Misa por Camerún
Estadio
Japoma
Douala, 17 abril 2026
Queridos hermanos y hermanas, el evangelio que acabamos de escuchar (Jn 6,1-15) es palabra de salvación para toda la humanidad. Hoy se proclama en todas partes esta buena noticia, que para la Iglesia en Camerún resuena como un anuncio providencial del amor de Dios y de nuestra comunión.
El testimonio del apóstol Juan describe, en efecto, a una gran multitud (vv.2-5), como somos nosotros ahora, aquí. Para toda esa gente, sin embargo, había muy poca comida, reducida a «cinco panes de cebada y dos pescados» (v.9). Al observar esta desproporción, Jesús nos pregunta hoy, como entonces preguntó a sus discípulos: ¿Cómo resolvemos este problema? Vean cuánta gente hambrienta, oprimida por el cansancio. ¿Qué hacemos?
Esta pregunta se dirige a cada uno de nosotros. Se dirige a los padres y a las madres que cuidan a sus familias. Se dirige a los pastores de la Iglesia, que velan por la grey del Señor. Se dirige a quienes tienen la responsabilidad social y política de atender al pueblo y mirar por su bien. Cristo dirige esta pregunta a los poderosos y a los débiles, a los ricos y a los pobres, a los jóvenes y a los ancianos, porque todos tenemos hambre por igual. Esta indigencia nos recuerda que somos criaturas. Necesitamos comer para vivir, luego ¿dónde está Dios, ante el hambre de la gente?
Mientras espera nuestras respuestas, Jesús da la suya: «Tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron» (v.11). Un grave problema se resuelve bendiciendo la poca comida que hay, y repartiéndola entre todos los que tienen hambre.
La multiplicación de los panes y los peces ocurre en el compartir, y he aquí el milagro: que hay pan para todos, si se da a todos. Hay pan para todos si no se recibe con una mano que acapara, sino con una mano que da. Observemos bien este gesto de Jesús: que cuando el Hijo de Dios toma el pan y los peces, ante todo da gracias al Padre.
Si el pan se repartiera así, la comida abundaría, y no se racionaría por emergencia, y no se robaría (por disputa) ni se desperdiciaría (por quienes se atiborran ante quienes no tienen nada que comer). Al pasar de las manos de Cristo a las de sus discípulos, la comida aumenta para todos, y sobreabunda (vv.12-13).
La gente, admirada por lo que había hecho Jesús, exclamó: «Este es, verdaderamente, el profeta» (v.14). Es decir, aquel que habla en nombre de Dios, el Verbo del Omnipotente. Y es verdad, pero Jesús no utiliza estas palabras con vistas a un éxito personal, ni quiere convertirse en rey (v.15) porque no ha venido a dominar sino a servir.
El milagro que realizó Jesús es signo de este amor. Nos hace ver cómo Dios alimenta a la humanidad con el pan de vida, y cómo nosotros podemos llevar este alimento a todos los hombres y mujeres que, como nosotros, tienen hambre de paz, de libertad y de justicia. Cada gesto de solidaridad y perdón, o cada iniciativa de bien, es un bocado de pan para la humanidad necesitada de cuidados.
Sin embargo, esto no es suficiente, pues al alimento que nutre el cuerpo hay que unir, con igual caridad, el alimento del alma. Este alimento es el que nutre nuestra conciencia, el que nos sostiene en la hora oscura del miedo o en medio de las tinieblas del sufrimiento. Este alimento es Cristo, que siempre nutre en abundancia a su Iglesia y nos fortalece en el camino con su cuerpo.
Hermanas y hermanos, la eucaristía que estamos celebrando es una fuente de fe renovada, porque Jesús está presente entre nosotros. Este sacramento no reaviva un recuerdo lejano en el tiempo, sino que realiza una compañía que nos transforma y santifica. ¡Felices los invitados a la cena del Señor!
En torno a la eucaristía, esta misma mesa se convierte en anuncio de esperanza en las pruebas de la historia y en las injusticias que vemos a nuestro alrededor. Se convierte en signo de la caridad de Dios, que en Cristo nos invita a compartir lo que tenemos, para que se multiplique en la fraternidad eclesial.
El Señor abraza el cielo y la tierra, conoce nuestro corazón y tiene presentes todas las situaciones, alegres o tristes, que vivimos. Al hacerse hombre para salvarnos, él quiso compartir las necesidades de la humanidad, empezando por las más sencillas y cotidianas. El hambre revela no sólo nuestra indigencia, sino sobre todo su amor. Recordémoslo cada vez que cruzamos la mirada con el hermano y la hermana a quienes les falta lo necesario. Esos ojos, de hecho, nos repiten la pregunta que Jesús hizo a sus discípulos: ¿Qué hacemos por toda esta gente?
Ser testigos de Cristo, imitando sus gestos de amor, conlleva a menudo dificultades y obstáculos, tanto fuera como dentro de nosotros, donde el orgullo puede corromper el corazón. En estos momentos, hermanos, repitamos con el salmista: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Sal 27,1). Aunque a veces vacilemos, Dios siempre nos alienta. Así pues, «espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor» (Sal 27,14).
Queridos jóvenes, me dirijo ahora a ustedes, como hijos amados de esta tierra de África. Como hermanos y hermanas de Jesús, multipliquen sus talentos con la fe, la tenacidad y la amistad que los animan. Vayan los primeros a ser rostros y manos que llevan al prójimo el pan de la vida, el alimento de sabiduría y de liberación de todo aquello que no nutre, confunde los buenos deseos y roba la dignidad.
Incluso en un país tan fértil como Camerún, muchos sufren la pobreza, tanto material como espiritual. No cedan a la desconfianza y al desánimo. Rechacen toda forma de abuso y violencia, que engañan prometiendo ganancias fáciles, pero endurecen el corazón y lo vuelven insensible.
No olviden, queridos jóvenes, que su pueblo es aún más rico que esta tierra, y que su tesoro son sus valores (la familia, la hospitalidad, el trabajo, la fe). Sean, pues, protagonistas del futuro, siguiendo la vocación que Dios da a cada uno, sin dejarse comprar por tentaciones que malgastan las energías y no contribuyen al progreso de la sociedad.
Para hacer de su espíritu valiente una profecía del mundo nuevo, tomen como ejemplo lo que hemos escuchado en Hechos de los Apóstoles. Los primeros cristianos daban un audaz testimonio del Señor Jesús ante las dificultades y las amenazas, y perseveraban en medio de los ultrajes (Hch 5,40-41). Estos discípulos «todos los días, tanto en el templo como en las casas, no cesaban de enseñar y de anunciar la buena noticia de Cristo Jesús» (v.42), el liberador del mundo.
Sí, el Señor libera del pecado y de la muerte. Anunciar con constancia este evangelio es la misión de todo cristiano, y es la misión que hoy confío yo a ustedes, queridos jóvenes de Camerún. Conviértanse en buena noticia para su país.
Hermanos y hermanas, enseñar significa dejar huella, como hace el labrador con el arado en el campo para que lo que siembra dé fruto. Así es como el anuncio cristiano cambia nuestra historia, transformando las mentes y los corazones. Anunciar a Jesús resucitado significa trazar signos de justicia en una tierra que sufre y está oprimida. Significa trazar signos de paz entre rivalidades y corrupciones. Significa trazar signos de fe que nos liberan de la superstición y de la indiferencia.
Con este evangelio en el corazón, dentro de poco compartiremos el pan eucarístico, que nos sacia para la vida eterna. Con fe gozosa, pidamos al Señor que multiplique entre nosotros su don, por el bien de todos.
León XIV
Act:
17/04/26
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