Encuentro Juvenil de París
Stade
de France
París, 25 septiembre 2026
Queridos amigos, ¡gracias! ¡Gracias a Dios, gracias a ustedes, gracias por su valentía, gracias por su presencia, gracias por su fe. ¡Ustedes son los santos de Francia!
En la noche, la luz nos parece aún más deslumbrante. Así, queridos jóvenes, hemos escuchado juntos las palabras de San Pablo. Queremos mantenerlas en alto, como una antorcha que ilumine no sólo la oración de cada uno, sino toda la historia de la Iglesia. El apóstol observa su tiempo y acoge la inspiración divina (es decir, al Espíritu Santo), que siempre abre perspectivas luminosas de futuro. Sí, Dios es el Señor de la historia y, pase lo que pase, la conduce hacia la salvación. En Cristo, todo mal tiene un término, precisamente porque el final se convierte en el comienzo de una vida nueva y eterna.
Queridos amigos, para iluminar nuestra época y transformar el presente a la luz del Espíritu, recordemos ante todo que nosotros también, al igual que Timoteo, somos hombres y mujeres de Dios. Esta expresión (de Dios) elegida por Pablo se refiere a una relación, no a una posesión.
Quien vive de Dios es libre, libre de todo lo que obscurece la vida, haciéndola vacía y sin sentido. Jóvenes de Francia, ustedes llevan en su corazón un inmenso deseo de libertad, palabra que resuena con fuerza en su cultura. ¿Cuál es, entonces, la fuente de la verdadera libertad? Jesús nos la indica claramente cuando nos dice que la verdad nos hará libres (Jn 8,32), y que la verdad es él mismo (Jn 14,6). He aquí, pues, la fuente de la verdadera libertad: la relación viva con Jesús.
La compañía del Señor da sabiduría a nuestros proyectos y belleza a los deseos que llevamos en el corazón. Dios atraviesa nuestra alma como la luz, llamándonos a una renovación permanente, a una conversión que da pleno sentido a la existencia, porque nos convierte en protagonistas de una historia que pasa de la confusión a la búsqueda de la verdad; de la indiferencia al compromiso por la justicia. San Pablo lo expresa con tres verbos que interpelan nuestra libertad: huye, tiende, lucha.
El apóstol escribe a Timoteo, y le recuerda esto: «Huye de estas cosas». Es decir, el orgullo, la vanidad, la violencia y la avidez (1Tm 6,4.10). Estos sentimientos se pueden apoderar de nosotros y dominarnos. El egoísmo que los caracteriza esconde una soledad aterradora. Para disfrutar de la cercanía de Dios y de la fraternidad humana, es necesario, por lo tanto, rechazar esa codicia que consume las relaciones sin dar nada a cambio y que nos llena de cosas sin alimentarnos. Ese estilo de vida nos empuja a tenerlo todo, pero a no ser nadie; a recibir una gran cantidad de "me gusta", pero quedándonos solos con nosotros mismos.
Cuando decidimos no seguir ese estilo, entonces empezamos a tender hacia «la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre» (v.11). Sí, quien vive de Dios tiende hacia lo mejor: está en entrenamiento constante. Busca la virtud, es decir, la fuerza que lo hace bueno y verdadero.
Queridos amigos, la dinámica que caracteriza la existencia cristiana tiene un nombre preciso: se llama camino de santidad. Es el camino que el Señor abre ante cada uno de nosotros, acompañándonos a lo largo del trayecto. ¡Cuántos hijos e hijas de esta amada tierra de Francia se han dejado guiar por este camino! Pensemos, por ejemplo, en Marcel Callo, un joven francés, scout y obrero que, en la oscuridad del campo de concentración, nunca dejó de tender hacia el bien, conservando su libertad interior.
