Resurrección de Cristo Teologia
1. Magisterio de la Iglesia. a) El hecho de la
Resurrección. La más antigua tradición expresa la fe en la R. de C. mediante la
fórmula «resucitó al tercer día», tomada de 1 Cor 15,4. Los «símbolos
occidentales» -que testifican el Símbolo apostólico- y el llamado Quicumque o
Símbolo Atanasiano (v. FE u) agregan: «a mortuis», de entre los muertos (Denz.Sch.
10-30); los «símbolos orientales», en cambio, omiten de ordinario esta última
expresión (aunque no siempre: cfr. Denz.Sch. 41,60,61), que sustituyen con
frecuencia (p. ej., Denz.Sch. 42,50) por «secundum Scripturas», tomando así la
expresión completa de 1 Cor. En esta línea el Conc. de Constantinopla I (a. 381)
expresa solemnemente la fe en la Resurrección, diciendo: «resucitó al tercer día
según las Escrituras» (Denz.Sch. 150).
b) La humanidad de Cristo y el misterio de la Resurrección. Desde los tiempos
más antiguos ha tenido que defender la Iglesia el realismo de la Resurrección de
Jesús. Ya con ocasión del docetismo (v.), que negaba la realidad de la humanidad
de Cristo, el Símbolo de S. Epifanio (a. 374) afirma que la Resurrección
afectaba el cuerpo terrestre de Jesús: «padeció en la carne, resucitó y, con el
mismo cuerpo, entró en los cielos» (Denz.Sch. 44). El Conc. I de Toledo (a.
400), después de la fórmula clásica «resucitó al tercer día», añade: «trató con
sus discípulos y a los cuarenta días subió a los cielos» (Denz.Sch. 189). Esta
incorporación de la tradición de S. Lucas (Lc 24,3642; Act 1,3-4; 10-41) se ve
de nuevo en la profesión de fe de Anastasio II (a. 497; Denz.Sch. 358), y, más
adelante, en la de León IX (a. 1053; Denz.Sch. 681). Otro conjunto de
declaraciones eclesiásticas afirma el realismo de la Resurrección desde el punto
de vista de la estructura anímico-corporal de la naturaleza humana de Cristo.
Así, los «Statua Eclessiae Antiquae» (siglo v; v.) exigen a los que serán
ordenados obispos confesar la fe en que Cristo «resucitó con una verdadera
resurrección de su carne y en una verdadera reasunción de su alma» (Denz.Sch.
325); la misma fórmula la encontramos algo variada en el papa Hormisdas (a. 521;
Denz.Sch. 369) y casi a la letra fue exigida a Durando de Huesca (a. 1208; ib.
791). Este aspecto de la fe fue recogido y desarrollado en los grandes concilios
de la Edad Media: así, el Lateranense IV (a. 1215) profesa que Cristo bajó a los
infiernos «en su alma» (in anima), que resucitó «en la carne» (in carne), y que
ascendió a los cielos «en una y otra» (in utroque) (Denz. Sch. 801); el Conc. II
de Lyon (a. 1274) da la fórmula más completa: «al tercer día resucitó de entre
los muertos con una verdadera resurrección de la carne y, cuarenta días después
de la Resurrección, con la carne que resucitó y con el alma que subió a los
cielos» (Denz.Sch. 852).
e) El misterio de la Resurrección y la divinidad de Jesús. Junto a su verdadera
humanidad, el dogma eclesiástico ha puesto también de relieve la divinidad del
Resucitado, que no es simple sujeto de la Resurrección, sino autor de la misma.
