Misa masiva por Mónaco

Estadio Louis II
Mónaco, 28 marzo 2026

Queridos hermanos y hermanas, el evangelio que hemos escuchado (Jn 11,45-57) presenta una sentencia cruel contra Jesús. Nos relata el día en el que los miembros del Sanedrín «resolvieron que debían matarlo» (v.53). ¿Por qué le sucede esto? Porque Jesús resucitó a Lázaro de la muerte. Sí, el Jesús que vino al mundo para liberarnos de la condena de la muerte, fue condenado a muerte.

El veredicto de Caifás y del Sanedrín nacía de un cálculo político, que tenía como base el miedo. En efecto, si Jesús continuase dando esperanza, y transformando el dolor del pueblo en alegría, «los romanos vendrán y nos destruirán» el país (v.48). En vez de reconocer en el nazareno al mesías (es decir, al Cristo tan esperado), los jefes religiosos ven en él una amenaza. Su mirada está distorsionada, hasta el punto de que son precisamente los doctores de la ley los primeros en infringirla. Olvidando la promesa de Dios a su pueblo, ellos quieren matar al inocente, porque detrás de su miedo está el apego al poder.

Si los hombres se olvidan de la ley que ordena no matar, Dios no se olvida de la promesa que prepara al mundo para la salvación. Su providencia hace de ese veredicto homicida el modo de manifestar un supremo designio de amor; aunque malvado, Caifás profetizó que «Jesús iba a morir por la nación» (v.51).

Somos así testigos de dos movimientos opuestos. Por una parte, la revelación de Dios, que muestra su rostro como Señor omnipotente y salvador. Por otra parte, la acción oculta de autoridades poderosas, dispuestas a matar sin escrúpulos. ¿No es lo que ocurre hoy? En su encrucijada está el signo de Jesús, que consiste en "dar la vida".

La resurrección de Lázaro es un anticipo de lo que sucederá a Cristo en su pasión, muerte y resurrección. En esa Pascua, el Hijo llevará a cumplimiento la obra del Padre con el poder del Espíritu Santo. Así como al principio de los tiempos Dios dio vida al ser desde la nada, así en la plenitud de los tiempos rescata toda vida de la muerte que destruye la creación.

De esta redención derivan la alegría de la fe y la fuerza de nuestro testimonio, en todo lugar y en todo tiempo. En la historia de Jesús se resume la historia de todos nosotros, empezando por los más pequeños y oprimidos. Aún hoy, ¡cuántos cálculos se hacen en el mundo para matar inocentes; cuántas falsas razones se esgrimen para quitarlos del medio! Sin embargo, frente a la persistencia del mal, está la eterna justicia de Dios, que siempre nos rescata de nuestros sepulcros, como hizo con Lázaro, y nos da vida nueva.

El Señor libera del dolor infundiendo esperanza, convierte la dureza del corazón transformando el poder en servicio, precisamente mientras manifiesta el verdadero nombre de su omnipotencia: misericordia. Esta misericordia es la que se hace cargo de toda existencia humana, en cada una de sus fragilidades, desde que es concebida en el seno materno hasta que envejece. Como enseñaba Francisco I, «la cultura de la misericordia rechaza la cultura del descarte».

La voz de los profetas, que hemos escuchado, atestigua cómo Dios realiza su plan de salvación. En la primera lectura, Ezequiel anuncia que la obra divina empieza como liberación (Ez 37,23) y se cumple como santificación del pueblo (v.28). Es un itinerario de conversión, justamente como el que estamos viviendo durante la cuaresma. Se trata de una iniciativa que nos involucra, no privada ni individual, que transforma nuestras relaciones con Dios y con el prójimo.

La liberación asume principalmente la forma de una purificación de los "ídolos inmundos" (v.23). ¿Qué son? Con este término, el profeta indica todo aquello que esclaviza el corazón, que lo compra y lo corrompe. La palabra ídolo significa "pequeña idea", o visión reducida que empequeñece no sólo la gloria del Omnipotente (transformándolo en un objeto) sino también la mente del hombre. Los idólatras son, pues, personas cortas de vista; miran lo que cautiva sus ojos, obnubilándolos.

De ese modo, incluso las cosas grandes y buenas de esta tierra se convierten en ídolos, transformándose en formas de esclavitud no para el que no las tiene, sino para el que se atiborra de ellas, dejando al prójimo en la miseria y en la tristeza. La emancipación de los ídolos es entonces liberación de un poder que se ha hecho predominio, de la riqueza que degrada en codicia, de la belleza maquillada de vanidad.

Dios no nos abandona en estas tentaciones, sino que socorre al hombre débil y triste, que cree que los ídolos del mundo son los que pueden salvarle la vida. Como enseña San Agustín, «se libra el hombre por la fe en Aquel que para levantarlo le dio ejemplo de tan gran humildad» (Ciudad de Dios, VII, 33).

Este ejemplo es la misma vida de Jesús, Dios hecho hombre para nuestra salvación. Más que castigarnos, él destruye el mal con su amor, cumpliendo una solemne promesa: «Los purificaré: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios» (Ez 37,23). El Señor cambia la historia del mundo llamándonos de la idolatría a la fe verdadera, de la muerte a la vida.

Queridos hermanos y hermanas, frente a las numerosas injusticias que destruyen a los pueblos y a la guerra que azota a las naciones, se eleva constantemente la voz del profeta Jeremías, proclamada hoy como salmo: «Yo cambiaré su duelo en alegría, los alegraré y consolaré de su aflicción» (Jer 31,13).

La purificación de la idolatría, que hace a los hombres esclavos de otros hombres, se realiza como santificación, don de gracia que hace a los hombres hijos de Dios, hermanos y hermanas entre sí. Este don ilumina nuestro presente, porque las guerras que lo ensangrientan son fruto de la idolatría del poder y del dinero. Cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo. ¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra! La paz no es un mero equilibrio de fuerzas; es obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir.

La Iglesia en Mónaco está llamada a dar testimonio de la paz y bendición de Dios. Por tanto, queridos hermanos, hagan felices a muchos con su fe, manifestando esa alegría que no se obtiene como premio sino que se comparte con caridad. Fuente de esta alegría es el amor de Dios, que se manifiesta en amor por la vida naciente y frágil (que ha de acogerse y cuidarse siempre), por la vida joven y anciana (que hay que animar en las pruebas de cada etapa), por la vida sana y enferma (a veces sola, y siempre necesitada de ser acompañada con esmero).

En la larga cuaresma del mundo, y mientras el mal arrasa y la idolatría vuelve indiferentes los corazones, el Señor prepara su pascua. El signo de este acontecimiento es el hombre, es Lázaro (llamado desde el sepulcro), somos nosotros (pecadores perdonados), es el Crucificado y Resucitado (autor de la salvación). Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), el que sostiene nuestro peregrinar y la misión de la Iglesia en el mundo, a saber: dar la vida de Dios. Esta tarea es sublime e imposible, sobre todo si no damos nuestra vida al prójimo. Esta tarea es apasionante y fecunda, cuando el evangelio ilumina nuestros pasos.

León XIV

 Act: 28/03/26    @viaje a mónaco       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A