Saludo a las autoridades de Camerún
Palacio
de Etoudi
Yaundé, 15 abril 2026
Señor presidente, distinguidas autoridades y miembros del cuerpo diplomático, señoras y señores, les agradezco de corazón la cálida acogida que me han dispensado y las palabras de bienvenida que me han dirigido.
Con profunda alegría me encuentro en Camerún, a menudo definido como "África en miniatura" por la riqueza de sus territorios, sus culturas, sus lenguas y sus tradiciones. Esta variedad no es una fragilidad, sino un tesoro, una promesa de fraternidad y un sólido fundamento para construir una paz duradera.
Vengo entre ustedes como pastor y como servidor del diálogo, de la fraternidad y de la paz. Mi visita expresa el afecto del sucesor de Pedro por todos los cameruneses, así como el deseo de animar a cada uno a proseguir, con entusiasmo y perseverancia, en la construcción del bien común.
Vivimos una época en la que la resignación se extiende y el sentimiento de impotencia tiende a paralizar la renovación que los pueblos anhelan profundamente. ¡Cuánta hambre y sed de justicia! ¡Cuánta sed de participación, de horizontes, de decisiones valientes y de paz!
Es mi gran deseo llegar al corazón de todos, en particular de los jóvenes, llamados a dar forma, también política, a un mundo más justo. Deseo además manifestar la voluntad de reforzar los lazos de cooperación entre la Santa Sede y la República de Camerún, fundados en el respeto mutuo, en la dignidad de cada persona humana y en la libertad religiosa.
Camerún conserva en su memoria las visitas de mis predecesores, la de Juan Pablo II (mensajero de esperanza para todos los pueblos de África) y la de Benedicto XVI (que subrayó la importancia de la reconciliación, la justicia y la paz, así como la responsabilidad moral de los gobernantes). Sé que esos momentos marcaron su historia nacional, como exhortaciones exigentes al espíritu de servicio, a la unidad y a la justicia. Podemos, pues, preguntarnos: ¿En qué punto nos encontramos? ¿De qué manera ha dado fruto la Palabra que se nos ha anunciado? ¿Y qué queda por hacer?
San Agustín, hace 1.600 años, escribía palabras de gran actualidad: «Los que mandan están al servicio de quienes, según las apariencias, son mandados. No les mandan por afán de dominio, sino por su obligación de mirar por ellos; no por orgullo de sobresalir, sino por un servicio lleno de bondad» (Ciudad de Dios, XIX, 14). Desde esta perspectiva, servir a la propia patria significa dedicarse con mente lúcida y conciencia íntegra al bien común de todo el pueblo, de la mayoría, de las minorías y de su armonía recíproca.
Hoy, como muchas otras naciones, su país está atravesando pruebas complejas. Las tensiones y la violencia que han afectado a algunas regiones del noroeste, del suroeste y del extremo norte han provocado un profundo sufrimiento: vidas perdidas, familias desplazadas, niños privados de la escuela, jóvenes que no ven un futuro. Detrás de las estadísticas hay rostros, historias y esperanzas heridas.
Ante situaciones tan dramáticas, a principios de este año invité a la humanidad a rechazar la lógica de la violencia y de la guerra, para abrazar una paz fundada en el amor y la justicia. Una paz que sea desarmada, y no esté basada en el miedo, la amenaza o el armamento. Una paz desarmante, capaz de resolver los conflictos, abrir los corazones y generar confianza, empatía y esperanza.
La paz no puede reducirse a un eslogan, sino que debe encarnarse en un estilo, personal e institucional, que repudie toda forma de violencia. Por eso, reitero con fuerza: «El mundo tiene sed de paz. ¡Basta ya de guerras, con sus dolorosos cúmulos de muertos, destrucciones y exiliados!» (León XIV, Discurso, 28-X-2025). Este grito quiere ser un llamamiento a la voluntad de contribuir a una paz auténtica, anteponiéndola a cualquier interés particular.
La paz no se decreta, sino que se acoge y se vive. La paz es un don de Dios, que se desarrolla en una labor paciente y colectiva. La paz es responsabilidad de todos, empezando por las autoridades civiles. Gobernar significa amar al propio país y también a los países vecinos. En esto, el mandamiento "ama a tu prójimo como a ti mismo" es aplicable también en las relaciones internacionales. Gobernar significa escuchar realmente a los ciudadanos, valorar su inteligencia y contribuir a la construcción de soluciones duraderas a los problemas.
Francisco I señaló la necesidad de superar «esa idea de las políticas sociales concebidas como una política hacia los pobres pero nunca con los pobres, nunca de los pobres y mucho menos inserta en un proyecto que reunifique a los pueblos» (Discurso, 5-XI-2016).
En este cambio de enfoque, la sociedad civil debe considerarse una fuerza vital para la cohesión nacional. Asociaciones, organizaciones de mujeres y de jóvenes, sindicatos, ONG humanitarias, líderes tradicionales y religiosos, todos desempeñan un papel insustituible en la construcción de la paz social.
