Misa por la Paz

Explanada Lunda Sul
Saurimo, 20 abril 2026

Queridos hermanos y hermanas, en todas partes del mundo la Iglesia vive como un pueblo que camina en pos de Cristo, nuestro hermano y redentor. En todas partes, el Resucitado ilumina nuestro camino hacia el Padre, y con la fuerza del Espíritu nos santifica. Lo hace para que transformemos nuestro estilo de vida según su amor.

Esta es la buena noticia, el evangelio que corre como sangre por nuestras venas y nos sostiene a lo largo del camino, como este camino que hoy me ha traído aquí, ante ustedes. En la alegría y la belleza de nuestra asamblea, reunida en nombre de Jesús, escuchemos con el corazón abierto su palabra de salvación, porque nos hace reflexionar sobre el motivo y el fin por los que seguimos al Señor.

Cuando el Hijo de Dios se hace hombre realiza gestos elocuentes para manifestar la voluntad del Padre. Por ejemplo, él ilumina las tinieblas devolviendo la vista a los ciegos, y da voz a los oprimidos desatando la lengua de los mudos, y sacia nuestra hambre de justicia multiplicando el pan para los pobres y los débiles. Quien oye hablar de estas obras, se dispone a buscar a Jesús.

Al mismo tiempo, el Señor conoce nuestro corazón y nos pregunta si lo buscamos por gratitud o por interés, por cálculo o por amor. De hecho, dice a la gente que lo seguía: «Me buscan porque han comido pan hasta saciarse» (Jn 6,26). Sus palabras revelan los planes de quienes no desean el encuentro con una persona, sino el consumo material. La multitud ve a Jesús como un instrumento para lograr algo más, como un proveedor de servicios. Si él no les diera algo de comer, sus gestos y sus enseñanzas no les interesarían.

Esto ocurre cuando la fe auténtica se sustituye por un comercio supersticioso, en el cual Dios se convierte en un ídolo al que sólo se recurre cuando nos conviene, mientras nos conviene. Incluso los dones más hermosos del Señor (que siempre cuida de su pueblo) pueden convertirse en una exigencia, un premio o un chantaje, y son malinterpretados precisamente por quienes los reciben.

El relato evangélico nos hace comprender, por tanto, que existen motivos equivocados para buscar a Cristo, sobre todo cuando se le considera un gurú o un amuleto de la suerte. El fin que se propone la multitud también es inadecuado, pues no buscan un maestro al que amar sino un líder al que venerar por interés propio.

Muy diferente es la actitud de Jesús hacia nosotros. Él no rechaza esta búsqueda insincera, sino que anima a la conversión. Él no aleja a la multitud, sino que invita a todos a examinar lo que late en nuestro corazón. Cristo nos llama a la libertad, y no quiere siervos ni clientes, sino hermanos y hermanas a quienes dedicarse con todo su ser.

Para corresponder con fe a este amor, no basta con oír hablar de Jesús, sino que hay que acoger el sentido de sus palabras. Tampoco es suficiente ver lo que Jesús hace, sino hay que seguir e imitar su iniciativa. Cuando en el signo del pan compartido vemos la voluntad del Salvador (que se entrega por nosotros), entonces nos acercamos al verdadero encuentro con Jesús (que se convierte en seguimiento, misión y vida).

La exhortación que el Señor dirige a la multitud se transforma así en una invitación: «Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la vida eterna» (Jn 6,27). Con estas palabras, Cristo nos señala su verdadero don para nosotros. no nos llama al desinterés por el pan de cada día, sino que multiplica en abundancia y nos enseña a pedir en la oración.

Cristo nos enseña la forma correcta de buscar el pan de vida, alimento que nos sostiene para siempre. El deseo de la multitud encuentra así una respuesta aún más grande y sorprendente: que Jesús no nos da un alimento que perece, sino un pan que hace que no perezcamos, porque es alimento de vida eterna.

