha gente atrevida y desvergonzada que, al mirar las faltas de los antepasados y la desobediencia de una gran cantidad del pueblo, dicen que el Dios de aquéllos fue el hacedor del mundo, que nació de a penuria, distinto del Padre que Cristo nos trajo, y éste es el que cada uno de ellos imagina haber concebido en su mente. Esos no entienden que, así como <<Dios no se agradó en muchos de ellos>> (1 Cor 10,5) porque pecaron, así también ahora <<son muchos los llamados y pocos los escogidos>> (Mt 22,14).

Y como entonces los injustos, idólatras y fornicadores perdieron la vida, así también ahora el Señor predicó que enviará a los tales al fuego eterno (Mt 25,41), como dice el Apóstol: <<¿Acaso ignoráis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni quienes se acuestan con otros hombres, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios>> (1 Cor 6,9-10). Y como esto no lo dice a los de fuera, sino a nosotros, para que no seamos excluidos del Reino de Dios por hacer tales cosas, añadió: <<Esto fuisteis, pero habéis sido lavados y santificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios>> (1 Cor 6,11).

Pues así como entonces quienes obraban mal y corrompían a los otros, fueron condenados y echados fuera, de igual manera en nuestro tiempo se arrancarán el ojo, el pie y la mano que escandalizan, para que no perezca todo el cuerpo (Mt 18,8-9). Este precepto hemos recibido: <<Si algún hermano es fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con un hombre así ni os sentéis a la mesa>> (1 Cor 5,11). Y también dice: <<Que nadie os seduzca con palabras vacías: por eso la ira de Dios recae sobre los hijos de la desobediencia. No queráis, pues, tener parte con ellos>> (Ef 5,6-7). En aquel tiempo junto con los pecadores a los demás les tocaba la condenación, porque se complacían con ellos y compartían sus acciones, porque <<un poco de fermento corrompe toda la masa>> (1 Cor 5,6).

También descendía entonces sobre los injustos la ira de Dios, como dice el Apóstol: [1061] <<La ira de Dios se revelará desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de aquellos hombres que encierran la verdad en la injusticia>> (Rom 1,18). Y como entonces Dios se vengó de los egipcios que injustamente maltrataban a Israel, así también ahora, como dice el Señor: <<¿Y Dios no tomará la venganza de sus elegidos que claman a él día y noche? En verdad os digo, los vengará pronto>> (Lc 18,7-8). Igualmente el Apóstol predica en su Carta a los Tesalonicenses: <<Ya que Dios es justo, hace pagar con sufrimiento a aquellos que os afligen, y junto con nosotros os hará descansar de la aflicción, cuando nuestro Señor Jesucristo se manifieste del cielo con sus poderosos ángeles para, con la llama de fuego, tomar venganza de aquellos que no quieren conocer a Dios ni obedecer al Evangelio de Jesús nuestro Señor. Ellos sufrirán el castigo de la eterna perdición, separados de la presencia del Señor y del poder de su gloria, cuando venga a manifestar su gloria en sus santos y para mostrarse admirable en quienes creyeron en él>> (2 Tes 1,6-10).

3.17. Mejor justicia y moral en el Nuevo Testamento

28,1. En uno y otro Testamento se trata de la misma justicia en el juicio de Dios; sólo se diferencian en que, en el primero, se expresa en figura, de modo temporal y más limitado, y en el segundo de manera real, verdadero, para siempre y con precisión; pues el fuego es eterno, y del cielo se ha de revelar la cólera de Dios (Rom 1,18) <<lejos de la presencia del Señor>> (2 Tes 1,9), como dice David: <<El rostro del Señor se vuelve a los que hacen el mal para borrar de la tierra su recuerdo>> (Sal 34[33],17). El castigo será mayor para los que caen en su justicia. Los presbíteros llamaban insensatos a aquellos que, al considerar lo que sucedió a aquellos que en otro tiempo no obedecían a Dios, pretenden introducir a otro Padre: para probar su idea ellos oponen todo lo que el Señor hizo para salvar a cuantos lo recibieron al venir para mostrarles su misericordia (Mc 5,19), pero callan acerca de su juicio y de cuanto les sobrevendrá a aquellos que, habiendo escuchado su palabra, no la han puesto por obra (Lc 6,49). Olvidan que sería mejor para ellos no haber nacido (Mt 26,24), y que <<en el día del juicio mejor le irá a Sodoma y Gomorra que a aquella ciudad>> que rehusó acoger la palabra de sus discípulos (Mt 10,15; Lc 10,12).

