El corazón de la persona.

Toda acción de la persona está rodeada de pasión y afecto  con mayor o menor intensidad. Actuar sin pasión es inhumano, hasta el punto que la impasibilidad total es un grave defecto o, incluso, una enfermedad[1]. Las pasiones pueden ser positivas o negativas según el objeto. El desorden es fácil, pues son poco controlables por la voluntad y la inteligencia. Además del conocimiento natural se puede afirmar la existencia de un conocer por connaturalidad, conocemos y reconocemos mejor lo que antes conocíamos o confluye con nuestra experiencia interior. Además existe un conocimiento transrracional o intuitivo, se llega más intensamente y sin razonamientos bien estructurados a conocer algo o a alguien en un solo acto, y muchas veces más certeramente que siguiendo largos razonamientos . Hay mayor penetración al entender cuando mueve el amor o la alegría, que cuando faltan. El  asco o la tristeza frenan la acción debilitando todas las facultades del alma.

Von Hildebrand dice que” La existencia de una dimensión profunda del alma que no cae bajo nuestro dominio, como sucede  con los actos volitivos, es algo característico del carácter creado del hombre. El hombre es más grande y más profundo que las cosas que puede controlar su voluntad libre; su ser alcanza profundidades misteriosas  que van mucho más allá de lo que él puede engendrar o crear. Probablemente, nada expresa mejor esta realidad que la verdad de que Dios está más cerca de nosotros que nosotros mismos. Y esto se aplica no sólo al nivel sobrenatural sino también, de modo análogo, a la esfera natural”[2] Esto es así porque “en la esfera moral, es la voluntad quien posee la última palabra; aquí, lo que cuenta por encima de todo, es nuestro centro espiritual libre. El verdadero yo lo encontramos primariamente  en la voluntad. Sin embargo, en muchos otros terrenos, es el corazón, más que la voluntad o el intelecto, el que constituye la parte más íntima de la persona, su núcleo, el yo real. Esto sucede así en el ámbito del amor humano: el amor conyugal, la amistad, el amor filial y paterno. Aquí el corazón es el verdadero “yo” no sólo porque el amor es esencialmente una voz del corazón; lo es también en la medida  en que el amor apunta directamente al corazón del amado, quiere tocar su corazón y llenarlo de felicidad. Sólo entonces sentirá que ha logrado llegar al verdadero yo de su amado”[3]. Estoy de acuerdo con estas afirmaciones, añadiendo que se puede dar una dimensión metafísica a ese yo de la intimidad.

 Relatan que el que fue Presidente del gobierno de la República francesa, Charles de Gaulle, decía al hablar de su hija trisómica que “su alma habitaba en un cuerpo que no había sido hecho para ella”; una forma gráfica de expresar como un ser humano dotado de un alma inmortal, puede no obstante vivir una vida que, en cierto sentido, está amordazada al no tener su espíritu vehículo apropiado para expresarse en plenitud. Es bien conocido, por otra parte, la calidad de corazón de personas con síndrome de Down, sobre todo si se sienten aceptadas por su entorno humano.

En este trabajo defiendo que las pasiones, mejor llamadas sentimientos o afectos, (términos que usaré casi indistintamente), fluyen del corazón, y que éste reside más en el acto de ser de la persona, que en la parte superior del sistema sensitivo. Toda acción del alma y del cuerpo está influida por el corazón. “El corazón en el sentido más amplio del término, es el centro de esta esfera. El papel determinante que desempeña en la persona humana  se nos revela claramente después de este breve análisis de la esfera afectiva. La afectividad (con el corazón como su centro) juega un papel específico en la constitución de la persona como un mundo misterioso y propio, y está indisolublemente conectado con los movimientos más existenciales  de la persona y con el yo”[4], con la metafísica podemos justificar con fundamento esta afirmación, y con la teología podemos adentrarnos en su intimidad.

