Encuentro Interreligioso de Metz

Centro de Congresos
Metz, 28 septiembre 2026

Queridos amigos representantes de las diferentes tradiciones religiosas, con una gran alegría, y un vivo sentimiento de responsabilidad espiritual, me encuentro hoy entre ustedes en Metz, ciudad de fronteras y de encrucijadas, en el Centro de Congresos que lleva el nombre de Robert Schuman, uno de los padres fundadores de la UE.

Este hombre de fe y de convicciones supo transformar las antiguas líneas de fractura en puntos de esperanza para toda Europa, y se convirtió en un verdadero embajador de la unidad en la diversidad. Siguiendo su ejemplo, nuestra responsabilidad común en cuanto mujeres y hombres religiosos, es la de testimoniar que, más allá de las fronteras, siempre es posible reencontrarse, establecer la amistad y construir la paz.

Dialogar no disminuye nuestra identidad, sino que la expresa con simplicidad y verdad, abriéndose a la diferencia del otro. Como decía mi predecesor Francisco I, «el diálogo entre personas de distintas religiones no se hace meramente por diplomacia, amabilidad o tolerancia. El objetivo del diálogo es establecer amistad, paz» (Fratelli Tutti, 271).

Antes que él, Juan Pablo II consideraba el diálogo como una exigencia intrínseca de la naturaleza misma del hombre (XXXIV Jornada de la Paz, 10). Según Paul Ricoeur, el diálogo es el camino por el que reconocemos la alteridad como una promesa y no como una amenaza; es el arte del encuentro, del que nuestro mundo tiene una gran necesidad, en las antípodas de la agresividad y de la violencia.

En efecto, invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia o la opresión es una profanación de este nombre. Nada de lo que desfigura la dignidad humana se puede reivindicar como una auténtica inspiración divina. El discurso religioso, por tanto, debe apelar constantemente a desarmar los corazones y las palabras. Esto comporta la responsabilidad directa de cada uno de nosotros, en cuanto guardianes de nuestras respectivas tradiciones.

Si la fecundidad de las tradiciones religiosas se manifiesta en su servicio a la fraternidad, esto significa aumentar la capacidad de proteger, acompañar y servir a la vida. La grandeza de una civilización no se mide por sus éxitos materiales, sino por la manera en la que abraza, protege y eleva la persona humana.

Las religiones son guardianas de la vida, y reafirman su valor sagrado. Su fecundidad se demuestra en su presencia amorosa junto a las personas más vulnerables y más frágiles. Servir a la vida significa envolverla en cuidados, presencia y ternura, sobre todo en la prueba, hasta el final. A nosotros, que estamos abiertos a la trascendencia, se nos encomienda la misión de ofrecer puntos de referencia sólidos (en particular a los jóvenes), para construir una comunión que respete y valore la dignidad de toda persona humana.

Queridos amigos, «la Iglesia considera compañeros de camino a todos aquellos que buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza» (León XIV, Magnifica Humanitas, 23). Por ello, les agradezco, una vez más, su proximidad y su presencia.

Que la bondad infinita de Dios, y su sabiduría, nos acompañen y nos enseñen a vivir como hijos suyos y como hermanos y hermanas entre nosotros. Que podamos ser nosotros también, allá donde vivamos, artesanos de paz y testigos de una esperanza que no cese de crecer en nuestro mundo. ¡Que Dios les bendiga!

León XIV

 Act: 28/09/26    @viaje a francia       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A