Misa masiva por Guinea
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Malabo, 23 abril 2026
Queridos hermanos y hermanas, las Escrituras que acabamos de escuchar nos interpelan, preguntándonos a cada uno de nosotros si sabemos y cómo leemos las páginas bíblicas que hoy compartimos. Se trata de una invitación tan seria como providencial, porque nos prepara para leer juntos el libro de la historia, es decir, las páginas de nuestra vida, que Dios sigue inspirando con su sabiduría.
Compartiendo el camino de un viajero que, desde Jerusalén, regresa precisamente a África, el diácono Felipe le pregunta: «¿Comprendes lo que estás leyendo?» (Hch 8,30). Aquel peregrino, un eunuco de la reina de Etiopía, le responde de inmediato con humilde sagacidad: «¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?» (v.31). Su pregunta se convierte así no sólo en una apelación a la verdad, sino en una expresión de curiosidad.
Observemos con atención quién está hablando. Es un hombre rico, como su tierra, y esclavo. Todos los tesoros que administra no son suyos, y suyas son las fatigas que benefician a otros. Este hombre tiene inteligencia y cultura, y lo demuestra tanto en el trabajo como en la oración, pero no es plenamente libre. Esta condición está grabada dolorosamente en su cuerpo. Se trata, en efecto, de un eunuco, que no puede generar vida, y cuyas energías están al servicio completo de un poder que lo controla y domina.
Mientras regresa a su patria africana, convertida para él en lugar de servidumbre, el anuncio del evangelio lo libera. La palabra de Dios, que tiene en sus manos, produce un fruto sorprendente en su vida: cuando encuentra a Felipe, testigo de Cristo crucificado y resucitado, el eunuco se convierte no sólo en lector de la Biblia (es decir, espectador), sino en protagonista de un relato que lo involucra, porque se refiere precisamente a él. El texto sagrado le habla y suscita su pregunta sobre la verdad.
Así es como este eunuco africano se adentra en la Escritura, que es hospitalaria para con todo lector que quiera acercarse. Es así como entra en la historia de salvación, que es hospitalaria para con todo hombre y mujer que desee salvarse.
Al texto escrito corresponde ahora el gesto vivido. Al recibir el bautismo, el eunuco ya no es un extraño, sino que se convierte en hijo de Dios y nuestro hermano en la fe. Esclavo y sin descendencia, este hombre renace a una vida nueva y libre en el nombre del Señor Jesús. Nosotros seguimos hablando de su rescate, precisamente mientras leemos las Escrituras.
Como el eunuco de Etiopía, también nosotros hemos sido hechos cristianos por el bautismo, heredando la misma luz y la misma fe para leer la palabra de Dios. Lo hemos sido para reflexionar las profecías, para orar con los salmos, para estudiar la ley y proclamar el evangelio con nuestra vida. Todos los textos bíblicos revelan su verdadero sentido en la fe, porque en la fe fueron escritos y transmitidos hasta nosotros. Por eso, su lectura es siempre un acto personal y eclesial, no un ejercicio solitario o meramente técnico.
La Escritura es un bien común de la Iglesia. Para leerla, tenemos como guía al Espíritu Santo (que inspiró su composición) y la tradición apostólica (que la ha custodiado y difundido por toda la tierra). Como pide el eunuco, también nosotros podemos comprender la palabra de Dios gracias a una guía que nos acompaña en el camino de la fe, como lo fue el diácono Felipe (quien «tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la buena noticia de Jesús»; v.35).
El viajero africano estaba leyendo una profecía que se cumplió para él en aquel entonces, como se cumple hoy para nosotros: la el Siervo de Yahveh (Is 53,7-8). Jesús, con su pasión, muerte y resurrección, fue ese Siervo que nos redimió del pecado y de la muerte. Él es el Verbo hecho carne, en quien encuentra cumplimiento toda palabra de Dios. Él es quien revela la intención originaria de toda Escritura, así como su sentido pleno y su fin último.
Como afirma Cristo, «sólo el que viene de Dios ha visto al Padre» (Jn 6,46). En el Hijo, el Padre mismo muestra su gloria, y Dios se hace ver, oír y tocar. A través de los gestos de Jesús, él da plenitud a lo que desde siempre ha hecho el Padre: dar vida. Cristo crea el mundo, lo salva y lo ama para siempre, y para ello nos recuerda un signo de esta constante providencia divina: que «sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron» (v.49).
