Quinta
Semana de Pascua
 

ALMUERZO

CON EL RESUCITADO

 

Domingo


La noche en balde
(Jn 21,1-5)

La aparición de Jesús en el lago Tiberíades es una historia de resurrección en medio de nuestra rutina. Los discípulos han vuelto al trabajo cotidiano. Hay siete discípulos. Siete es el número de la transformación. Siete significa siempre que lo terrenal se une con lo celestial. Los siete discípulos parecen estar juntos más o menos ocasionalmente. Pero gracias a este encuentro con el Resucitado se convierten en una comunidad santa, en una comunidad en la que Jesús es su enigmático centro. Allí se produce de golpe una unión, una atmósfera en la que se abre el cielo sobre sus cabezas.

Sin embargo, la unión al principio es en balde. Se quejan de la inutilidad de todas las actividades. Se trata de una experiencia que hace dafio a muchos hoy en día. Sienten que todo es inútil, en balde. Están frustrados, desconsolados. Nada tiene ningún propósito. ¿Para qué seguir esforzándose? Nada nos sale. ¿Para qué seguir ocupándose de uno mismo? Volvemos a caer siempre en los mismos errores. El sentimiento de inutilidad nos arrebata la energía que necesitamos para vivir y nos enferma. La inutilidad es una experiencia de la que se habla en muchos pasajes de la Biblia. Job ha experimentado la inutilidad. Se queja de que se esfuerza en balde (Job 9,29). Y el consuelo de sus amigos cae en saco roto. Lo consuelan en vano (Job 21,34).

El orador del Salmo 73 siente que ha mantenido su corazón limpio en vano (Sal 73,13). Se desperdició toda su lucha en nombre de Dios. Al sacrílego, sin embargo, le va mejor. ¿Por qué tiene que seguir afanándose el salmista todos los días? Todo es en balde. Los grandes discursos, los hechos gloriosos se quedaron en nada: «Como la sombra el hombre pasa, se afana por nada» (Sal 39,7).

A la inutilidad de nuestra actividad no nos ayuda el hecho de seguir gustosamente, como los discípulos, a su líder Pedro. No se puede hacer nada sólo con euforia. Cuando Pedro les dice a los discípulos que va a pescar, le responden llenos de entusiasmo: «Nosotros también vamos contigo» (Jn 21,3). Espera que este Pedro pueda mostrarles cómo aprovechar su vida. Muchos escuchan hoy en día a esos que se llaman a sí mismos gurús y que dicen saber cuál es exactamente el buen camino. Fascinados por su carisma, se suben en su bote con la esperanza de que, a partir de ahora, todo vaya mejor. Pero los discípulos tienen que experimentar que todo es en vano: «Aquella noche no pescaron nada» (Jn 21,3). Todo es en balde. Y es de noche. No se entrevé nada. En ellos está oscuro, todo es inútil. Todo el bote continúa sumergiéndose en la noche.

Jesús aparece en esa mañana gris de la inutilidad y el desconsuelo: «Al amanecer, estaba Jesús en la orilla» (Jn 21,4). El que durante la noche se queja de la inutilidad de todos sus esfuerzos ansía que llegue la mañana. Pero no todas las mañanas traen consuelo. También hay mañanas grises, mañanas sin consuelo en las que uno no quiere levantarse, porque no tiene ningún sentido vivir ese día. Sin embargo, Jesús está en la orilla. Los discípulos aún están en el bote, en el lago. Todavía están en el mundo de lo desconocido, en el mundo de las pesadillas. Jesús introduce otro mundo en sus vidas. Los discípulos no lo reconocen. Sin embargo, Jesús establece contacto con ellos. Les pregunta: «Muchachos, ¿tenéis algo que comer?». Jesús los llama «muchachos». Siguen siendo ignorantes. Aunque son pescadores experimentados, no comprenden de qué depende realmente la vida. Y por eso él les muestra un camino. Los acepta en su escuela. Su esfuerzo es realmente en vano. Se esfuerzan por nada. Para que su vida tenga éxito hay otros caminos. Sin embargo, sólo podrán aprender este nuevo camino cuando admitan que son muchachos, que todas sus habilidades no valen de nada cuando se trata de lo importante.

