Resurrección de Cristo. Sagrada Escritura.
 

1. Visión general. a) Encuadramiento dentro de la Historia de la Salvación. No se entendería toda la riqueza de la R. de C. si se la viese como un hecho aislado, que de repente acontece de modo singular. Sólo en el conjunto de la intervención divina en la historia se comprende plenamente su sentido.
Esta historia de la salvación humana, comenzada en la creación (Gen 1-2), prefigurada en la narración protoevangélica (Gen 3,15), puesta en acción de modo especial con la vocación de Abraham (v.) y la promesa (Gen 12), realizada figurativamente con la liberación de Egipto (Ex 3-14) y la consiguiente Alianza (v.) en el Sinaí (Ex 19-34), fue anunciada proféticamente como salvación mesiánica (Is 7-14) y Alianza segunda y definitiva con la efusión del Espíritu Santo (Ier 31,31-34; Ez 36,25-28; Is 55,3; 59,21; 61,8) y con la promesa de vida y resurrección (Ez 37; Dan 12). Este río de la historia de la salvación desemboca en Cristo: su venida es cumplimiento (Mc 1,15; ) su anuncio y misión son mesiánicos (Mt 11,1-15): irrupción del reino (v.) de Dios en milagros y expulsión de los demonios. Todo culmina en su muerte redentora como Mesías (v.), Hijo del hombre y Servidor de Yahwéh (Mc 10,45) y en su Resurrección como inauguración de la victoria sobre la muerte y el pecado (Rom 3-8).
b) La resurrección de Jesús, punto fundamental de la fe cristiana. El mensaje cristiano, tal y como ha sido predicado desde sus comienzos, incluye como parte esencial y fundamental la proclamación de la R. de C. Así lo predican S. Pedro en Jerusalén (Act 2,24 ss.; 3,15; 4,10 -Sanedrín-) y en Cesarea (Act 10,40), y S. Pablo en Antioquía de Pisidia (Act 13,30) y en Atenas (Act 17,31). El mismo S. Pablo presenta a Dios como el que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos (1 Thes 1,10) y en su primera Carta a los Corintios (v.) da un resumen del legado cristiano en el que la Resurrección es el elemento determinante (1 Cor 15).

2. Historicidad de la Resurrección de Cristo. Del conjunto de los textos citados se deduce que el N. T. presenta la R. de C. como un acto de Dios que consuma su designio salvador manifestado en el envío de su Hijo, y que da cumplimiento a sus promesas, resucitándolo de entre los muertos, es decir, haciéndole vivir tras su muerte redentora. Así se ha realizado en Cristo el comienzo de una nueva edad y de la nueva creación prometida por los profetas y el justo juicio del mundo tantas veces anunciado.
a) La realidad del hecho. Aunque la R. de C. en la totalidad de sus aspectos va más allá de lo directamente experimentable, ha dejado, no obstante, sus huellas en la historia tal y como es comprobable. Sólo la R. de C. puede dar razón de una serie de hechos históricos, cuya enumeración ha de ser aquí necesariamente sucinta. En primer lugar la predicación del Señorío de Cristo, tal y como se encuentra en la Iglesia apostólica y queda reflejada en el culto y en el Credo. El testimonio apostólico presenta este señorío basado en la certeza de la R. de C. De ahí también la seguridad de la esperanza en la resurrección de la carne. Los Apóstoles son testigos de la Resurrección (Act 1,22). La transformación de los Apóstoles en testigos y su anuncio ligado al testimonio de su vida hasta la muerte (martirio) requiere una explicación. Ellos la han dado al asegurar que Jesús vive y que le han visto resucitado (Act 10,41). Otro hecho inexplicable sin la Resurrección es la conversión de S. Pablo (Act 9) y su entrega incondicional a una causa que perseguía. Dentro de la Iglesia de Jerusalén, la predicación del sepulcro vacío, no contradicha sino confirmada, es otro hecho incontrovertible. Finalmente, la celebración de la Eucaristía (v.) como banquete de comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo y participación en su Reino, tanto en la mente de Jesús como en la de los primeros cristianos, no tiene sentido sin la fe en que Jesús vive, después de haber muerto, y en un cuerpo que es vivificante.