28,2. En el Nuevo Testamento [1062] creció la fe de los seres humanos en Dios, al recibir al Hijo de Dios como un bien añadido a fin de que el hombre participara de Dios. De modo semejante se incrementó la perfección de la conducta humana, pues se nos manda abstenernos no sólo de las malas obras, sino también de los malos pensamientos (Mt 15,19), de las palabras ociosas, de las expresiones vanas (Mt 12,36) y de los discursos licenciosos (Ef 5,4): de esta manera se amplió también el castigo de aquellos que no creen en la Palabra de Dios, que desprecian su venida y se vuelven atrás, pues ya no será temporal sino eterno. A tales personas el Señor dirá: <<Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno>> (Mt 25,41), y serán para siempre condenados. Pero también dirá a otros: <<Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde siempre>> (Mt 25,34), y éstos recibirán el Reino en el que tendrán un perpetuo progreso. Esto muestra que uno y el mismo es Dios Padre, y que su Verbo siempre está al lado del género humano, con diversas Economías, realizando diversas obras, salvando a quienes se han salvado desde el principio -es decir, a aquellos que aman a Dios y según su capacidad siguen a su Palabra-, y juzgando a quienes se condenan, o sea a quienes se olvidan de Dios, blasfeman y transgreden su Palabra.

3.18. Un caso: los egipcios endurecen su corazón

28,3. Los herejes de los que estamos hablando se contradicen al acusar al Señor en quien dicen creer. Pues lo inculpan por haber dado un castigo temporal a los incrédulos y herido a los egipcios, en cambio salvó a los obedientes; pues lo mismo hace el Señor cuando condena para siempre a los que condena y eternamente salva a los que salva. Si nos atuviésemos a las ideas de ellos, El sería culpable de un gran pecado contra aquellos que le echaron encima las manos y lo clavaron; porque si él no hubiera venido ellos no habrían matado a su Señor; e igualmente si no les hubiese enviado profetas y Apóstoles, ellos no los habrían matado. Pero algunos de ellos nos atacan diciendo: si no se hubiesen anegado los egipcios y los perseguidores de Israel no se hubieran ahogado en el mar, Dios no habría podido salvar a su pueblo. Les respondemos: si los judíos no hubiesen asesinado al Señor, el cual luego los privó de la vida eterna, y no hubiesen matado a los Apóstoles ni perseguido la Iglesia de modo que por ello cayeran en el abismo de la ira divina, nosotros tampoco estaríamos salvados.

Así como aquéllos fueron salvados por la ceguera de los egipcios, [1063] así nosotros lo fuimos por la de los judíos; pues la muerte del Señor ha sido motivo de condenación para aquellos que no creyeron en su venida y lo crucificaron, así como lo es de salvación para quienes creen en El. Como dice el Apóstol en su segunda Carta a los Corintios: <<Somos el buen olor de Cristo para Dios entre los salvados y los condenados: olor de muerte para los que mueren, y olor de vida para los que viven>> (2 Cor 2,15-16). ¿A quiénes este olor conduce a la muerte, sino a los que no creen ni obedecen al Verbo de Dios? ¿Quiénes son los que entonces se entregaron a la muerte? Aquellos que no creían ni se sometían a Dios. ¿Quiénes se salvaron y recibieron la herencia? Aquellos que creían en Dios y se mantuvieron en el amor a él, como Caleb hijo de Jefoné y Josué hijo de Nun, así como los niños inocentes que ni siquiera tenían el sentido de la malicia (Núm 14,30-31). ¿Y quiénes se salvan ahora y reciben la vida? ¿Acaso no son aquellos que aman a Dios, creen en sus promesas, y se han hecho <<niños en la malicia>> (1 Cor 14,20)?

