Encuentro Juvenil de Rímini

Recinto Ferial
Rímini, 22 agosto 2026

Queridos jóvenes de San Marino, me alegra poder reunirme con ustedes en Rímini, en este Meeting o Encuentro por la Amistad entre los Pueblos. Como dijo Juan Pablo II, «el solo hecho de pronunciar estas palabras ( encuentro, encuentro de amistad, amistad entre los pueblos) alegra el corazón y cobra un significado especial en estos momentos, con frecuencia dramáticos, de la historia del mundo» (III Meeting de Rímini, 29-VIII-1982). Ustedes custodian la paz la y la difunden a personas a las que les gusta reunirse y que no temen el diálogo.

Francisco I nos enseñó en su encíclica Fratelli Tutti a cultivar la amistad social, que representa el rostro público, dinámico y concreto de la fraternidad. Al reconocernos en la dignidad de hijos de Dios, entramos en contacto con lo que une de forma originaria a los seres humanos, más allá de toda diversidad, separación o conflicto. Podemos identificarnos unos con otros, escucharnos y hacernos amigos, entre personas y, por tanto, también entre pueblos.

Antes que las fronteras, las definiciones y las instituciones, siempre están las personas. Esta conciencia está en el corazón del cristianismo. Ustedes lo saben, porque han sido educados para leer el evangelio como revelación de Dios que se hace encuentro, acontecimiento, mirada, experiencia, despertando en cada uno el deseo de ser amado y de amar. De este modo, no han hecho del Meeting una especie de enclave, sino una confluencia que multiplica los encuentros e inspira nuevos caminos.

Damos gracias al Señor por esta herencia viva, que les confiere una gran responsabilidad histórica, en la comunión más amplia de la Iglesia, al servicio de una humanidad que tiene hambre y sed de justicia. Como nos enseñó el Concilio Vaticano II, en efecto, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Gaudium et Spes, 1).

Sí, queridos amigos, ha llegado la hora de asumir la responsabilidad, sobre todo para quienes han recibido tanto de una tradición milenaria de fe que se convierte en cultura. Las distintas ediciones del Meeting, de hecho, han sabido extraer del gran patrimonio del pasado las razones que a ustedes hoy los comprometen en el diálogo con el arte, la música, la literatura, la ciencia, la economía y con toda expresión del alma humana.

El título elegido para esta edición, tomado del último verso de la Divina Comedia, nos impulsa hacia la historia de la que Dios es Señor: "el amor que mueve el sol y las estrellas". Así es, porque éste no ha desaparecido, ni ha perdido vigor ni intensidad, aunque sea un amor que prefiere permanecer en silencio, a diferencia de las fuerzas ruidosas que sacuden la tierra, el cielo y todas las criaturas. Sí, ¡el amor mueve!, y «hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace caer la lluvia sobre justos e injustos» (Mt 5,45).

Así describe Jesús la perfección de Dios, poniendo de manifiesto la diferencia entre la generosidad de su actuar y la cerrazón de los pensamientos humanos. La realidad es asfixiada en nuestros cálculos y respira en la gratuidad de Dios. No es casualidad que mis predecesores (Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco I) hayan señalado la misericordia divina como punto de encuentro entre el evangelio y las "cosas nuevas" de esta época dramática y maravillosa.

Seguir a Jesucristo, tras las tragedias del siglo XX y los nuevos comienzos del siglo XXI, requiere una conciencia lúcida, sabiendo que el mal no se combate con el mal. Como en el cielo, así también en la tierra el amor es la ley de la vida, el método de la redención, del Mesías crucificado. Al falso realismo, que rearma las mentes, las palabras y las naciones, la cultura católica debe oponer hoy el realismo de la misericordia, según el cual no pueden existir enemigos y todos, incluso los adversarios, son hermanos y hermanas a quienes mirar a los ojos y con quienes encontrarse en la verdad.

El pecado existe, sin duda, pero es más fuerte el amor redentor de Cristo, que nos exige a purificar los pensamientos, los intereses, los hábitos, las relaciones, los proyectos, las inversiones (cada aspecto de la vida) de todo aquello que la cultura del poder ha contaminado.