En la ya citada confesión de fe de Anastasio II encontramos por primera vez la
expresión que, en este sentido, pasará a ser normativa: Cristo resucitó «
propria virtute», por su propia virtud (Denz.Sch. 358). Posiblemente la
expresión provenga de la anterior tradición simbólica de Toledo; en cualquier
caso, se contiene en el célebre Símbolo del Conc. Toledano XI (a. 675), que
declaró que Nuestro Señor sufrió en favor nuestro, salva divinitate, y «al
tercer día resucitó del sepulcro, levantándose por su propia virtud» (virtute
propria sua suscitatus) » (Denz.Sch. 359).
d) Valor soteriológico de la Resurrección de Jesús. El Magisterio eclesiástico
ha señalado, por último, la significación salvífica de la Resurrección: ella es,
en efecto, la prenda de la nuestra propia. Este valor salvífico de la R. de C.
se enuncia genéricamente en el Símbolo constantinopolitano, que expone todos los
misterios de la vida de Cristo, desde la Encarnación hasta la Parusía, bajo la
declaración «por nosotros los hombres y por nuestra salvación». Una amplia
declaración la debemos nuevamente a Anastasio II: «Dios-Verbo resucitó a su
propio cuerpo (templum suum) y en él operó la resurrección y renovación de
nuestra naturaleza» (Denz.Sch. 358) y a la tradición de Toledo, cuyos Conc. IV,
VI y XVI, en fórmulas muy densas, expresan la doctrina de Anastasio (cfr. Denz.
Sch, 485, 492, 574). Mención especial merece la profesión de fe del Papa Vigilio
(a. 552), que desarrolla el tema en perspectiva eclesiológica: el Hijo de Dios,
dice, padeció y resucitó en su carne, «permaneciendo impasible su divina
naturaleza y mantenida en todo la verdad de nuestra carne (...), para que el
cuerpo de toda la Iglesia, al mirar la glorificación de su cabeza, espere
confiada la llegada de la gloria futura, cuando en los miembros de este cuerpo
se realice lo que ahora vemos en la Cabeza, Cristo Dios y Señor, primicia de
éntre los muertos» (Denz.Sch. 414).
e) Últimas declaraciones del Magisterio. El Decreto Lamentabili de S. Pío X (a.
1907) señala dos errores en que incide el modernismo (v.) sobre el tema de la R.
de C. Consiste el primero en afirmar que la Resurrección del Salvador no es
propiamente un hecho de orden histórico, sino meramente sobrenatural, ni
demostrado, ni demostrable; algo que la conciencia cristiana dedujo gradualmente
de otros hechos (Denz.Sch. 3436). Aquí se manifiesta con toda claridad el a
priori racionalista del modernismo: no admite el milagro, lo sobrenatural no
puede incidir en los hechos históricos, es sólo un estado de conciencia, algo
subjetivo. La Resurrección, pues, no sería nada fuera de la conciencia del
creyente. El segundo error es como la otra cara del anterior: «la fe en la
Resurrección, desde el comienzo de la Iglesia, más que en el hecho mismo de la
Resurrección se refería a la vida del Cristo inmortal en Dios».
El Conc. Vaticano II hace repetidas referencias a la R. de C., aunque sin
dedicarle una consideración directa (cfr. Const. Lumen gentium, 5,7,48; Dei
Verbum, 4; Sacrosanctum Concilium, 5,6; Gaudium et spes, 22,38,45; etc.). Paulo
VI, al formular, en la profesión de fe llamada Credo del pueblo de Dios, la fe
en la R. de C., recoge los aspectos ya descritos subrayando su causalidad
salvadora; Cristo es autor de su propia Resurrección y de la nuestra; he aquí el
texto: «Resucitó por su propio poder (propria virtute) al tercer día,
elevándonos por su Resurrección a la participación de la vida divina, que es la
gracia» (AAS 60, 1968, 438, n. 12). Es digno de notar que Paulo VI pone en
relación la R. de C. no tanto con la resurrección final de los cuerpos (v.)
-como hacen otros textos magisteriales ya citados- como con la vida de la
gracia, que anticipa, en germen, aquí en la tierra la plenitud final; doctrina
ésta procedente de S. Pablo (Rom 4,25), que, como veremos, ha desarrollado
teológicamente sobre todo S. Tomás de Aquino.