La sociedad civil es la primera en intervenir cuando surgen tensiones, es quien acompaña a los desplazados, apoya a las víctimas, abre espacios de diálogo y fomenta la mediación local. Su cercanía al territorio permite comprender las causas profundas de los conflictos y vislumbrar respuestas adecuadas. La sociedad civil contribuye a formar las conciencias, a promover la cultura del diálogo y el respeto de las diferencias. De este modo, es en su seno donde se prepara un futuro menos expuesto a la incertidumbre.
Quisiera destacar con gratitud el papel de las mujeres. A menudo, lamentablemente son las primeras víctimas de los prejuicios y de la violencia, y aun así continúan siendo incansables artífices de paz. Su compromiso con la educación, la mediación y la reconstrucción del tejido social es inigualable y constituye un freno a la corrupción y a los abusos de poder. Por ello, su voz debe ser plenamente reconocida en los procesos de toma de decisiones.
Ante tanta generosa dedicación dentro de la sociedad, la transparencia en la gestión de los recursos públicos y el respeto al estado de derecho son esenciales para restablecer la confianza. Es hora de atreverse a hacer un examen de conciencia y dar un valiente salto cualitativo. Las instituciones justas y creíbles se convierten en pilares de estabilidad.
La autoridad pública está llamada a ser un puente, nunca un factor de división, incluso allí donde parece reinar la inseguridad. La seguridad es una prioridad, pero debe ejercerse siempre respetando los derechos humanos, uniendo rigor y magnanimidad, con especial atención a los más vulnerables. Una paz auténtica nace cuando cada uno se siente protegido, escuchado y respetado, cuando la ley es un límite seguro contra el arbitrio del más rico y del más fuerte.
Si lo pensamos bien, hermanos y hermanas, los altos cargos que ustedes ocupan exigen un doble testimonio. El primero se realiza en la colaboración entre los diversos órganos y niveles administrativos del estado al servicio del pueblo y de los más pobres. El segundo se lleva a cabo vinculando sus responsabilidades institucionales y profesionales a una conducta íntegra en la vida (León XIV, Discurso, 16-II-2026).
Para que se afiancen la paz y la justicia es necesario romper las cadenas de la corrupción, que desfiguran a los dirigentes, quitándoles autoridad. Es necesario liberar el corazón de esa sed de ganancia que es idolatría; el verdadero beneficio es el desarrollo humano integral, es decir, el crecimiento equilibrado de todos los aspectos que hacen de la vida en esta tierra una bendición.
Camerún posee los recursos humanos, culturales y espirituales necesarios para superar las pruebas y los conflictos y avanzar hacia un futuro de estabilidad y prosperidad compartida. Es necesario que el compromiso común en favor del diálogo, la justicia y el desarrollo integral transforme las heridas del pasado en fuentes de renovación.
Como decía, los jóvenes representan la esperanza del país y de la Iglesia. Su energía y su creatividad son riquezas inestimables. Naturalmente, cuando persisten el desempleo y la exclusión, la frustración puede generar violencia. Invertir en la educación, la formación y el espíritu emprendedor de los jóvenes es, entonces, una elección estratégica para la paz. Esta es la única manera de frenar la fuga de maravillosos talentos hacia otras regiones del planeta. Esta es la única forma de combatir las lacras de la droga, la prostitución y la apatía, que arruinan tantas vidas jóvenes, de manera cada vez más dramática.
Gracias a Dios, a los jóvenes cameruneses no les falta una profunda espiritualidad, que aún resiste a la homogeneización del mercado. Se trata de una energía que hace valiosos sus sueños, arraigados en las profecías que alimentan su oración y sus corazones. Las tradiciones religiosas, cuando no son distorsionadas por el veneno de los fundamentalismos, inspiran profetas de paz, justicia, perdón y solidaridad.
Al fomentar el diálogo interreligioso e involucrar a los líderes religiosos en las iniciativas de mediación y reconciliación, la política y la diplomacia pueden valerse de fuerzas morales capaces de apaciguar las tensiones, prevenir las radicalizaciones y promover una cultura de estima y respeto recíprocos.
La Iglesia Católica en Camerún, a través de sus obras educativas, sanitarias y caritativas, desea seguir sirviendo a todos los ciudadanos sin distinción. La Iglesia desea colaborar lealmente con las autoridades civiles y con todas las fuerzas vivas de la nación, para promover la dignidad humana y la reconciliación. Siempre que sea posible, pretende facilitar la cooperación con otros países y los vínculos entre los cameruneses en el mundo y sus comunidades de origen.
Que Dios bendiga Camerún, sostenga a sus dirigentes, inspire a la sociedad civil, ilumine la labor del cuerpo diplomático y conceda a todo el pueblo camerunés (cristianos y no cristianos, responsables políticos y ciudadanos) acoger el reino de Dios, construyendo juntos un futuro de justicia y de paz.
León XIV
Act:
15/04/26
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