Oración de Sexta
Catedral
de Santa Cruz
Barcelona, 9 junio 2026
Queridos hermanos y hermanas, con gran alegría inicio mi visita rezando la hora Sexta en esta catedral junto a vosotros.
El Concilio Vaticano II define el Oficio divino como «la voz de la esposa que habla al Esposo» (Sacrosanctum Concilium, 84) y «la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre» (Ibid). También la lectura que hemos escuchado subraya que todos «hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo» (1Cor 12,13). Podemos dejarnos ayudar, por ello, por estas dos imágenes: la esposa y el cuerpo.
La primera imagen, la de la esposa, nos recuerda que la Iglesia, y en particular esta asamblea, rica de dones y carismas y de la variedad de las historias de cada uno, es ante todo una esposa amada. Dios os ha querido aquí, porque ama en vosotros y en vuestro estar juntos una belleza y una bondad únicas y sagradas. Él os ha elegido a vosotros para representar hoy la comunidad de los santos (1Cor 1,2) que está en Barcelona.
Con esta conciencia que os invito a renovar, concordes, el propósito de caminar juntos, todos, fieles y pastores, tras las huellas de Cristo, hacia la plenitud de la vida. La Iglesia es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios y, ante todo, crece dejándose amar por él, unida con corazón humilde y agradecido porque sólo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor.
A este respecto, Francisco I recomendaba a esta comunidad diocesana «el encuentro con Cristo, para crecer en fraternidad y en el anuncio de la buena nueva del evangelio» (Mensaje, 8-XII-2021). Un año después, Francisco I repetía a los seminaristas de esta misma archidiócesis, peregrinos en Roma: «No dejen nunca de gustar y rememorar este amor de predilección que se derrama y se derramará abundantemente en su corazón. No apaguen nunca ese fuego que los hará intrépidos predicadores del evangelio» (Audiencia, 10-XII-2022).
Estas palabras indican el clima que estamos llamados a difundir en nuestros ambientes, en las familias, en las parroquias, en los lugares de trabajo y de formación, en los ambientes de la curia y en cualquier otro ámbito de vida: un clima de familia, en el que se vive juntos, conscientes de la filiación y de la llamada común, solidarios, abiertos, capaces de misericordia, de sacrificio, de atención recíproca, de perdón.
Queridos amigos, Barcelona tiene una gran tradición de Iglesia. Lo recordaba Juan Pablo II cuando, en su visita aquí, alababa el «ánimo acogedor que a lo largo de la historia ha llevado a barceloneses y catalanes a compartir ciudadanía humana y cristiana con innumerables gentes» (Ángelus de Barcelona, 7-XI-1982), y os animaba a «proclamar ante la Iglesia que esta ciudad y esta región son un hogar amplio y abierto a la fraternidad cristiana» (Ibid).
En sus palabras encuentran un lugar los rostros de tantos hermanos y hermanas que entre vosotros se han entregado y se entregan para construir armonía y comunión, más allá de toda polarización. También hoy, ellas se ven confirmadas en la vitalidad de las numerosas obras de anuncio, de formación y de caridad de las que todos vosotros sois animadores y protagonistas.
La segunda imagen, la del cuerpo, es objeto inmediato de la lectura que hemos escuchado (1Cor 12,12-13). Si Cristo es el Esposo que nos amó primero, él es también la cabeza a la que estamos unidos como miembros de un único organismo, unos al servicio de otros, «hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,9), todos animados por la acción del mismo Espíritu, todos llamados a la misma santidad.
Esto es importante, porque nos recuerda que para nosotros trabajar juntos no es una elección de estilo, sino una necesidad fisiológica, fundada en la gracia concedida a cada uno «según la medida del don de Cristo» (Ef 4,7), y a la que correspondemos poniendo en juego los carismas recibidos en el respeto de los ministerios confiados. Es el Espíritu quien, como partes de una única estructura viva, nos impulsa no sólo a entregarnos sin reservas allí donde la Providencia nos llama, sino a hacerlo según los designios de Dios, en la obediencia y en la confianza.
Como en un cuerpo, también entre nosotros hay miembros más fuertes y otros más débiles, algunos visibles (que desempeñan funciones evidentes hacia el exterior) y otros escondidos (que actúan desde dentro, en algunos casos sin detenerse nunca y cumpliendo funciones vitales, sin que nadie siquiera se dé cuenta).
Son muchas las imágenes con las que podríamos ilustrar la variedad y la importancia de los roles y de las misiones que encontramos entre nosotros, pero el mensaje es siempre el mismo: que en la riqueza de los dones recibidos somos fuertes, porque estamos unidos y animados por el mismo Espíritu, el Espíritu de Cristo, que es Espíritu de comunión para la salvación de todos (Ef 4,4). Por tanto, es importante, para cada uno de nosotros, no permitir que nada destruya la unidad en la que Dios nos ha constituido y hacia cuya plenitud nos conduce día tras día.
Barcelona es llamada "cap i casal de Catalunya", y esto da a esta comunidad, y a todos vosotros, barceloneses y catalanes, una vocación y una responsabilidad especial de convertiros, con la ayuda de Dios, en constructores de unidad.
Dentro de poco veneraremos los restos de Santa Eulalia, copatrona de esta catedral, de esta archidiócesis y de esta ciudad. San Agustín, hablando de los mártires, decía: «No nos parezca poca cosa el ser miembros de aquel de quien lo fueron aquellos con quienes no podemos equipararnos obedecemos al mismo Señor, perseguimos la misma caridad y abrazamos la misma unidad» (Homilías, CCLXXX, 6).
Queridos hermanos y hermanas, con este espíritu es como nosotros, en un mundo desgarrado por guerras y divisiones, y en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser mártires, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias. Como la virgen Eulalia y tantos otros mártires, queremos responder nuestro sí, dispuestos a morir a nosotros mismos, a perdernos para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para siempre (Mt 16,24-26).
Esto nos enseña el Crucificado, a esto nos invitan el apóstol Pablo y los ejemplos de los santos, esto queremos hacer juntos, según la oración de Jesús al Padre durante la Última Cena: «Yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17,23).
Que María, madre de la Iglesia y madre de la unidad, nos ayude a ser fieles a este compromiso y a esta misión. Santa Maria de la Merced, ruega por nosotros.
León XIV
Act:
09/06/26
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