A medida que avanzamos en este camino hacia la santidad, queda claro que no basta con evitar el mal, y que hay que elegir el bien. No se trata de un principio abstracto, ni de una afirmación obvia. Elegir el bien es la acción propia de la libertad que, al llevarla a cabo, se corrige y madura. Para tomar la decisión correcta, recuerden este criterio: que el bien da vida, y nunca la quita; que el bien cuida, y no toma para sí. El bien no es un concepto bonito, sino el rostro radiante del amor. ¡Es Dios mismo!
Las virtudes que San Pablo nos presenta como reflejos de su bondad son estas: la justicia hacia la humanidad; la piedad y la fe hacia Dios; la caridad con todos; la paciencia hacia quienes nos hacen sufrir; la mansedumbre que distingue a quienes buscan la paz con un corazón puro.
Los principios de igualdad y fraternidad que inspiran a su sociedad encuentran aquí su fundamento. Más que simples prescripciones legales, son decisiones radicales y valientes de un corazón libre. Hacer nuestras estas cualidades no es sólo un compromiso moral, sino la decisión de convertirnos en hombres y mujeres auténticos, libres de concesiones.
A este respecto, el apóstol nos entrega un tercer verbo: luchar. De hecho, huir del mal y tender al bien implica luchar. Sí, luchar como lo hizo san Pablo, representado a menudo con una espada en las manos, signo de la palabra de Dios, la "espada del Espíritu" (Ef 6,17). Este verbo resuena con fuerza aquí en Francia, tierra de Santa Juana de Arco, una joven que supo luchar con audacia. Pero cuidado, porque la lucha a la que estamos llamados es la de la fe. Es decir, el compromiso de vivir según el evangelio, como discípulos de Jesús, el Hijo de Dios que nos hace a todos hermanos y hermanas.
En el nombre de Jesús es donde tenemos la fuerza de los justos para resistir la tentación. Es en su nombre donde tenemos la perseverancia de los mansos, para dedicarnos al bien. Nuestra lucha no es una batalla contra los demás, ni recurre a las armas de la violencia, el desprecio o la opresión. Nuestra única arma es el amor que se entrega.
Sabemos, lamentablemente, que existen fuerzas contrarias a nuestro vínculo con Dios, potencias que buscan dividir a las personas y a los pueblos, enfrentándolos entre sí. Estos males no sólo tienen un rostro violento, sino que a veces asumen también una apariencia insidiosa, porque prometen precisamente lo que nos quitan: la felicidad. Pero cuando nos sentimos envueltos en su oscuridad, la luz del Espíritu Santo nos ilumina y fortalece. Esta noche, por lo tanto, elijamos juntos las virtudes que debemos cultivar para seguir al Señor.
No estamos solos en este camino hacia la santidad, porque lo recorremos unidos a todos nuestros hermanos y hermanas que nos rodean. De hecho, lo experimentan esta noche y durante los grandes encuentros como las jornadas mundiales de la juventud. Además, contamos con los santos como aliados. Ellos son amigos que nos sostienen en las pruebas.
Queridos amigos, cuando las decisiones de la vida exijan valentía, recurran a su intercesión e imiten su ejemplo. Como hemos cantado en las letanías, el aliento de los santos nos asegura que nunca estamos solos en la oración, nunca estamos solos en la Iglesia. Especialmente en este tiempo, pidamos su ayuda para ser artífices de paz, ese eterno deseo de Dios y constante compromiso de la humanidad. Esta noche he mencionado a algunos de ellos. Pidámosle también a Santa Teresa de Lisieux que nos enseñe su caminito del amor cotidiano, fundamento sólido de toda paz duradera.
El Señor hace realidad esta paz mediante la alianza que establece con todos nosotros por medio de Jesucristo. Por eso, al señalar el fundamento de nuestra experiencia de fe, San Pablo habla no sólo de lo que podemos hacer al responder a Dios, sino también de lo que Dios hace por nosotros.