Todo eso supone el hecho de la R. de C. sin él es preciso negarlo todo, o recurrir a explicaciones que sólo tienen razón de ser cuando se ha negado previamente, como un a priori, la posibilidad del hecho.
Las explicaciones dadas a partir del a priori de la imposibilidad del hecho se han multiplicado en la historia; el fraude (Reimarus, como ya antiguamente los judíos y Celso y Porfirio); la imaginación y alucinación (Renán): el mito (Strauss) en las variadas formas: bajo la influencia de los misterios orientales-helenísticos o del pensamiento gnóstico-iránico; creación de la comunidad bajo la influencia del A. T.; todas estas explicaciones reciben justamente el calificativo de racionalistas (Ricciotti), puesto que intenta reducir a la estrecha capacidad de la razón humana la magnitud de un hecho que sobrepasa lo humano. Además, para ello previamente hay que negar valor al conjunto del N. T., porque la R. de C. es la única solución coherente del conjunto del N. T., que afirma o supone esa resurrección en todos sus libros.
b) Resumen de las narraciones evangélicas en cuanto testimonio histórico. Como argumento contra la R. de C. se aducen a veces las aparentes contradicciones en las narraciones evangélicas. Aunque, aun en el supuesto de que esas divergencias literarias no existieran y el testimonio del N. T. tuviera una unidad literaria, la realidad de la Resurrección sería igualmente negada por los a priori de los racionalistas, como lo son otros hechos evangélicos en cuyos relatos coinciden más los cuatro evangelistas (p. ej., la multiplicación de los panes), puesto que la causa de la negación no son esas divergencias, que tienen una razonable explicación en los modos literarios de narrar de los Evangelios, sino la exclusión apriorística de cualquier explicación que recurra a una intervención divina en nuestra historia.
En el Evangelio de S. Marcos, dentro del cap. 16, nuestro interés se centra en los vers. 1-8. La perícopa relata una visita de las santas mujeres al sepulcro la mañana del domingo, donde reciben el mensaje del ángel de que Jesús Nazareno, el Crucificado, ha resucitado y no está allí, y les da el encargo de comunicar a los Discípulos que le verán en Galilea. Se termina con el miedo de las mujeres y su silencio sagrado, conclusión narrativa normal de una aparición. En cuanto al género literario y valor histórico, las opiniones varían, entre los críticos más o menos racionalizantes. Por algunos es interpretada como una narración etiológica, nacida del culto en el mismo sepulcro de Jesús; se trataría de una leyenda, aunque con un núcleo histórico: el mensaje de la Resurrección proclamado en el mismo sepulcro de Jesús; otros admiten un hecho histórico primitivo que ha sido adornado con la introducción del ángel intérprete. Por el contrario, como veremos más adelante, el hecho de la visita de las mujeres al sepulcro en la mañana de Pascua y su testimonio dentro de la comunidad primitiva pertenece a una tradición original, tanto menos improbable de crear cuanto el testimonio de las mujeres no era estimado en el medio ambiente.
El Evangelio de S. Lucas centra todas las apariciones en Jerusalén. Contiene las siguientes unidades: En primer lugar el sepulcro vacío y el mensaje del ángel (24,1-11); sustancialmente es la misma narración de S. Marcos (16, 1-8), pero S. Lucas parece haberla retocado, o referido con otros detalles de la tradición. Así los ángeles son dos y se aparecen una vez que ellas han observado el sepulcro vacío y mientras se preguntan qué pensar de todo esto; asimismo la mención de Galilea se explana un poquito más con la frase: «recordad lo que Jesús había dicho estando en Galilea»; finalmente las mujeres comunican el mensaje.
