Encuentro Episcopal de Madrid
Nunciatura
Apostólica
Madrid, 8 junio 2026
Queridos hermanos en el episcopado, con gran gozo me presento ante vosotros en este tercer día de mi viaje apostólico en España, que me gustaría ahora aprovechar para reavivar juntos la comunión tal y como Jesús aconsejaba a sus apóstoles (Mc 6,31).
El camino sinodal emprendido por la Iglesia es un proceso de escucha en profundidad. De hecho, ser capaces de reconocer la voz de Dios, que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales.
Este diálogo sinodal se va definiendo en distintos modos. Uno concreto, que podemos evocar, es el de los congresos que estáis realizando. Me detengo en los celebrados en 2020 (bajo el lema "pueblo de Dios en salida") y 2025 (bajo el lema "¿para quién soy? Llamados para la misión"). Sus temas inciden en las cuestiones esenciales, que se hacían las preguntas de ¿cómo se pueden afrontar los retos actuales? y ¿quiénes están llamados a acoger este desafío?
En mi contribución a esta reflexión, se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada. Se trata de un viaje sui generis, ya que realmente no nos movemos materialmente, sino que dejamos volar nuestro corazón.
Una tentación en los viajes es la de obsesionarnos con lo que dejamos (los lugares, las cosas, las formas), sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos. A esta tentación se añade la del equipaje, que llenamos de cosas inútiles que terminan siendo un lastre.
En esta primera fase de nuestro periplo, nuestra respuesta a la pregunta de cómo podemos afrontar este reto que nos hemos propuesto debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita.
¿Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, y la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona? Sobre todo, con su belleza (que llega hasta el no creyente) o con los vínculos de pertenencia (que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila). Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz.
Otro tesoro que no podemos olvidar en nuestra alforja es el viático del peregrino. El pan de la palabra y de la eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación.
En este sentido, el problema no es cómo hacer más o menos atractiva la celebración, sino sentir que, si somos parte de Cristo, su ausencia nos produce un desasosiego que podemos comparar con el hambre material. Sí, la vida sacramental va acompasando nuestra existencia como la de un niño que recibe el alimento de su madre, como la de un deportista que va midiendo las fuerzas necesarias para llegar a la meta.
Por otra parte, algo que suele costarnos mucho al viajar es comunicarnos con el otro. Sea debido a la lengua y la cultura distintas, sea por la desconfianza hacia lo desconocido, sea por las rencillas e incomprensiones que pueden darse incluso entre personas cercanas, nos sentimos limitados a la hora de expresarnos o de comprender a nuestro interlocutor.
Esta es una experiencia que podemos llevar al anuncio del evangelio, a la acogida del otro, a la capacidad de responder a los cuestionamientos del mundo que nos rodea o a la necesidad de activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en nuestras acciones pastorales. Si antes he dicho que debemos abandonar todo lo que nos frena y aleja, ahora la consigna debe ser que nuestro patrimonio sea siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino.
Como sucede a los peregrinos del Camino de Santiago, en nuestro viaje podemos encontrarnos con esas inmensas planicies castellanas, vacías a nuestros ojos. Los pocos encuentros de estos peregrinos con algunas personas mayores pueden ser una metáfora de muchas situaciones sociales que por desgracia se perciben en algunas de vuestras realidades eclesiales.
No es la primera vez que España enfrenta una situación análoga. En el pasado, por ejemplo, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en las franjas de tierra quemada, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América y que pueden ayudarnos aquí en nuestra misión.
Como ocurrió entonces, también hoy estamos llamados a construir una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el santo alfaquí de Granada o fray Hernando de Talavera, y más adelante repitiera en América Santo Toribio de Mogrovejo como modelo de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial.
Aunque los lenguajes en esta era digital son distintos, y las culturas que ahora componen el mosaico de nuestras realidades también han cambiado (con inmigrantes de todas las partes del mundo), el espíritu debe ser el mismo. ¿Cuáles son los puntos esenciales de ese espíritu?
El primer aspecto de este espíritu tiene que ver con la capacidad de comunicar, de hablar con cada realidad presente en nuestro territorio, de abajarse para comprender y compartir. Sólo poniendo en común todo lo bueno que hay en el propio patrimonio, y aportando cada uno su granito de arena, podremos edificar una realidad nueva en la que la fe pueda hundir raíces profundas. Lógicamente, hay que comenzar por aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino.
El segundo aspecto de este espíritu es la llamada a crear realidades capaces de comunicar, por ellas mismas, la propia experiencia de fe, de llevar (como hizo Toribio) la experiencia de Granada a América, de atesorar en nuestro equipaje los recursos que nos permitan afrontar con franqueza los retos siempre nuevos de la evangelización en cada circunstancia.
Tras las llanuras desiertas nos esperan las grandes ciudades, en que el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos. Las respuestas serán distintas, pero los procesos para llegar hasta ellas han de ser análogos: la escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza.