¿Cuándo experimentas la inutilidad en tu vida? ¿Cuándo sientes que nada tiene un propósito, que todo es en balde? Quizá te has esforzado mucho con tus hijos en vano. Han tomado otros caminos muy distintos. Sus caminos te parecen caminos absurdos. Quizá tu trabajo es en vano. No ves ningún éxito. Te esfuerzas inútilmente en ser otra persona. Siempre acabas reincidiendo. Pronuncia en tu inutilidad las palabras de Jesús: «Muchacho, ¿tienes algo que comer?». ¿No tienes nada que te alimente realmente? Jesús está en la orilla de tu mañana gris. Te habla para que tu vida hoy no sea en vano, para que tu vida hoy sirva de algo, para que no caiga en saco roto, sino que sea próspera y completa.

 

Lunes

Es el Señor (Jn 21,6-7)

Jesús ordena a los frustrados discípulos: «Echad la red al lado derecho de la barca y encontraréis» (Jn 21,6). El lado derecho es en muchas religiones el mejor lado y el más feliz. En la antigüedad se llevaba el arma en la mano derecha porque el lado derecho era símbolo de éxito y de fuerza. En Psicología, el lado derecho es la zona consciente, mientras que la parte izquierda está asociada con el inconsciente. Está claro que Jesús no da ningún consejo a los experimentados pescadores sobre cuál es la mejor técnica para apresar más. Jesús más bien les muestra la manera en que puede tenerse éxito en la vida. Los discípulos no sólo deben confiar en su propia experiencia. Deben escuchar a aquel que sale a su encuentro en la orilla, al que les habla desde otro mundo. La voz de Jesús resuena en sus corazones como un suave impulso que les muestra el camino más seguro en lugar de los métodos conocidos. El que escuche su voz interior oye la voz de Jesús, que desde la orilla penetra en la noche de su inconsciente. A menudo estamos cegados por el trabajo y no reconocemos cuál es el camino que nos conduce a la vida verdadera.

Los discípulos deben hacer lo que hacen de forma consciente. Deben ser conscientes de lo que hacen. Comportarse de forma consciente significa también ser cuidadoso, estar por entero en lo que se hace. Cuando no se tiene ningún objetivo secundario, como poder ganar todo el dinero posible o acabar lo más rápido posible o ser superior a los demás, sino que simplemente estamos centrados en lo que estamos haciendo, tendrá frutos. Obrar de forma consciente requiere una decisión. Elijo aquello que hago.

Y acepto la responsabilidad. También soy responsable de la disposición con la que emprendo la tarea. No puedo hacer a otras personas ni a la coyuntura responsables de mi frustración y mi resignación. Me involucro conscientemente en lo que hago.

Aunque los discípulos tienen suficiente experiencia en la pesca, vuelven a tirar la red, haciendo caso a la palabra de Jesús. Y, en efecto, apenas pueden recogerla de lo llena de peces que estaba: «Entonces el discípulo preferido de Jesús dijo a Pedro: "Es el Señor" (Jn 21,7). Al salirles bien la pesca tras las palabras de Jesús, el discípulo preferido reconoce que es el mismo Señor el que está en el puerto y el que les ha hablado. Sin embargo, ¿sólo experimentamos la Resurrección cuando la vida nos va bien, cuando tenemos éxito? ¿Quedan fuera entonces de la experiencia de la Resurrección los que no tienen éxito? Juan quiere animar con su historia de Resurrección a aquellos que se quejan de su inutilidad y a aquellos para los que es de noche. También para ellos es posible la resurrección. También ellos hallarán su red llena algún día. Entonces reconocerán, junto al discípulo preferido: «Es el Señor».