Es bien conocido que la Biblia usa el término “corazón” (leb) para designar lo más íntimo del ser humano más allá aún de toda la riqueza de afectos que tiene el hombre. En la cultura occidental sigue vigente este modo de hablar en lo religioso, en lo poético y en lo coloquial, pero no así en el mundo filosófico, quizá porque lo usaron poco los griegos, o por las diversas formas de racionalismo que, más o menos conscientemente, desprecian esta vivencia por lo difícil que es controlarla y porque  –en una reacción ocultamente estoica- desdice del pensador puro; como si fuese necesario negar los afectos para conocer fríamente con su racionamiento gélido, como diría Heidegger. Veamos un buen resumen que hace San Josemaría Escrivá acerca del sentido de corazón en la Biblia: “Al corazón pertenecen la alegría: que se alegre mi corazón en tu socorro[5]; el arrepentimiento: mi corazón es como cera que se derrite dentro de mi pecho[6]; la alabanza a Dios: de mi corazón brota un canto hermoso[7]; la decisión para oír al Señor: está dispuesto mi corazón[8]; la vela amorosa: yo duermo, pero mi corazón vigila[9]. Y también la duda y el temor: no se turbe vuestro corazón, creed en mí[10]. El corazón no sólo siente; también sabe y entiende. La ley de Dios es recibida en el corazón[11], y en él permanece escrita[12]. Añade también la Escritura: de la abundancia del corazón habla la boca[13]. El Señor echó en cara a unos escribas: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones?[14]. Y, para resumir todos los pecados que el hombre puede cometer, dijo: del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias[15]. Cuando en la Sagrada Escritura se habla del corazón, no se trata de un sentimiento pasajero, que trae la emoción o las lágrimas. Se habla del corazón para referirse a la persona que, como manifestó el mismo Jesucristo, se dirige toda ella —alma y cuerpo— a lo que considera su bien: porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón[16][17].

Sería amplísimo traer aquí lo mucho escrito sobre el Corazón de Cristo en los Evangelios y los escritos cristianos. Juan Pablo II lo expresa así: “Si el corazón humano representa un insondable misterio que sólo Dios conoce, cuánto más insondable será el de Jesús, en el que se mueve la misma vida del Verbo, y residen todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, y toda la plenitud de la divinidad”[18]. Sin embargo, en bastantes ambientes ha existido un freno en este sentido al considerar la facilidad con que se desordenan los afectos: “Esta manifestación del desorden interior representa toda la espontaneidad de la vida afectiva en cuanto desborda el dominio consciente. Como resulta experiencia común, el ser humano tiene una sensibilidad hasta cierto punto independiente de su espíritu. Para la escolástica, esta espontaneidad es el desorden más claro que separa la situación del hombre ideal (en el paraíso o en la gloria) de la situación real e histórica. En ella se expresa, por otra parte, una experiencia de conflicto y lucha interior, de fuerzas centrífugas y opuestas, que es universal Video meliora proboque deteriora sequor (Ovidio). En realidad se confunde el pecado con el desorden pecaminoso de las pasiones, pues ciertamente al pecar la acción de las pasiones (odio, resentimiento, venganza, tristeza, amor descontrolado, envidia etc.) es muy intenso que en la persona muy equilibrada. Pero se suele olvidar el vivir apasionado de los santos, de los esposos, de los sabios, y que se presenta muy vivo en muchas situaciones santas de la vida ordinaria.

La tradición cristiana ha vertido su experiencia sobre el desorden afectivo en el esquema de los pecados capitales. Con este esquema se aclara con enorme sabiduría práctica un elenco de los principales móviles desordenados de la afectividad (soberbia, avaricia, lujuria, gula, ira, envidia y pereza)[19], algunos añadían la acidia o tristeza vital, melancolía fruto de la depresión, del agotamiento o de la tibieza espiritual.  La calidad de los sentimientos positivos ha tenido peor suerte en el terreno de los escritores espirituales antiguos, aunque algunos abundan en la alegría y el buen humor, como es el caso de San Josemaría.

Un autor como Unamuno dice en la “tía Tula” que con frecuencia la cabeza no coincide con el corazón, y que, incluso cuando coinciden, hay algo más hondo ahincado en el interior que no está conforme y se rebela. A este fondo último afectivo vamos a referirnos en este estudio. Es  válida la consideración original de que el fondo del individuo lo marca el corazón. “Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro”[20] dice de una manera profunda y clara San Josemaría Escrivá, que aceptamos plenamente.