El don de Cristo ilumina nuestro presente. De hecho, hoy vemos que muchos deseos de la gente son frustrados por los violentos, explotados por los prepotentes y engañados por la riqueza. Cuando la injusticia corrompe los corazones, el pan de todos se convierte en posesión de unos pocos. Ante estos males, Cristo escucha el clamor de los pueblos, renueva nuestra historia, de cada caída nos levanta, en cada sufrimiento nos consuela y en la misión nos alienta.

El final de la historia de Jesús no conoce fin, porque él quita el fin (es decir, la muerte) de nuestra historia y abre otra nueva con la fuerza de su Espíritu. ¡Cristo vive y es nuestro Redentor! Este es el evangelio que compartimos, haciendo hermanos a todos los pueblos de la tierra. Este es el anuncio que transforma el pecado en perdón. ¡Esta es la fe que salva la vida!

El testimonio pascual se refiere, por supuesto, al Crucificado que ha resucitado. Y por eso precisamente se refiere también a nosotros. Nosotros no hemos venido al mundo para morir, ni hemos nacido para convertirnos en esclavos de la carne o del alma, sino que hemos venido para vivir, y por eso Cristo nos trajo la resurrección.

El triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte no ocurre sólo al final de los días, sino en la historia de cada día, mas ¿qué debemos hacer para acoger este don? El mismo evangelio nos lo enseña, al decir: «La obra que Dios quiere es que crean en el que él ha enviado» (Jn 6,29).

Sí, creemos, y lo decimos hoy con todas las fuerzas y con gratitud hacia ti, Señor Jesús. Queremos seguirte y servirte en nuestro prójimo. Tu palabra es para nosotros regla de vida, criterio de verdad.

Hemos cantado en el salmo eso de «dichoso el que camina en la ley del Señor» (Sal 119,1). Queridos hermanos, es el Señor quien traza el camino para este recorrido, no nuestras urgencias ni las modas del momento. Por eso, al seguir a Jesús, el camino eclesial es siempre un «sínodo de la resurrección y de la esperanza», como recordaba Juan Pablo II a la Iglesia de África (Ecclesia in Africa, 13).

El camino que Dios ha abierto para nosotros nunca falla, sobre todo porque el Señor camina siempre a nuestro paso, para que podamos seguir por su senda. Cristo mismo da orientación y fuerza al camino, un camino que queremos aprender a vivir cada vez más como debe ser. En particular, «la Iglesia anuncia la buena nueva no sólo a través de la proclamación de la palabra que ha recibido del Señor, sino también mediante el testimonio de la vida, gracias al cual los discípulos de Cristo dan razón de la fe, de la esperanza y del amor que hay en ellos» (Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, 55).

Al compartir la eucaristía, pan de vida eterna, estamos llamados a servir a nuestro pueblo con una dedicación que levanta de toda caída, que reconstruye lo que la violencia destruye y comparte con alegría los lazos fraternos. A través de nosotros, la iniciativa de la gracia divina da buenos frutos sobre todo en las adversidades, como muestra el ejemplo del protomártir Esteban (Hch 6,8-15).

Queridos hermanos, el testimonio de los mártires y de los santos nos alienta y nos impulsa a un camino de esperanza, de reconciliación y de paz, a lo largo del cual el don de Dios se convierte en el compromiso del hombre en la familia, en la comunidad cristiana y en la sociedad civil.

Recorriendo juntos este camino, a la luz del evangelio, la Iglesia en Angola crece según esa fecundidad espiritual que comienza en la Eucaristía y continúa en el cuidado integral de cada persona y de todo el pueblo. En particular, la vitalidad de las vocaciones que ustedes experimentan es signo de la correspondencia al don del Señor, siempre abundante para quien lo acoge con corazón puro.

Queridos hermanos y hermanas, agradezco a las autoridades civiles angoleñas el gran esfuerzo organizativo. ¡Angola, mantente fiel a tus raíces cristianas! Así podrás seguir ofreciendo tu ayuda cada vez mejor para la construcción de la justicia y la paz en África y en el mundo entero. ¡Muchas gracias!

León XIV

 Act: 20/04/26    @viaje a angola       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A