En 24,12 Lucas refiere una visita de S. Pedro al sepulcro, donde ve las vendas colocadas y se vuelve a su casa asombrado por lo sucedido. Nada se dice si vio al Señor en esta ocasión. Esta tradición es considerada de mucho valor para Benoit (cfr. o. c. en bibl.) y cree que es la prueba mayor del sepulcro vacío. Como veremos, otra forma de la tradición (S. Juan) y el mismo S. Lucas (24,24) completan esta información. Algunos críticos han dicho que se trata de una narración tardía para asegurar con el testimonio de los Apóstoles la tesis del sepulcro vacío. Pero, como veremos, la realidad del sepulcro vacío no es una tesis ideológica, sino un dato histórico.
A continuación (24,13-35) S. Lucas trae una deliciosa narración sobre dos discípulos que marchan a Emaús el mismo día. Jesús conversa con ellos sin ser descubierto durante el camino y finalmente le reconocen en la fracción del pan. Esta narración, cuyo carácter catequístico y paradigmático (ejemplar) ha sido puesto de relieve, es un modelo del género literario de reconocimiento. Su mensaje es claro: testimoniar la Resurrección: al volver los dos discípulos a los Apóstoles y contarles lo sucedido, éstos contestan: « ¡Es cierto! ¡El señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón! » (24,35). Los detalles del relato, las personas, el lugar y la situación tienen el tono de narración histórica. Sería difícil que S. Lucas hubiera cedido a la tentación de introducir en este lugar una narración edificante.
Finalmente S. Lucas reúne en una sola aparición en el cenáculo (24,36-53) dos escenas de reconocimiento y misión a los Doce; después de lo cual Jesús hace salir a sus Apóstoles cerca de Betania, desde donde se eleva al cielo, volviéndose ellos al Templo. Fácilmente se descubre el carácter de aglomeración de este último resumen lucano.
S. Mateo comienza (28,1-8) con la visita de las mujeres al sepulcro y la aparición angélica descrita con gran aparato. Menciona los guardias que habían dejado junto al sepulcro. El mensaje del ángel coincide con el de S. Marcos, con pequeñas variantes. Se remite a Galilea y las mujeres parten para dar la noticia a los Apóstoles. A continuación tenemos una aparición de Jesús a las mujeres, que «le asieron los pies» y le adoran, y se repite el mandato de que les digan a los Apóstoles que le verán en Galilea (28,9-10). Sigue una perícopa con el soborno de los guardias que explica el rumor propalado por ciertos judíos de que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús (28,11-15). Finalmente la aparición de los discípulos en una montaña de Galilea y la misión con la promesa de su asistencia hasta el fin del mundo (28,16-20). Resumiendo, lo peculiar de la narración de S. Mateo es la cristofanía a las mujeres; el soborno de los guardias, que responde a la necesidad de clarificar una falsa explicación; y la aparición de misión en Galilea. Sobre ello hablaremos en seguida.
El Evangelio de S. Juan recoge al principio la tradición sobre la visita al sepulcro por las mujeres, que concentra en el episodio de María Magdalena (v.) y la visita de S. Pedro y S. Juan, avisados por aquélla, que se termina con un acto de fe (20,1-10). A continuación se narra una aparición de dos ángeles a María Magdalena y otra de Cristo a la misma que, tras reconocer a Jesús, es enviada a los discípulos con el mensaje de que sube al Padre (20,11-18). Finalmente (20,19-29) se narran dos apariciones a los Apóstoles, la primera sin Tomás. En la primera se les concede el Espíritu Santo y se les envía como el Padre había enviado a Jesús. La segunda, que es típica de reconocimiento, se termina con la confesión de la divinidad de Jesús por parte de Tomás. En el cap. 21 encontramos una aparición junto al Tiberiades con la mención de una pesca milagrosa y la concesión del Primado a S. Pedro (v.).