2. La Resurrección como misterio de la vida de
Cristo. Aunque pueda parecer extraño, el estudio teológico-dogmático acerca de
la Resurrección apenas si tiene sitio en los manuales de Dogmática de principios
del s. XX, qué, de ordinario, le dedican muy breves líneas, cuando se ocupan,
una vez terminado el estudio de la Redención, y bajo el título «de ¡¡s quae
mortem Christi secuta sunt» (cfr., p. ej., Tanquerey, Synopsis Theologiae
Dogmaticae, 11, 28 ed. París 1955, 782-785). Contrasta esta pobreza de los
modernos tratados escolares con la riqueza del tema en la Patrística y en los
grandes autores medievales, y concretamente en la profundidad con que S. Tomás
abordaba los «misterios de la vida de Cristo» (Sum. Th. 3 gg27-59) y, en
particular, el misterio de la Resurrección (ib. 3 gg53-56). No es que el tema
estuviera ausente de la «Teología de los manuales», pero quedaba prácticamente
en manos de la Apologética (v.) que, por razón de su método, no entraba en el
estudio interno (dogmático) del misterio, sino que lo contemplaba como desde
fuera, es decir, como hecho histórico o milagro que prueba la verdad de la
doctrina de Jesús y el carácter divino del Salvador. En tiempos más recientes, y
como fruto del renovado estudio de la S. E., de los Padres y de los grandes
escolásticos, el tema ha vuelto a ser tratado también por la Dogmática, que se
ocupa, sobre todo, de dos puntos principales: la Resurrección en cuanto suceso
que afecta a Cristo y la Resurrección en cuanto realidad que nos afecta a
nosotros. Sobre ambos recaerá nuestra atención; dejando el segundo para el
apartado siguiente, nos ocuparemos ahora del primero.
a) La resurrección como acto y como estado. Tomás de Aquino define la
resurrección de un hombre como «reparatio a morte in vitam», retorno de la
muerte a la vida (Sum. Th. 3 q53 a3): un movimiento, pues, de signo inverso al
de la muerte (v.) y entendido a partir de ella. Si morir significa que el
compuesto humano -alma espiritual y cuerpo material- se disuelve, separándose el
alma (incorruptible por su inmaterialidad) del cuerpo, y «cayendo éste en la
muerte» (ib. 3 q54 al) y corrompiéndose (ib. 3 q53 al adl), resucitar no es otra
cosa que la reasunción del cuerpo por el alma separada, con la consiguiente
restauración del compuesto humano, del hombre íntegro.
Esta superación de la muerte, que vertebra el citado concepto de resurrección,
puede acontecer de dos modos. El primero, cuando alguien es liberado sólo a
morte in actu, es decir, cuando un muerto retorna a la existencia humana común,
una de cuyas propiedades esenciales es precisamente estar dominada por la muerte
y abocada a ella; los que así resucitaron volverán a morir porque siguen estando
en potencia para la muerte. De ahí que S. Tomás califique a esta liberación ab
actual¡ morte como «resurrección imperfecta» (ib. 3 q53 a3), que es la que se
dio en el caso de los resucitados del A. T. y en el de los resucitados por Jesús
durante su vida terrena (ib. 3 q53 a3 ad2). La «resurrección perfecta» es, en
cambio, aquel retorno a la vida «que consiste en que uno quede libre no ya de la
muerte, sino de la necesidad y, lo que es más, de la posibilidad de morir» (ib.
3 q53 a3). Así fue la R. de C. puesto que su Humanidad no recibió en la
Resurrección el don de la inmortalidad al modo de Adán, que lo podía perder y lo
perdió; sino como cualidad irrevocablemente unida a su naturaleza humana
resucitada. La «resurrección perfecta» implica, pues, no ya un «nomorir», sino
un verdadero «no-poder-morir»: Cristo resucitado, dice S. Tomás, «alcanzó una
vida totalmente inmortal» (ib.).
Estas consideraciones no agotan, sin embargo, la cuestión. En efecto, lo que
hemos llamado «resurrección perfecta» lo es sólo por su relación negativa con el
término «a quo» del proceso, con la muerte corporal, cuya posibilidad en lo
sucesivo queda ábsolutamente eliminada. Pero no se contempla directamente la
perfección positiva y propia del término «ad quem»: la nueva vida de Cristo
resucitado. Jesús resucitado no sólo no puede ya morir, sino que su nueva
existencia no es la terrestre histórica, a la que volvieron los otros
resucitados, sino una vida misteriosa y trascendente, aun siendo humana:
«Cristo, al resucitar -escribe S. Tomás (Sum. Th. 3 q55 a2)-_, no vuelve a la
vida que todos conocen, sino a una vida inmortal y conformada a Dios». Este modo
de vivir, estructuralmente conformado al de Dios, es a lo que llama vida
gloriosa o glorificada, y constituye elemento fundamental de su teología de la
Resurrección de Cristo.
b) La Resurrección de Cristo como resurrección gloriosa. Para comprender a fondo
la esencia de la resurrección gloriosa es necesario recordar algunos conceptos
cristológicos fundamentales.