Sin embargo, no puedo dejar esta confesión del discípulo preferido sólo para cuando mi vida tiene éxito. Pascua para mí significa que incluso cuando me siento en el escritorio y no sé cómo resolver los problemas de mi trabajo, cuando estoy en reuniones en las que no sale nada en claro, me digo: «Este es el Señor». Cuando tengo presente esta frase concreta en todas las situaciones de mi vida entonces se aclara para mí esta mañana gris. Entonces se correrá el velo de inutilidad que se ha posado sobre todo. La Resurrección sucede. Si creo que el Resucitado está allí donde yo estoy, donde yo me esfuerzo, a menudo sin éxito, mi corazón se ensanchará. Creo que también es posible la Resurrección en mi fracaso y mi inutilidad.

Hoy puedes intentar decirte interiormente en todo lo que hagas y ante todo lo que te encuentres: «Es el Señor». Cuando vayas a pasear, di: «Es el Señor». Cuando estés en el trabajo y tengas problemas con tus compañeros, ten presente esta frase. Quizá entonces también se aclare para ti el desconsolado gris de tu vida. Y reconozcas que en la orilla de tu vida está el Señor, que viene a tu vida desde otro mundo para transformarla. Verás tu vida con otros ojos y vislumbrarás la presencia del Resucitado en todo. Entonces sanará tu desgarramiento, tu desesperanza, tu inutilidad y tu resignación.

 

Martes

La transformación de nuestra vida (Jn 21,7-11)

Pedro se tira al agua en cuanto escucha las palabras del discípulo preferido. Resulta paradójico que antes se ponga la ropa. Así, sale al encuentro de Jesús con sus ropas mojadas. Sin embargo, Pedro por lo visto está tan entusiasmado cuando oye que es Jesús, que salta enseguida al agua para ser el primero en alcanzarlo. Para un oriental, opinan los exégetas, los buenos modales exigen mostrarse vestido ante los demás. Pero este hecho quizá tenga también un significado simbólico. La ropa exterior es también un símbolo del papel que desempeñamos y de la máscara que llevamos puesta. Y el agua simboliza el inconsciente. Si queremos presentarnos ante el Resucitado, la ropa exterior debe sumergirse en el agua del inconsciente, nuestra máscara y nuestro papel tienen que ablandarse. No podemos encontrar al Resucitado con una seguridad aparente, sino solamente como personas que están mojadas de pies a cabeza, para las que nada está ya entumecido, sino que es tocado por el agua de la vida.

Los demás discípulos llegan a la orilla con el bote y la red. Y entonces ven unas brasas en el suelo, y sobre ellas un pescado. Junto al fuego hay pan. Jesús ya tiene el pescado que ha pedido al comienzo de la escena. Les pide a los discípulos que le den también sus peces. Todo esto no parece ser muy lógico. Pero para Juan no se trata de lógica, sino de un misterio. Esto se hace también visible en las cifras que da repentinamente. Cuando Pedro saca a tierra la red, estaba llena con ciento cincuenta y tres peces grandes. Los exégetas se han quebrado la cabeza con esta cifra. San Agustín interpreta la cifra así: cuando una persona cuenta del uno al diecisiete, el resultado es ciento cincuenta y tres. Uno es el número del todo, siete es el número de la transformación. Resucitar significa que nuestra vida se transformará y que, al mismo tiempo, será plena y entera.

Desde hace mucho tiempo me fascina la explicación que Evagrio Póntico (+399) dio de este número. Dividió su libro, Sobre la oración, en ciento cincuenta y tres capítulos. En el prólogo hay una explicación para ello: «Hemos dividido este tratado sobre la oración en ciento cincuenta y tres capítulos. Lo que hemos preparado te lo adjuntamos aliñado con el evangelio y esperamos, al mismo tiempo, que gustes de descubrir en él la prueba de una cifra simbólica que contiene tanto la forma de un triángulo como la de un hexágono. Esto es, el símbolo de la Trinidad para unos, y del orden cósmico para otros. El número cien es en sí un cuadrado, el número cincuenta y tres un triángulo, pero también tiene forma esférica. ¿Por qué? Pues porque está compuesto por la suma de veinticinco y veintiocho.