Se refiere así Jesús a la experiencia del éxodo, de un camino de liberación de la esclavitud que se convirtió en un vagar agotador durante 40 años, en que el pueblo llegó incluso a añorar Egipto (Ex 16,3). Efectivamente, bajo el yugo del faraón los hebreos comían los frutos de la tierra, mientras que Dios los ha conducido al desierto, donde el pan sólo puede venir de su providencia.
El maná es, por tanto, prueba, bendición y promesa que Jesús viene a cumplir. A aquel signo antiguo le sucede ahora el sacramento de la alianza nueva y eterna: la eucaristía, pan consagrado por Aquel que ha descendido del cielo para hacerse nuestro alimento. Si los que comieron el maná murieron (Jn 6,49), el que coma de este pan «vivirá eternamente» (v.51), porque Cristo está vivo. ¡Él es el Resucitado, que continúa dando su vida por nosotros!
A través del éxodo definitivo que es la pascua de Jesús, todo pueblo es liberado de la esclavitud del mal. Mientras celebramos este acontecimiento de salvación, el Señor nos llama a una elección decisiva, que consiste en esto: «El que cree, tiene vida eterna» (v.47). En Jesús se nos da una posibilidad sorprendente: que Dios se da a sí mismo por nosotros.
¿Confío yo en que su amor es más fuerte que mi muerte? Al decidir creerle, cada uno de nosotros elige entre una desesperación cierta y una esperanza que Dios hace posible. Entonces nuestra hambre de vida y de justicia encuentra alivio en las palabras de Jesús: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (v.51). ¡Gracias, Señor! Te alabamos y te bendecimos, porque has querido hacerte para nosotros eucaristía y pan de vida eterna, para que podamos vivir para siempre.
Queridos amigos, mientras celebramos este sacramento de salvación, ya podemos exclamar con alegría: ¡Cristo lo es todo para nosotros! En él encontramos plenitud de vida y de sentido. Como decía San Ambrosio de Milán, «si estás oprimido por la injusticia, él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, él es la vida; si deseas el cielo, él es el camino; si estás en las tinieblas, él es la luz» (Sobre la Virginidad, XVI, 99).
Con la compañía del Señor, nuestros problemas no desaparecen, pero son iluminados. Así como toda cruz encuentra redención en Jesús, así en el evangelio la historia de nuestra vida encuentra sentido. Por eso, hoy cada uno de nosotros puede decir: «Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración, ni apartó de mí su misericordia» (Sal 66,20).
Él siempre nos ama primero, su palabra es para nosotros evangelio, y no tenemos nada mejor para anunciar al mundo. Esta evangelización nos involucra a todos, a partir del bautismo, que es sacramento de fraternidad, baño de perdón y fuente de esperanza. A través de nuestro testimonio, el anuncio de la salvación se hace gesto, servicio, perdón e Iglesia.
Como enseñaba Francisco I, «la alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Evangelii Gaudium, 1). Cuando compartimos esta alegría, percibimos aún mejor el riesgo de «una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada.
Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor» (Ibid, 2). Ante tal cerrazón, es precisamente el amor del Señor el que sostiene nuestro compromiso, especialmente al servicio de la justicia y de la solidaridad.
Os animo a todos vosotros, Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial, a continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús. Leyendo juntos el evangelio, sed anunciadores apasionados, como lo fue el diácono Felipe. Celebrando juntos la eucaristía, dad testimonio con vuestra vidas de la fe que salva, para que la palabra de Dios se convierta en pan bueno para todos.
Queridos hermanos y hermanas, ha llegado el momento de despedirme de vosotros, de Guinea Ecuatorial y también de África, al finalizar el viaje apostólico que Dios me ha concedido realizar durante estos 10 días.
Os doy las gracias a todos vosotros, pueblo de Dios que peregrina en esta tierra. Cristo es la luz de Guinea Ecuatorial, y vosotros sois sal de la tierra y luz del mundo. Mi gratitud se dirige también a las autoridades civiles del país y a cuantos, de distintas maneras, han contribuido al éxito de mi visita.
Me voy de África llevando conmigo un tesoro inestimable de fe, de esperanza y de caridad. Me llevo un tesoro grande, hecho de historias, rostros y testimonios alegres y sufridos, que enriquecen abundantemente mi vida y mi ministerio como sucesor de Pedro.
Como en los primeros siglos de la Iglesia, hoy África está llamada a contribuir significativamente a la santidad y al carácter misionero del pueblo cristiano. Confío esta intención a la intercesión de la Virgen María, a quien os encomiendo de corazón, así como a vuestras familias, a vuestras comunidades, a vuestra nación y a todos los pueblos africanos.
León XIV
Act:
23/04/26
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