29,1. Pero, alegan, fue Dios quien endureció el corazón del faraón y de sus ministros (Ex 9,34). ¿Acaso quienes así lo acusan no han leído lo que en el Evangelio respondió Jesús a sus discípulos cuando le preguntaron: <<¿Por qué les hablas en parábolas?>> El contestó: <<A vosotros se os concede conocer el misterio del reino de los cielos; a ellos les hablo en parábolas para que, viendo, no vean, y oyendo no oigan; de este modo se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Endurece el corazón de este pueblo, tapa sus oídos y ciega sus ojos. Dichosos en cambio vuestros ojos que ven lo que veis y vuestros oídos que oyen lo que oís>> (Mt 13,10-16). Es uno y el mismo el Señor que hiere con la ceguera a todos los incrédulos que lo rechazan. Sucede como con el sol, que es creatura suya, para aquellos que por alguna enfermedad de los ojos no pueden contemplar su luz; en cambio a quienes creen en él y lo siguen, les concede una más plena y brillante iluminación de su mente.

[1064] Este es el mismo razonamiento que hace el Apóstol en la segunda Carta a los Corintios: <<Dios ha cegado las mentes de los incrédulos de este mundo, a fin de que no brille (en ellos) la luz del Evangelio para la gloria de Cristo>> (2 Cor 4,4). Y también en la Carta a los Romanos: <<Y como no se preocuparon por conocer a Dios, Dios los entregó a su mente pervertida para que hagan lo que no deben>> (Rom 1,18). Y también dice en la segunda Carta a los Tesalonicenses, acerca del Anticristo: <<Por eso Dios les envió un Poder del engaño, para que crean en la mentira y se condenen todos aquellos que no creyeron en la verdad, sino que consintieron en la iniquidad>> (2 Tes 2,11-12).

29,2. Lo mismo sucede ahora. Dios sabe quiénes son los que no habrán de creer, pues conoce de antemano todas las cosas, los entrega a su incredulidad, retira de ellos su rostro y los abandona en las tinieblas que ellos mismos eligieron. ¿Por qué admirarse, entonces, de que en aquel tiempo abandonó en su incredulidad al faraón y a sus ministros, los cuales jamás habrían creído en él? Como el Verbo de Dios habló a Moisés desde la zarza: <<Sé que el faraón, rey de Egipto, no os permitirá partir, sino con mano fuerte>> (Ex 3,19). El Señor hablaba en parábolas y cegaba a Israel para que viendo no vieran, porque conocía su incredulidad, de modo semejante y por la misma razón por la cual endureció el corazón del faraón, a fin de que, viendo cómo el dedo de Dios sacaba su pueblo, no creyese. Lo dejó anegarse en el mar de la infidelidad, imaginando que la salida del pueblo y su paso por el mar rojo se debía a algún truco de magia, y no al poder de Dios que había decidido este tránsito para su pueblo, sino que era efecto de causas naturales.

3.19. Un caso: el robo que cometieron los hebreos

30,1. Ellos también reprueban y condenan el hecho de que, por mandato de Dios, el pueblo hubiese tomado de los egipcios todo tipo de ropa y de utensilios antes de partir, con los cuales fabricaron después el tabernáculo del desierto. Claramente se ve que ignoran la justicia y las Economías de Dios, como decía el presbítero. Pues si Dios no hubiese consentido en ello, cuando sucedía en figura, ahora, cuando hemos llegado al cumplimiento [1065] (es decir a la fe por la que hemos salido de entre los gentiles), nadie podría salvarse. Pues todos tenemos, unos más y otros menos, alguna propiedad que hemos adquirido <<con la mammona de iniquidad>> (Lc 16,9). ¿De dónde más hemos sacado la casa donde vivimos, el vestido con que nos cubrimos, los utensilios que usamos y todas las demás cosas necesarias para la vida ordinaria, sino de aquello que, siendo aún gentiles, adquirimos o por deseo de lucro o de parientes y amigos, muchas veces injustamente; además de todo aquello que hemos adquirido ahora, cuando vivimos en la fe? ¿Hay vendedor que no quiera sacar alguna ganancia del comprador? ¿O hay comprador que no pretenda obtener alguna utilidad del vendedor? ¿Qué negociante no tiene la intención de ganar de su negocio el alimento? ¿Acaso los fieles que viven en el palacio real no sacan de los bienes del César lo que necesitan para su uso, y no da algo a cada uno de los necesitados según sus posibilidades? Los egipcios debían mucho al pueblo de Israel: no sólo en cuanto a bienes, sino también en cuanto a su vida, pues la salvaron por la antigua generosidad del patriarca José. ¿Mas ahora son de algún modo nuestros deudores los paganos de los que obtenemos alguna utilidad o ganancia? Lo que ellos adquieren con fatiga, nosotros, los creyentes, lo usamos sin trabajo.

