Encuentro Juvenil de Mónaco

Plaza Santa Devota
Mónaco, 28 marzo 2026

Queridos jóvenes y amigos, estoy feliz de estar aquí con ustedes, y les saludo cordialmente. Agradezco al arzobispo las palabras que me ha dirigido.

Como se ha señalado, la iglesia en la que nos encontramos está dedicada a Santa Devota, patrona del principado de Mónaco, una joven valiente que supo dar testimonio de su fe frente a la violencia de sus perseguidores, hasta llegar al martirio. Su cuerpo, procedente de Córcega, llegó providencialmente hasta aquí, en lo que hoy es la costa monegasca. Querían aniquilarla y borrar todo recuerdo suyo, mas su sacrificio llevó aún más lejos el mensaje de paz y amor del evangelio.

Esto nos ayuda a reflexionar sobre el hecho de que el bien es más fuerte que el mal, incluso cuando parece que va perdiendo. Y no sólo eso, sino que también nos recuerda que el testimonio de la fe es una semilla que puede alcanzar y fecundar corazones y lugares lejanos, mucho más allá de nuestras expectativas y posibilidades.

Junto a la memoria de la mártir Santa Devota se ha sumado recientemente en esta iglesia la de San Carlo Acutis, otro joven enamorado de Jesús, fiel a su amistad con Cristo hasta el final, aunque en tiempos y modalidades completamente diferentes, a través del apostolado en internet y en la enfermedad. Queridos jóvenes, estos dos santos nos animan y nos impulsan a imitarles.

Hoy en día, la fe se enfrenta a desafíos y obstáculos, aunque nada puede empañar su belleza y su verdad. Prueba de ello son los numerosos hombres y mujeres de todas las edades que, cada vez en mayor número, desean conocer al Señor y piden el bautismo.

En sus testimonios han hablado de todo esto. Benjamin, a quien agradezco lo que ha compartido, pregunta cómo hacer para no alejarse de sí mismo, de los demás y de Dios, por las distracciones de un mundo en constante cambio. Su pregunta es importante y se refiere a un aspecto fundamental de la vida cristiana: la vitalidad de la relación con Cristo, y el sentido de unidad que se crea entre nosotros mismos. Al respecto, un gran formador de jóvenes dijo que «la raíz de la unidad de vida está en el corazón, porque es un hecho del corazón y un don de Dios que hay que pedir con humildad» (Martini, M; El Corazón del Hombre, 2013).

Las épocas moderna y post-moderna nos han enriquecido con muchas cosas buenas, que nos ofrecen estímulos y posibilidades antes desconocidos, desde el cultural hasta el médico, desde el técnico hasta el de la comunicación. Sin embargo, también nos plantean importantes desafíos que no podemos ignorar y que debemos afrontar con lucidez y conciencia.

Como dijo Benjamin, vivimos en un mundo que parece ir siempre de prisa, ávido de novedades, amante de una fluidez sin vínculos, marcado por una necesidad casi compulsiva de cambios continuos en las modas, en la apariencia, en las relaciones, en las ideas e incluso en las dimensiones constitutivas de la identidad de la persona.

No obstante, lo que da solidez a la vida es el amor, la experiencia fundamental del amor de Dios y la experiencia iluminadora y sagrada del amor mutuo. Amarse recíprocamente requiere estar abiertos a crecer y a cambiar, así como exige fidelidad, constancia y disposición al sacrificio en la vida cotidiana. Sólo así la inquietud encontrará paz y se llenará el vacío interior del que hablaba Andreia. Además, no se llenará con cosas materiales y pasajeras, ni con el reconocimiento de miles "me gusta", ni con afiliaciones artificiales e incluso violentas.

Hay que despejar la puerta del corazón de estas cosas, para que el aire sano y oxigenante de la gracia pueda volver a refrescar y revitalizar sus habitaciones. De hacerlo, el fuerte viento del Espíritu Santo podrá volver a henchir las velas de nuestra existencia, impulsándola hacia la verdadera felicidad.

