Encuentro Multiétnico de Tenerife
Plaza
del Cristo
La Laguna, 12 junio 2026
Queridos hermanos y hermanas, es un gusto para mí compartir este momento con ustedes aquí en La Laguna, sede de esta diócesis y una ciudad sin murallas, o ciudad abierta.
Las barreras más difíciles de derribar no son siempre de piedra, sino las que están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia. El mar, que rodea estas islas, trae hasta nosotros historias que no siempre sabemos leer. Trae historias de dolor, de esperanza y de búsqueda. En una ciudad sin murallas, el corazón está llamado a ensancharse para acogerlas, y por eso necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía, ese que se comprende más con las manos que con las palabras.
El braille y demás formas de escritura táctil nos recuerdan que la palabra puede abrirse camino por medio del contacto. Del mismo modo, la integración exige aprender a leer de otra manera. Hay miradas que ven y no reconocen, o convierten un rostro en cifra, o una historia en expediente, y la diferencia en distancia. De ahí que el evangelio nos eduque en una lectura más honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos.
En las obras de integración de estos hermanos nuestros, la Iglesia aprende a leer, en la vida concreta de quienes sufren en el cuerpo o en el espíritu, un signo vivo que remite a los evangelios y que se vuelve legible a través del tacto y de la cercanía, cuando palpamos las heridas de los demás.
Como Tomás ante el cuerpo glorioso del Resucitado, también la Iglesia aprende que las heridas, miradas desde la fe, pueden convertirse en lugar de reconocimiento. Allí donde el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso y en el forastero (Mt 25,35-40).
De esa fe que reconoce a Cristo vivo nace también, por ejemplo, el servicio del padre Darwin y de tantas personas. La caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente. Por eso, ante el necesitado, la fe se hace concreta y el amor a Cristo se transforma en gestos.
Toda solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana, y ha de superar toda concesión secundaria o simple obra de filantropía. Toda solidaridad está llamada a comprometerse y a tomar forma de proceso. La acogida abre la puerta, la integración ayuda a cruzar el umbral, la asistencia coloca bálsamo en la herida, la integración reconstruye el futuro.
Integrar no significa borrar la historia de quien llega, ni exigirle que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria. Tampoco significa crear mundos paralelos, donde las personas conviven sin encontrarse realmente. Integrar es un camino recíproco. En ese camino, quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro.
A ustedes, queridos inmigrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones.
Toda sociedad que acoge tiene deberes hacia quienes llegan, y quienes llegan han de traducir esos derechos en responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás. Así, quien llega como forastero puede reencontrar vínculos, reconstruir confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Ésta es una forma preciosa de misericordia.
Los emigrantes son personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que categorías jurídicas o problemas que administrar. Valoremos sus viajes difíciles y turbulentos (como los de Khalid), y sepamos que ellos buscan a alguien que les diga con gestos más que con palabras: Tu vida vale la pena, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas que has atravesado (como nos expresaba Mbacke).
Los inmigrantes buscan una posibilidad concreta de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrados para siempre en la condición de víctimas. En este sentido, deseo agradecer las palabras de mons. Santiago, y con ellas el testimonio de una Iglesia que, aun con medios pobres, quiere caminar con los que caminan.
Doy las gracias a Cáritas diocesana, a la Delegación de Migraciones, a las parroquias y a tantas realidades eclesiales y civiles que van más allá del primer auxilio, y acompañan procesos de protección, promoción e integración. Gracias por hacer posible que quien un día fue acompañado pueda convertirse (como nos recordaba Thalia) en puente para otros, devolviendo el amor recibido. Cuando quien necesitó una mano comienza a tender la suya, la caridad recibida se transforma en responsabilidad compartida.
Al mismo tiempo, no podemos olvidar a tantos inmigrantes que, provenientes de Latinoamérica, de Filipinas y de otras latitudes, forman ya parte viva de esta comunidad. Con su fe, su trabajo y sus dones, ellos ayudan a renovarla. Déjense evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de ellos. Ellos recuerdan que integrar es abrir espacios para que una persona pueda sentirse corresponsable. Así, el extranjero de ayer puede ser el hermano y vecino de hoy.
A los católicos quiero pedirles algo más: que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Quien llega a nuestras parroquias necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección. No obstante, lo que más necesita es encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona.
Evangelizar es compartir, con respeto y humildad, el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es una Iglesia que anuncia, que ofrece a Cristo sin imponerlo, que recibe el evangelio de manos de los pobres.
Una conciencia humana, y más aún cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda. ¡Basta ya de cementerios en el mar! Cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la humanidad. ¡Basta ya de naufragios silenciosos, esos que existen después de la llegada! Sí, me refiero al naufragio de quien se queda solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de su vulnerabilidad.
Integrar es impedir este segundo naufragio, es ayudar a quien llegó lastimado a no quedarse fijo para siempre en su dolor, es ayudarlo a ponerse en pie, es reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad.
Desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación, organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Lo que les digo es esto:
¡Deténganse. Conviértanse! Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios, y sus sufrimientos llegan hasta él (Gn 4,10; Ex 3,7-9). El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres nunca os dará paz, ni honor, ni futuro (Jr 22,13; St 5,1-6). Por cada vida perdida, o cada familia engañada, o cada cuerpo sometido, o cada mujer amenazada, o cada trabajador explotado, ustedes habrán de comparecer ante la justicia divina (2Cor 5,10). Rompan esas cadenas, y liberen a quienes tienen bajo dominio (Is 58,6). Devuelvan lo arrebatado, y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión (Ez 33,11).
Hermanas y hermanos, la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana. La última palabra pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado. Alcemos la mirada hacia él, sin apartarla de quienes sufren. Miremos al Señor, para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos.
La Sagrada Familia de Nazaret, que tuvo que migrar a Egipto para proteger la vida del niño Jesús (Mt 2,13-15), sigue siendo para todos los tiempos modelo y amparo de toda familia refugiada, de todo emigrante y de toda persona que se ve forzada a dejar su tierra por miedo, persecución o necesidad (Pío XII, Exsul Familia).
Que ella sostenga el servicio que ustedes ofrecen, y haga de esta tierra un lugar donde todos se reconozcan y se traten como hermanos. Que Dios les bendiga. Muchas gracias.
León XIV
Act:
12/06/26
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