30,2. Nótese que el pueblo hebreo servía a los egipcios con una dura esclavitud, como la Escritura describe: <<Los egipcios oprimían a los hijos de Israel con mano fuerte, y les hacían la vida odiosa imponiéndoles duros trabajos. Los obligaban a trabajar el lodo y los ladrillos y a realizar toda clase de faenas del campo, obligándolos por la fuerza a todo tipo de labores>> (Ex 1,13-14). De esta manera levantaron ciudades amuralladas (Ex 1,11). Con el exceso de su trabajo servil durante muchos años engordaron los bienes de los egipcios; y en cambio éstos no sólo se mostraron ingratos, sino que los tuvieron por enemigos y quisieron eliminarlos. ¿Dónde, pues, está la injusticia si tomaron un poco de lo mucho que habían producido, aquellos que habrían podido aumentar sus bienes y salir ricos, si no hubiesen estado bajo la esclavitud? En realidad tomaron un poco de paga por tan larga esclavitud, y aun así se escaparon pobres.

[1066] Es como si un hombre libre, raptado por la fuerza para servir por largos años a su secuestrador y aumentarle sus riquezas, si alguna vez consiguiese alguna ayuda para escapar, tomase una pequeña parte de los bienes conseguidos con sus muchos trabajos. Si alguien lo condenara por haber hecho una injusticia, más bien estaría demostrando ser un juez más injusto que quien había sido por la fuerza sometido a servidumbre. De esta calaña son aquellos que acusan al pueblo por haber tomado un poco de lo producido con sus trabajos excesivos; y en cambio no condenan a aquellos que no agradecieron en absoluto lo que habían recibido por el esfuerzo de sus padres[334], sino que los habían sometido a la más dura esclavitud para sacar de ellos provecho. Los herejes tildan de injustos a quienes tomaron unos pocos objetos de oro y monedas de plata, como arriba dijimos, y en cambio se tienen a sí mismos por justos -y diremos la verdad, aunque a algunos les parezca ridículo-, cuando ellos portan en sus cinturones oro y plata debidos al trabajo de otros, que llevan impresas la inscripción y la imagen del César (Mt 22,20-21).

30,3. Si nos comparamos con ellos, ¿a quién parece habérsele tratado con más justicia: al pueblo liberado de los egipcios que les debían todo, o a nosotros rescatados de los romanos y de otras naciones que nada nos debían? Gracias a ellos el mundo vive en paz, de modo que, sin temor, podemos viajar y navegar a donde queremos. Vale contra estos (herejes) el dicho del Señor: <<Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo, y luego atenderás a sacarle a tu hermano la paja de su ojo>> (Mt 7,5). Si alguien te echa en cara lo anterior y se gloría de su gnosis, pero habiéndose separado de los paganos no conserva para sí nada que venga de otros, sino que vive desnudo, descalzo y sin casa por los montes como los animales que sólo se alimentan de hierba, entonces merecerá tu perdón, porque ignora las necesidades de nuestra convivencia. [1067] Pero si posee cosas que provienen de otros, y sin embargo critica su figura[335], no hace sino desenmascarar su propia injusticia volviendo contra sí mismo su acusación contra ellos; porque anda con cosas de otros y desea tener lo que no es suyo. Por eso dijo el Señor: <<No juzguéis y no seréis juzgados; pues con el mismo juicio con que juzguéis seréis juzgados>> (Mt 7,1-2). No enseña que debamos abstenernos de corregir al que peca ni que estemos de acuerdo con quienes obran mal; sino que evitemos juzgar injustamente las Economías de Dios, puesto que él prefiguró todo de manera justa.