1) La gloria del alma de Cristo. Cristo, desde el primer instante de su
concepción, fue «comprehensor», término con el que la teología designa la
perfecta visión de Dios de la que gozarán los bienaventurados en el cielo. La
plenitud de gracia creada (habitual) que embargaba el alma de Jesús, dirá S.
Tomás, nunca estuvo sin su acto pleno, que es precisamente la contemplación y el
gozo de Dios (cfr. Sum. Th. 3 q34 a4). Dicho de otro modo, el alma humana de
Cristo siempre tuvo existencia gloriosa (ib. 3 q54 a2). La natural interrelación
que se da entre el alma y el cuerpo pide de suyo que la gloria del alma redunde
en gloria del cuerpo (ib. 3 q14 al ad2). Sin embargo, esta plenitud de gracia
que transformó en gloriosa el alma de Cristo desde el primer instante, no
produjo el mismo efecto derivado en el cuerpo de Jesús. ¿Por qué? Porque otros
eran los planes de Dios para la Redención (v.) del hombre, que debía realizarse
a través de la pasibilidad y de la muerte. S. Tomás lo expresa lacónicamente:
«pertenece a la disposición (dispensatio) de Dios que en Cristo la gloria del
alma no embargara también al cuerpo, para que Jesús, por su pasión y su muerte,
llevara a término el misterio de nuestra redención» (ib. 3 q54 a2). Sobre este
punto, v. JESUCRISTO III, 2.
2) El cuerpo glorioso de Cristo. Ahora ya se está en condiciones de entender el
concepto de Resurrección gloriosa. Significa que el alma de Cristo, cumplido el
misterio de su Pasión y Muerte, toma de nuevo su propio cuerpo para hacerlo
participar de la gloria que ella gozaba desde el principio, confiriéndole como
consecuencia aneja el no-poder-morir. En cuanto a resurrección verdadera
(retornar el propio cuerpo), en Cristo se cumple el exacto concepto de
resurrección que vimos más arriba, y en este sentido su Resurrección afecta
tanto al almo como al cuerpo, que se recobran mutuamente. Pero en cuanto que es
gloriosa se trata de algo que afecta a Cristo, ante todo, por razón de su cuerpo
(ib. 3 q56 a2; cfr. q53 a3 ad3), que adquiere un perfecto sometimiento al
espíritu y a un espíritu humano de Cristo y lleno del Espíritu divino. De ahí
que S. Pablo llame al cuerpo resucitado «cuerpo espiritual» (1 Cor 15,44).
Cristo, por su Resurrección, tiene un cuerpo espirtualizado, transformado y
lleno del Espíritu Santo. De él dice, incluso, el Apóstol que es pneuma,
espíritu (2 Cor 3,17). S. Pablo conoce, en efecto, la revelación que había
recibido esta majestad espiritual del cuerpo glorioso del Señor, de su rostro:
«El Dios que dijo: Brille la luz en el seno de las tinieblas, es el que ha hecho
brillar la luz en nuestros corazones para que demos a conocer la ciencia de la
gloria de Dios, que está en el rostro de Cristo» (2 Cor 4,6). Para el alma de
Cristo, la Resurrección gloriosa significa la connatural expansión, obra del
Espíritu como hemos visto, de su plenitud irresistible de gracia. Comentando
este punto Scheeben llega a decir que el verdadero milagro no es que Cristo, por
su Resurrección, tenga cuerpo glorioso, sino que alguna vez Jesús haya tenido su
cuerpo humano pasible, es decir, sin la gloria que de suyo le pertenecía (cfr.
o. c. en bibl. 349-350). En este sentido, la disposición divina a la que hemos
aludido hizo el milagro, por así decir, de detener la virtualidad de la gracia
del alma de Jesús, impidiéndole que desde el principio arrastrara consigo al
cuerpo.
