Encuentro Religioso de Mongomo
Catedral
de Inmaculada
Mongomo, 22 abril 2026
Queridos hermanos y hermanas, en esta espléndida basílica catedral, dedicada a la Inmaculada Concepción, madre del Verbo encarnado y patrona de Guinea Ecuatorial, nos hemos reunido para escuchar la palabra del Señor y celebrar el memorial que él nos ha dejado como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia.
Me alegra poder celebrar junto con ustedes, dando gracias al Señor por los 170 años de evangelización en estas tierras de Guinea Ecuatorial. Se trata de una ocasión propicia para recordar todo el bien que el Señor ha realizado.
Al mismo tiempo, deseo expresar mi gratitud a los numerosos misioneros, misioneras, sacerdotes diocesanos, catequistas y fieles laicos que han entregado su vida al servicio del evangelio. Ellos han acogido las expectativas, las preguntas y las heridas de su pueblo, iluminándolas con la palabra del Señor y convirtiéndose en signo del amor de Dios en medio de ustedes. Con su testimonio de vida, ellos han colaborado a la venida del reino de Dios, sin miedo a sufrir por su fidelidad a Cristo.
Esta es una historia que no se puede olvidar. Por un lado, esta historia les ha unido a la Iglesia apostólica y universal. Por otro lado, esa historia les ha acompañado para que ustedes mismos se conviertan en protagonistas del anuncio del evangelio y del testimonio de la fe, cumpliendo aquellas palabras proféticas pronunciadas en tierra africana por Pablo VI: «Vosotros africanos, ya sois misioneros para vosotros mismos. La Iglesia de Cristo está verdaderamente arraigada en esta tierra bendita» (Homilía, 31-VII-1969).
Desde esta perspectiva, ustedes están llamados a continuar hoy el camino trazado por los misioneros, los pastores y los laicos que los han precedido. A todos y a cada uno se les pide un compromiso personal que abarque la vida por completo, para que la fe, celebrada de manera tan festiva en sus comunidades y en sus liturgias, alimente sus actividades caritativas y la responsabilidad hacia el prójimo, para la promoción del bien de todos. Este compromiso requiere perseverancia, cuesta esfuerzo, a veces sacrificio, pero es el signo de que somos verdaderamente la Iglesia de Cristo.
La primera lectura que hemos escuchado nos narra en pocos versículos cómo una Iglesia que anuncia con alegría y sin temor el evangelio es también una Iglesia que, precisamente por eso, puede ser perseguida (Hch 8,1-8). También nos dice el mismo libro de Hechos que, mientras los cristianos se ven obligados a huir y se dispersan, muchísimos se acercan a la palabra del Señor y pueden ver con sus propios ojos que los enfermos en el cuerpo y en el espíritu son sanados. Esos son los signos prodigiosos de la presencia de Dios, que generan gran alegría en toda la ciudad (vv.6-8).
Hermanos y hermanas, aunque las situaciones personales, familiares y sociales que vivimos no siempre sean favorables, podemos confiar en la obra del Señor, que hace brotar la buena semilla de su reino por caminos que desconocemos, aun cuando parece que todo a nuestro alrededor es estéril, e incluso en los momentos de oscuridad.
Con esta confianza, arraigada más en la fuerza de su amor que en nuestros méritos, estamos llamados a permanecer fieles al evangelio, a anunciarlo, a vivirlo en plenitud y a dar testimonio de él con alegría. Dios no nos privará de los signos de su presencia y, una vez más, como nos dijo Jesús en el evangelio que acabamos de escuchar, será para nosotros el "pan de vida" que saciará nuestra hambre (Jn 6,35).
¿Cuál es el hambre que sentimos? ¿De qué tiene hambre hoy este país? Yo creo que hay hambre de futuro, de un futuro habitado por la esperanza, de un futuro que pueda generar una nueva justicia, paz y fraternidad. No se trata de un futuro desconocido, o que debamos esperar de forma pasiva, sino de un porvenir que precisamente nosotros, con la gracia de Dios, estamos llamados a construir.
El futuro de Guinea pasa por las decisiones que ustedes toman, y está confiado a su sentido de la responsabilidad y al compromiso compartido de custodiar la vida y la dignidad de cada persona. Es necesario, por tanto, que todos los bautizados se sientan implicados en la obra de evangelización, se conviertan en apóstoles de la caridad y sean testigos de una nueva humanidad.
Se trata de participar, con la luz y la fuerza del evangelio, en el desarrollo integral de esta tierra, en su renovación, en su transformación. Son muchas las riquezas naturales que el Creador les ha dado. Les exhorto, por tato, a cooperar en esta tarea, para que puedan ser una bendición para todos.
Conviértanse en una sociedad en la que cada uno, según sus respectivas responsabilidades, trabaje al servicio del bien común y no de intereses particulares, superando las desigualdades entre privilegiados y desfavorecidos. Que crezcan los espacios de libertad, y que se salvaguarde siempre la dignidad de la persona humana. Pienso en los más pobres, en las familias en dificultad, en los reclusos, en los que se ven obligados a vivir en condiciones preocupantes de higiene y de sanidad.
Hermanos y hermanas, se necesitan cristianos que tomen en sus manos el destino de Guinea Ecuatorial. Por eso quiero animarles. ¡No tengan miedo de anunciar y dar testimonio del evangelio! Sean ustedes los constructores de un futuro de esperanza, de paz y de reconciliación, continuando la obra que los misioneros comenzaron hace 170 años.
Que la Virgen María Inmaculada les acompañe en este camino. Que ella interceda por ustedes y les haga discípulos generosos y alegres de Cristo.
León XIV
Act:
22/04/26
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