Encuentro Familiar de Madrid

Estadio Bernabeu
Madrid, 8 junio 2026

Queridos hermanos, supongo que, para un jugador de fútbol, marcar un gol en este estadio Bernabeu es algo que le marca la vida. Pues bien, ¡hoy la Iglesia de Madrid ha marcado un golazo para siempre!

Esta velada es un gran himno de fe, y a mí me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía. Nuestro corazón necesita cantar, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian. Para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran memorial de la historia que nos ha salvado. Cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución.

Vosotros sois la Iglesia diocesana en medio de un pueblo que ama la música, la danza y el estar juntos, así como conoce los conflictos, la resignación y situaciones en las que el evangelio puede abrir un camino a la esperanza. Vosotros testimoniáis el evangelio en la capital de un gran país europeo, sede de instituciones y organizaciones en las que se toman decisiones importantes para el presente y futuro, destino de millones de visitantes y de hermanos y hermanas en busca de nuevas oportunidades.

Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana. No es casualidad que los apóstoles, en sus escritos, a menudo inviten a las iglesias a la alegría, recomendándola casi como un mandamiento. Es la evangelii gaudium, una respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo.

Sí, la vida, muerte y resurrección de Jesucristo han cambiado para siempre la percepción de la historia de quienes lo han encontrado y seguido, aunque sea de formas y por caminos diferentes. También hoy, el amor de Cristo nos apremia (2Cor 5,14), nos cautiva, nos mantiene unidos, nos posee y nos llama a la responsabilidad de la acción.

Queridos hermanos, nuestras sensibilidades, procedencias y prioridades se encuentran en Cristo, y de su vida reciben la savia, como los sarmientos de la vid. En concreto, esto significa que mucho de lo que ya había en nosotros se transforma, porque se orienta al servicio, deja de ser un don privado y sirve al bien común.

No hay que temer, por tanto, el hecho de que nunca produzcamos uniformidad. Al respecto, el NT da testimonio, en la variedad de sus voces, de la comunión en la diversidad. Es decir, de la comprensión que desapareció en Babel, donde todos, obligados a un proyecto totalitario y meramente humano, terminaron por no entender a su prójimo. Como alternativa a la homologación y confusión, os propongo la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén.

Hoy en día, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones (que a veces recuerda la dispersión de las lenguas), existe una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad.

En esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientando la acción hacia Dios. Bajo esta luz, el pluralismo no se dispersa en el desorden, sino que se convierte en espacio en que la humanidad recupera sus cimientos sólidos y su fin último (León XIV, Magnifica Humanitas, 10).

Existe una relación especial, pues, entre la Iglesia y la ciudad, que cobra aún mayor importancia en el cambio de época que estamos viviendo. Esta relación se materializa entre personas de carne y hueso, en las relaciones laborales y de proximidad, en las distintas asociaciones y entidades barriales. Cada vez se hace más patente la especificidad de la misión cristiana en el seno de las grandes realidades urbanas, donde «una cultura inédita late y se elabora» (Francisco I, Evangelii Gaudium, 73).

La pregunta clave, por tanto, es: ¿Llegamos allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas? ¿Llegamos a los núcleos más profundos del alma de las ciudades? Es cierto que dar una respuesta puede ser difícil, pero es posible si buscamos juntos la verdad.

Para afrontar esos interrogantes, es importante no dispersarnos ni encerrarnos cada uno en el grupo o entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía. Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera.

También es necesario cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado. De hecho, buscarlo y seguirlo es la condición para indicarlo, y de no hacerlo no habría evangelización.

Hoy podemos entender esto mejor que en el pasado. En las grandes ciudades, más que en otros lugares, a veces nos parece que ya no tenemos los mapas para movernos con seguridad. Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza.

Queridos hermanos, Madrid es una gran ciudad en la que conviven tradiciones y almas diferentes. Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo él sabe y puede hacerlo: en el amor y en la libertad. Él es misericordia infinita, y quiere que todos se salven. Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo. ¡He aquí a Jesucristo! ¡He aquí la buena nueva, la gracia que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con todos! Todos, sin excepción, están hechos para la vida y para la vida en plenitud.

La presencia de la Iglesia en una gran ciudad es una parábola de este misterio de salvación. Me viene a la mente el libro de Jonás, una joya de la Biblia que os invito a leer y releer, personalmente y en comunidad. No es fortuito que fuera precisamente en las ciudades donde los apóstoles implantaron la Iglesia naciente, encontrándose no sólo con el rechazo, sino también con la acogida allí donde, de forma más natural, las personas se enfrentan a la diversidad y al cambio.

¡Nada os turbe, nada os espante! Juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad. Tened confianza en el hecho, cada vez más evidente, de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta. Disponeos a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión.

La inversión en los consejos parroquiales y diocesanos no tiene un objetivo menor que este: modificar la sensibilidad de cada uno gracias a una escucha más profunda de lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Sería una lástima reducirlos a meros trámites burocráticos. Son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual cada uno va por su camino y corre el riesgo de no comprender dónde le quiere el Señor, ni qué espera de él o a qué conversiones le llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad.

Invito a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Queridos hermanos, sin apartaros de lo esencial, el hecho de deteneros regularmente con vuestro pueblo, para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del evangelio, enriquecerá y consolará vuestro ministerio, así como ayudará a cada uno y a cada comunidad a salir del aislamiento y a experimentar la alegría del Espíritu Santo.

Cuando reducimos la vida eclesial a una rutina, en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, sino disfrutadlo.

Las anécdotas que hemos escuchado esta noche nos cuentan y cantan cuánta vida hay en esta Iglesia. Alguno ha dicho: "Puedo decir que amo profundamente a la Iglesia, familia de Dios donde todos tenemos un lugar". Otro ha dicho: "Sentí una gran alegría y responsabilidad, al convertirme en un miembro más activo de la comunidad y compartir mis dones con el resto de los miembros de la Iglesia". Y aún otros han relatado: "Para nosotros, servir en estos programas no sólo es una forma de ayudar, sino también una manera de devolver todo el cariño y apoyo que hemos recibido".

¡He aquí la Iglesia, queridos hermanos y hermanas! He aquí la música del evangelio, con su ritmo contagioso. Cuando llega al corazón, hace que uno diga haberse sentido acogido con los brazos abiertos, como la hermana que vino desde Perú a Madrid. Muchos, como ella y su familia, sienten temor al acercarse, pues han oído hablar de prejuicios y decepciones. No obstante, al final la bondad de unos pocos sale adelante, y puede vencer el miedo de muchos.

Sed para todos, queridos amigos, una Biblia abierta. Que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la palabra de Dios. El amor es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa. Muchas gracias.

León XIV

 Act: 08/06/26    @viaje a españa       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A