Una inmediata consecuencia de la vida gloriosa del compuesto humano de Jesús
(alma y cuerpo) es que el cuerpo queda sustraído de suyo a la experiencia común
de los hombres y sólo por un acto de la voluntad se somete a los cánones humanos
de experiencia corporal: S. Tomás dirá una y otra vez que es característico de
los cuerpos gloriosos dejarse ver o no con arreglo a la decisión personal (cfr.
Sum. Th. 3 q54 al ad2; a2 adl; q55 a6). Otras características son la
incorruptibilidad (1 Cor 15,42; cfr. Sum. Th. 3 q54 a2 ad2), la integridad (Apc
7,16-17; cfr. ib. 3 q54 a3) y sobre todo la claridad, brillo y belleza, y ese
resplandor fulgurante y cegador que adquiere el cuerpo glorioso por su
proximidad a Dios, luz increada (2 Cor 4,6; 2 Thes 1,9 y 2,8;, Act 9,3 y 22,6;
cfr. Sum. Th. 3 q55 a6 ad6). La atenuación de esta última característica en las
manifestaciones de Cristo resucitado a sus discípulos obedecía, según S. Tomás
-al que preocupó mucho la cuestión-, a que el objeto principal de las
apariciones era precisamente convencer a los discípulos de la identidad personal
del Jesús que habían tratado antes de la muerte y el resucitado que les hablaba,
y convenía por eso atenuar la claridad, ya que ésta pone más de manifiesto la
diversidad en el modo de existencia que la identidad del sujeto existente (cfr.
ib. 3 q55 ab ad4).
c) La Resurrección como constitución en poder. El N. T. nos presenta
frecuentemente, como vinculadas a la R. de C., ciertas perfecciones o
características de su ser divino-humano, que, en otras ocasiones, aparecen en la
misma S. E. como constituyendo esencialmente, y, por tanto, desde el primer
instante de la Encarnación, el misterio de Nuestro Señor. Tal vez el texto más
representativo en este sentido sea el de Rom 1,4: «constituido Hijo de Dios con
poder según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos».
O el pasaje de Philp 2,9-11, que dice que por la Resurrección Dios le constituyó
a Cristo Señor. O la Epístola a los hebreos, que lo muestra constituido por su
Resurrección como sacerdote eterno en los cielos. Evidentemente S. Pablo sabe
que Cristo no es Hijo de Dios, Señor y Sacerdote eterno como algo logrado en
sentido adopcionista: toda otra serie de textos muestran que todo eso lo es por
razón de una unión hipostática (v. JESUCRISTO Iii). Lo que estos textos ponen de
manifiesto es que lo que Cristo es por su misterio radical (Encarnación)
adquiere una fuerza manifestativa y de revelación por la Resurrección gloriosa.
Al pasar Cristo del estado de pasibilidad (kénosis o humillación) al estado
glorioso, lo que era (pero estaba velado) desde su origen se manifiesta,
diríamos, en su ser natural: ahora Cristo tiene, en su alma y en su cuerpo,
todas las perfecciones de las que, dispensative, había hecho dejación: por eso,
consumado después de la Re
surrección su destino humano, se manifiesta plenamente como quien es y ejerce su
señorío y su pleno sacerdocio en la Iglesia.
d) La causa de la Resurrección de Cristo. La estructura ontológica del Verbo
Dios hecho hombre permite también profundizar en el acto de la R. de C. desde el
punto de vista de su causa eficiente. El tema es complejo, ya que los datos son
varios: de una parte son numerosos los textos escriturísticos que dicen que
Cristo fue resucitado por Dios; de otra, como veíamos, el Magisterio dice que
Cristo resucitó «por su propia virtud». En esta declaración magisterial hay una
clara referencia a la divinidad de Cristo, pero ¿puede entenderse que se da
además alguna participación de su humanidad?