Al  pasar de este modo de hablar revelado al lenguaje filosófico se consigue mayor preciso, aunque sea menos sugerente. Nosotros decimos que en el acto de ser personal se da toda la riqueza expresada en el término “corazón” de un modo vivo. Desde ese cetro personal, que es acto y acción, influye en la inteligencia, en la voluntad, en los sentidos, siendo como el envoltorio de todo el actuar humano. Cada acción no puede ser indiferente, apática, impasible; y si lo pretende o lo padece, sería gran imperfección, vida inhumana o enfermedad gravísima. El acto de ser se nos presenta como vivo, aunque no pueda ser reducido a una esencia, como ocurre en el alma.

Es frecuente decir que Dios mismo, en su armonía perfecta de justicia y misericordia, es un inmenso Corazón. La revelación de la intimidad divina es importante para conocer ese corazón de Dios. “En la Sagrada Escritura nos encontramos diversos textos que nos muestran a un Dios accesible a los dolores en su relación a los hombres. "Yahvé se arrepintió de haber creado a los hombres y le pesó en el corazón[21]. "Irritaban al Santo de Israel"[22]. "Por ellos se rebelaron e irritaron su santo espíritu"[23] Ellos "ofenden" a Dios[24], le "cansan"[25]. No sólo se da el amor con  cólera en Dios, sino el amor con clemencia que supera la ira en su interior: "un vuelco ha dado en Mí mi corazón, a una han ardido mis entrañas. No ejecutaré el ardor de mi cólera, no volveré a aniquilar a Efraím, pues soy Dios y no un hombre[26] En el humano lenguaje bíblico se desvela la intimidad divina con unos sentimientos que tienen un paralelo con los nuestros. Esto se ve muy bien en Jeremías: "¿Es Efraím un hijo favorito, niño de mis delicias para que cuantas veces hablo contra él, me vuelva a acordar de él? Por eso mis entrañas por él se conmueven y he de tener por él piedad -oráculo de Yahvé"[27] También es clásico el texto de Isaías: "dice Sión: Yahvé me ha abandonado. El Señor me ha olvidado. ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar yo no te olvido. Míralo, en las palmas te tengo tatuada, tus muros están ante mí perpetuamente”[28].  La ternura, la compasión, el cariño que no olvida, que sufre ante el dolor del hombre es mostrado por los profetas, Toda la Biblia está llena, de principio a fin, de una especie de lamento apesadumbrado de Dios, que se expresa en aquel grito: "¡Pueblo mío, pueblo mío...! Pueblo mío, ¿qué te hice, en qué te molesté? Respóndeme"[29] Pero Dios no se aflige por sí, sino por el hombre que, de esa manera se pierde. Se aflige, pues, por puro amor”[30]. Aunque pueden interpretarse estas expresiones como antropomorfismos para hablar de Dios. Algunas veces tienen aspecto de defecto y no se pueden atribuir a Dios. Pero también se puede decir que reflejan a un Dios vivo y nosotros los hombres somos reflejo e imagen de este Dios vivo, no al revés. Lejos quedamos del Dios lejano, inmutable, frío y poco humano, o, por lo menos, poco accesible a los humanos

Incluso se puede hablar del dolor del Padre como dice Juan Pablo II en la encíclica Dominum et vivificantem: "la concepción de Dios como ser necesariamente perfectísimo, excluye ciertamente de Dios todo dolor derivado de limitaciones y heridas (...) Pero a menudo el Libro Sagrado nos habla de un Padre que siente compasión por el hombre, como compartiendo su dolor. En definitiva, este inescrutable e indecible dolor del Padre engendrará sobre todo la admirable economía del amor redentor en Jesucristo, para que, por medio del misterio de la piedad, en la historia del hombre el amor pueda revelarse más fuerte que el pecado. Para que prevalezca el don (...) en la boca de Jesús Redentor, en cuya humanidad se verifica el sufrimiento de Dios, resonará una palabra en la que se manifiesta el amor eterno, lleno de misericordia: Siento compasión (cfr Mt 15,32; Mc 8,2)" (n.36). El sufrimiento está unido al pecado y el Espíritu santo lo revela: "el convencer en lo referente al pecado, ¿no deberá revelar también el sufrimiento? ¿No deberá revelar el dolor, inconcebible e indecible, que, como consecuencia del pecado, el Libro Sagrado parece entrever en su visión antropomórfica en las profundidades de Dios y, en cierto modo, en el corazón mismo de la inefable Trinidad" (n.39). Es una profundización en el Corazón de Dios que resulta difícil para la mentalidad griega y para el dios de los filósofos, que no llegan más allá de la inmutabilidad de Dios; pero que desconocen que se trata de un Dios vivo real, y que todo lo que tiene el hombre es participación de Él, pues es imagen y semejanza de Dios.