Entre ustedes no faltan las capacidades, la responsabilidad y los recursos necesarios para ponerlos al servicio de una auténtica conversión del pueblo. La obsesión por preservar la propia gloria, la propia dignidad, la propia influencia no debe formar parte de nuestros sentimientos. Debemos buscar la gloria de Dios, que no coincide con la nuestra. La gloria de Dios «resplandece en la humildad de la gruta de Belén, y en el deshonor de la cruz de Cristo» (Francisco I, Discurso de Florencia, 10-XI-2015).

Liberemos, pues, la convivencia de la desconfianza, la cultura de la prepotencia, la educación de la ideología, el trabajo de la idolatría del lucro, y la tecnología y las finanzas de los negocios de la muerte. Empezando por las organizaciones que hemos creado y en las que trabajamos, desenmascaremos las relaciones injustas de poder, que son la raíz de la pobreza y las desigualdades, de la guerra y de los desastres medioambientales.

Desarmemos el desarrollo tecnológico cuando se vuelve omnipresente y destructivo. Se necesitan pioneros valientes que, empezando por su propio cambio de rumbo, hagan convincente y creíble la conversión que se exige a todos.

Que no haya sólo quienes aviven el fuego del cansancio y la desesperación, sino ¡que haya también quienes reaviven los sueños y las visiones! Los dos caminos son incompatibles, porque uno se aprovecha de la división, la alienación y la desesperación, mientras que el otro está al servicio del reino de Dios y de su justicia.

En un mundo atravesado por tantas maniobras que apuntan a conquistar mercados y espacios de influencia, a menudo revestidas de retórica tranquilizadora y construcciones ideológicas seductoras, nuestro corazón siente la necesidad de descubrir un proyecto diferente, sabio y benévolo, semejante al que María contempla en el Magníficat, cuando proclama que la misericordia de Dios se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen.

Este designio de misericordia «atraviesa la historia también hoy, dentro de los cambios más rápidos y frenéticos marcados por los algoritmos y las redes globales, y se convierte en la brújula para orientar una existencia evangélica en la era digital. En el centro está el misterio de la encarnación» (León XIV, Magnifica Humanitas, 230-231).

Queridos amigos, la belleza desarmada de este misterio nos invita a asumir «el riesgo de educar» del que hablaba don Giussani. Él intuyó que «el método educativo más eficaz para el bien no es aquel que se basa en la huida de la realidad para afirmar el bien de forma aislada, sino aquel que se basa en la promoción del bien en el mundo» (Riesgo Educativo, Milán 2014, p.106). E insistía: «En el mundo significa en relación con la realidad en su conjunto, una relación arriesgada, si se quiere llamarla así; pero sería mejor decir que es exigente» (Ibid). Hermanos y hermanas, ¡asumamos ahora esta responsabilidad, que es un compromiso con Cristo y con nuestro mundo!

Queridos jóvenes, son muchos los que están aquí, y muchos de ustedes como voluntarios. ¡Son la prueba de que el futuro es una promesa, no una amenaza! Muchos ya no lo creen así, tanto entre los adultos como entre sus contemporáneos. Sin embargo, en silencio, "el amor que mueve el sol y las estrellas" sigue impulsando la esperanza. Lo he percibido intensamente entre sus coetáneos en el Líbano, en África y en España. El amor mueve, impulsa, despierta del letargo, suscita nuevas vocaciones y llama a arriesgarse.

¡Pónganse en juego! Ábranse a una verdadera catolicidad, ampliando sus vínculos más allá de cualquier pertenencia demasiado limitada. Que los grupos y las comunidades sean un trampolín desde el que se lancen de lleno a toda la realidad. Combatan aquello que quiera alejarlos de sus hermanos y hermanas de diferentes culturas, sensibilidades y procedencias, especialmente de los más pobres. Al contrario, ¡salgan al encuentro de todos!

En cualquier lugar del mundo, sobre todo en los márgenes y entre quienes sufren, encontrarán a quienes ya están dispuestos a construir la civilización del amor. No permitan que nadie menosprecie esta palabra, que es el nombre mismo de Dios: «Dios es amor» (1Jn 4,16). En el amor nunca hay coacción ni adoctrinamiento; nunca hay seducción, engaño ni reclutamiento. El amor sólo existe en la libertad, en el encuentro vivo, en la entrega generosa de uno mismo.