c) Valor de las narraciones evangélicas. Las narraciones de la Resurrección tienen las mismas características del conjunto de las narraciones y tradiciones evangélicas, tanto en la situación vital de las tradiciones, como en la integración de las mismas por cada Evangelista en el conjunto de su Evangelio (historia de la redacción). Así tenemos: procedimientos narrativos (comenzar con el relato del Ángel en la Anunciación); explicitaciones teológicas; proclamación pascual; influencia del culto. Pero esta forma de redactar, posterior, no ha dado origen a los hechos. Veamos en concreto:
1) El sepulcro vacío. La base histórica es cierta. Aunque la narración sobre la aparición angélica tuviera una coloración literaria cultual, su misma existencia y su carácter de ieros-logos cultual exige una tradición sobre el mismo vacío. La visita de los Apóstoles es natural y reflejada en muchos textos (S. Lucas dos veces y S. Juan). Es cierto que S. Pablo no habla del sepulcro vacío, pero es lógico que lo presupone. No podría haberse concebido en un judío la Resurrección de otra manera.
2) La manifestación angélica a las mujeres y a María Magdalena parecen modos variados de relatar unos mismos hechos que evidentemente suponen la historicidad del mensaje sobre la Resurrección y sobre la tumba vacía. Incluso desde el punto de vista crítico, la visita al sepulcro por parte de las mujeres parece bien asegurada en la tradición.
3) La aparición de Cristo a las mujeres o a María Magdalena (respectivamente en S. Maleo y S. Juan) no es mencionada por S. Pablo, sin duda por el poco valor concedido al testimonio de las mujeres, pero ello es un indicio de su historicidad, puesto que difícilmente se hubiera inventado tal testimonio en los primeros años de la Iglesia.
4) La aparición a S. Pedro está bien atestiguada por S. Lucas y S. Pablo. Precisamente el hecho de no darse detalles sobre ella indica que estamos ante una tradición de gran valor en sí misma.
5) Sobre la aparición a los discípulos de Emaús, cfr. lo dicho al tratar de las narraciones en S. Lucas.
6) La aparición a los Once no sólo es verosímil, sino además está exigida por el hecho de que el colegio de los Apóstoles se presenta como testigo de su Resurrección y proclaman haber comido y bebido con Él después de resucitado (Act 10,41).
7) Las apariciones (o una aparición) de misión se encuentra en los cuatro Evangelistas (cfr. final de Marcos). Los matices varían, pero los relatos exigen una base tradicional cierta. El hecho de situar unos las apariciones en Judea (Le, lo) y otros en Galilea (Mt, apéndice de lo, final de Me) se explica por la historia de la redacción de los distintos Evangelios, pero no pueden hacer dudar seriamente de la realidad de las mismas. Porque estaban seguros del hecho fundamental, no trataron de armonizar ciertos detalles de las narraciones y se sintieron con libertad de subrayar unos u otros aspectos para hacerlas servir mejor a las condiciones de los lectores. Por otra parte la explicación de las dos tradiciones (Judea y Galilea) es que Jesús se apareció a los suyos en ambos lugares.

3. Las narraciones evangélicas de la Resurrección y el conjunto del Nuevo Testamento. Que los primeros cristianos han creído en la R. de C. como el momento culminante de la intervención divina en el N. T., es un hecho innegable. Además de las narraciones evangélicas de que acabamos de hablar, están las profecías de Cristo, los discursos de los Hechos, las Cartas de S. Pablo, de S. Pedro, de S. Juan, la Carta a los Hebreos (el sacerdote en el cielo) y el Apocalipsis. Todos estos escritos viven y están saturados de esa verdad. La predicación de la Iglesia sería una vana fe sin la R. de C. (1 Cor 15). Es la Iglesia del N. T., en su conjunto, el testigo de la R. de C.
Ella, que es a la vez el cumplimiento y la realización de la esperanza mesiánica. Negar el valor de este testimonio apoyándose en pequeñas divergencias, fruto natural de diversos redactores, es dejar sin explicación el N. T. Decir que todo ha sido inventado (vivencia o alucinación) es desconocer la impresión que la muerte y Resurrección de Jesús debió causar en el ánimo de sus discípulos, que al principio se mostraban incrédulos además respecto a la Resurrección.