Y sabiendo que nosotros también obraríamos bien al poseer algo recibido de otros, dijo: <<El que tenga dos túnicas dé una al que no tenga, y haga lo mismo quien tenga comida>> (Lc 3,11); y: <<Tuve hambre y me disteis de comer, desnudo y me vestisteis>> (Mt 25,35-36); y: <<Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha>> (Mt 6,3). Lo mismo se diga de todas las obras de beneficencia por las cuales somos justificados, como si redimiéramos lo nuestro al dar de lo ajeno. Y digo de lo ajeno, no porque el mundo sea ajeno a Dios, sino porque hemos recibido de otros esos bienes, así como los hebreos los recibieron de los egipcios que no conocían a Dios. Y usándolos construimos en nosotros mismos el santuario de Dios, en cuanto Dios habita en quienes hacen el bien. Como dice el Señor: <<Haced amigos con el dinero inicuo, para que ellos, cuando se os eche, os reciban en los eternos tabernáculos>> (Lc 16,9). Nosotros, pues, somos justificados como creyentes cuando convertimos en utilidad para el Señor aquello que como paganos habíamos adquirido de la injusticia.

30,4. Por necesidad las cosas de entonces debían suceder en figura, cuando con ellas se construía el tabernáculo de Dios. Ellos, como hemos dicho, tomaron de otros de manera justa, para prefigurarnos a nosotros, los que habríamos de usar de cosas adquiridas de otros para servir a Dios. Pues todo lo que sucedió cuando Dios formó al pueblo sacado de Egipto fue tipo y figura de la formación de la Iglesia que un día sería sacada de entre los gentiles. Por este motivo El la sacará de aquí para guiarla hasta su heredad, que al final le dará ya no Moisés el siervo de Dios, sino Jesús su Hijo. [1068] Mas si alguien atiende con más cuidado a lo que han dicho los profetas acerca de ese final y a lo que Juan, el discípulo del Señor, contempló en el Apocalipsis, notará que las naciones paganas en general sufrirán las mismas plagas que en particular afligieron a Egipto.

3.20. Lot, figura de Cristo

31,1. El presbítero nos entretenía discurriendo sobre estos temas acerca de nuestros antepasados, y decía: <<Aunque la Escritura reprocha a los patriarcas y profetas, no conviene que nosotros los condenemos por sus actos, para no hacernos como Cam, sobre el que recayó la maldición por burlarse de la desnudez de su padre; sino que debemos dar gracias a Dios por ellos, porque se les perdonaron sus pecados en vista de la venida de nuestro Señor>>. Nos decía que también ellos se alegraban y daban gracias por nuestra salvación. En otros casos la Escritura no condena las acciones, sino que se reduce a describirlas. Nosotros tampoco debemos convertirnos en acusadores de ellas, pues no amamos a Dios más que ellos, ni podemos ponernos <<por encima del maestro>> (Mt 10,24), sino que debemos buscar en ellos su aspecto de figura; porque nada de lo que la Escritura narra sin condenarlo sucedió sin sentido.

Por ejemplo, el caso de Lot, que sacó a sus hijas de Sodoma, las cuales quedaron preñadas de su padre, y que dejó en el campo a su mujer convertida en estatua de sal (Gén 19,26) hasta el día de hoy. Lot fue una figura para hoy, y no concibió de sus hijas por su voluntad, ni por concupiscencia, ni por haber entendido el significado o haber pensado en ello, según la Escritura: <<La mayor se acercó a su padre esa noche y durmió con él; y Lot no se dio cuenta cuándo ella se acostó o se levantó>> (Gén 19,33). Y con la menor sucedió de esta manera: <<Y no se dio cuenta cuando se durmió con él ni cuando se levantó>> (Gén 19,35). Mientras este hombre no podía advertirlo ni buscaba el placer, tuvo lugar la Economía de Dios, que con este suceso de las dos hijas [1069] representó las dos sinagogas[336] que quedaron preñadas de un mismo Padre, fecundas sin placer de la carne. Porque no había nadie más de quien ellas pudieran obtener el semen de la vida para producir el fruto de los hijos, como está escrito: <<La mayor dijo a la menor: Nuestro padre es viejo, y no hay en el país ningún hombre que se una a nosotras, como se acostumbra en toda la tierra. Vamos a embriagar a nuestro padre, para de él tener una descendencia>> (Gén 19,31-32).

