Encuentro Familiar de Bata

Estadio de Fútbol
Bata, 22 abril 2026

Queridas familias, ¿quién le teme a la lluvia? ¿Quién quiere la bendición de Dios? ¡Gracias por estar aquí! Les saludo con gran alegría y agradezco a todos su cálida bienvenida y su entusiasmo, que manifiesta la alegría de su fe.

Su excelencia describió Guinea Ecuatorial como un país «joven, lleno de energía, preguntas y entusiasmo por la vida», y a la vez deseoso de hacer de Cristo su luz. Esto alude al lema de esta travesía ("Cristo, luz de Guinea Ecuatorial, hacia un futuro de esperanza"), y sobre todo se confirma también con la presencia de todos ustedes aquí. La luz más brillante aquí es la de sus ojos, sus rostros, sus sonrisas, sus canciones, sus bailes, en los que todo da testimonio de que Cristo es alegría, sentido, inspiración y belleza para nuestras vidas.

Guinea Ecuatorial es un país rico en historia y tradiciones. Lo vimos hace un momento en las danzas, los trajes y los símbolos con los que cada grupo expresó su identidad, haciendo que nuestra presencia conjunta fuera aún más evidente y conmovedora. Ustedes trajeron objetos sencillos y cotidianos (un palo, una red, la reproducción de una isla, una barca, un instrumento musical) que hablan de su vida y de los valores antiguos y nobles que les animan, como el servicio, la unidad, la hospitalidad, la confianza y la celebración. Este es el legado luminoso y desafiante del que ustedes, queridas familias, están llamadas a ser, con fe, el fundamento de esta tierra. ¡El futuro les pertenece!

Cuando Juan Pablo II llegó a este país, y se encontró con una Iglesia tan vibrante y dinámica, dijo a los fieles presentes para darle la bienvenida: «Den siempre ejemplo de armonía entre ustedes, de amor mutuo, de capacidad de reconciliación, de respeto efectivo a los derechos de cada ciudadano, de cada familia, de cada grupo social. Respeten y promuevan la dignidad de todas las personas en su país, como seres humanos y como hijos de Dios» (Discurso, 18-II-1982). Estas son palabras que aún hoy guían nuestros corazones, y deben iluminar su camino mientras se preparan para las responsabilidades que les aguardan en el futuro.

Alicia nos habló de la importancia de ser fiel a los deberes y contribuir, mediante el trabajo diario, al bien de la familia y la sociedad. Compartió con nosotros su sueño de una tierra «donde los jóvenes no busquen el éxito fácil, sino que elijan la cultura del esfuerzo, la disciplina y el trabajo bien hecho, y que esto sea valorado». Afirmó que ser cristiana significa, más allá de participar en la celebración eucarística, trabajar con dignidad y tratar a todos con respeto, recordando también el reto de ser mujer en el mundo laboral. Esto nos invita a reflexionar sobre la importancia del compromiso fructífero y la necesidad de promover siempre la dignidad de cada ser humano.

Francisco dio testimonio de la llamada al sacerdocio, y nos abrió una ventana a la hermosa realidad de tantos jóvenes que se entregan totalmente a Dios por la salvación de sus hermanos y hermanas. No ocultó que le costó encontrar el valor para decir "sí, Señor", pero en sus palabras todos comprendimos que encomendarnos a la voluntad de Dios trae alegría y profunda serenidad.

Una vida entregada a Dios es una vida feliz, renovada cada día en la oración, en los sacramentos y en los encuentros con los hermanos y hermanas que el Señor pone en nuestro camino. En la comunión de corazones y en la acción solidaria hacia los necesitados, se renuevan los milagros de la caridad. Por lo tanto, si sientes que Cristo te llama a seguirlo por un camino de consagración especial (como sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas) no temas seguir sus pasos: como él mismo aseguró (y yo también quiero decírtelo con firmeza hoy aquí) recibirás «cien veces más y la vida eterna» (Mt 19,29).

Queridos hermanos, las familias son la tierra fértil donde el árbol, fresco pero frágil, de su crecimiento humano y cristiano echa raíces. Por eso, quiero invitarles a todos a agradecer juntos al Señor por el don de sus seres queridos. Como nos dijeron Purificación y Jaime, encomiéndense a él para que sus familias crezcan en unidad, abracen la vida como un don que debemos atesorar y eduquen para que sus hijos encuentren al Señor como camino, verdad y vida (Jn 14,6).

Muchos de ustedes se están preparando para el sacramento del matrimonio. Ser esposos y padres es una misión emocionante, una alianza que se vive día a día, en la que nos encontramos siempre renovados los unos para los otros, promotores, junto con Dios, del milagro de la vida y constructores de felicidad, para ustedes y para sus hijos. Prepárense para vivir esta vocación como un camino de amor verdadero (que crece en libertad), de esperanza (que nace del conocimiento de que Dios no te abandonará) y de santidad (que siempre busca el bien y la felicidad de los demás).

Agradezco a Víctor la sinceridad y valentía con que compartió su historia con nosotros. Sus palabras nos ayudan a comprender aún más profundamente el valor de lo que hemos dicho. Caen como una roca entre nosotros, pero no para destruir. Más bien, son palabras que deben animarnos a construir un mundo mejor, fundado en el respeto por la vida tal como nace y crece, y en un sentido de responsabilidad hacia los niños y los jóvenes.

Víctor Antonio nos recordó que acoger la vida requiere amor, compromiso y cuidado, y estas palabras, de sus labios adolescentes, deben hacernos reflexionar seriamente sobre la importancia de proteger y valorar la familia y los valores aprendidos en ella. Cultivémoslos, vivámoslos y demos testimonio de ellos. Hagámoslo incluso cuando hacerlo requiera sacrificio, o los juicios, prejuicios y estereotipos intenten menoscabar su valor.

Una familia que sabe acoger y amar es luz, es calidez. A este respecto, Francisco I nos dejó unas palabras preciosas, al decir que «la pareja formada por el padre y la madre con toda su historia de amor, la pareja que ama y genera vida, es la verdadera escultura viviente del Dios Creador y Salvador» (Amoris Laetitia, 9.11).

Queridos jóvenes, padres y todos los aquí presentes, dejémonos inspirar por la belleza del amor; seamos testigos del amor que Jesús nos dejó y nos enseñó. Demos testimonio cada día de que amar es hermoso, que las mayores alegrías, en cualquier circunstancia, provienen de saber dar y de entregarnos a los demás, especialmente cuando ayudamos a los más necesitados.

La luz de la caridad, cultivada en los hogares y vivida con fe, puede transformar verdaderamente el mundo, incluso sus estructuras e instituciones, para que cada persona encuentre respeto y nadie sea olvidado (Francisco I, Carta, 14-X-2022).

Hermanas y hermanos, hagamos de esto una firme resolución, un compromiso gozoso, para que Cristo, crucificado y resucitado, luz de Guinea Ecuatorial, de África y del mundo entero, nos guíe a todos hacia un futuro de esperanza.

León XIV

 Act: 22/04/26    @viaje a guinea       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A