Misa masiva por Argelia

Basílica San Agustín
Annaba, 14 abril 2026

Queridos hermanos y hermanas, la Palabra divina atraviesa la historia y la renueva con la voz humana del Salvador. Hoy escuchamos el evangelio, buena noticia para todos los tiempos, en esta basílica de Annaba dedicada a San Agustín, obispo de la antigua Hipona.

A lo largo de los siglos, los lugares que nos acogen han cambiado de nombre, pero los santos han permanecido como nuestros patronos y testigos fieles de un vínculo con la tierra, que viene del cielo. Ésta es precisamente la dinámica que el Señor enciende en la noche de Nicodemo, ésta es la fuerza que Cristo infunde a la debilidad de su fe y a la tenacidad de su búsqueda.

Enviado por el Espíritu de Dios, que «no sabes de dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8), Jesús es para Nicodemo un huésped especial. Jesús lo llama a una vida nueva, dando a su interlocutor y también a nosotros una tarea sorprendente: «renacer de lo alto» (v.7). ¡He aquí la invitación para todo hombre y toda mujer que busca la salvación!

De la llamada de Jesús brota la misión para toda la Iglesia y para la comunidad cristiana de Argelia. La misión consiste en nacer de nuevo y de lo alto. Es decir, de Dios. En esta perspectiva, la fe vence las dificultades terrenas y la gracia del Señor hace florecer el desierto. Sin embargo, la belleza de esta exhortación lleva consigo una prueba que el evangelio nos llama a afrontar juntos.

Las palabras de Cristo tienen toda la firmeza de un deber: renacer, y hacerlo de lo alto. Tal imperativo resuena en nuestros oídos como un mandato imposible. Escuchando con atención a Aquel que lo da, comprendemos que no se trata de una dura imposición, ni de una coacción o, menos aún, de una condena al fracaso.

El deber expresado por Jesús es para nosotros un don de libertad, porque nos revela una insospechada posibilidad: podemos renacer de lo alto, gracias a Dios. Pero debemos hacerlo según su voluntad de amor, que desea renovar a la humanidad llamándola a una comunión de vida, que comienza con la fe. Mientras Cristo nos pide renovar totalmente toda nuestra existencia, también nos da la fuerza para hacerlo. Lo atestigua bien San Agustín, que le dice al Señor: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras» (Confesiones, X, XXIX, 40).

Cuando nos preguntamos cómo es posible un futuro de justicia y de paz, de concordia y de salvación, recordemos que estamos haciendo a Dios la misma pregunta que Nicodemo: ¿De verdad puede cambiar nuestra historia? ¡Estamos tan cargados de problemas, acechanzas y tribulaciones! ¿De verdad nuestra vida puede recomenzar desde cero? ¡Sí!

La afirmación del Señor, tan llena de amor, colma nuestros corazones de esperanza. No importa cuán oprimidos estemos por el dolor o por el pecado, pues el Crucificado lleva todos esos pesos con nosotros y por nosotros. No importa cuánto nos desanimen nuestras debilidades, porque es precisamente entonces cuando se manifiesta la fuerza de Dios, que ha resucitado a Cristo de entre los muertos para dar vida al mundo (Rm 8,1).

Cada uno de nosotros puede experimentar la libertad de la vida nueva que viene de la fe en el Redentor. En esto, de nuevo San Agustín nos ofrece un ejemplo, pues antes que por su sabiduría lo contemplamos por su conversión. En este renacer, providencialmente acompañado por las lágrimas de su madre Mónica, llegó a ser él mismo exclamando: «Nada sería yo, Dios mío, si tú no estuvieses en mí, mas ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo alguno si no estuviese en ti?» (Confesiones, I, 2).

Así es. Los cristianos nacen de lo alto, regenerados por Dios como hermanos y hermanas de Jesús, y la Iglesia que los nutre con los sacramentos es un seno materno para todos los pueblos de la tierra. Como hemos escuchado hace poco, los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de ello al narrar el estilo que distingue a la humanidad renovada por el Espíritu Santo (Hch 4,32-37).

También hoy es necesario acoger y realizar este canon apostólico, meditándolo como auténtico criterio de reforma eclesial. Toda reforma ha de comenzar en el corazón (para ser verdadera) y ha de concernir a todos (para ser eficaz). Para ello, Hechos de los Apóstoles nos propone tres características de la verdadera Iglesia.