Por otra parte el testimonio paulino (1 Cor 15) sobre la Resurrección de Jesús y las apariciones es anterior a la redacción de los Evangelios que poseemos. Se refiere a una tradición oral quizá de Antioquía (¿año 35?). Su voz no puede silenciarse. Imposible admitir la evolución que supone la crítica racionalista ante una tradición tan firme y tan primitiva.
Finalmente, si el hecho se contempla a la luz del A. T., la convergencia parece todavía mayor. Las grandes obras salvíficas de Dios requerían su cumplimiento en Cristo. Y la Resurrección aparece como la plenitud de esa obra salvífica. Es cierto que no faltan autores que afirman que ha sido esa fe veterotestamentaria la que ha engendrado la nueva, pero en ese caso estamos en un círculo vicioso, puesto que se deja sin explicar qué signos han llevado a los discípulos a ver realizados en Cristo los oráculos proféticos. Un Cristo inventado por los cristianos precisamente para cumplir las esperanzas escatológicas lleva consigo una dosis de falsedad, de audacia y de acierto, de que la Comunidad cristiana no parece responsable, ni siquiera era capaz de serlo.

4. Hermenéutica y dimensiones salvíficas de la Resurrección de Cristo. Para el luterano R. Bultmann (v.), epígono del racionalismo protestante-liberal, el hecho histórico no tiene sentido, más aún, debe considerarse como mítico; solamente tiene sentido el preguntarse qué significa «Cristo ha resucitado» para nosotros. Y significa, según él, que Cristo sigue viviendo en la predicación. Dios nos salva en Cristo predicado como resucitado. Todo lo demás, narraciones, fórmulas de expresión, pertenecerían a una «mentalidad precrítica» e imposible de aceptar para un «hombre moderno». En esta tesis de Bultmann se mantiene, pues, la distinción modernista entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe y se toman como formas míticas de pensamiento todo cuanto pueda significar una intervención divina en la historia (v. MITO I, 4b).
Para Léon-Dufour -católico, pero errado en su deficiente y embarullado intento de dar una explicación teológica de la R. de C.- todo el conjunto de la expresión: resurrección de entre los muertos y resurrección corporal, serían dependientes de una concepción judía que considera el cuerpo como parte esencial del sujeto, es decir, de una antropología, según él limitada, y que la «filosofía y mentalidad modernas» no comparten. Se acerca así a Bultmann, aunque se distingue de él por pensar que cabe una presentación existencial del kerigma de la resurrección conservándolo en su facticidad pero despojándolo de las «imágenes» bajo las que ha llegado a nosotros. Esta interpretación existencial, adecuada al «mundo moderno», debe -dice- tener en cuenta sobre todo el aspecto de vida, tal y como S. Pablo lo habría predicado, desmitologizando ya -a su juicio- la predicación primitiva; prescinde así del sepulcro vacío, de la realidad individual del cuerpo, etc.
La teología no puede renunciar a la labor de estudio y reflexión sobre la R. de C., pero ninguna interpretación del mensaje apostólico, como las que se acaban de mencionar, es aceptable si no parte de la Resurrección corporal de Jesús. Ciertamente que no se trata de una mera reanimación del cadáver, sino de una glorificación (cuerpo de gloria que dice S. Pablo): una teoría demasiado materializante estaría fuera del contexto de la tradición católica bien entendida. Cierto además que hace falta insistir en el misterio que escapa a cualquier control histórico. Pero tanto el sepulcro vacío como el conjunto de los datos del N. T. insisten de tal manera en el carácter corporal de la R. de C., que hablar sólo de la identidad de sujeto entre el Crucificado y el Resucitado (el Resucitado es el mismo que el Crucificado) no da razón suficiente del conjunto del N. T.; hay que afirmar además de verdadera resurrección corporal.
