Vigilia por la Paz

Catedral San José
Bamenda, 16 abril 2026

Queridas hermanas y hermanos, es una alegría para mí estar entre ustedes en esta región tan atormentada. Tal como acaban de demostrar sus testimonios, todo el dolor que ha azotado a su comunidad hace que hoy sea aún más evidente esta certeza: que Dios nunca nos ha abandonado, y que en su paz siempre podemos volver a empezar.

Su excelencia recordó la profecía que exclama: «¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz!» (Is 52,7). Así saludaba mi presencia entre ustedes, mas ahora yo quisiera responder: ¡Qué hermosos son también los pies que dan los pasos de ustedes, cubiertos del polvo de esta tierra ensangrentada pero fértil, de esta tierra ultrajada pero rica en vegetación y generosa en frutos!

Esos son los pies que les han traído hasta aquí hoy, y que a pesar de las pruebas y obstáculos les han mantenido en los caminos del bien. Que todos podamos continuar en el camino del bien que conduce a la paz.

Yo estoy aquí para anunciar la paz. No obstante, descubro rápidamente que son ustedes los que me la anuncian a mí y al mundo entero. De hecho, como acaba de recordar uno de ustedes, la crisis que ha sacudido estas regiones de Camerún ha acercado más que nunca a las comunidades cristianas y musulmanas, a tal punto que sus líderes religiosos se han unido y han fundado un Movimiento por la Paz, a través del cual tratan de mediar entre las partes en conflicto. ¡En cuántos lugares en el mundo debería suceder lo mismo!

Sí, su testimonio, su trabajo por la paz pueden ser un modelo para todo el mundo. Jesús llamó bienaventurados a los que trabajan por la paz. En cambio, ¡ay de quienes doblegan las religiones y el mismo nombre de Dios a sus propios intereses militares, económicos o políticos, arrastrando lo que es santo hacia lo más sucio y tenebroso!

Sí, queridas hermanas y queridos hermanos, ustedes que tienen hambre y sed de justicia, ustedes los pobres, los misericordiosos, los mansos y los de corazón puro, ustedes que han llorado y son la luz del mundo (Mt 5,3-14). Bamenda, ¡hoy eres la ciudad puesta en lo alto del monte, espléndida a los ojos de todos!

Hermanas y hermanos, sean por mucho tiempo la sal que da sabor a esta tierra, y ¡no pierdan su sabor tampoco en los años venideros! Atesoren lo que los ha unido y lo que han compartido en la hora del llanto. ¡Que todos atesoremos este día en que nos hemos reunido para trabajar por la paz! Sean aceite que se derrama sobre las heridas humanas.

Quisiera expresar mi gratitud a todas aquellas personas (en particular a las mujeres, laicas y religiosas) que atienden a las personas traumatizadas por la violencia. Esta es una labor inmensa, invisible, cotidiana y, como ha recordado la hermana Carine, expuesta al peligro.

Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, y que a menudo no basta una vida para reconstruir. Disimulan no ver que se necesitan miles de millones de dólares para matar y devastar, y que no se encuentran los recursos necesarios para sanar, educar y levantar. Quienes saquean los recursos de la tierra suelen invertir gran parte de las ganancias en armas, en un espiral de desestabilización y muerte sin fin.

Todo esto es un mundo al revés, y una distorsión de la creación de Dios que toda conciencia recta debe denunciar y repudiar, eligiendo una vuelta en U (la conversión) que conduce en la dirección opuesta, por el camino sostenible y rico en fraternidad humana. El mundo está siendo destruido por unos pocos dominadores, y se mantiene en pie gracias a una inmensidad de hermanos y hermanas solidarios. Estos últimos sí son la descendencia de Abraham, tan incontable como las estrellas del cielo y los granos de arena en la playa del mar.

Mirémonos a los ojos, y digámoslo claro: ¡Somos un pueblo inmenso! No hay que inventar la paz, sino que hay que acogerla, asumiendo al prójimo como nuestro hermano. Nadie elige a sus hermanos de sangre, así que ¡tan sólo tenemos que aceptarnos! Somos una sola familia y habitamos la misma casa, este maravilloso planeta que las culturas antiguas han cuidado durante milenios.

Mi predecesor escribió algo que vino a mi mente al escuchar las palabras que ustedes me dirigían. En concreto, Francisco I escribió que «la misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar, os un apéndice o un momento más de mi existencia, sino algo que yo no puedo arrancar de mi ser para no destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (Evangelii Gaudium, 273).

Queridos hermanos y hermanas de Bamenda, estos son mis sentimientos, mientras estoy hoy entre ustedes. ¡Trabajemos juntos por la paz! Para empezar a hacerlo, «hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás» (Ibid).

Caminemos todos juntos, cada uno en su propia vocación, ampliando los límites de nuestras comunidades, con la determinación de quien parte de su labor local para llegar al amor al prójimo, sea quien sea y dondequiera que esté. ¡Esta es la revolución silenciosa, de la que ustedes son testigos!

Como ha dicho el imán, demos gracias a Dios porque esta crisis no ha degenerado en una guerra religiosa, y porque seguimos intentando todos amarnos los unos a los otros. ¡Sigamos adelante sin cansarnos, con valentía y siempre juntos! Caminemos juntos en el amor, buscando siempre la paz.

León XIV

 Act: 16/04/26    @viaje a camerún       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A