S. Tomás en su explicación parte de la consideración de que la R. de C. excede a
las posibilidades de la naturaleza, de modo que es atribuible sólo a Dios. Pero
prolonga luego su explicación diciendo que en virtud de la Encarnación los dos
elementos de la naturaleza humana de Cristo -cuerpo y alma- adquirieron una
indefectible unión a la Persona del Verbo, de modo que el fenómeno de la muerte
separa a los dos elementos entre sí, pero no a cada uno de ellos respecto a la
persona divina (cfr. Sum. Th. 3 q50 a2 y 3). De esa forma, aunque estuvieran
separados por la muerte, se consideran en cuanto hipostáticamente unidos a la
Divinidad, entonces puede decirse que el «cuerpo reasumió el alma, de que se
había separado, y el alma reasumió el cuerpo, que había abandonado» (ib. 3 q53
a4). En otras palabras, «Cristo, según la divinidad, fue causa eficiente
principal de su Resurrección, pero el alma y el cuerpo fueron instrumento de la
divinidad y mutuamente se reasumieron» (R. Garrigou-Lagrange, o. c. en bibl.,
486). Esta doctrina de S. Tomás fue recogida casi a la letra por el Catecismo
romano (p. 1, c. 6, n. 8) que hace de ella la característica diferenciadora más
señalada de la R. de C. respecto de cualquier otra resurrección.
3. Eficacia salvífica de la Resurrección de Cristo.
a) Visión general. «Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe: estáis todavía en
vuestros pecados... Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos como primicias
de los que durmieron» (1 Cor 15,17.20). Este texto de S. Pablo puede
introducirnos al segundo aspecto del estudio dogmático acerca de la R. de C.: su
valor soteriológico. El testimonio de la S. E. es en verdad sobreabundante al
respecto y puede resumirse diciendo que, según el N. T., la Resurrección de
Jesús es «prototipo, fundamento, principio y punto de apoyo» de la vida
resucitada de las almas, de la futura resurrección de los cuerpos y de la
consecuente glorificación del universo material (cfr. M. Schmaus, o. c. en bibl.,
301-308). Esta doctrina la encontramos, sobre todo, en el corpus paulino; en
diversas perícopas (cfr. Col 1,18; Act 26-23; 1 Cor 15,20-22; 2 Cor 5,14-15; Rom
10,9, etc.); pero especialmente en Rom 4,25, donde S. Pablo afirma que la fe
justifica «a los que creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús,
el Señor, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra
justificación». Este texto ha sido muchas veces interpretado en el sentido de
que el hombre es justificado por la fe en el poder vivificador y resucitante de
Dios, que se pone de manifiesto en la R. de C.: «Porque Él resucitó, creemos, y
así nos vino la justificación» (Cayetano, Epistolae Pauli, Venecia 1531, 11). La
Resurrección sería, pues, principio de justificación (v.) por la fe que engendra
y por ser motivo de credibilidad. Esta explicación, que dominó largo tiempo la
exégesis moderna, es, sin embargo, extrinsecista y no responde bien al realismo
que Dios nos revela en las Cartas de S. Pablo. El tenor mismo de Rom 4,25 nos
brinda un esquema del mensaje de S. Pablo que tiene un sentido claro: 1°) El
hombre es salvado por la acción objetiva de Dios; 2°) Esa acción alcanza al
hombre en la Muerte y Resurrección de Jesús; 3°) La fe del hombre tiene como
objeto ambos momentos. S. Pablo sitúa la Resurrección lo mismo que la Muerte en
plena eficiencia salvadora. Esta Muerte y Resurrección de Jesús ejercen su
causalidad sobre el cristiano, que se las apropia subjetivamente al recibir el
Bautismo (Rom 6,3-10). La nueva existencia es efecto de una y otra: la
justificación consiste en una muerte al pecado por nuestra unión con la muerte
de Jesús y en una vida nueva por nuestra unión con su Resurrección. Pero lo que
en Jesús son dos momentos en nosotros es un acto único (Rom 26,30) y el estado
resultante, aunque orientado a la muerte y a la resurrección, es una realidad
única.
