Misa por la Justicia

Catedral de San Esteban
Metz, 28 septiembre 2026

Queridos hermanos y hermanas, estoy muy contento de presidir esta eucaristía, durante la cual encomendamos al Señor el camino de Metz y el de toda Europa. En esta tierra histórica del río Mosela, que nunca ha dejado de ser una encrucijada de pueblos, y fue una frontera dolorosa en Europa, la promesa de Dios resuena hoy con una fuerza singular.

En la primera lectura (Is 32,15-18), el profeta Isaías habla de la venida del reino de Dios en términos de derecho, justicia y paz, y recurre a tres imágenes: el desierto, el jardín y la casa.

En el desierto, lugar de sobriedad y silencio, se instaura el derecho, o esa ley que ayuda al hombre a recorrer el camino del bien. Esta imagen austera nos recuerda la importancia de lo esencial, nos permite atribuir el justo valor a las cosas, nos forma en la renuncia y el sacrificio.

En el jardín, lugar de la belleza, se instaura la vida. Allí hay agua, las semillas se abren, despuntan los brotes y nacen las flores, cada una con su propia gracia particular. Este es el efecto de una vida recta, que permite a la persona realizarse plenamente, adhiriéndose libremente a los designios del Señor.

En la casa, lugar de paz, se instaura la familia. Notemos aquí que, si el desierto y el jardín son contextos en los que predomina la acción de Dios, que hace germinar y crecer, la construcción de una casa requiere una contribución más directa por parte del hombre, con el uso de fuerzas y competencias, a través de un esfuerzo común, una auténtica "obra en proceso". Así, la obra de Dios exige una respuesta por parte de los hombres, en un esfuerzo compartido.

La casa, más que una simple construcción de piedras, es un lugar de presencia humana y de amor. En este sentido, la palabra profética nos recuerda cómo, en un mundo marcado por el límite, la concordia sólo se construye en la caridad, que sabe compartir alegrías y dolores, animar y perdonar, sin cálculos ni límites, como en una familia.

El evangelio que acabamos de escuchar nos habla de esto (Mt 5,38-48). Mientras que hoy, en el mundo, somos testigos de tanta violencia, manipulación y arrogancia, a diversos niveles, Jesús nos enseña a transformar el desierto en un oasis, a cultivar jardines y construir casas. Nos indica el camino que pasa a través del perdón, la misericordia y la magnanimidad. Así, «si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él» (Mt 5,39-41).

Estas palabras podrían parecerles a algunos un signo de debilidad, o quizás una rendición frente al mal, pero no es así en absoluto. Miremos dentro de nosotros y miremos a nuestro alrededor. ¿Qué producen, en el mundo y en nosotros mismos, actitudes como la venganza, la represalia y el rechazo? ¿Qué futuro para la humanidad dejan entrever las relaciones y los sistemas impregnados por las lógicas despiadadas que derivan de estas actitudes?

Ustedes que son los hijos de esta tierra, lacerada en el pasado por conflictos fratricidas, saben bien que no es verdad que el que comete venganza es más fuerte que el que perdona. No es verdad que el que no cede es más fuerte que el que busca la reconciliación. No es verdad que el que se marcha azotando la puerta es más fuerte que el que afronta el esfuerzo de caminar juntos.

Metz y el río Mosela testimonian al mundo entero que la reconciliación es posible sólo cuando se tiene la valentía de romper las cadenas del resentimiento. Se necesita fuerza y gran equilibrio para no dejarse abrumar por el mal, sobre todo cuando las heridas sufridas son profundas.

Frente a la injusticia, el único camino de salvación para el hombre es el amor que se hace cargo del otro y que busca brindar confianza, independientemente de las circunstancias, incluso frente a los comportamientos más difíciles de aceptar (Mt 5,42). Así, ley, justicia y paz son etapas de un camino de conversión que, siendo personal, se vuelve cada vez más comunitario, en favor de una civilización respetuosa del hombre y de su Creador.

