Misa masiva por Angola
Explanada
de Kilamba
Luanda, 19 abril 2026
Queridos hermanos y hermanas, con el corazón lleno de gratitud celebro la eucaristía entre ustedes. Gracias a Dios por este don y gracias a ustedes por la cálida bienvenida que me han brindado.
El evangelio de hoy (Lc 24,13-35) nos dice que dos discípulos del Señor, con el corazón lastimado y triste, salen de Jerusalén para regresar a su aldea de Emaús. Vieron morir a aquel Jesús en el que habían confiado y al que habían seguido y, ahora, decepcionados y derrotados, regresan a sus casas. En el camino «hablaban sobre lo que había ocurrido» (v.14). Necesitan hablar de ello, volver a contarse lo que han visto, compartir lo que han vivido, aunque corran el riesgo de quedarse atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza.
Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del evangelio veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado, de un país que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza.
Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza, y quedarse paralizado por el desánimo. Ellos caminan, sí, pero siguen detenidos en los hechos ocurridos tres días antes, cuando vieron morir a Jesús. Conversan entre ellos, pero sin esperanza de encontrar una salida. Continúan hablando de lo que ha sucedido, pero con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible hacerlo.
Queridos hermanos, la buena nueva del Señor, también hoy para nosotros, es precisamente esta: que él está vivo, que ha resucitado y que va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.
El Señor se acerca a los dos discípulos desanimados y sin esperanza. Al hacerse su compañero de camino, les ayuda a recomponer los fragmentos de aquella historia, a mirar más allá del dolor, a descubrir que no están solos en el camino y que les espera un futuro en el que sigue habitando el Dios del amor. Cuando él se detiene a cenar con ellos, y se sienta a la mesa y parte el pan, entonces «los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron» (v.31).
Para nosotros, y también para ustedes, queridos hermanos y hermanas angoleños, queda así trazado el camino para volver a empezar. Por un lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros. Por otro lado, el compromiso que él nos pide.
Experimentamos la compañía del Señor sobre todo en la relación con él, en la oración, en la escucha de su palabra (que hace arder nuestro corazón como el de los dos discípulos) y en la celebración de la eucaristía. Es aquí donde nos encontramos con Dios. Por eso, hay que estar atentos a aquellas formas de religiosidad tradicional que, aunque pertenecen a su cultura, corren el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos, fatales para el camino espiritual cristiano.
Queridos hermanos, permanezcan fieles a lo que enseña la Iglesia, confíen en sus pastores y mantengan la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente en la Palabra y en la eucaristía. En ambas percibimos que el Señor resucitado camina a nuestro lado y, unidos a él, también nosotros vencemos la muerte que nos asedia y vivimos como resucitados.
A esta certeza de no estar solos en el camino se añade también un compromiso generoso capaz de aliviar las heridas y reavivar la esperanza. En efecto, si los dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando parte el pan para ellos, eso significa que también nosotros debemos reconocerlo así: en la eucaristía y en cualquier lugar donde Cristo se convierta en pan partido.
La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza, reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarles en el camino y escuchar el lamento de sus hijos. Reclaman una Iglesia que, con la luz de la Palabra y el alimento de la eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida. Reclaman una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús.
Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan. Con la gracia de Cristo resucitado, entre todos podremos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad.
Así como la eucaristía nos recuerda que somos un sólo cuerpo y un sólo espíritu, unidos al único Señor, también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.
Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de hacerlo. Jesús resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, les anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad.
Queridos hermanos, en este camino pueden contar con la cercanía y la oración del papa. También yo sé que puedo contar con ustedes, y se lo agradezco. Les encomiendo a la protección y a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, para que siempre nos sostenga en la fe, la esperanza y la caridad.
León XIV
Act:
19/04/26
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