31,2. Las hijas decían esto porque pensaban con ingenuidad e inocencia que todos los hombres habían muerto como los sodomitas, y la ira de Dios había asolado toda la tierra. Por eso aun ellas son excusables, pues imaginaban haber quedado solas con su padre para conservar la raza humana, y por eso se acostaron con él. Sus palabras fueron un signo de que no hay nadie que pueda hacer engendrar a las dos sinagogas, la menor y la mayor, fuera de nuestro Padre. El Padre del género humano es el Verbo de Dios, como se le reveló a Moisés: <<¿No es éste tu Padre, el que te adquirió, te hizo y te creó?>> (Dt 32,6).

¿Y cuándo infundió a la raza humana el semen de la vida que es el Espíritu, el cual nos da la vida y nos perdona los pecados? ¿Acaso no fue cuando se deleitaba viviendo con los seres humanos y bebiendo con ellos el vino de la tierra -<<Vino el Hijo del Hombre que come y bebe>> (Mt 11,19)-, y que se acostaba y dormía, como él mismo dice por David: <<Me acosté y me dormí>> (Sal 3,6)? Y como lo hizo mientras vivía y estaba en contacto con nosotros, también dice: <<Mi sueño se me hizo dulce>> (Jer 31,26). [1070] Lot fue figura de todo esto: el semen del Padre de todas las cosas, o sea el Espíritu de Dios por el cual fueron hechas todas ellas, se mezcló y unió con la carne, quiero decir con su plasma, y con esa mezcla y unidad dos sinagogas, o sea las dos asambleas, han engendrado de su Padre hijos vivientes para el Dios vivo.

31,3. Y mientras esto sucedía, la mujer de Lot se había quedado en Sodoma, no en su estado de carne corruptible, sino convertida en estatua de sal (Gén 19,26). Permaneciendo así para siempre significó lo que es propio de la naturaleza y costumbres de los seres humanos; porque la Iglesia, que es <<sal de la tierra>> (Mt 5,13), ha quedado abandonada en el campo de la tierra, sufriendo las limitaciones humanas; y, aunque una y otra vez se le arrancan miembros completos, sigue siendo la estatua de sal, es decir el fundamento de la fe, que da firmeza a los hijos y los dirige hacia su Padre.

3.21. Conclusión: un solo Dios de los dos Testamentos

32,1. Sobre estos dos Testamentos solía discurrir el presbítero discípulo de los Apóstoles, mostrando que uno y otro provenían del único mismo Dios. Pues no hay otro Dios fuera del que nos hizo y nos plasmó, ni tienen base alguna las doctrinas de quienes afirman que este mundo nuestro fue hecho o por los ángeles, o por cualquier otro Poder, o por otro Dios. Pues si alguna vez alguien se apartase del Hacedor de todas las cosas, y enseñase que cualquier otro creó cuanto nos rodea, esa persona por fuerza caería en muchas incongruencias y contradicciones, y no hallaría para probarlas ningún motivo basado en la verdad o en algo que se le parezca. Por esta razón quienes inventan otras doctrinas nos ocultan la idea que tienen acerca de Dios, conociendo la debilidad y vaciedad de ellas, pues temen que, si las exponen, corren peligro de no poder salvarlas.

Mas si una persona cree en un solo Dios [1071] y en su Verbo que hizo todas las cosas, como dice Moisés: <<Y Dios dijo: [exclamdown]Hágase la luz! Y la luz se hizo>> (Gén 1,3); y leemos en el Evangelio: <<Todo fue hecho por El, y sin El nada ha sido hecho>> (Jn 1,3); y algo semejante en el Apóstol Pablo: <<Un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todas las cosas que está sobre todas, a través de todas y en todos nosotros>> (Ef 4,5-6), esa persona ante todo se mantendrá ligada <<a la cabeza, de la cual todo el cuerpo se mantiene unido y ordenado, a través de todas las junturas y la distribución de sus partes, según la medida de cada una de ellas, para dar crecimiento a su cuerpo y edificarlo en la caridad>> (Ef 4,16; Col 2,19); y en consecuencia toda palabra que enseñe será sólida, si lee la Escritura con cuidado como la mantienen los presbíteros de la Iglesia, pues conservan la doctrina apostólica, según antes hemos demostrado.