No es casual que San Agustín definiera la paz de la ciudad celeste como una comunión armoniosa, en la que los hombres gozan de Dios y, en Él, los unos de los otros (Ciudad de Dios, XIX, XIII, 1). Él habla también de la paz entre los hombres como del fruto de una "tranquillitas ordinis", en la que cada uno reconoce y respeta en el otro una dignidad y un rol únicos y sagrados.

Aquí, en Metz, es bueno recordar que estos son precisamente los valores sobre la cual ha sido construida, a lo largo de los siglos, la Europa que conocemos, con su patrimonio espiritual y moral, aun antes que económico y político. Como a Juan Pablo II le gustaba recordar con emoción (Discurso de Compostela, 9-XI-1982), Europa hunde sus raíces en la vida y en la obra de hombres y mujeres que han vivido, predicado y compartido las enseñanzas del evangelio.

Esto es algo que atestigua la gran contribución espiritual, cultural e incluso agrícola y artesanal, que el monacato ha aportado a la historia del continente, además de la obra de santos como el gran Crodegango, incansable pastor de esta comunidad que, precisamente aquí, en la Regla de Canónigos, dio una forma visible a la comunión eclesial.

De aquellos monjes del Medioevo se han transmitido los fundamentos morales de la Europa en la que hoy vivimos: la primacía de la persona, el carácter sagrado e inviolable de la vida humana (en todas sus fases y en toda circunstancia), la tutela de la libertad de los individuos, la importancia de la familia (como fundamento de la sociedad), la atención a necesitados, la acogida del extranjero y el amor a la cultura.

Esta iglesia local, que conserva el legado único de un diálogo fecundo entre sociedad civil y fe, en virtud de su estatus particular, tiene la responsabilidad de ser un taller viviente de esa fidelidad. Permanecer fieles a esos pilares no ha sido fácil, ni siquiera para aquellos que nos han precedido. Sin embargo, con coherencia y perseverancia, nuestros antepasados nos los han dejado en herencia como tesoros, para transmitirlos a su vez a las generaciones futuras, enriquecidos por nuestra experiencia, por el valor de nuestros esfuerzos y de nuestras historias.

La magnífica catedral de esta ciudad, en la que nos encontramos, ilustra muy bien todo eso. De hecho, es conocida como Lanterne du Bon Dieu, por sus 6.500 m2 de vidrieras historiadas. Pareciera que los constructores hayan querido reducir al mínimo las paredes, que sin embargo permanecen sólidas, para que la luz pudiera llegar en abundancia a los fieles. Quien entra allí se encuentra de ese modo inmerso en una riquísima biblia pauperum, fuente de oración y meditación, a través de reflejos de miles colores.

En este lugar de luz, el esplendor de las vidrieras históricas se ha enriquecido recientemente por el genio de Marc Chagall. Las obras de este gran pintor judío, colocadas en los muros de la catedral, transforman la Linterna del Buen Dios en un extraordinario símbolo ecuménico y de diálogo interreligioso.

Esta catedral nos dice que la luz del Señor no suprime la especificidad, sino que une historias y culturas diferentes en un único y maravilloso mosaico de paz, necesario en nuestra época, azotada por nuevas divisiones y nuevos conflictos. Contemplando estas vidrieras, aprendemos que el futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz.

En esto hay un símbolo de nuestra identidad como Iglesia. También nosotros utilizamos estructuras, que sólo tienen sentido en la medida en que nos ayudan a llevar al mundo la luz del evangelio. Sin estas vidrieras, las ventanas de la Catedral de Saint Etienne no serían más que espacios inundados de una luz enceguezadora. Con las vidrieras, se convierten en libros que nos reúnen para recordar historias maravillosas, llenas de heroísmo, de bondad, de misericordia, de amor y de belleza moral, de las que a su vez debemos ser testigos generosos y valientes.

Este es el deseo que comparto con ustedes, con gratitud y confianza, al finalizar mi viaje a Francia, para su comunidad de Metz, llamada hoy más que nunca a ser un faro de esperanza para este país, para Europa y para el mundo, encomendándola a las oraciones de la Virgen María y de sus santos patronos.

León XIV

 Act: 28/09/26    @viaje a francia       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A