El plan salvífico de Dios -llevar al hombre a un destino eterno participando de
la filiación divina de Cristo- adquiere su momento culminante en la Resurrección
de Jesús. La acción que transforma el cuerpo mortal del Salvador inaugura así la
acción justificadora, la vida irrumpe en el hombre mortal; la justicia de Dios,
viva y santificante, se apodera de él. Con el lenguaje de S. Pablo diremos que
el Padre resucita a Cristo (Rom 8,25; 1 Cor 6,14; 2 Cor 5,15; Eph 1,19; Col
2,12) y nos justifica a nosotros (Rom 3,26; 8,30; Gal 3,8). Nos justifica en
Cristo y por la acción resucitadora de Cristo. De este modo, la Resurrección de
Jesús constituye la primera, y en cierto sentido la única de las obras
vivificantes del Padre en un mundo nuevo, pues todas se cumplen anticipadamente
en el misterio de su Resurrección: «Por gracia habéis sido salvados: nos
vivificó juntamente con Cristo y con Él nos resucitó, y con Él nos hizo sentar
en los cielos» (Eph 2,5-6) (cfr. F. X. Durwell, o. c. en bibl., 42-51).
b) Doctrina teológica. S. Tomás en su teología se esforzó por dar forma
conceptual al tema que nos ocupa. 1) El principio que subyace a toda la
soteriología es la consideración' de que todo acto de Cristo se ordena a nuestra
salvación (Sum. Th. 3 q53 al dif. 1). Por tanto, la R. de C. tiene una eficacia
salvadora. Y la tiene no sólo por ser uno de los misterios o acciones de Cristo
(cada uno en sí mismo es de valor infinito), sino por ser misterio recapitulador:
«El Verbo hecho hombre no es disposición próxima para nuestra resurrección, sino
el Verbo hecho hombre y resucitado (resurgens) de entre los muertos» (3 Sent,
dist. 21, q2 al adl). Nuestra nueva existencia en Cristo es, pues, obra del
Cristo resucitado en cuanto resucitado (Sum. Th. 3 q56 al ad3).
2) ¿Qué naturaleza peculiar tiene esta eficacia de la R. de'C.? El núcleo de la
respuesta se encuentra en Sum. Th. 3 q56, en la que S. Tomás, por otra parte, no
hace sino desarrollar teológico-sistemáticamente la inmediata tradición: «la
Resurrección de Cristo, dice la Glosa (PL 191,295), es causa de la resurrección
del alma al presente y del cuerpo en el futuro». El Aquinate en los dos
artículos estudia la causalidad de la R. de C. respecto de la nuestra en dos
momentos: su eficacia respecto de la resurrección de los cuerpos (al) y de la
resurrección de las almas o justificación (a2). El razonamiento de S. Tomás es
semejante, en lo fundamental, tanto para una como para la otra, lo que nos
dispensa de estudiarlas separadamente.
El núcleo de su doctrina lo encontramos en la respuesta a una objeción del a2 de
esta q56, en la que se realiza una acabada exégesis del célebre texto de Rom
4,25: «Dos formalidades concurren en la justificación de las almas: la remisión
de la culpa y la novedad de vida por la gracia. Desde el punto de vista de la
causa eficiente, que proviene del poder divino, tanto la Pasión como la
Resurrección son causas de la justificación en ambas formalidades. Pero, vista
desde la causalidad ejemplar, la Pasión y Muerte de Cristo es propiamente causa
de la remisión de la culpa, por la que morimos al pecado, y la Resurrección es
causa de la novedad de vida, que adviene al alma por la gracia. Y así hay que
interpretar al Apóstol, cuando dice (Rom 4-25) que (Cristo) `fue entregado -a la
muerte, se entiende- por nuestros pecados -es decir, para quitarlos- y resucitó
para nuestra justificación'. Aparte de esto, la Pasión de Cristo es también
causa meritoria» (3 q56 a2 ad4; cfr. al ad4). Apenas necesita comentario la
posición del de Aquino; señalemos tan sólo el rigor con que adscribe a Dios la
causalidad eficiente principal de la justificación y a la humanidad (de Cristo),
en la totalidad de su misterio pascual, Muerte y Resurrección, el carácter de
instrumento (cfr. q51 al ad2).