La interpretación o hermenéutica no puede ser transformación del contenido o hecho que se testifica y transmite, sino adaptación del lenguaje. Por lo demás es falsa la afirmación de que el hecho cristiano ha de interpretarse en el marco del lenguaje mítico (apocalíptica judía), del que la resurrección corporal es sólo una parte, y que todo ello sólo quiere significar el triunfo de Cristo, su glorificación: con ello se llega a negar la manera como lo entendieron los Apóstoles, en concreto el sepulcro vacío. No vemos con qué legitimidad, incluso meramente científico-crítica, se puede negar la resurrección corporal, puesto que aun en la interpretación del género apocalíptico hay que contar con los hechos constatados por aquellos que los han creído realizarse y, además, en la misma preparación de las expresiones en la tradición de Israel hay que contar con la asistencia divina. No puede hablarse aquí de mito de la apocalíptica, y aunque las expresiones no hayan de ser literales, esta literalidad no puede negarse en aquellas proposiciones en que los autores como tales las han entendido. Digamos finalmente que, aunque la discusión sobre la hermenéutica está abierta, la presentación de los Evangelios no repugna a la mentalidad del hombre moderno, que sigue abierta a la intervención de Dios, sino sólo a la mentalidad racionalista.
Respecto a las dimensiones salvíficas del misterio de la Resurrección, v. u. Aquí digamos sólo que este misterio es la victoria sobre la muerte y el pecado, la entronización de Jesús como Mesías y la actuación en poder de su filiación divina (Rom 1,4); ella es la gran obra escatológica de Dios, inauguración de la nueva edad, en que el Espíritu de Dios ha actuado sobre la carne de Cristo (Act 2,29-36) y han brotado los ríos del Espíritu de Cristo resucitado (lo 7,37-39). La esperanza mesiánica, el nuevo Pueblo de Dios (v.) ha nacido. En el cristianismo el misterio de la Resurrección ejerce toda su virtualidad incorporándole por el Bautismo (v.) a una vida nueva y resucitada (Rom 6). La participación en el cuerpo de Cristo resucitado, portador del Espíritu, le da ya las arras de la vida eterna y de la futura vivificación de su cuerpo mortal (Rom 8). S. Pablo ha descrito la vida celeste del cristiano con una serie de fórmulas que se resumen en «la vida en Cristo». Cristo habita en el cristiano por la fe, y la posesión del Espíritu de Cristo le ancla en la esperanza escatológica (Eph 1,17-14).

V. t.: JESUCRISTO I; PASIÓN Y MUERTE DE CRISTO.


D. MUÑOZ LEÓN.
 

BIBL.: PAULO VI, Discurso al Simposio de Roma (Pascua 1970) «L'Osservatore Romana» 5 abr. 1970; L. GRANDMAISON, Jesucristo, vol. II, Barcelona 1941; J. LEBREToN, La vida y doctrina de Jesucristo Nuestro Señor, vol. II, Madrid 1942; G. RIccioTTI, Vida de Jesucristo, Barcelona 1951; K. ADAM, Jesucristo, 5 ed. Barcelona 1967; A. LANG, Teología Fundamental, I, Madrid 1966, 297-317; J. ScHMITr, Jésus ressuscité dans la prédication apostolique, París 1949; J GUITTON, Le Probléme de Jésus, Divlnité et Résurrection, París 1953; P. DE HAEs, La Résurrection de Jésus dans 1'apologetique des cinquante derniéres années,Roma 1953; A. LUNN, Al tercer día, Madrid 1955; C. M. MARTINI, Il problema storico della risurrezione negli studi reccenti, Roma 1959; J. COMBLIN, La Resurrección de Jesucristo, Buenos Aires 1962; F. X. DURRWELL, La Resurrección de Jesús, misterio de salvación, Barcelona 1962; H. SCHLIER, La Résurrection de JésusChrist, París-Tournai 1965; J. DANIÉLou, La Résurrection, París 1968; P. BENOIT, Passion et Résurrection du Seigneur, París 1969: A. DÍEZ MACHO, La resurrección de Jesucristo y la del hombre en la Biblia, Madrid 1977; B. DE SOLAGES, Cristo ha resucitado, Barcelona 1979. Sobre la historicidad de los Evangelios y de Jesucristo en general, v. las bibl. de EVANGELIOS II-III y JESUCRISTO I.
 

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991