El apóstol lo resume en un episodio: el de Jesús ante Pilato, el de la verdad del amor frente a la hipocresía del poder. La "buena batalla" coincide, pues, con el "hermoso testimonio" (1Tm 6,12-13). Así lo demuestra el uso de un mismo adjetivo, kalos, que aquí quiere decir "bien hecho". La obra bien hecha, la que es buena, es la redención que Jesús realiza por nosotros. En su lucha contra el pecado y la muerte, la victoria de Cristo nos libera a todos: nos salva de todo mal, nos invita a todo bien.
Bajo esta luz, contemplemos las dos reliquias que tenemos ante nuestros ojos: la túnica y la cruz. Una fue quitada a Cristo, y la otra le fue dada a Cristo. En este sentido, ambas son signos de su pasión: Jesús es despojado de su túnica para cubrirnos con la vestimenta blanca, lavada «en la sangre del Cordero» (Ap 7,14).
Así es como la cruz, de instrumento de muerte, se convierte en signo de esperanza: juntos, por eso, la túnica y la cruz nos representan a nosotros, a nosotros la Iglesia que nace de la vida de Dios entregada al mundo. Queridos jóvenes, para crecer en santidad y mejorar nuestra sociedad, sean testigos luminosos de este evangelio, es decir, de la buena noticia que es Cristo mismo, nuestro Salvador: «A él honor y poder eterno» (1Tm 6,16).
Pregunta 1: Santo Padre, ¿cómo podemos conjugar nuestras expectativas en el mundo con la fe?
Gracias, Cloé, por tu pregunta. Nos dice San Pablo que, «para mí, la vida es Cristo» (Flp 1,21). Al repetir esta declaración de amor, tratamos de compartir la experiencia del apóstol. Él, de hecho, nos da testimonio de cómo Dios nunca es ajeno a su vida, sino que, al contrario, sale a su encuentro: lo llama junto a sí, lo transforma interiormente y lo envía al mundo.
También hoy, todos nosotros estamos involucrados en esta dinámica espiritual: es verdad, como tú has dicho, que la sociedad en la que vivimos parece indiferente a Dios. Sin embargo, ¡el Señor no es indiferente a nosotros! Esto es lo que cuenta y nos da esperanza. Que muchos sean ajenos a la cuestión de Dios es, en efecto, un problema; pero lo es igualmente que muchos sean ajenos a la cuestión del hombre.
Cuántas personas, por desgracia, se desinteresan del prójimo, viviendo de manera egoísta, o desprecian a los pobres desperdiciando sus bienes en cosas vanales. Cuántos descartan a los sencillos y a los enfermos, pensando que alguien vale por lo que produce. Pienso particularmente, en su compromiso en los barrios populares de Île de France con la Cité Celeste. Es allí, en la concreción de la vida cotidiana, e incluso en las dificultades, que tu fe se vuelve un vivo testimonio de esperanza.
Cuando afirma que Dios ha muerto, el hombre se extravía. Si Dios no está con él, el hombre ya no tiene salvación, pierde el sentido de su existencia, y ésta queda reducida a un callejón sin salida o a la nada. En cambio, experimenta exactamente lo contrario quien dice: «Para mí la vida es Cristo». En Cristo, por tanto, sabemos que Dios nunca es indiferente al hombre.
Por medio de Jesús, crucificado y resucitado, dona su propia vida para que nosotros vivamos. He aquí entonces el modo de anunciar a Cristo conjugando valentía y respeto: anunciarlo como evangelio de salvación, como palabra de verdad y de vida. Este evangelio es buena noticia para todos, anuncio liberador y regla de vida nueva.
El evangelio de Jesús no conduce al conflicto, sino que siempre invita al perdón: mientras ilumina el drama de la historia, nos educa en el cuidado fraterno. El encuentro con Cristo nos abre al diálogo y nos prepara para su paz, porque ofrece a cada hombre y mujer la mayor promesa que cumple todo deseo: la promesa de la vida eterna.
