Encuentro Religioso de Las Palmas
Catedral
de Santa Ana
Las Palmas, 11 junio 2026
Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, seminaristas, hermanos y hermanas todos en Cristo Jesús, es una gran alegría para mí poder compartir este encuentro con ustedes.
Gracias por la cálida bienvenida, por su presencia afable y sus testimonios, que son el reflejo de una Iglesia viva, en cuyo corazón resuenan «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (Vaticano II, Gaudium et Spes, 1).
Vengo a estas islas como Padre y hermano en la fe. Con ustedes soy cristiano, y para ustedes obispo (León XIV, Urbi et Orbi, 8-V-2025). Cada uno de nosotros ha recibido diversos dones y ministerios para la edificación del cuerpo de Cristo, como hemos escuchado en la lectura de la Carta a los Efesios.
Esta es la llamada del Señor que hoy vibra nuevamente en nuestros corazones, y confirma nuestra vocación. Nuestra misión es construir juntos la Iglesia, cimentados en Cristo, la "piedra angular" (1Pe 2,6-8). Nuestra misión es edificar el bien, armonizar nuestras diferencias y trabajar unidos en favor de todos (León XIV, Magnifica Humanitas, 11-14).
Quisiera que reflexionemos juntos sobre dos actitudes de nuestra vida cristiana que hemos de tener en cuenta para ser sabios arquitectos en la construcción de la civilización del amor (Ibid, 236).
Ustedes son canarios, pueblo de Dios que peregrina en tierras rodeadas por el Atlántico, y tienen el privilegio de gozar cada día de la presencia majestuosa del mar. Dicen que en los ojos de un isleño esa imagen permanece grabada en sus pupilas de manera permanente, y se echa mucho de menos al estar lejos, tierra adentro.
Este sentimiento corresponde a una sana nostalgia de inmensidad, de cielo y de mar abiertos que se extienden en el horizonte, sin límites ni fronteras. Corresponde a un corazón sensible dispuesto a despedir con una lágrima a los que se van, y a recibir con los brazos abiertos a los que llegan. En este sentido, el mar puede ser sinónimo de distancia y separación, de desafío y de camino por recorrer.
Dice San Agustín que «si alguien divisa de lejos su patria, y un mar se interpone entre los dos, va a dónde va, e ignora el camino». Pues bien, así nos ocurre a nosotros, cuando anhelamos alcanzar nuestra condición (el cielo) pero por medio se interpone el mar (de este mundo). En el caso de Agustín, ¿qué hizo? Nos puso el leño con el que poder atravesar el mar, porque «nadie es capaz de cruzar el mar de este mundo si no lo lleva la cruz de Cristo» (Comentario de Juan, II, 2). Abrazar la cruz es, por tanto, la primera actitud necesaria, que nos orienta a la hora de navegar en las aguas de la vida y llegar al destino de la patria celestial.
Queridos hermanos y hermanas, los santos experimentaron la nostalgia de Dios. Al tener que afrontar las tempestades de la existencia, supieron llevar a Jesús en sus barcas, confiaron en él, abrazaron la cruz y calmaron así las olas de la incertidumbre y el temor (Mt 8,23-27).
Ejemplo de ello, en estas benditas tierras, es el venerable Antonio González, sacerdote diocesano y conocido como el "buen pastor canario". Su vida, transfigurada por la gracia divina, nos estimula a cargar la cruz de Cristo y a seguirlo (Mt 16,24), siendo testigos fieles del evangelio en este nuevo tiempo de la historia, no exento de turbulencias y contradicciones, para llegar así a la meta prometida (Jn 12,32).
La primera pauta de navegación, por tanto, es abrazar la cruz de Cristo. Ustedes lo hacen cotidianamente, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida. Les agradezco esta generosa labor de caridad y misericordia.
Quisiera destacar, además, una segunda actitud: la de cultivar una espiritualidad eucarística. Esto tiene relación con la antigua tradición que se conserva en esta hermosa catedral: la lluvia de pétalos de flores ante el Santísimo Sacramento, que se realiza el día de la ascensión como signo de los bienes espirituales y celestiales que derrama el Señor al subir al cielo.
Este gesto de devoción, de tantas generaciones a lo largo del tiempo, posee un significado profundo. En nuestro peregrinar, la meta es el encuentro con Cristo. Cristo es el centro de la vida cristiana, hacia quien se inclinan nuestras rodillas en adoración, en torno a quien nos reunimos formando un solo cuerpo y junto a quien nos ofrecemos como «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rm 12,1).
Nos dice el Concilio Vaticano II: los fieles, «participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios» (Lumen Gentium, 11). Por tanto, cultivar una espiritualidad eucarística es ahondar en «una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor» (León XIV, Magnifica Humanitas, 234). Hagamos de nuestra vida una respuesta al deseo de Jesús: «que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21).
Una forma concreta de manifestar esta espiritualidad de comunión es la solidaridad cristiana, porque la «unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega» (Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 14). Por ello, les animo a seguir ofreciendo a todos el amor que ustedes han recibido del Señor (1Jn 4,19).
Este amor se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles. ¿Por qué? Porque «tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36).
Querida Iglesia que peregrina en Canarias, siguiendo la estela de santidad de tantos hombres y mujeres que les han precedido, que han ofrecido sus vidas en comunión con el sacrificio de Cristo en la cruz y en el altar, les animo a seguir adelante, fuertemente arraigados en él.
Sigan navegando con valentía en este nuevo tiempo de la historia. Cuando encuentren dificultades, alcen la mirada, y pidan al Espíritu Santo la gracia de vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que «son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios» (Juan Pablo II, Audiencia, 22-XI-2000).
Que la bienaventurada Virgen María, stella maris, nos oriente en nuestra travesía, nos ayude a "remar mar adentro" (Lc 5,1-11) y así lleguemos al puerto seguro del encuentro definitivo con su Hijo Jesucristo. ¡Gracias!
León XIV
Act:
11/06/26
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