El veintiocho es en sí un triángulo y el veinticinco una esfera, que es la suma de cinco veces cinco. Así, se obtiene de esta suma también una figura cuadrada que simboliza el cuádruple número de la virtud y una forma esférica que plasma a través de su forma el movimiento circular del tiempo y es un símbolo propicio de una profunda comprensión del mundo... Por otro lado, el triángulo que se plasma en el número veintiocho simboliza la luz de la Trinidad» (EVAGRIO PÖNTICO 86). Es una interpretación de las cifras algo complicada la que Evagrio ofrece aquí. Pero muestra que el misterio de la Resurrección aparece para él en la contemplación de la perfección. Al contemplar, comprendemos el mundo de una nueva forma. Vemos a Dios en todas las cosas. La Resurrección significa, según esta simbología de los números, que Dios y el mundo se unen, que Dios es visible para nosotros en las cosas terrenales. Y Resurrección significa que somos uno junto con la Trinidad de Dios. Cuando la Resurrección tiene lugar en nosotros, todos los contrarios se vuelven uno en nosotros, se unen cuadrado, círculo y triángulo. Lo anguloso y esquinado se vuelve redondo. Al resucitar nos elevamos con nuestros contrarios sobre nosotros mismos en la unidad con Dios. En Dios se vuelve uno todo lo que en nosotros permanece enfrentado. Por eso la Resurrección es para Evagrio la culminación de la propia existencia. En Dios nos acercamos a nuestro auténtico yo.

Evagrio te invita hoy a observar todas las contrariedades de tu vida y a confiar en que no te rompan, sino que se conviertan en uno al encontrarte con el Resucitado. No debes unir tus contrariedades tú mismo. No debes amenazar con romper tu tensión interior, no debes liberarte tú mismo de ella. Sólo debes ofrecérselo a Dios. Cuando, al rezar a Dios, las muestras sin valorarlas, entonces puedes experimentar que Dios te ha acogido con tu contrariedad. Eso te proporcionará una profunda paz interior en medio de tu contradicción, un presagio de curación, de perfección y de totalidad. Esta es para Evagrio la experiencia de la Resurrección.

 

Miércoles

Jesús está en medio de nosotros (Jn 21,12-14)

Jesús almuerza con sus discípulos en una atmósfera extraña. «Jesús les dijo: "Venid y comed". Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: "iTú quién eres?", pues sabían que era el Señor» (Jn 21,12). El propio Jesús invita a los discípulos a comer. Les habla. Pero no se produce ningún diálogo. Se siente a través de la corta descripción de Juan que los discípulos realmente quieren preguntar: ¿Quién eres? Pero ninguno se atreve. Ninguno se atreve a decir nada a Jesús ni a hablar con él. Se trata de una actitud de respeto y consternación, pero también de dicha silenciosa. Todos sienten el misterio que no se puede explicar. Las palabras se convierten en una charla trivial. Los discípulos sienten que su mañana gris se transforma, que se crea una atmósfera de amor e intimidad. Se sienten conmovidos en sus corazones, misteriosamente emocionados.

Juan describe con palabras concisas la comida: «Entonces Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; y lo mismo el pescado» (Jn 21,13). Es una escena eucarística la que se describe aquí. Son las mismas palabras con las que Juan había descrito la multiplicación del pan (cf Jn 6,11). Aquí falta sobre todo la palabra eucharistesas («dio las gracias»). Muchos exégetas piensan que la justificación es que el almuerzo en el lago Tiberíades no se entiende como una Eucaristía. Sin embargo, la ausencia de esta palabra para mí significa algo distinto. La multiplicación del pan fue la promesa de la Eucaristía. Tras ella Jesús sostuvo el discurso del pan, en el que explicó a los discípulos el misterio de la Eucaristía. Ahora, tras su Resurrección, celebra él mismo la Eucaristía con sus discípulos. En lugar de la expresión «dio las gracias», figura aquí erchetai («vino», «entró»). Eucaristía significa que el Resucitado aparece en medio de nosotros, que viene desde la otra orilla hacia nosotros, para almorzar con nosotros. Ahí se unen cielo y tierra. Los discípulos que se bajan del bote en el que han trabajado inútilmente durante toda la noche son una metáfora de nosotros, de cómo salimos de la noche de nuestra vida, de cómo a veces vamos por el mar a la deriva, que somos agitados aquí y allá por las olas. Pero Jesús viene a nosotros y come con nosotros. Entonces se aclara nuestra vida. Entonces tiene lugar la Resurrección en nosotros y en nuestro interior.

