Rosario por la Paz

Gruta de Massabielle
Lourdes, 27 septiembre 2026

Hermanos, esta noche nos hemos reunido para responder a la petición que nuestra Señora dirigió a los sacerdotes a través de Santa Bernardita: «Que se venga aquí en procesión».

¡Qué conmovedor es ver al pueblo fiel, generación tras generación, responder con amor y confianza a la tierna invitación de la Virgen María! ¡Qué consolador es escuchar a los cristianos cantar himnos llenos de fervor y fe, y caminar, con una luminaria en la mano, hacia su madre del cielo, la madre que Jesús nos dio en la cruz!

Esa luz que nos guía y nos atrae es la de la esperanza que nunca nos abandona, incluso durante nuestra peregrinación por esta vida, plena de la alegría de sabernos hijos de Dios, amados y salvados por Jesús. Las personas enfermas son testigos privilegiados de esta transfiguración de la existencia a través de la fe y del amor a Dios y al prójimo.

Necesitamos participar en esta procesión con ustedes, queridos enfermos, para comprender lo que significa realmente. Como decía Pío XII, «nunca, en ningún lugar de la tierra, se ha visto semejante cortejo de sufrimientos, nunca semejante resplandor de paz, serenidad y alegría» (Carta, 2-VII-1957).

Si tal milagro es posible (el de suscitar serenidad y alegría, en medio de la prueba), es porque Dios nos concede la gracia de dirigir nuestra mirada hacia un futuro más lejano, de felicidad infinita en Dios. Como decía San Pablo, «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18). Tengan siempre presentes estas palabras de oro, queridos enfermos, y no olviden que no hay comparación entre los sufrimientos del tiempo presente y la gloria que un día se nos revelará.

Queridos hermanos, estamos llamados a perseverar en nuestro camino, una y otra vez, mientras se nos concedan días de vida en este mundo. Acudamos confiados a María, cuya inmaculada concepción resplandece como un faro en medio de la noche. Ella es «signo de la victoria del amor, de la bondad y de Dios, dando a nuestro mundo la esperanza que necesita». Por ello, «volvamos esta noche la mirada hacia María, tan gloriosa y tan humana, dejándola que nos lleve a Dios que es el vencedor» (Benedicto XVI, Procesión, 13-IX-2008).

«Yo soy la Inmaculada Concepción». Así es como María se presentó en este mismo lugar, con gran humildad, pero agradecida a Dios por el privilegio absolutamente único del que ella gozó y que representa para nosotros la aurora de la salvación. Por los méritos de su pasión y su resurrección, Jesús quiso preservar a su madre de toda mancha del pecado original. Él hizo de ella una nueva Eva sobre la que el demonio jamás tendrá poder alguno, y a partir de ella todo vuelve a empezar, todo vuelve a ser posible, tanto para el mundo como para cada uno de nosotros.

Por ello, el apoyo e intercesión de Maria no son secundarios para el cristiano, sobre todo si desea acoger la gracia de la Rrdención obtenida por la sangre de Jesús y luchar contra el mal. María es la estrella del mar que nos socorre en las tribulaciones, como San Bernardo lo expresó tan bellamente al decir:

«¡Oh tú que te sientes lejos de tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, no desvíes los ojos de la luz de esta estrella! Si la sigues, no puedes desviarte. Si la invocas, no puedes desesperar. Si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes. Si ella te protege, no tienes que temer. Si ella te guía, no te cansas. Si ella te es propicia, llegarás a la meta» (Homilías, II, 17).

Hermanos y hermanas, sanitarios y enfermos, peregrinos de Francia y del mundo, traigan aquí sus intenciones más anheladas y urgentes, y preséntenlas a nuestra Señora. Preséntenles sus intenciones personales y sus intenciones por el mundo.

Al contemplar a María en su inmaculada concepción, una alegría y una esperanza invencible brotan en nuestro corazón. Ella es la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, coronada de estrellas. Ella es gloriosa y poderosa, ella es humilde y muy cercana, ella es la madre de Jesús y nuestra madre.

Oh Virgen Inmaculada, haz que la luz que llevamos esta noche en nuestras manos no se apague jamás en nuestras vidas, sino que ilumine el futuro, abriéndonos, desde ahora, a las promesas de la vida eterna.

León XIV

 Act: 27/09/26    @viaje a francia       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A