Encuentro Cultural de Madrid

Movistar Arena
Madrid, 7 junio 2026

Queridos amigos y amigas del mundo del arte, la cultura, el deporte, la economía, la salud y la sociedad civil, es un placer encontrarme con vosotros en este lugar, un espacio que no sólo acoge actividades deportivas, artísticas y culturales, sino emociones profundas del ser humano como la alegría, la admiración, el entusiasmo y la esperanza, así como la tristeza y la frustración.

En este hermoso país es imposible no admirar la huella de creatividad que atraviesa su historia y da forma a su identidad. La hermosura es visible en vuestras ciudades, calles, monumentos, plazas y jardines, universidades e iglesias, así como en la música, la pintura, la danza y gastronomía. Aquí se percibe también el alma de las generaciones que transformaron el paisaje y le dieron un rostro propio, y eso nos revela en cada trazo la inteligencia y la voluntad que residen en el alma española.

Tras contemplar con detenimiento estas maravillas creadas por las generaciones anteriores, surge inevitablemente una pregunta que nos interpela a todos: ¿Qué herencia estamos dejando al futuro? ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo?

He escuchado con sumo interés cada una de las intervenciones de los panelistas, y coincido con vosotros. Nuestra sociedad, en efecto, posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar. Sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera. De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del porqué, para qué, con quién y para quién se produce.

En el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad, como aspiración profundamente humana en cualquier tipo de experiencia plurisecular.

A este respecto, la Iglesia también está de acuerdo en abrir caminos de vida digna y bien común. Como recordó Pablo VI ante la ONU, la Iglesia no se desentiende de nada verdaderamente humano (Vaticano II, Gaudium et Spes, 1). Por esta razón, la «actitud de diálogo es parte integrante de su vocación» (León XIV, Magnifica Humanitas, 2). La Iglesia defiende toda auténtica vía de desarrollo humano integral (León XIV, op.cit, 50) y no puede desentenderse de la cultura. ¿Por qué? Porque a través de ella, el hombre en cuanto hombre es más (Compendio de DSI, 554).

Hoy en día, la cuestión decisiva sigue siendo la misma: ¿Qué significa ser verdaderamente humano?

En primer lugar, Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad.

En segundo lugar, el término cultura evoca cultivo, como sugiere la raíz etimológica que ambos términos comparten. Por ello, estamos llamados a preguntarnos qué es lo que hoy sembramos, qué es lo que florece, qué se marchita silenciosamente en nuestra sociedad, qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir. Todas éstas son preguntas profundas y necesarias, que no pueden ser ignoradas.

Para atender a estos interrogantes, es menester un diálogo social que podemos comparar con el arte de tejer redes, como forma de aludir al encuentro, escucha, diálogo y respeto. Eso sí, en este diálogo habrá que cuidar el lenguaje que se utiliza, tanto verbal (escrito, oral y digital) como visual, porque la comunicación nunca es neutra. ¿Por qué? Porque toda expresión habla y transmite, puede herir o sanar, destruye expectativas o abre horizontes, siembra división o despierta la esperanza en la posibilidad de construir juntos algo genuinamente humano.

En primer lugar, tejer redes significa dialogar entre las instituciones. Ello comporta, por ejemplo, que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo, ni renuncie a la verdad. Ello comporta que la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses. Ello comporta que el arte no tenga como fin sólo a las élites, o que el deporte sea reducido a espectáculo generador de ganancias, o que el progreso tecnológico olvide a los ancianos o a los pobres.

La aportación de la Iglesia a este diálogo ofrece una visión positiva la vida, sabiendo que el Creador ha entramado al ser humano con hilos de amor. Sí, Dios es amor (1Jn 4,8) y él ha creado al ser humano a su imagen y semejanza. Aquí reside el fundamento de la inalienable dignidad humana, cuyo absoluto respeto es la base del diálogo.

En segundo lugar, tejer redes significa crear juntos. Como recordaba Benedicto XVI, «la fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza» (Catequesis, 21-V-2008). Todos hemos experimentado algo hermoso que nos cambió interiormente, ya sea una canción, un poema, una mirada, un lugar silencioso o incluso un partido de baloncesto vivido con amigos.

No es extraño, entonces, que la conciencia de sabernos hermanos se exprese con forma de saeta, de poesía mística o de maestría literaria en autores como Lope de Vega, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o Calderón de la Barca Todo ello muestra el vínculo entre lo material y lo espiritual, y constituye nuestra existencia.

En tercer lugar, tejer redes significa servir de modo desinteresado. Una mirada objetiva revela que hombres y mujeres, sobre todo cristianos y cristianas, han edificado hospitales y escuelas, han dado pie a iniciativas solidarias, han inventado lenguajes que dignifican a las personas.

Por todo eso, cabe preguntarse aquí con honestidad lo siguiente: ¿Habría podido forjar Europa todo lo que tiene, y su identidad, sin la huella espiritual? ¿No ha impregnado ésta toda su historia' No se trata de una provocación, sino de una invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano. ¿En serio es posible creer que Europa puede ser ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad?

Aquí, sigue vivo el grito de mis predecesores, que dice: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos lo da todo. Y yo mismo lanzo un grito voz alta: ¿Quiénes están siendo excluidos, a pesar de sus virtudes y capacidades? ¿Acaso se puede ignorar esta realidad, la de millones de personas excluidas de nuestras vidas, por nuestras sociedades, de los sistemas políticos y económicos, y hasta por la Iglesia?

Jesucristo devuelve al bien común el lugar que le corresponde, en cuanto árbitro sapiente que apacigua la codicia de unos y nutre la esperanza de otros, mientras anhela salvarlos a todos.

La Iglesia, aunque a veces camina contracorriente, es experta en humanidad, e insiste en que «las estructuras económicas e institucionales son justas sólo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos» (León XIV, Magnifica Humanitas, 34).

Permitidme dirigir finalmente vuestra atención a un mundo que, como sabéis, no me es ajeno: el deporte. Pensemos cuántos de nosotros aprendimos el respeto por el adversario en un campo de juego, y no escuchando un discurso. Pensemos cómo son los deportistas quienes nos enseñan a perder sin odiar, a ganar sin humillar, a levantarse después de caer.

Mi predecesor Juan Pablo II, como deportista y pastor, declaró: «En estos tiempos en que diversas formas de violencia y odio tienden a desgarrar nefastamente el tejido de la solidaridad social, los deportistas contribuís a dar un testimonio luminoso de cohesión, paz y unión, en una lección magistral de saber estar juntos» (Discurso, 31-VIII-1979). Estas palabras son hoy, queridos hermanos, más actuales y oportunas que cuando resonaron por primera vez.

Queridos amigos, os invito a ser hilos nuevos para tejer redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida. Entramemos una sociedad renovada donde el tiempo se impregne de eternidad, donde la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, donde la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, donde el arte despierte asombro y genere emociones nobles, donde la empresa reconozca la dignidad de la persona, donde el trabajo siga siendo motor de esperanza.

Queridos amigos, «alegraos con los que están alegres, llorad con los que lloran, tened la misma consideración y trato unos con otros, no tengáis pretensiones de grandeza, poneos al nivel de la gente humilde, no os tengáis por sabios, no devolváis a nadie mal por mal, procurad lo que es bueno y, en la medida de lo posible, y dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo» (Rm 12,15-18). En todo ello se juega que, en el porvenir, siga resplandeciendo nuestra magnífica humanidad. Muchas gracias.

León XIV

 Act: 07/06/26    @viaje a españa       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A