Jesús da pan y pescado a los discípulos. Es el pan del cielo sobre el que Jesús habló en el discurso eucarístico: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente» (Jn 6,51). El pescado es una metáfora de la inmortalidad. Ya en la Iglesia primitiva el pescado estaba considerado un símbolo de Cristo, no sólo porque las letras «ICHTYS» son una abreviatura de Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador, sino porque el propio Cristo se retrató en la imagen del pez. El pescado era para los antiguos comida para los muertos y símbolo de vida y de dicha. San Agustín ve en el pescado asado una metáfora de Cristo, que ha sufrido por nosotros: Piscis assus Christus est passus. En la Iglesia primitiva el pez era un símbolo eucarístico muy extendido. Eucaristía significa entonces que Cristo, que ha muerto y resucitado por nosotros, es el alimento de la inmortalidad. Él siembra en la Eucaristía la levadura divina de la inmortalidad en nuestra naturaleza efímera y nos regala tal participación en su divinidad inmortal.

Compartir la comida en el lago Tiberíades en nuestra celebración eucarística significa que Jesús se pone en medio de nosotros desde la otra orilla. Transforma la gris inutilidad de nuestra vida en una atmósfera de intimidad y amor. El propio Resucitado se acerca a nosotros en cada Eucaristía. Nos invita: «i Venid y comed!». Comemos el pan que viene del cielo para calmar nuestra hambre más profunda, el pan vivo que nos llena de la vida que todos deseamos. Y bebemos en su sangre la bebida de la inmortalidad, tal y como está plasmado en el símbolo del pez, la bebida que nos hace inmortales a nosotros mismos.

Cuando tomes parte en la Eucaristía imagínate en una atmósfera íntima y tierna como la que preside la comida en el lago Tiberíades. Imagínate que el Resucitado viene desde la orilla de la eternidad a esta comunidad variopinta y heterogénea, que mira a los rostros decepcionados y tristes lleno de amor y que proporciona a cada uno el pan de la vida y el vino del amor, para que también tenga lugar en ellos la Resurrección. Aclaración, elevación y levantamiento en la verdadera vida, en la vida divina.

 

Jueves

Las preguntas sobre nuestro amor (Jn 21,15-17)

Los griegos poseían tres palabras para referirse al amor: eros, philia y agape. Eros era el amor pasional, philia el amor amistoso y agape el amor puro, que sirve tanto para los hombres como para Dios. Las tres formas de amor estaban relacionadas entre sí. Muchos exégetas opinan que el agape deja al eros muy por detrás de él. Pero entonces el amor divino sería un amor sin sangre. También él debe estar impregnado de la pasión del eros, para que nuestra vida se pueda transformar. También philia necesita a eros y, al mismo tiempo, a agape. Sólo entonces los amigos son conscientes de que son completamente aceptados y queridos. Cada persona desea profundamente poder amar y ser amado. Pero nuestro deseo se ve frustrado a menudo. Sentimos que el amor nos hechiza y que puede romper los muros de nuestros mecanismos de defensa. Pero a menudo sentimos que nuestro amor es frágil, con una impuesta exigencia de posesión, necesidad de poder y numerosos miedos. El evangelio de Juan quiere mostrarnos que Jesús vuelve a capacitar para el amor a las personas que se alienan y que se han vuelto incapaces de amar. Después Juan concluye sus tres encuentros con el Resucitado con la pregunta sobre el amor.

