Misa por la Inmigración
Estadio
Gran Canaria
Las Palmas, 11 junio 2026
Queridos hermanos y hermanas, después de una jornada rica de encuentros, quiero dar gracias al Señor por tanto bien que se hace aquí cada día, confiándole el compromiso de todos y al mismo tiempo los sufrimientos de los que esta tierra es testigo. Les invito también a rezar juntos, en esta Santa Misa, por los hermanos y las hermanas que han perdido la vida en el mar.
Todo lo llevamos al altar junto con el pan y el vino, mientras nos introducimos, con la celebración vespertina de la vigilia, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a quien toda España está consagrada. Pidamos al Señor que en este momento estén vivos en nosotros los mismos sentimientos de humanidad, misericordia y compasión del corazón del Salvador.
En la primera lectura, Dios recuerda a los israelitas la gratuidad con la que los amó. Él no los eligió porque tuvieran privilegios, dotes o méritos particulares, sino por puro amor (Dt 7,7-9), y seguirá amándolos siempre, aun cuando, por su corazón endurecido, no correspondan a sus sentimientos.
Esta es la caridad de Dios, en la que hunde sus raíces nuestra vocación al amor. Esta vocación no está fundada en el cálculo, ni en el mero sentimiento, ni es reducible a simple filantropía, sino que invade todo nuestro ser. Es fuego para el alma, luz para la mente, impulso irresistible para la libertad, impulso para un corazón que late en sintonía con otros corazones, involucrando a toda la persona. Sí, hermanos, amar es connatural al hombre, es condición de plenitud de su misma existencia. Éste es el amor del Salvador y de su sacratísimo corazón, inmutable y fiel frente a la incomprensión, el rechazo, el miedo, la tristeza y la resistencia humana (Lc 22,39-46).
En este rostro enamorado de Dios, que anhela total y constantemente nuestro bien y nuestra felicidad plena, nosotros reconocemos el camino de la vida, aprendiendo un nuevo modo de existir y de relacionarnos, un criterio diferente para evaluar las decisiones, un estilo renovado y estimulante de hacer comunión. A este respecto, y hablando de la caridad de Cristo, Francisco I decía que «la mejor respuesta al amor de su corazón es el amor a los hermanos» (Dilexit Nos, 167), y agregaba: «No hay mayor gesto que podamos ofrecerle que devolver amor por amor» (Ibid).
Este es el intercambio maravilloso, el "admirabile commercium" (Vísperas de Santa María Madre de Dios, antífona I) del que el evangelio nos invita a dejarnos atraer, traduciendo la medida infinita del amor de Dios en la generosidad con la que lo servimos, cada día, a los hermanos que él pone en nuestro camino. Especialmente, en aquellos más necesitados, indefensos, incapaces de devolver algo a cambio (Lc 6,32-36). Eso es lo que ocurre en esta isla, en la acogida, en el compartir, en el don desinteresado.
La gratuidad del corazón de Cristo, sin embargo, no se detiene en esto, sino que va más allá, comprometiéndose en ayudar a cada uno a sobrevivir, a recuperar la confianza a retomar el camino, para crecer y florecer plenamente en su unicidad. A este propósito, Benedicto XVI escribía que la caridad «de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad» (Caritas in Veritate, 1).
En la segunda lectura, San Juan nos recuerda que «Dios envió al mundo a su Unigénito para que vivamos por medio de él» (1Jn 4,9). Sus palabras evocan las de Jesús, que dijo que había venido para que tuviéramos vida y vida en abundancia (Jn 10,10), y ordenó al paralítico sanado: «Levántate, coge la camilla y echa a andar» (Mc 2,9). En estas expresiones reconocemos la invitación a abrazar maternalmente al que sufre, a preparar y alentar al que está herido, a que se levante y vuelva a ponerse en marcha para una vida libre y digna.
Nuestra caridad no debe ser un mero asistencialismo, sino integrar a las personas para su plena realización (espiritual, intelectual y física) y su inserción digna y constructiva en la comunidad (Francisco I, Fratelli Tutti, 129). Sólo así nuestros encuentros, aun frente a acontecimientos difíciles y dolorosos, se convertirán en ocasión para esparcir semillas de esperanza en el camino de la humanidad hacia un futuro mejor.
Quisiera detenerme, a la luz de la palabra de Dios que hemos escuchado, en una última característica del corazón de Cristo: la humildad (Mt 11,29). El corazón de Jesús es humilde, y por eso no sienten sus latidos los doctos ni los sapientes, o aquellos que tienen la presunción de bastarse a sí mismos, de saberlo todo, de no necesitar ni a Dios ni a los demás. Aturdidos por los estruendos de un yo ampuloso, omnipresente y agitado, a estos tales les falta el silencio necesario para escuchar en sí, y en los hermanos, el palpitar escondido del amor.
No pocas veces «la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo puede realizarse si logramos prescindir de los demás» (León XIV, Dilexi Te, 108). Jesús, en cambio, nos enseña que para gustar la verdadera alegría de la vida, que reside en el amor, es necesario bajar de los pedestales de la arrogancia (que divide) para encontrarnos en la humildad (que nos hermana).
San Agustín decía que «donde está la caridad está la paz, y donde está la humildad hay caridad» (Comentario de I Juan, prólogo). Efectivamente, donde hay auténtica humildad hay amor, y donde hay amor hay paz, porque sólo en la humildad conocemos realmente quiénes somos, y podemos amarnos, encontrarnos, entregarnos y perdonarnos. Queridos hermanos, recordemos que nosotros somos la presencia viva del Señor en el mundo (Vaticano II, Lumen Gentium, 8).
Mirémonos unos a otros, y hagámoslo con respeto y confianza. En esta conciencia, renovemos el compromiso de realizar en nosotros lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por el bien de la Iglesia (Col 1,24). Encendidos por la caridad de su corazón, seamos portadores de su misericordia y de su paz, para que en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor.
León XIV
Act:
11/06/26
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