Encuentro Estudiantil de Yaundé
Universidad
Central
Yaundé, 17 abril 2026
Excelentísimo gran canciller, señor rector, ilustres miembros del cuerpo docente, queridos estudiantes, distinguidas autoridades, señoras y señores, es para mí una gran alegría dirigirme a ustedes en esta Universidad de África Central, lugar de excelencia para la investigación, la transmisión del conocimiento y la formación de tantos jóvenes.
Expreso mi gratitud a las autoridades académicas por su cálida hospitalidad y por su compromiso sostenido al servicio de la educación. Es motivo de esperanza que esta institución, fundada en 1989 por las conferencias episcopales de África Central, sea un faro al servicio de la Iglesia y de África, en su búsqueda de la verdad, y en la promoción de la justicia y de la solidaridad.
Hoy más que nunca es necesario que las universidades, y con mayor razón las instituciones católicas, se conviertan en auténticas comunidades de vida y de investigación, que introduzcan a estudiantes y profesores a una hermandad en el conocimiento, para experimentar comunitariamente la alegría de la verdad y para profundizar su significado y sus implicaciones prácticas.
El evangelio y la doctrina de la Iglesia están llamados hoy a promover una verdadera cultura del encuentro, en una sinergia generosa y abierta hacia todas las instancias positivas que hacen crecer la conciencia humana universal. Es más, están llamados a construir una cultura del encuentro entre todas las culturas auténticas y vitales, gracias al intercambio recíproco de sus propios dones en el espacio de luz que ha sido abierto por el amor de Dios para todas sus criaturas. Como subrayó Benedicto XVI, «la verdad es lógos que crea diá-logos y, por tanto, comunicación y comunión».
Mientras que muchos en el mundo parecen perder sus puntos de referencia espirituales y éticos, dejándose envolver por el individualismo, las apariencias y la hipocresía, la universidad es, por excelencia, un lugar de amistad y cooperación, así como de introspección y reflexión.
En sus orígenes, en la Edad Media, los fundadores de la universidad fijaron la verdad como meta universitaria. Aún hoy, profesores y estudiantes están llamados a establecer como objetivo, y al mismo tiempo como estilo de vida, la búsqueda común de la verdad, pues «todos los principios verdaderos rebosan de él, y todos los fenómenos convergen en él» (San John H. Newman, Idea de Universidad, Madrid 2025, p. 87).
Por otra parte, lo que Newman denominaba "luz amable", o "luz de la fe, unida a la verdad del amor", no es ajena al mundo material, porque el amor se vive siempre en cuerpo y alma. Sí, la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús. Esta luz ilumina la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio.
La mirada de la ciencia se beneficia, de esta manera, de la fe, invitando al científico a estar abierto a la realidad, en toda su riqueza inagotable. La fe despierta el sentido crítico, en cuanto que no permite que la investigación se conforme con sus fórmulas y la ayuda a darse cuenta de que la naturaleza no se reduce a ellas. Invitando a maravillarse ante el misterio de la creación, «la fe ensancha los horizontes de la razón, para iluminar mejor el mundo a la ciencia» (Francisco I, Lumen Fidei, 34).
Queridos amigos, África puede contribuir de manera fundamental a ampliar los horizontes, tan estrechos, de una humanidad que le cuesta mantener la esperanza. En su maravilloso continente, la investigación enfrenta el desafío particular de abrirse a perspectivas interdisciplinarias, internacionales e interculturales.
Hoy en día tenemos una necesidad urgente de considerar la fe en el marco de los escenarios culturales y los retos actuales, para que así resalte su belleza y credibilidad en los diferentes contextos, especialmente en aquellos más marcados por las injusticias, las desigualdades, los conflictos y la degradación material y espiritual.
La grandeza de una nación no puede medirse únicamente por la abundancia de sus recursos naturales, ni tampoco por la riqueza natural de sus instituciones. Ninguna sociedad puede prosperar si no se fundamenta en conciencias rectas, educadas en la verdad. En este sentido, el lema de su universidad ("al servicio de la verdad y de la justicia") les recuerda que la conciencia humana, entendida como el santuario interior donde el hombre y la mujer se descubren interpelados por la voz de Dios, es el terreno sobre el cual se asientan los fundamentos justos y estables para toda sociedad.
Formar conciencias libres y piadosamente inquietas es una condición indispensable para que la fe cristiana se presente como una propuesta plenamente humana, capaz de transformar la vida de cada persona y de la entera sociedad, de impulsar cambios proféticos ante los dramas y las pobrezas de nuestro tiempo, así como alentar una búsqueda de Dios cada vez más profunda, y que nunca se sacia.
La conciencia es el lugar donde se elabora el discernimiento moral, con el cual buscamos libremente lo que es verdadero y honesto. Cuando la conciencia busca ser iluminada y recta, se vuelve fuente de un comportamiento coherente, orientado hacia el bien, la justicia y la paz.
En las sociedades contemporáneas, incluida la de Camerún, se observa una erosión de los referentes morales que antaño guiaban la vida colectiva. Como resultado, hoy se tiende a aprobar superficialmente prácticas que antes se consideraban inaceptables. Esta dinámica se explica en parte por los cambios sociales, las limitaciones económicas y las dinámicas políticas que influyen en los comportamientos individuales y colectivos.
Los cristianos no deben tener miedo de "las cosas nuevas". Es más, la universidad africana está llamada a formar pioneros de un nuevo humanismo, sobre el cual conocer bien no sólo los aspectos encantadores, sino también el lado oscuro de las devastaciones ambientales y sociales provocadas por la frenética búsqueda de materias primas y tierras excepcionales. No pasen por alto esta situación, porque harán un servicio a la verdad y a toda la humanidad. Sin este esfuerzo educativo, el acomodo pasivo a las lógicas dominantes se confundirá con competencia, y la pérdida de libertad con progreso.