Queridos jóvenes, hoy el mundo parece sorprenderse de su adhesión a Cristo, de la atracción que sienten por él y por su palabra, de su pertenencia a la Iglesia. ¡Que sean cristianos es hoy, para muchos, una sorpresa! Sin embargo, sin hacer alarde de ello, «por medio de ustedes resuena la palabra del Señor» (1Ts 1,8). Así lo escribía San Pablo a la jovencísima comunidad de Tesalónica. Y continuaba: «En todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios, de manera que no es necesario hablar de esto» (Ibid).

Esto no es una cuestión de números, aunque conmueven los miles de jóvenes de su edad que piden el bautismo en sociedades consideradas entre las más secularizadas del mundo. Es una cuestión de libertad: la verdad sólo se encuentra en la libertad.

Lo estamos comprendiendo cada vez mejor, en medio de circunstancias históricas que reavivan las preguntas más humanas y un deseo infinito de sentido, de justicia y de paz. Así, cierta pérdida de influencia, que quizás los adultos hayamos temido y combatido, debería revelarnos que podemos valorar más el poder del evangelio, los vínculos que genera, la lógica que despierta, la vida que hace surgir.

Como han repetido en varias ocasiones mis predecesores, «la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por atracción» (Benedicto XVI, Homilía, 13-V-2007). Es la atracción por una forma de habitar en el mundo, sobre la que don Giussani preguntaba de forma provocadora: ¿Se puede vivir así?

Ya en el siglo II, el autor anónimo de la Carta a Diogneto reconocía que los cristianos «dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble» (Ibid, V, 4). Claro, tenemos que admitir que llevamos este tesoro en vasijas de barro (2Cor 4,7) y que, a menudo, la credibilidad de nuestro testimonio personal y comunitario se ve marcada por las limitaciones y el pecado. Con todo, ¡es el Señor quien siempre nos levanta, tanto a nivel individual como comunitario!

Queridos amigos, ¡amen siempre a la Iglesia! Amen y preserven la unidad, a través de la cual Cristo les ha alcanzado y les atrae hacia sí. Como dijo Francisco I, «también los momentos difíciles pueden ser momentos de gracia, y pueden ser momentos de renacimiento» (Francisco I, Audiencia, 15-X-2022).

Queridos amigos, en medio de la agitación que supone todo cambio de época, y en este mundo desgarrado por múltiples crisis, podemos redescubrir «el sabor espiritual de ser pueblo de Dios, reunido de todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones, viviendo en contextos y culturas diferentes todavía peregrino en el tiempo y ya en comunión con la Iglesia del cielo» (XVI Sínodo de Obispos, Documento Final, 17).

En estos últimos años, hemos redescubierto la dimensión sinodal y misionera de nuestro ser Iglesia, que nos llama, ante todo, a aprender a escucharnos unos a otros. El don de saber escuchar es algo que, creo, todos reconocemos, pero que a menudo se ha perdido en algunos ámbitos de la Iglesia. Debemos «seguir descubriendo lo valioso que es, empezando por escuchar la palabra de Dios, escucharnos unos a otros y escuchar la sabiduría que encontramos en hombres y mujeres, en los miembros de la Iglesia y en quienes buscan la verdad, pero que aún no son (y quizás nunca sean) miembros de la Iglesia» (León XIV, Discurso, 24-X-2025).

Es un camino que exige también la renovación de todas las realidades asociativas y movimientos eclesiales. Les invito a vivir esta experiencia de caminar juntos. Cada uno escuchando, y dejándose transformar por  los demás. Y juntos, bajo la guía de los pastores, madurando nuevas conciencias, nuevos pasos, valientes actos de obediencia al Espíritu Santo.

La sinodalidad no es el nombre de un proceso, sino la naturaleza de un pueblo que, en la amistad y en el encuentro con el otro, se percata de que pertenece únicamente a Dios. Entonces, la autoridad se convierte en servicio, que honra las diversidades y facilita su armonía. Este estilo constituye, en esta época convulsa, un auténtico signo de los tiempos. Demos testimonio de que cada carisma es para el bien común, de que toda riqueza se multiplica si se comparte, de que todo miedo puede superarse: debemos hacerlo tangible, creíble y deseable.

Que el Espíritu Santo nos eduque en la práctica de la comunión: que nos conceda gustarla, apreciarla y esperar en ella. Queridos hermanos y hermanas, que siga guiándonos ese Amor que mueve el sol y las demás estrellas. Gracias.

León XIV

 Act: 22/08/26    @viaje a san marino       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A