La triple pregunta de Jesús a Pedro no consiste en mostrar que aquel que debe conducir a la Iglesia destaca por un amor especial. Se trata más de la cuestión de cómo podemos aprender el verdadero y auténtico amor. Jesús pregunta tres veces a Pedro. Eso alude a su triple negación. Cuando hablemos de nuestro amor, debemos reconocer que, con demasiada frecuencia, hemos acusado al amor de apartarnos de Dios. No podemos sacar el pecho y decir que queremos a Dios y a los hombres. Se requiere humildad y prudencia cuando hablamos de nuestro amor. No debemos alzar demasiado la voz, sino hablar de forma prudente y atenta de nuestros intentos de amar de forma verdadera y real.

En el texto en griego, Jesús pregunta las dos primeras veces a Pedro por su agape, por su amor libre de ego, libre del objetivo de quedarse a los demás para sí. Y Pedro le responde las dos veces: «Sí, Señor, tú sabes que te amo [philo se]». Puede sostener que quiere a Jesús como amigo, con un amor lleno de sentimiento, que le gusta tener, que lo hace feliz. Pero, al mismo tiempo, se dirige a Jesús en su respuesta: «Señor, lo sabes. Sientes que te amo. No es sólo mi imaginación. Mi amor de amigo es verdadero. Nuestra amistad es verdadera. Tengo la misma sensación hacia ti». En la tercera pregunta, Jesús cambia la palabra. Ahora pregunta: « [Philes me.] iMe quieres como amigo?». Entonces Pedro se entristece. Quizá está triste porque se acuerda de su propia traición.

Pero quizá se entristece también porque Jesús cuestiona su amistad. Es algo que está muy claro para él. Nunca se ha atrevido a afirmar que quiere a Jesús con un amor completamente desinteresado (agape). Pero nunca ha dudado de su sentimiento de amor ni de su amistad. Sin embargo, Jesús cuestiona también sus sentimientos. Debe mirarlos exactamente como si estuvieran en lo cierto. ¿Durante cuánto tiempo se han entremezclado otros motivos? iNo es algo especial ser amigo de Jesús? ¿No utiliza Pedro su gran amistad para sí y para su autoestima? iSe trata de un verdadero amor de amistad, que se alegra por los demás, que deja que el otro sea tal y como es? ZO hace Pedro simplemente sombra a los otros discípulos para poder jactarse de ser el mejor amigo de Jesús? Pedro responde a la pregunta: «Serior, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo [philo se]» un 21,17). Pedro abre su corazón a Jesús y le deja echar un vistazo en él. Quiere decirle: «Serior, tú ves mi corazón. Sabes cuánto egoísmo hay en mi corazón, cuánto cálculo, cuánta exigencia de posesión y cuántos celos. Pero también sabes que, a pesar de todo, hay algo muy puro en mi corazón, algo que te siente en lo más profundo de mi corazón, algo que te quiere amar con un amor puro, algo que al menos es el deseo de este puro amor».

Observa tu amor, tu amor hacia tu amigo o tu amiga, hacia tu pareja, hacia tus hijos, hacia tus compañeros, y tu amor hacia Dios, hacia Cristo. Presenta tu corazón a Dios y deja que lo explore y que lo ponga a prueba. Hazte continuamente la pregunta con la que Jesús desconcierta tres veces a Pedro. Ofrécele a Dios todo lo que cuenta en tu amor y todo lo que es impuro. Pero confía también en que hay amor puro en ti, en que tú también quieres a las personas tal y corno son, que en ti hay un profundo deseo de amar a Dios con todo tu corazón. Aunque a menudo no sientas el amor hacia Dios, aunque parezcas estar muy lejos de ese amor puro, hay al menos en ti un presagio y un verdadero anhelo de ese amor que hace que tu vida sea realmente digna de vivir. !Confía en tu deseo! ¡Confía en tu amor! Así experimentarás hoy la Resurrección.