Esto es aún más cierto con referencia a la difusión de los sistemas de inteligencia artificial, que organizan de manera cada vez más invasiva nuestros entornos mentales y sociales. Como toda gran transformación histórica, también esta reclama no sólo competencias técnicas, sino una formación humanística capaz de revelar las lógicas económicas, los prejuicios incorporados y las formas de poder que moldean la percepción de la realidad.
El desafío que plantean los sistemas digitales es más profundo de lo que parece. No consiste tan sólo en el abuso de las nuevas tecnologías, sino en la sustitución progresiva de la realidad por la simulación de esta. En los entornos digitales, estructurados para persuadir, la interacción se optimiza al grado de volver superfluo el encuentro real, la alteridad de las personas de carne y hueso se neutraliza, la relación se reduce a una respuesta funcional. Queridos amigos ustedes son personas reales. Del mismo modo, la creación tiene un cuerpo, un aliento, una vida que escuchar y custodiar. La creación "gime y sufre" (Rm 8,22), como cada uno de nosotros.
Cuando la simulación digital se vuelve norma, la capacidad humana de discernimiento se atrofia y nuestros vínculos sociales se encierran en circuitos auto-referenciales que nos dejan de mostrar la realidad. Cuado esto sucede, vivimos como dentro de burbujas impermeables unas con otras, nos sentimos amenazados por cualquiera que sea diferente y nos deshabituamos al encuentro y al diálogo. Así es como se extienden la polarización, los conflictos, los miedos y la violencia. No está en juego un simple riesgo de error, sino una transformación de la relación misma con la verdad.
En este ámbito, la universidad y el catolicismo tienen el deber de asumir una responsabilidad de primer orden. Por supuesto, ambos han de transmitir conocimientos especializados, así como formar mentes capaces de discernir y corazones dispuestos al amor y al servicio. No obstante, también han de forjar los futuros líderes, así como ilustrar a los funcionarios públicos y acompañar a los actores sociales para que desempeñen con rectitud las tareas que se les confían, incitándoles a ejercer sus responsabilidades con integridad y su acción en una ética al servicio del bien común.
Queridos estudiantes de Camerún, ante la comprensible tendencia migratoria, que puede llevar a creer que en otros lugares se puede encontrar fácilmente un futuro mejor, les invito a responder con un ardiente deseo de servir a su país y de poner los conocimientos que están adquiriendo aquí al servicio de sus conciudadanos. He aquí la razón de ser de su universidad, fundada hace 35 años para formar camerunenses comprometidos con Camerún. Ustedes son los testigos de la sabiduría, y la añorada equidad que el continente africano necesita.
Como decía Juan Pablo II, «la universidad nació del corazón de la Iglesia» (Ex Corde Ecclesiae, 1), y participa en su misión de anunciar la verdad que libera. Esta afirmación remite, ante todo, a una exigencia intelectual y espiritual: la de buscar la verdad en todas sus dimensiones, con la convicción de que la fe y la razón no se oponen, sino que se sostienen mutuamente.
Esta exigencia obliga a los profesores y estudiantes universitarios, especialmente a los cristianos, a involucrarse en la tarea de «dialogar con las diferentes ciencias, al servicio de una cada vez más profunda penetración y aplicación de la verdad en la vida personal y social» (Francisco I, Veritatis Gaudium, 5).
Ante los desafíos de nuestro tiempo, la universidad católica ocupa un lugar único e insustituible. En este sentido, recordemos a los pioneros de esta institución, quienes colocaron los cimientos sobre los que ustedes construyen hoy. Entre ellos, recuerdo a Barthelemy Nyom, rector durante casi toda la década de 1990. Siguiendo su ejemplo, sean siempre conscientes de que, junto con la transmisión del saber y la capacitación profesional, esta universidad tiene como objetivo contribuir a la formación integral de la persona humana.
El acompañamiento espiritual y humano constituye una dimensión esencial de la identidad de la universidad católica. A través de la formación espiritual, de las iniciativas de la pastoral universitaria y de los momentos de reflexión, los estudiantes están llamados a profundizar en su vida interior y a orientar su compromiso en la sociedad, a la luz de valores auténticos y sólidos. De este modo, queridos estudiantes, aprendan a convertirse en constructores del futuro de sus respectivos países y de un mundo más justo y más humano.
Estimados profesores, recuerden que su papel es fundamental. Les animo a encarnar los valores que desean transmitir, ante todo la justicia y la equidad, la integridad, la sensibilidad del servicio y de la responsabilidad. África y el mundo necesitan personas que se comprometan a vivir el evangelio y a poner sus competencias al servicio del bien común. ¡No traicionen este noble ideal! Además de ser guías intelectuales, sean modelos cuya rigurosidad científica y honestidad personal eduquen la conciencia de sus estudiantes.
África necesita liberarse de la plaga de la corrupción. Para un joven, esa conciencia debe consolidarse desde los años de formación, gracias a la firmeza moral, al desinterés y a la coherencia de vida de sus educadores y maestros. Día tras día, coloquen los cimientos imprescindibles para la construcción de una coherente identidad moral e intelectual. Dando testimonio de la verdad, particularmente frente a las ilusiones de la ideología y las modas, creen un ambiente en el que la excelencia académica se una naturalmente a la rectitud humana.
Señoras y señores, la virtud principal que debe animar a la comunidad universitaria es la humildad. Sea cual sea nuestro papel y nuestra edad, debemos tener siempre en cuenta que todos somos discípulos y compañeros de estudio de un único Maestro, que ha amado tanto el mundo que ha dado su vida por él. Les doy las gracias y les bendigo de todo corazón.
León XIV
Act:
17/04/26
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