32,2. Todos los Apóstoles, en efecto, enseñaron que los dos Testamentos corresponden a dos pueblos, mas uno solo y el mismo es Dios que dispuso uno y otro para el bien de la humanidad, ya que dio el primer Testamento a quienes empezaban a creer en Dios, como hemos demostrado en el libro tercero a partir de la doctrina de los Apóstoles. Y no se dio este primer Testamento en vano, ni sin una finalidad, ni al acaso; sino que sometió al servicio de Dios a aquellos a quienes se les dio para su propio provecho, pues Dios no necesita del servicio de los seres humanos. Además, se les dio como una figura de los bienes celestiales, porque los seres humanos aún no eran capaces de soportar a ojo desnudo la visión de las cosas divinas; también prefiguró las realidades de la Iglesia, a fin de que se afirmase nuestra fe; pues llevaba en sí la profecía de los bienes futuros, con el objeto de enseñar al género humano que Dios conoce de antemano todas las cosas.

[318] Es decir, cuántos codos miden los cielos.

[319] Atribuido erróneamente a la Escritura. En realidad es de HERMAS, El Pastor II, 1. San Ireneo tiene en mente este pasaje que, o cita parcialmente o al menos de modo implícito, en varias ocasiones (ver I, 15,5; 22,1; II, 10,2; 30,9).

[320] San Ireneo algunas veces atribuye la inspiración profética al Verbo, otras al Verbo por el Espíritu: ver D 5, 3, 49, 100.

[321] Párrafo riquísimo que condensa varios aspectos de la teología de San Ireneo, y a su vez resulta una fuerte arma contra la gnosis: es verdad que Dios es invisible y trascendente; pero esto no lo hace del todo desconocido: en su omnipotencia puede acercarse a nosotros y darse a conocer si él lo quiere. Y contra la división entre el Dios del Antiguo Testamento y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, propone el único plan de salvación: Dios se dejó ver en forma profética en el Antiguo Testamento por el Espíritu; en el Nuevo Testamento por la adopción en el Hijo; y se nos manifestará en plena visión como Padre en su Reino futuro.

[322] Recuérdese que el Nuevo Testamento llama a la Palabra de Dios hecha hombre la Roca: Mt 7,25; Lc 6,48; 1 Cor 10,4; 1 Pe 2,4-8.

[323] La Iglesia del Nuevo Testamento, que proviene en mayoría de los gentiles.

[324] Es decir, el pueblo judío.

[325] PG 7, 1045: <<a Judaeis patitur>>.

[326] Aquí se halla implícita una extensión de la imagen paulina del primer y segundo Adán, a todos los seres humanos: los <<primeros hombres>> son los encabezados por el primer Adán en el pecado; <<los últimos>> son los discípulos de Cristo, los redimidos cuya cabeza es el segundo Adán.

[327] San Ireneo también cita este texto en III, 20,4 (ver ahí la nota), donde lo refiere a Isaías, y en IV, 33,1.12; V, 31,1, sin atribución especial. No se conoce en la Biblia como la conservamos.

[328] San Ireneo afirma la estrecha unidad de los dos Testamentos (preludia la afirmacion del Concilio Vaticano II, DV 16): el Antiguo Testamento prepara y da comprensión al Nuevo, y éste, a su vez, da sentido y cumplimiento al Antiguo. Argumento antiherético, destruye la idea marcionita de los dos dioses.

[329] Idea muy cara a San Ireneo: por su resurrección, Cristo no sólo es el Primogénito de los muertos, sino también el inicio de la vida para los que duermen, es decir, el principio de su resurrección (ver II, 22,4; III, 22,4).

[330] Ver III, 12,10.

[331] Es decir, judíos y gentiles. Estos, después de Hech 15, no están obligados a circuncidarse para ser recibidos en la fe.

[332] Ver IV, 16,1-5.

[333] Episkópous, lit. guardianes; en el latín traducido, con la mentalidad de Ireneo, como obispos.

[334] Es decir, no condenan la ingratitud de los egipcios que habían recibido todo de los antepasados del pueblo hebreo.

[335] Es decir, a los hebreos que tomaron objetos de los egipcios.

[336] Haì dyo synagogaí, literalmente las dos asambleas, es decir las dos Iglesias, la del Antiguo y la del Nuevo Testamento.