 

Viernes

¿Y a ti qué? (Jn 21,18-23)

Juan relata un extraño diálogo entre Pedro y Jesús, conectando con la triple pregunta por el amor. Jesús no recompensa a Pedro por amarlo, sino que le confía un destino parecido al de él. Le confía que su amor por él lo conducirá hasta la muerte, que está preparado para abandonarse a las manos de Dios, que no sabe adónde le conducirán. Pedro parece estar preparado para morir por Jesús, para ser derrotado por la cruz como su amado Maestro. El grito: «!Sígueme!» (Jn 21,19), exhorta a Pedro a seguirlo hacia el martirio. Pedro dice sí a una muerte violenta. Sin embargo, cuando ve que el discípulo amado sigue a Jesús, quiere saber qué pasa con él. Jesús rechaza esta pregunta, esquivo: «Si yo quiero que este se quede hasta que yo venga, a ti, ¿qué?» (Jn 21,22). El camino individual de cada uno es un misterio. A Pedro no le incumbe el destino de los demás. No debe seguir a Jesús porque otros lo hagan, sino porque ama a Jesús. El amor no se compara. No se mide con la conducta de los demás. Ama porque ama. Resucitar no significa que podemos ir erguidos y libres allá donde queramos. La resurrección tiene éxito sólo cuando estamos preparados para dejarnos ceñir y guiar por Dios allí donde no queremos. La fe en la Resurrección nos libera de la adhesión obstinada a nuestra vida y de la fijación al camino por el que queremos ir a toda costa. El amor que Pedro profesa hacia el Resucitado sigue al amado adonde él también quiere ir. Es crucial estar junto al amado, en la vida y en la muerte, en la alegría y en la tristeza, en la libertad y en las cadenas que nos atan. Pedro tiene que aprender primero ese amor. Puedo entender bien que Jesús se compare con Juan, el discípulo preferido. Cuando a comienzos de los años 70 muchos hermanos abandonaron la Orden, me pregunté también si yo me quedaba simplemente porque este o aquel hermano se quedaba. Queremos seguir a Jesús. Pero también queremos vincular nuestro seguimiento a nuestros requisitos. Sólo cuando recorremos el mismo camino que aquellos a los que amamos estamos preparados para seguir a Jesús a todas partes. Sólo porque los hermanos meditaban diariamente me mantuve en el camino interior. Sólo porque mi amigo está en la iniciativa ciudadana me uno yo también, aunque haya mucho que me disguste. Jesús no sólo desafía a Pedro, sino también a cada uno de nosotros a recorrer nuestro camino personal, sin mirar a la izquierda ni a la derecha para ver si los demás también lo hacen. El amor sólo mira al amado y no a cómo me va si me comparo con los demás. Recorre hoy el día con las palabras de Jesús: «Y a ti, iqué?». Observa cuidadosamente cuándo te comparas con otros, cuándo tienes la sensación de quedarte corto o de ser mejor que los demás. ¿Con cuánta frecuencia piensas en los demás cuando piensas en sus destinos? «Y a ti, iqué?». Retráctate de tus pensamientos y recorre tu camino. La frase de Jesús se convertirá en un koan que te abre al misterio de tu vida. Cuando no te permites compararte con los demás entonces te conviertes en uno contigo, estarás conforme con tu camino. Sólo entonces serás capaz de recorrer cuidadosamente cada paso. Y cada paso te conducirá a la vida y al amor. Caminas porque caminas. Caminas porque amas. Recorres tu propio camino, que te guía hasta la figura con la que sólo puedes plasmar a Dios sobre esta tierra.