San Josemaría dice que “

Cristo nos quiere con el cariño inagotable que cabe en su Corazón de Dios” [31] y que el diálogo con Dios se hace, sobre todo, a este nivel, “oración mental es ese diálogo con Dios, de corazón a corazón”[32]. En una unidad humana que no distingue demasiado entre sentimientos y querer. La expresión “de corazón a corazón” incluye voluntad, inteligencia y sentimientos, unidos e iterrelacionados en la intimidad de la persona y que irradian su modo de ser en todo el actuar humano. Es poco correcto decir que existen dos amores el sobrenatural y el humano, o el afectivo y el de la voluntad, pues equivale a romper la unidad humana. “Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o  amigas: no tenemos otro corazón”[33]. San Josemaría señala la unidad de la persona y del querer y amar humano evitando un dualismo que separe lo espiritual y lo humano, que se perfeccionan y ayudan mutuamente. Desde lo sobrenatural se perfecciona lo humano, sin que deje de ser humano. Lo humano ayuda a percibir y vivir mejor las gracias recibidas de lo alto.

El hombre posee inteligencia emocional, no fría y glacial. No es sólo un intelecto, ni sólo voluntad. Puede estudiar con pasión lo que ama, y descuidar sus deberes porque le producen aburrimiento. El hombre es inteligencia, voluntad, afectividad y cuerpo. Todo confluye en eso que hemos venido a llamar en diversas culturas: el corazón. Conozco porque amo; como dice el Concilio Vaticano II: “
En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla”[34].

Von Hildebrand; al constatar  los recelos de muchos contra el corazón por sus sensaciones engañosas,  dice que “al afirmar esto (la importancia del corazón) no pretendemos contradecir la profunda afirmación de Pascal: "El corazón tiene sus razones que la razón no conoce", al decir esto entiende por corazón una forma especial de conocimiento intuitivo que puede superar al razonamiento estrictamente lógico, sin dejar de usarlo. Hay, en efecto, situaciones en las que podemos decir "siento que no es correcto", aunque somos incapaces de demostrarlo lógicamente”[35]. El hombre piensa, quiere y siente. Es inteligente, tiene una voluntad libre y le influye de un modo importante el cuerpo. Pero sería ingenuo pensar que su actuación se rige siempre de acuerdo con la razón, o que quiere lo más adecuado en cada momento. Existe un mundo sentimental o afectivo que marca de una manera decisiva la conducta y la personalidad. No es lo mismo amar apasionadamente que querer de un modo distraído o indiferente, o quizá frío y apático, que ya ni es querer. Ante el obstáculo se puede reaccionar con furia, como se encrespa el gato o ladra el perro enseñando los dientes. Hay situaciones excitantes que pueden convertirse en aburridas. Las relaciones interpersonales están marcadas por simpatías y antipatías, conectar con empatía con alguien facilita la comunicación a todos los niveles, hay feeling, química o física, se dice hoy en semi argot. La grandeza de los grandes escritores, como Shakespeare y Dostoievski, la marca la descripción de los procesos sentimentales, y, cuando aciertan, pasan a ser clásicos.

Seguiremos la clasificación de sentimientos y pasiones realizada por Santo Tomás de Aquino, que toma, a su vez de Aristóteles con sentido cristiano; pero se pueden hacer muchas clasificaciones.