Queridos jóvenes, la experiencia religiosa de cada persona expresa esa búsqueda de sentido que anima el alma. En Jesús, el Redentor del mundo, Dios se deja encontrar «hablando a los hombres como amigos» (Vaticano II, Dei Verbum, 2). Él es la fuente de agua viva, la luz en las tinieblas. Por tanto, con la alegría de la fe, exclamemos juntos esta noche: ¡Para nosotros, vivir es Cristo! Digámoslo todos juntos: ¡Para nosotros, vivir es Cristo!
Gracias a él podemos unir el celo misionero con la experiencia de la fraternidad hacia quienes no creen o pertenecen a otras tradiciones religiosas. Esta fraternidad, compuesta por la escucha y la estima mutua, hunde sus raíces en la unidad de la familia humana, que a lo largo de la historia ha expresado la dimensión religiosa como una característica vital de todo pueblo.
Cultivar un vínculo fraternal con quienes no comparten nuestra fe contribuye así a la construcción de la sociedad. Además, puede convertirse en un ejercicio de fe y caridad, porque es imposible dar testimonio de Cristo sin amar a quienes deseamos anunciarlo. Un signo alentador de esta fraternidad son las reuniones entre jóvenes de la zona mediterránea que han tenido lugar en los últimos años.
Por tanto, el mensaje cristiano no es un obstáculo para la convivencia fraterna, al contrario, lo promueve, porque invita libremente a cada persona a escuchar una noticia de paz y salvación. Del mismo modo, nuestra misión no contradice el respeto hacia otras religiones, porque la Iglesia no rechaza nada de lo que en ellas hay de santo y verdadero (Vaticano II, Nostra Aetate, 2). Gracias.
Pregunta 2: Santo Padre, ¿cómo podemos discernir dónde el Señor nos espera para servir y ofrecer nuestras vidas?
Antes que nada, querido François, le agradezco mucho su compromiso. Es una gran alegría para mí ver que son tan numerosos, animados por el deseo de ponerse al servicio de la paz, que nos hace crecer como hombres y mujeres, transformando los miedos en esperanza y las quejas en compromiso responsable.
Hoy en día, esta gran misión es más urgente que nunca, pues nos invita a navegar con discernimiento en medio de las transformaciones tecnológicas y digitales actuales, sin disminuir nuestra humanidad. En particular, cuando nos dedicamos a proteger a los más pequeños y débiles, reconocemos nuestra propia debilidad, en la que todos nos encontramos.
Esta fragilidad propia de la vida humana no nos asusta, sino que nos une como criaturas que se descubren hermanos y hermanas en Cristo. Él es el primero que se entrega a nosotros; y el signo vivo de esta gracia es la eucaristía, «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (Vaticano II, Lumen Gentium, 11). De este sacramento, que sostiene nuestra fe, obtenemos la fuerza para entregarnos, a nuestra vez, a nuestro prójimo, imitando la gratuidad del Señor Jesús.
La búsqueda de la justicia y la paz nos obliga a constatar los conflictos que nosotros mismos experimentamos y a purificar nuestros corazones. Al comprometernos al servicio de Dios y de los demás, nuestras heridas encuentran consuelo y redención.
En toda la historia, no hay fracaso del que Dios no pueda levantarnos: su misericordia es nuestra alegría. Y sin embargo, han mencionado la ansiedad y la incertidumbre como obstáculos para su entusiasmo.
Son sentimientos muy difundidos, debido a la precariedad de los planes para el futuro, la naturaleza provisional de los vínculos afectivos y la fragilidad de las relaciones. A ellos se suman otros, que pesan sobre su generación, como el cansancio provocado por las pantallas y la ansiedad ante el cambio climático o la situación económica e internacional. Sí, necesitamos prestar atención a estos sentimientos. Invito a todos ustedes, queridos jóvenes, a mantener el corazón abierto ante los sufrimientos de sus compañeros.