Todo esto, queridos amigos, requiere oración, momentos de silencio y escucha. Requiere acallar el frenesí del hacer y del decir, de los mensajes, los reels y los chats, y para profundizar y saborear la belleza de estar juntos de verdad y de manera concreta. San Carlo Acutis, a este respecto, hablaba de la eucaristía como la "autopista hacia el cielo" y de la adoración eucarística como de un "baño de sol, capaz de broncear el alma".

Esta podría ser también la respuesta a la pregunta de Ethan, sobre la preparación para recibir el bautismo la noche de Pascua. Es necesario vivir la Semana Santa en un clima propicio para escuchar la voz del Espíritu y lo que ocurre en el propio corazón, convirtiéndola en una ocasión para una serena y profunda revisión de la propia vida, pasada y presente.

Si esto es importante para la vida espiritual y la oración, lo mismo vale para el ejercicio de la caridad. Ethan preguntaba cómo podemos dar testimonio del don de la vida que recibimos en Cristo. Sophie se preguntaba cómo ser testigos de esperanza para quienes, marcados por el sufrimiento, corren el riesgo de perder la luz y el consuelo de la fe. Ante estos desafíos, Jesús nos recomendó: «Cuando les entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir. No serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes» (Mt 10,19-20).

Sophie se refería a las persecuciones sufridas por el evangelio, pero podemos aplicar sus palabras a cualquier circunstancia en la que la caridad nos pida afrontar una prueba importante para nosotros y para los demás. Las palabras y los gestos del testimonio y de la esperanza no se improvisan ni proceden de nosotros mismos, sino que nacen de una relación profunda con Dios, en la que nosotros mismos encontramos las respuestas fundamentales de la vida.

Si el canal de su acción en nosotros está abierto, y si también lo está el intercambio recíproco, con el cual hacemos de esa relación de amor un don común y compartido, podemos confiar en que las palabras adecuadas y la fuerza necesaria para actuar vendrán en el momento oportuno.

En este sentido, podríamos interpretar también la hermosa frase, aunque a veces malinterpretada, de San Agustín, que dice: «Ama y haz lo que quieras» (Homilías sobre I Juan, VII, 8). Ama significa sé un don gratuito para Dios y para los demás. Es decir, sé cercano, no te alejes, incluso cuando no puedas resolver todos los problemas ni arreglar todas las dificultades. Permanece allí, con amor y con fe.

Mónaco es un país hermoso, pero la verdadera belleza la llevan ustedes dentro de si, cuando saben mirar a los ojos a quien sufre o a quien se siente invisible entre las luces de la ciudad. Así fue como Santa Devota encontró la fuerza para entregar su vida por completo, y así fue como San Carlo Acutis vivió su camino hacia la santidad, dejando un sendero de luz incluso en el mundo del ciberespacio.

Queridos jóvenes, no tengan miedo de entregarlo todo (su tiempo, sus energías) a Dios y a los hermanos, ni de entregarse por completo al Señor y a los demás. Sólo así encontrarán un gozo siempre nuevo y un sentido cada vez más profundo en la vida. El mundo necesita de su testimonio para superar las derivas de nuestro tiempo y afrontar sus desafíos, y sobre todo para redescubrir el buen sabor del amor a Dios y al prójimo.

A los jóvenes catecúmenos que se preparan para el bautismo, y a los que ya han recibido ese don de la gracia, les confío mi más cordial deseo. Que puedan vivir en Cristo una vida plena y auténtica. Que puedan ser, por el bien de todos, constructores de paz. Ustedes son el rostro joven de esta Iglesia y de este estado. Mónaco es un país pequeño, pero puede ser un gran taller de solidaridad y una ventana a la esperanza.

Lleven el evangelio a las decisiones de su trabajo, a su compromiso social y político. Den voz a quienes no la tienen, difundan la cultura del cuidado, hagan que todo sea un don de ustedes para Dios y vívanlo todo como una misión. Les encomiendo a la intercesión de María, nuestra madre, de Santa Devota y de San Carlo Acutis. Les imparto de todo corazón mi bendición.

León XIV

 Act: 28/03/26    @viaje a mónaco       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A