El acto de ser que constituye la persona tiene un corazón vivo, en el sentido en que lo hemos mostrado en Dios, pues de Dios participa. Este sentir, que es sentimiento y que da el aire al vivir, llega a la inteligencia como potencia del alma, a la voluntad en este mismo sentido, al cuerpo y a todo lo que siente. Por eso el hombre no sólo es ser pensante, es amante de la verdad. Además, no sólo es bueno o malo, sino que es apasionadamente bueno o malo No es sólo ser amoroso, sino que su ser es amar, su ambición amar apasionadamente, y su gran frustración es el desamor, el pecado, la frialdad y la indiferencia.. La represión del afecto lleva a conductas desordenadas. La hipertrofia del sentimiento en sentimentalismo sólo es producto de la falta del uso de la razón orientada por el amor producida por la herida del pecado. En un artículo titulado “la era de la angustia” dice un periodista[36] que este estado de angustia en muchos sectores del mundo occidental “se ha convertido en una epidemia imparable que aparece estrechamente enraizada en nuestro propio estilo de vida. Los síntomas son tan perceptibles en la actualidad que la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que los trastornos emocionales, la angustia o la depresión se convertirán en un futuro cercano en la segunda causa de la morbilidad, sólo superada por las enfermedades cardiovasculares. En España ahora, un 10% de la población está afectada. Es decir, casi cuatro millones de personas. Y lo más preocupante es que este “cáncer del alma” da la sensación de que crece en paralelo a la expansión de los modernos estilos de vida”. El diagnóstico puede ser difícil, o más bien complejo, pero indudablemente tiene que ver con la respuesta afectiva a unos planteamientos algo inhumanos, además de las características corporales y psíquicas que entran en la estadísticas. Pero el problema es el crecimiento[37]

 Dice la doctora Lopez  Moratalla que “el desarrollo de la neurociencia actual permite saber que existe una amplia  interacción entre lo cognitivo y lo emocional, y al mismo tiempo  mantiene la distinción entre los procesos  afectivos y cognitivos. En cada persona, y  formando parte de la vida diaria, existe un diverso nivel de modulación e influencia entre ambos; existe, de hecho, diferencias en el predominio de uno y otro. En términos anatómicos y bioquímicos parece que el flujo ascendente de lo afectivo sobre lo cognitivo, lo que explica el hecho de que las emociones y los afectos influyan poderosamente sobre las decisiones; e incluso puede explicar que resulte más fácil recordar los acontecimientos que estuvieron acompañados de fuertes emociones que conseguir volver a revivir y sentir emociones con sólo recordarlas. Pero al mismo tiempo, el grado de corticalización de nuestro cerebro permite ejercer un control decisivo sobre nuestras emociones y sobre su expresión. Como decíamos más arriba, la influencia afectiva y emocional puede jugar un papel determinante en el aprendizaje, desarrollo y consolidación de las capacidades disminuidas en personas con minusvalía cerebral. Si las emociones llegan a suscitar actividades cognitivas y mentales que de otro modo quedarían olvidadas, y esto es válido para cualquier cerebro, tiene particular trascendencia en situaciones en que la capacidad cognitiva se encuentra alterada, ya que las aferencias emocionales y motivacionales llegan a suplir carencias de estímulos de otro carácter”[38]. Es la parte corporal cerebral de las emociones que es muy importante. Pocas veces es la causa del actuar humano, y casi siempre es el efecto del actuar de la afectividad de la intimidad que llega al cuerpo.

Se puede decir que todo educador, y todo el que intente hacer antropología en cualquier nivel, tiene que afrontar que el ser humano tiene corazón –afectividad, sentimientos, pasiones-. Más adelante estudiaremos de donde viene la facilidad para desordenarse, de momento sigamos a Santo Tomás[39];  muy influido por los griegos en su estudio de las pasiones, quizá por ello las sitúa más hacia la parte sensible del ser humano, en las pasiones. También distingue las básicas y sus contrarias. De ahí pienso que proviene la confusión sobre la afectividad, los sentimientos y las pasiones. Pienso que al situar el corazón en el núcleo de la personalidad no se puede decir que existan afectos o sentimientos negativos. Sin embargo, la experiencia nos muestra estos contrarios continuamente y cómo enturbian la vida de los hombres, tanto por ser muchas veces inesperados y cambiantes, como por llegar a oscurecer la razón y la voluntad. Esto se explica porque la persona está herida, pero en su origen no es así. Por ello miraremos primero el corazón en su origen y luego los desordenes que se dan en el hombre histórico.

 


[1]Dietrich von Hildebrand El corazón. Ed Palabra. Madrid 1996. Las respuestas afectivas espirituales incluyen siempre una cooperación del intelecto con el corazón. El intelecto coopera en la medida en que se trata de un acto cognitivo en el que captamos  el objeto de nuestra alegría, pena, admiración o amor. p.85

[2] ibid. pp. 137-18

[3] ibid. p. 113

[4] ibid. p. 88

[5] Ps 12, 6.

