Bendición de la Sagrada Familia

Sagrada Familia
Barcelona, 10 junio 2026

«Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2.10). Con la alabanza de este salmo, tan lleno de alegría y asombro, os saludo a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas. Esta tarde es de fiesta para toda la ciudad de Barcelona, y en ella extiendo mi saludo agradecido a las autoridades públicas, así como a los miembros de otras religiones que participan en nuestra acción de gracias.

La Basílica de la Sagrada Familia nos acoge hoy en esta hermosa ciudad, abriendo sus puertas como si fueran sus brazos para invitar a cada uno a este altar, a escuchar la palabra de Dios. Es un templo que nos constituye en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la eucaristía. Así es como la ciudad condal y toda Cataluña se reúnen en este templo (signo también de unidad y de concordia) y alzan su mirada para encontrarse con el rostro de Dios Padre (resplandeciente en su Hijo hecho hombre, Jesucristo).

Mientras damos gracias al Señor por su caridad hacia nosotros, le alabamos por lo que obra en nuestra vida. En particular, le damos gracias por esta extraordinaria basílica, que Benedicto XVI consagró en 2010 recordando que es signo visible del Dios invisible, por cuya gloria se alzan sus torres (Homilía de Barcelona, 7-XI-2010). En continuidad con mi predecesor, y dentro de unos momentos, bendeciré la torre más alta, la Torre de Jesucristo.

Esta iglesia es un edificio único, compuesto por muchas piedras. Es una casa que crece con constancia a lo largo de los años, siguiendo un mismo proyecto. Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino y un proyecto que Dios va llevando a cabo.

No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte así en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios. Es decir, en la construcción a la que él mismo nos llama. Puesto que somos templo del Espíritu Santo (1Cor 6,16.19), esta obra coincide con nuestra vida, que Dios concibe como una obra maestra que debemos realizar juntos y colaborando con él (1Cor 3,9).

A este respecto, guardamos en nuestro corazón las palabras que el Señor dirigió al rey David: «¿Tú me vas a construir una casa para morada mía?» (2Sm 7,5). Al contrario, «el Señor te anuncia que él te va a edificar una casa» (v.11). Con este anuncio, la Escritura nos enseña que no somos nosotros quienes damos un lugar a Dios (como parte de un todo mayor que él), sino que es Dios quien nos da a nosotros un lugar. El lugar que Dios nos regala es su propio corazón, es su Hijo, es su amor, y eso que nosotros somos pecadores.

Desde esta voluntad del Padre, entendemos las palabras que hemos escuchado en el evangelio, cuando el Señor dice a los fariseos: «Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24). Se trata de palabras fuertes, sin amenazas ni chantaje. Se trata de palabras de salvación, y de una invitación al bien definitivo y eterno que el Padre tiene preparado.

Ante la amenaza del mal, el Señor siempre está con nosotros, a nuestro favor. "Yo soy" es el nombre que Dios entregó a Moisés desde la zarza ardiente, revelando su inquebrantable fidelidad. Hecho hombre, él se convierte para nosotros en el Enmanuel, fuente de gracia y perdón, de salvación y de vida nueva. Es por ello que, si no creemos en Jesucristo, permaneceremos en el pecado y acabaremos muriendo sin remedio.

Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora o a quien huye de la miseria.

Esta noche recordaremos la Cruz de Cristo, que corona esta basílica. Se trata de la cruz de los últimos que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán. Las tres fachadas de la Sagrada Familia lo atestiguan. En ellas, el Primero se hace el último (en la natividad), con su sacrificio nos redime (en la pasión), y su muerte nos da la vida eterna (en la gloria).

Al admirar la Torre de Jesucristo, alzamos la mirada a Aquel que revela la verdad. Sí, hermanos, a través de Cristo podemos ver el mundo con ojos renovados. La torre de la cruz se convierte así en estandarte de caridad, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza.

En la cruz de Jesús nuestra fe alcanza su culmen, como profesa la inscripción que se encuentra en la base de la aguja: "Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, tu solus Altissimus". Esta cruz brilla de día (reflejando la luz del sol) y brilla de noche (iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo). La luz de Cristo brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han acogido (Jn 1,5.11). Con este rechazo, lo que el mundo consigue es que en el mundo no exista el amor, porque falta el amor de Dios.

Nos dice también Jesucristo lo siguiente: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que yo soy» (Jn 8,28). Es necesario pasar por la pasión del Crucificado para ser iluminados por la gloria del Resucitado. Desde siempre, el Padre enseña a dar la vida, y el Hijo a comunicarla, con el poder del Espíritu Santo. He aquí por qué precisamente la cruz es el signo luminoso de su amor.

La fe es lo que da forma a las piedras, y sentido al edificio que habitamos. La oración es el vínculo originario de este edificio, y alude al Creador del cielo y de la tierra. Él es el artista que ha impreso su esplendor en el cosmos, y el hombre (creado a su imagen) responde a su obra con su propio ingenio. Así es como el artista convierte el talento en alabanza, y la creatividad en testimonio del Creador.

Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor. A través de la Sagrada Familia nos propuso una peregrinación espiritual, que conduce al encuentro con Cristo nacido, muerto y resucitado por nosotros.

Junto con Gaudí, de quien conmemoramos el II centenario de su muerte, recordamos y damos las gracias a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, a los que hacen de esta basílica una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz.

En su sabiduría, la Sagrada Familia renueva la "biblia pauperum" de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización.

Estimados hermanos y hermanas, la belleza de este templo nos anima a aprender de nuestro Maestro y Señor el arte de vivir según su evangelio. Mientras alzamos la mirada hacia él, el Crucificado resucitado, comprometámonos a levantar el rostro de quienes yacen en el polvo (1Sm 2,8).

Demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo. Hagámoslo, mas no para destacar en los rankings mundanos sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en España. La cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo.

León XIV

 Act: 10/06/26    @viaje a españa       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A