 

Sábado

El gran corazón (He 10,9-48)

Lucas cuenta en los Hechos de los apóstoles que Pedro es testigo ante las personas que lo rodean del amor que se manifiesta en Jesucristo. Es una historia de resurrección: Pedro tira por la borda en un momento todos los principios de su pensamiento sobre la ley judía; su corazón se ensancha y anuncia a las gentes la Buena Nueva de la muerte y la resurrección de Jesús. En Juan, el propio Jesús inicia a Pedro en el manejo de su deber. Pedro sólo puede conducir entonces a la Iglesia si ama a Jesús. Lucas nos cuenta que Dios manda a su ángel a Pedro y que le muestra una visión sobre cómo se debe vivir ese amor exactamente. Debe dispensárselo a todas las personas. No debe privar a nadie del mensaje de la Resurrección, ni debe negar el bautismo a nadie que crea en Jesús. Pero el ángel no sólo invita a Pedro a amar, sino que también lo capacita para ese amor. Ensancha su corazón a través de un sueño. En el sueño se rompen las cerradas estructuras del pensamiento y se obtienen nuevos pensamientos.

Dios envía al devoto centurión romano Cornelio un ángel que le encomienda que envíe a sus propios hombres a Jafa al consciente Simón. Al día siguiente Pedro tiene una visión al mediodía, mientras reza. Ve el cielo abierto. Y desciende un gran lienzo en el que hay todo tipo de cuadrúpedos, reptiles y aves. A los judíos les está prohibido comer la carne de estos animales. Sin embargo, una voz dice a Pedro: «Levántate, Pedro, mata y come» (He 10,13). Pedro se niega. Sin embargo, la voz le dice: «Lo que Dios ha purificado no lo llames impuro» (He 10,15). Mientras Pedro aún está meditando sobre la visión, llegan los hombres a Jafa y preguntan por él. Va con ellos hasta el centurión Cornelio y da un discurso allí ante sus parientes y amigos, en el que anuncia el mensaje de Jesucristo de forma que también puedan comprenderlo los romanos y los griegos. Habla de Jesús con el lenguaje y el pensamiento típico griego: «Cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y llenó de poder a Jesús de Nazaret, el cual pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él» (He 10,38). Jesús fue asesinado a pesar de haber hecho el bien. «Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestase no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos de antemano por Dios» (He 10,40-41). Mientras Pedro aún está predicando, el Espíritu Santo desciende sobre los oyentes. Para los judíos se trata de un milagro inconcebible que el Espíritu Santo también se extienda sobre los gentiles. Pedro manda que todos sean bautizados en nombre de Jesucristo con el siguiente argumento: «¿Se puede negar el agua del bautismo a estos, que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» (He 10,47).

La Resurrección tiene lugar para Lucas cuando las personas a las que frenan sus estrechas ideas sobre la Ley ensanchan su corazón de golpe y ofrecen la gloria de Dios a todos los hombres. Pedro nunca habría abandonado por sí mismo el estrecho ámbito de la fe judía. El propio Dios, a través de su visión, a través del ángel, lo ha conducido hasta esa amplitud. En estas imágenes interiores, en los sueños y visiones y en el encuentro con el ángel, también puede tener lugar la Resurrección para nosotros, podemos provocar en nosotros nuevas posibilidades y formas de comportamiento, puede ensancharse también nuestro corazón.

Quizá tú también conoces esos sueños que te ensanchan interiormente y que te capacitan para una nueva actitud. Gracias a ellos puedes de pronto entenderte con personas con las que antes no tenías nada que ver. Gracias a ellos puedes asumir las tareas que antes siempre evitabas. Reflexiona cuándo ha tenido lugar la Resurrección en tu vida, cuándo pudiste liberar tu estrecho pensamiento sobre la Ley, cuándo te has liberado de tus impedimentos, cuándo has sido capaz de enfrentarte a tus pasiones sin miedo, cuándo te has liberado de tus viejos modelos y estructuras de pensamiento. Confía en que Dios enviará a su ángel una y otra vez para que tu corazón se ensanche y para que el amor fluya desde el corazón abierto hacia todo con lo que te encuentres, hacia las personas, pero también hacia las cosas de tu habitación y hacia las flores de tu jardín. Puedes dejar que el amor de Dios fluya en tu corazón con una inspiración y puedes imaginar cómo se ensancha y cómo todo lo que hay a tu alrededor se ve tocado por el amor divino.