3) Pero la teología de S. Tomás da un paso más en la comprensión del nexo
existente entre las verdades cristianas, partiendo de un argumento de
conveniencia basado en un principio expresado con palabras aristotélicas, «lo
que es primero en un género, es causa de todas las singulares que le siguen»
(Aristóteles, 11 Metafísica la, 1,5). El Santo Doctor encuentra una sorprendente
analogía entre este principio metafísico, que le es tan familiar, y la
argumentación desarrollada por S. Pablo (en 1 Cor 15, 20-21). En consecuencia,
S. Tomás contempla el don de Dios en su Verbo, «principio de la humana
vivificación», y de ahí lo ve descender, primero, al cuerpo de Cristo,
resucitándolo. Y, por su cuerpo, a nosotros en una doble fase. En la vida
presente, resucitando nuestras almas del pecado, es decir, causando
instrumentalmente la justificación y configurándolas a la imagen del alma de
Cristo, «para que, así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, así
nosotros caminemos en una nueva vida» (Rom 6,4). En la consumación final,
resucitando por su eficiencia nuestros cuerpos (resurrección en sentido
estricto) para conformarnos al cuerpo de Cristo gracias a su poder, que
«reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso» (Philp
3,21; 3 q56 a2 adl). «Los cuerpos de los miembros de Cristo -decía Scheeben, o.
c. en bibl. 464- tienen el destino de ser resucitados de entre los muertos por
el propio cuerpo de Cristo, y ser así sublimados mediante el fuego de su gloria,
siendo presentados por Él eternamente ante el divino acabamiento». Por último,
también la criatura material, compañera del hombre, recibirá como una
redundancia de nuestros cuerpos glorificados en la consumación final (Rom 8,21;
cfr. Contra Gentes, IV, cap. 97), surgiendo así los cielos nuevos y la tierra
nueva (Apc 2,7; 21,1; 2 Pet 3,13). Todo este descenso metafísico se mueve en el
orden de la causalidad eficiente y ejemplar (cfr. Sum. Th. 3 q56 al ad3).
4) Ha llegado el momento de aludir a un importante problema: la causa de nuestra justificación y resurrección, ¿es el acto de resucitar de Cristo o es la humanidad resucitada del Señor? Durwell, apoyándose en la lectura detenida de S. Pablo, se inclina por la primera opinión: «la salvación se confiere en la acción resucitadora de Dios... ¿Puede el hombre de todas las épocas de la historia estar comprendido en la única acción resucitadora que en otro tiempo vivificó a Cristo? El problema es difícil, pero la afirmación es clara» (o. c. en bibl., 48-49). S. Tomás parece más bien inclinarse por la segunda opinión cuando dice que el instrumento de la divinidad para nuestra resurrección es «la humanidad de Cristo según la cual ha resucitado» (3 q56 al ad2). Así lo entiende GarrigouLagrange que, al comentar este texto, dice que la R. de C. es causa instrumental «no como acto, que pasó en seguida, sino como estado glorioso de su humanidad» (o. c. en bibl., 489). De otro parecer es Holtz (o. c. en bibl.), que sostiene que en S. Tomás hay textos que apoyan la causalidad eficiente del acto de Cristo resucitando. En cualquier caso, y en definitiva, el acto de Cristo resucitando está eternizado en su gloria. Y aquí podrían coincidir ambas interpretaciones.
5) La reflexión teológico-dogmática acerca de la R.
de C., sobre las bases de S. E., Magisterio y Tradición, tiene importantes
derivaciones que ahora no pueden ser sino sólo aludidas. Citemos, entre ellas,
las relaciones entre la R. de C., la Eucaristía y la Iglesia, tema grato a los
Padres; la presencia del misterio pascual, como un todo, en el Sacrificio de la
Misa; y la comprensión unificada de la soteriología: «la obra de la redención
humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que
Dios obró en el Pueblo de la Antigua Alianza, Cristo Señor la realizó
principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección
de entre los muertos y gloriosa ascensión» (Conc. Vaticano II, Const.
Sacrosanctum Concilium, 5).
V. t.: JESUCRISTO; REDENCIÓN; RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS; JUSTIFICACIÓN.
PEDRO RODRÍGUEZ.
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Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991