[6] Ps 21, 15.

[7] Ps 44, 2.

[8] Ps 56, 8.

[9] Cant 5, 2.

[10] Ioh 14, 1.

[11] Cfr. Ps 39, 9.

[12] Cfr. Prv 7, 3.

[13] Mt 12, 34.

[14] Mt 9, 4.

[15] Mt 15, 19.

[16] Mt 6, 21.

[17]  San Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa. Ed Rialp. n. 140

[18] Juan  Pablo II. Ángelus 23.VI.2002

[19] J.L.Lorda. Los sentimientos humanos Arvo.net

[20] San Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa. Ed Rialp.  n.140

[21] Gn 6,6

[22] Sal 78,41

[23] Is 63,10

[24] Dt 4,25

[25] Is 7,13

[26] Os 11,8-9

[27] Jer 31,20

[28] Is 49,15-16

[29] Miq 6,3

[30]Cantalamessa. El Señorío de Cristo p. 121-122

[31] ibid. n. 59

[32] ibid. n. 119

[33] ibid. n. 140.

[34] Gaudium et spes. n 16

[35] Hildebrand o.c. p.107

[36] Manuel Diaz Prieto. Magazine de laVanguardia  13 Octubre 2002

[37] Aunque se trate en otros lugares, se puede encontrar algunas como la crisis de muchas familias, el exceso de trabajo, la pérdida de sentido, las carencias de amor real, la reducción de amor a sexo, la llegada a las masas de la teorías de la muerte de Dios, la pertinacia de algunos de no querer rectificar conductas o políticas que se han demostrado nocivas y antinaturales, el sentimentalismo unido a la dureza racionalista en la vida profesional, el bajo umbral de resistencia al dolor y al fracaso...

[38] Natalia Lopez Moratalla. Conferencia. En Arvo.net La mayor parte de este artículo corresponde a la conferencia “La unidad del ser humano y las alteraciones cerebrales”. Publicada en Familia et Vita. Pontificium Consilium pro familia 1997

[39]< ibid. La cultura actual favorece poco que se desarrollen algunos de los factores que son clave para lograr una recta educación del corazón. Es muy habitual la huida feroz de las situaciones desagradables o dolorosas tanto en el aspecto del dolor físico como del sufrimiento. Y, sin embargo, sólo quien sabe sufrir está preparado para gozar rectamente, es decir, con un gozo que no sea simple sensación placentera. Por ello, si se huye de la realidad desagradable, se pierde la capacidad de acertar con la realidad cuando es hermosa y grata. Al mismo tiempo la educación moral es deficitaria también en el sentido de presentar lo bueno con su brillo propio, con su verdadero atractivo. Parece claro que la educación del corazón no consiste sólo en conocer el sentido de unos valores, sino en que esos valores lleguen a las emociones y las pasiones. El conocimiento teórico requiere lecciones, discursos, libros, pero las emociones requieren ver, oír relatar vidas, historias, biografías que presentan como realmente heroico y atractivo lo bueno, lo grandioso, lo noble; mientras lo malo, lo vil y mezquino es realmente presentado como repugnante. De esa forma el corazón se acostumbra, se familiariza a reaccionar y manifestar las emociones apropiadas a los valores que se le presentan. En general, las emociones de los niños, de los que mantienen joven el corazón, son limpias y directas; no tienen, como ocurre a tantos adultos, la realidad tan interpretada, tan encajada en unos esquemas intelectuales rígidos, tan llena de explicaciones, que ya no saben llorar, o reír, o sentir un atractivo real. Aparece una razón demasiado objetiva para tener en cuenta las razones del corazón. Pues bien, cuando las alteraciones cerebrales reducen la razón intelectual es más esencial aun poderse guiar por las razones de un corazón firme y educado. Tal vez una de las mayores dificultades con que nos encontramos para incorporar plenamente en nuestra sociedad, tan llena de sentimentalistas y racionalistas, a estos seres humanos deficientes es nuestra propia falta de credibilidad en las razones del corazón. Faltan con frecuencia ejemplos luminosos que presentarles en directo y nos falta capacidad de relatar esas buenas historias de hombres verdaderamente buenos.