Saludo a las autoridades de Guinea

Palacio del Pueblo
Malabo, 21 abril 2026

Señor presidente, distinguidas autoridades y miembros del cuerpo diplomático, señoras y señores, les saludo cordialmente, les agradezco su acogida y me alegra estar aquí para visitar al querido pueblo de Guinea Ecuatorial.

Durante su visita a este país, Juan Pablo II definió al presidente como «el centro simbólico hacia el que convergen las vivas aspiraciones de un pueblo a un clima social de auténtica libertad, de justicia, de respeto y promoción de los derechos de cada persona o grupo, y de mejores condiciones de vida, para realizarse como hombres y como hijos de Dios» (Juan Pablo II, Discurso, 18-II-1982).

Estas palabras siguen siendo actuales, e interpelan a cualquiera que ocupe un cargo público. Por otra parte, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Vaticano II, Gaudium et Spes, 1).

Estas expresiones expresan los motivos y los sentimientos que me traen hasta ustedes, para confirmar en la fe y consolar al pueblo de este país en rápida transformación. Al igual que en el corazón de Dios, también en el corazón de la Iglesia resuena el eco de cuanto ocurre aquí en la tierra, entre millones de hombres y mujeres por los cuales nuestro Señor Jesucristo dio su vida.

Ustedes saben que San Agustín leía los acontecimientos y la historia según el modelo de dos ciudades: la ciudad de Dios (eterna, caracterizada por su amor incondicional) y la ciudad terrena (transitoria, en la que los hombres y mujeres viven y mueren). En esta perspectiva, las dos ciudades existen juntas hasta el final de los tiempos (Ciudad de Dios, XIX, 14) y todo ser humano, día a día, manifiesta en sus decisiones a cuál de ellas quiere pertenecer.

Sé que han emprendido el imponente proyecto de construir una ciudad que, desde hace unos meses, es la nueva capital de su país. Han querido darle un nombre en el que parece resonar el de la Jerusalén bíblica: Ciudad de la Paz. Ojalá que esa decisión haga reflexionar a cada conciencia sobre cuál es la ciudad a la que quiere servir.

Como tuve ocasión de recordar al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, para el gran padre Agustín la ciudad terrena se centra en el amor orgulloso de sí mismo (amor sui), en la sed de poder y en la gloria mundana que conduce a la destrucción.

Agustín considera que los cristianos están llamados a habitar en la ciudad terrena, pero con el corazón y la mente dirigidos hacia la ciudad celestial, su verdadera patria. Esa fue la ciudad hacia la que Abraham partió «sin saber a dónde iba, como extranjero que esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hb 11,8-10).

Todo ser humano puede apreciar la ancestral conciencia de que la vida en la tierra es sólo un paso. En este sentido, es fundamental que perciba también la diferencia entre lo que perdura y lo que pasa, manteniéndose libre de la riqueza injusta y de la ilusión del dominio.

En particular, «los cristianos que viven en la ciudad terrenal no son ajenos al mundo político, y buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil. La ciudad de Dios no propone un programa político, pero sí ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales relacionadas con la vida social y política» (León XIV, Discurso, 9-I-2026).

Hoy en día, la doctrina social de la Iglesia representa una ayuda para cualquiera que desee afrontar las "cosas nuevas" que desestabilizan el planeta y la convivencia humana, buscando ante todo el reino de Dios y su justicia. Esto es algo fundamental en la misión de la Iglesia, a la hora de contribuir a la formación de las conciencias mediante el anuncio del evangelio y la propuesta de criterios morales y principios éticos auténticos, respetando la libertad de cada persona y la autonomía de los pueblos y sus gobiernos.

El objetivo de la doctrina social es educar para afrontar los nuevos problemas que van surgiendo, ya que cada generación es nueva, con nuevos retos, nuevos sueños y nuevos interrogantes. Al comparar nuestra época con aquella en la que León XIII promulgó la Rerum Novarum, hoy «la exclusión es la nueva cara de la injusticia social, y la brecha entre una pequeña minoría (el 1% de la población) y la gran mayoría se ha ampliado de manera dramática.

Cuando hablamos de exclusión, hemos de hablar de la falta de tierra, alimentos, vivienda y trabajo digno. También hemos de hablar del pobre acceso a las nuevas tecnologías, que se difunden por todas partes a través de los mercados globalizados y de los teléfonos celulares, las redes sociales, e incluso la IA. Por ello, es una tarea ineludible de las autoridades civiles, y de la buena política, eliminar los obstáculos al desarrollo humano integral, cuyo principio fundamental es la distribución universal de los bienes y la solidaridad.

No se puede ocultar, por ejemplo, que la rapidísima evolución tecnológica actual ha acelerado una especulación conectada a la necesidad de materias primas, que parece hacer olvidar las necesidades fundamentales (como la salvaguardia de la creación, los derechos de las comunidades locales, la dignidad del trabajo y la protección de la salud pública).

A este respecto, hago mío el llamamiento de Francisco I, cuando decía que «tenemos que decir no a una economía de exclusión e inequidad, porque esa economía mata» (Evangelii Gaudium, 53). Hoy en día, por ejemplo, la proliferación de los conflictos armados tiene que ver con la colonización de yacimientos petrolíferos y mineros, sin tener en cuenta el derecho internacional ni el derecho de los pueblos a la autodeterminación.

Las mismas nuevas tecnologías parecen concebidas y utilizadas hoy en día con fines bélicos, y en contextos que no permiten vislumbrar un aumento de oportunidades para todos. Sin un cambio de rumbo en la asunción de la responsabilidad política, y sin respeto por las instituciones y los acuerdos internacionales, el destino de la humanidad corre el riesgo de verse trágicamente comprometido.

Dios no quiere esto. Su santo nombre tampoco puede ser profanado por la voluntad de dominio, o la prepotencia y la discriminación. Sobre todo, nunca debe ser invocado para justificar decisiones y acciones que causan la muerte. Que este país no dude en revisar sus propias trayectorias de desarrollo, y las oportunidades positivas de situarse en la escena internacional al servicio del derecho y la justicia.

Guinea Ecuatorial es un país joven. Estoy seguro, por tanto, que en la Iglesia encontrarán ayuda para formar conciencias libres y responsables, para avanzar juntos hacia el futuro. En un mundo herido por la prepotencia, los pueblos tienen hambre y sed de justicia. Hay que valorar a quienes creen en la paz, y atreverse a aplicar políticas que vayan a contracorriente, centradas en el bien común. Se necesita urgentemente el valor de nuevas visiones, y de un pacto educativo que dé a los jóvenes espacio y confianza.

La ciudad de Dios debe ser acogida como un don que viene de lo alto, y hacia el cual dirigir nuestro deseo y todos nuestros recursos. Es una promesa y una tarea. En ella, sus habitantes «forjarán arados con sus espadas, y podaderas con sus lanzas» (Is 2,4). Enjugada toda lágrima, sus ciudadanos participarán en un banquete no reservado ya a una élite. En ella, las viandas exquisitas, y vinos añejados y manjares suculentos (Is 25,6), serán repartidos entre todos.

Señor presidente, señoras y señores, caminemos juntos, con sabiduría y esperanza, hacia la ciudad de Dios, hacia la ciudad de la paz. Gracias.

León XIV

 Act: 21/04/26    @viaje a guinea       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A