En primer lugar, la multitud de los creyentes «tenía un solo corazón y una sola alma» (v.32). Esta unidad espiritual es la concordia, palabra que expresa bien la comunión de corazones que laten juntos, porque están unidos al de Cristo. La Iglesia naciente no se basa, por tanto, en un contrato social, sino en una armonía en la fe, en los afectos, en las ideas y en las opciones de vida, pues tiene el centro en el amor de Dios, hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra.

En segundo lugar, contemplamos el efecto material de esta unidad espiritual de los creyentes: que «todo era común entre ellos» (v.32). Todos lo comparten todo, participando en los bienes de cada uno como miembros de un solo cuerpo. Nadie se ve privado de algo, porque cada uno pone en común lo que le es propio.

Transformando la posesión en don, esta entrega fraterna no representa una utopía más que para los corazones rivales entre sí y las almas ávidas de sí mismas. Al contrario, la fe en el único Dios, Señor del cielo y de la tierra, une a los hombres según una justicia perfecta, que invita a todos a la caridad, es decir, a amar a toda criatura con el amor que Dios nos da en Cristo.

Ante la indigencia y la opresión, los cristianos tienen como código fundamental la caridad: hagamos al prójimo lo que quisiéramos que hicieran por nosotros (Mt 7,12). La Iglesia, animada por esta ley que Dios escribe en los corazones, está siempre dando vida. Sí, donde hay desesperación, ella enciende esperanza; donde hay miseria, ella lleva dignidad; donde hay conflicto, ella lleva reconciliación.

En tercer lugar, en el texto de Hechos encontramos el fundamento de esta vida nueva, que involucra a pueblos de toda lengua y cultura, cuando dice que «los apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima» (Hch 4,33). La caridad que les anima, antes que compromiso moral, es signo de salvación. Por ello, los apóstoles proclaman que nuestra vida puede cambiar porque Cristo ha resucitado de entre los muertos.

La primera tarea de los pastores, ministros del evangelio, es dar testimonio de Dios al mundo con un sólo corazón y una sola alma, sin que las preocupaciones nos corrompan con el miedo ni las modas nos debiliten mediante las componendas. Junto con los obispos y presbíteros, por tanto, renovemos constantemente esta misión para el bien de cuantos nos han sido confiados, a fin de que la Iglesia entera sea, en su servicio, mensaje de vida nueva para aquellos que encontramos.

Queridísimos cristianos de Argelia, permanezcan en esta tierra como signo humilde y fiel del amor de Cristo. Den testimonio del evangelio con gestos sencillos, relaciones verdaderas y un diálogo vivido día a día. De hacerlo así, estarán dando sabor y serán luz allí donde viven. La presencia de ustedes en el país trae a la mente el incienso que, como un grano incandescente, esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas.

El incienso es un elemento pequeño y precioso, que no está en el centro de la atención, sino que invita a dirigir nuestros corazones a Dios, animándonos unos a otros a perseverar en las dificultades del tiempo presente. Del incensario de nuestro corazón se elevan, por tanto, la alabanza, la bendición y la súplica, difundiendo el suave olor (Ef 5,1) de la misericordia, de la limosna y del perdón.

La historia de Argelia está hecha de acogida generosa y de tenacidad en la prueba. Aquí han orado los mártires, aquí San Agustín amó a su grey, buscó la verdad con pasión y sirvió a Cristo con fe ardiente. Sean ustedes herederos de esta tradición, dando testimonio en la caridad fraterna de la libertad de quien nace de lo alto como esperanza de salvación para el mundo.

Gracias a todos por la acogida que me han brindado durante estos días. Particularmente, deseo expresar mi agradecimiento a las autoridades civiles argelinas, por la cordial hospitalidad que he recibido y por la atención con la que han contribuido al buen resultado de mi visita a Argelia.

Considero este viaje como un don especial de la providencia de Dios. Lo considero un don que, a través de un papa agustino, el Señor ha querido otorgar a toda la Iglesia. Lo considero un don que puedo resumir así: Dios es Amor, y padre de todos los hombres.

Dirijámonos a Dios con humildad y confesemos que la situación actual del mundo, como una espiral negativa, depende en el fondo de nuestro orgullo. Necesitamos de él, de su misericordia. Sólo en él encuentra paz el corazón humano y sólo con él podremos, todos juntos, reconociéndonos como hermanos, recorrer los caminos de la justicia, del desarrollo integral y de la comunión.

Gracias, ¡muchas gracias a todos!

León XIV

 Act: 14/04/26    @viaje a argelia       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A