Al mismo tiempo, la experiencia de la fragilidad, de cualquier fragilidad, se convierte, para un discípulo de Cristo, en una ocasión para ser su testigo. Quien sigue a Jesús en el camino del servicio humilde y gratuito se libera de la angustia y redescubre un nuevo entusiasmo, al experimentar la alegría y paz interiores; no como sentimientos fugaces o subjetivos, sino arraigadas en la certeza de la fe de la que damos testimonio juntos como Iglesia.
Sí, juntos formamos una Iglesia frágil y santa, como vasijas de barro que guardan un tesoro (2Cor 4,7). Como esto es así, San Pablo nos recuerda que precisamente en la debilidad somos fuertes (2Cor 12,10). Especialmente en tiempos difíciles, Dios sostiene nuestra libertad y nos anima con su gracia. Él quiso vivir como hombre, para que pudiéramos vivir con él para siempre, como testigos gozosos de la esperanza.
Queridos amigos, esta amistad con Jesús es donde se realiza nuestro discernimiento, una reflexión que requiere invocar al Espíritu Santo. Se trata de un ejercicio constante para avanzar de manera ordenada y segura. ¿Cómo podemos discernir bien?
En primer lugar, recuerden que la palabra del Señor es siempre una "lámpara para nuestros pasos" (Sal 119,105). A la luz del evangelio, la formación espiritual pasa a través de la oración y el servicio; la adoración y la acción; el silencio (ese silencio tan raro y tan necesario, lejos del bullicio de los medios) y el anuncio.
A continuación, miren el ejemplo de los santos. Incluso en la persecución, estos hermanos y hermanas nuestros abrieron caminos de paz. Miren a aquellos sacerdotes apasionados por Cristo, como San Eugenio de Mazenod y San Juan María Vianney. Contemplen la belleza mística de Santa Teresa de Lisieux o Pauline Jaricot, ferviente en la caridad y la misión. Descubran el valor de los 50 mártires del apostolado, que en la II Guerra Mundial sirvieron a sus hermanos hasta el punto de sacrificar sus vidas. Los santos cambiaron el curso de la historia, haciendo que muchos pasaran del sufrimiento a la esperanza, porque primero cambiaron sus propios corazones, transformándolos a la luz de la fe.
Queridos jóvenes, mientras disciernen su vocación, estén seguros de que el Señor no les habla de manera confusa, sino que se dirige a cada uno por su nombre y los invita a seguirlo porque los ama. Acogiendo su evangelio con la mente clara y el corazón puro, entenderán cómo Jesús los llama a servir. Se trata siempre de un don de vida: pleno, fiel, rebosante de amor. Para vencer la angustia o la incertidumbre, tengan el valor de decir una sola palabra, simple y hermosa. Gracias. Gracias, Jesús, por tu amor.
Por eso ahora, sin miedo, pero con confianza y llenos de alegría, ya podemos decir todos todos, todos juntos, siguiendo los pasos de los santos: ¡Heme aquí Señor! Digámoslo todos juntos: ¡Heme aquí Señor!
Me dirijo ahora a aquellos de entre ustedes (y hay muchos aquí esta noche) que creen escuchar la llamada a seguir a Jesús en el camino del sacerdocio o de la vida consagrada. Queridos amigos, ¡la Iglesia en Francia les necesita! Ella reza por ustedes, los está esperando. Queridos amigos, ¡no tengan miedo de esta llamada! Tengan valor, confíen en Jesús que quiere hacerlos sus amigos más cercanos. Él no les decepcionará, y siempre estará a su lado. Su vida será maravillosamente hermosa y fructífera.
Para concluir, podemos retomar esta oración que nos dio Juan Pablo II: «Maestro, tú que amas y respetas la persona humana, tú que has compartido el sufrimiento de los hombres, tu que esclareces el misterio de la existencia humana, ¡haznos descubrir el verdadero sentido de nuestra vida y de nuestra vocación!» (JMJ de París, 24-VIII-1997). Gracias.
León XIV
Act:
25/09/26
@viaje
a francia
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()