Los peregrinos suelen salir de noche, y muchas veces esa oscuridad inicial del camino puede asustarlos. Podríamos evocar aquí ese himno de vísperas, llamado La noche es tiempo de Salvación, para decir que, si vamos en buena compañía, las dificultades del caminar y el peligro de extraviarse se reducen. Es el Señor quien nos conduce, él es el dueño de la historia y de cada una de nuestras historias, él determina los tiempos. Nosotros caminamos tras él, y hasta caminamos con él como miembros de un solo cuerpo.
Este vínculo profundo exige a la Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad. Exige una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, carismas y sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el pueblo de Dios. La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor.
En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar: la de ser principio visible de comunión. En primer lugar, de la comunión con Cristo, en docilidad a la palabra de Dios. En segundo lugar, de la comunión con el sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada y con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado.
La comunión vivida de este modo posee una fuerza misionera. ¿Por qué? Porque una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a otras confesiones cristianas, a otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien común.
Esta llamada a ser signo de comunión en Cristo, caminando en unidad y tendiendo nuestra mano al hermano que encontramos, nos pone delante de otro desafío que toca hoy el corazón de muchos: la asunción de compromisos definitivos y la toma de decisiones profundas.
En tantos jóvenes, y no sólo en ellos, la pregunta ¿para quién soy? resuena como una búsqueda sincera de sentido, de pertenencia y de don. El corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, sino cuando descubre una llamada y comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada.
La pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Ha de nacer de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande. Donde el evangelio es vivido con alegría, servicio y comunión, también la llamada del Señor puede ser escuchada como promesa de vida.
Antes he hablado de equipajes cargados, y en este sentido los peregrinos del Camino de Santiago saben bien que en la mochila debe cargarse sólo lo esencial. Como en reiteradas ocasiones propuso Francisco I, en el actual contexto vocacional es necesario decir que la conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación. Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible, y la Iglesia tiene derecho a sacerdotes bien formados.
El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria, que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, que experimenten el acompañamiento espiritual, que cuenten con centros superiores de teología dotados con los medios necesarios. Para ello es imprescindible aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos.
En este terreno, las dificultades pueden ser vividas como oportunidades. A veces nos resulta difícil integrar a los laicos en este viaje de vida que como Iglesia estamos realizando. Por otro lado, vemos como en muchas obras, tradicionalmente gestionadas por religiosos, se recurre a colaboradores laicos para poder seguir realizando la tarea. De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su parte de responsabilidad.
Como veis, nuestro viaje está hecho de encuentros, y en él no faltarán los momentos de oscuridad y encuentros dolorosos, en ocasiones con personas heridas por miembros del clero. Ante esta plaga, cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación.
Esta misma lógica vale también para los desafíos de un mundo secularizado. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo no rechazan simplemente a Dios, sino que muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre. La Iglesia está llamada a reconocer estos anhelos, a escucharlos con respeto y a ofrecer, como Pedro y Juan al paralítico junto a la puerta del templo, el tesoro que les ha sido confiado: Jesucristo, en cuyo nombre el hombre puede levantarse y caminar (Hch 3,1-10).
Cuando colabora con otras instituciones, o cuando ofrece ayuda material, educación, asistencia o promoción humana, la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo. Este mensaje cala en la sociedad, que no duda de manifestar su aprecio por muchas de estas obras. Así, cada gesto de caridad que nace del evangelio lleva en sí una promesa más grande: restituir a la persona el convencimiento de ser amada.
En este viaje por esta tierra que Juan Pablo II llamó "tierra de María" (Homilía de Zaragoza, 6-XI-1982) tendréis siempre a la Santísima Virgen como la primera compañera de camino y vuestro principal tesoro. Ella os mostrará cómo acompañar a los discípulos y ser madre de comunión y de esperanza.
A ella encomiendo vuestro ministerio, para que os ayude a ser, en medio del pueblo que tenéis confiado, esa levadura escondida y pequeña a los ojos del mundo, pero capaz de hacer fermentar la masa (Mt 13,33). La fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos, de la comunión de sus pastores, de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu.
En este camino os acompaña también San Juan de Ávila, «un maestro de vida espiritual benévolo y sabio, un renovador ejemplar de la vida eclesiástica y de las costumbres cristianas» y, al mismo tiempo, «un simple sacerdote» (Pablo VI, Homilía, 31-V-1970). En este santo doctor, la Iglesia reconoce la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio.
Pensad en vuestros más cercanos compañeros de viaje, en esos simples sacerdotes en el sentido más alto y más exigente del término. Nuestro caminar con ellos debería trasmitir nuestra esencia, la de presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral. Intentad que los sacerdotes no encuentren en el obispo tan sólo una autoridad reconocida, sino un padre que les acompaña y comparte sus fatigas.
Concluyamos este periplo espiritual con una oración del santo doctor que nos recuerda que cada renovación eclesial nace de un corazón configurado con Cristo: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (San Juan de Ávila, Homilías, LVII, 20).
Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría. La Iglesia que recibe el corazón de Cristo lleva consigo la columna de fuego que la guía, la sostiene, la defiende y la conforta, el equipaje necesario para afrontar cualquier reto.
Que Dios os bendiga. Muchas gracias.
León XIV
Act:
08/06/26
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M U R C I A
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