Encuentro Social de Barcelona
Barrio
del Raval
Barcelona, 10 junio 2026
Estimados hermanos y hermanas, ¡buenas tardes! Agradezco las palabras que me ha dispensado, y quisiera agradecer a Renzo su carta y las preguntas que me hace, intentando responder algunas de ellas. Muchas gracias por la acogida, y de verdad que aquí me siento en casa. Gracias por todo lo que ustedes representan.
La primera vez que vine a este barrio fue en 1984. Viajaba por tierra desde Roma a León, y cuando pasé por Barcelona me dijeron: Mira, aquí hay una iglesia de San Agustín, vamos a visitarla. Estaba cerrada, y hoy está abierta. ¡Qué hermoso es encontrar una iglesia con una comunidad de personas que viven y conviven! Muchas gracias a todos, de verdad.
En cuanto a la pregunta sobre el fútbol, cuando era joven jugaba al fútbol americano. Viviendo en Roma conocí el fútbol universal, cuando se celebró el mundial de España de 1982. Años después, con los seminaristas de Trujillo jugaba al fútbol. Lo hacía de defensa, porque no era un buen goleador. En Perú seguía mucho los equipos locales, y me hizo mucho bien hacer deporte, para conservar la buena salud, de cuerpo, mente y alma. Sí, el deporte ha sido parte de mi vida.
El fútbol también nos ayuda a recordar algo muy importante: que la vida no es una carrera para vivir de forma solitaria, sino algo que se juega en equipo, y hay que aprender a jugar juntos. Por supuesto, uno puede ser una estrella que nunca pasa la pelota, o no dejar que los otros entren en el juego. Por supuesto, pero lo más seguro es que ese equipo pierda el partido. Pensando en vosotros, y en cómo integraros en el equipo de la sociedad, quiero reconocer y felicitar todo lo que están haciendo aquí.
En la segunda pregunta me preguntas si de pequeño quería ser papa. Bueno, Renzo, yo creo que no, que nunca lo pensé, y que nunca he querido ser papa, ni de joven ni de viejo. Lo que sí puedo decirte es esto: que desde pequeño sentí el deseo de entregar mi vida a Dios. No sabía cómo ni por dónde, pero con el tiempo fui descubriendo que Jesús me llamaba a seguirlo como sacerdote, y que ese camino pasaba por la Orden de San Agustín.
Todo niño es un sueño de Dios. Tú, Renzo, también lo eres. Dios desea la felicidad de todos, y quiere que desde pequeños, y durante toda la vida, conservemos un corazón como el de los niños (Mt 18,3), capaz de confiar y lleno de bondad. Él quiere que seamos sus amigos y no nos apartemos de él.
Por eso, más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús. La amistad con Jesús nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno.
Respecto a por qué hay personas a las que les pasan cosas malas, y a otras no, no es fácil responder. Pensar en la vida de Jesús quizás nos puede ayudar. La palabra de Dios nos dice que nuestro Señor «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo» (Hch 10,38). Sin embargo, sabemos que fue crucificado.
A través de la vida de Jesucristo, Dios nos muestra que, aunque haya sufrimiento, él nunca abandona a ninguno de sus hijos, y que nos tiene preparada una alegría eterna donde ya no habrá tristezas ni dolor. Tengamos confianza, porque Jesús está con nosotros, nos acompaña y nos da fuerzas para atravesar los momentos difíciles que podamos encontrar en la vida.
Sobre tu pregunta sobre los abuelos, sí, los abuelos son muy importantes en la vida de las familias, y nunca deberían quedarse solos. A menudo, ellos son los que cuidan a los nietos, mientras los padres van a trabajar. Así, con cariño y dedicación, los abuelos ayudan a los niños a conocer el amor, a echar raíces en sus corazones y a ser hombres y mujeres de bien. Y ¿cómo debemos corresponder al amor? Así mismo: con amor. Esto es lo que Jesús quiere que hagamos.
Hay que cuidar y acompañar a nuestros abuelos en su vejez, así como ellos hicieron con nosotros. No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los mayores, porque eso es algo muy triste. Tengamos nuestro corazón abierto a todos ellos, y aunque no sean nuestros abuelos no permitamos que se sientan solos ni desprotegidos. Si no queremos la soledad para nosotros, tampoco debemos permitirla para los demás.
Con respecto a si debemos perdonar siempre, Jesús nos dice que sí. Un día, Pedro le preguntó: «Señor, si alguien me hace daño, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22). Con esto, Jesús quiso decirnos lo siguiente: perdona siempre.
Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño. No significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón. Perdonar es la única manera de experimentar la paz de Dios y de sanar las heridas espirituales. Cuando perdonamos imitamos el ejemplo de Jesús, que perdonó a quienes lo crucificaban. Nuestra disposición para perdonar es condición para el perdón que recibimos de Dios.
Hermanos y hermanas, estar aquí, en la Iglesia de San Agustín del Raval, abre nuestro corazón a una verdad que el obispo de Hipona nos indica: que ser cristianos es un regalo. Cimentados en Cristo, que es la piedra viva, experimentamos la acción del Espíritu Santo, con la convicción de que todo esfuerzo realizado en favor de nuestro prójimo será bendecido por el Padre celestial, en quien ponemos nuestra esperanza. Como miembros del cuerpo místico de Cristo, estamos realmente ligados al destino de aquellos a quienes Dios ama e invita a participar de su vida.
Llamados a amar a Dios, y por amor a él a nuestros hermanos, somos enviados a salir al encuentro de todos. El cristiano ha de ser bondadoso, amable y compasivo. Debe amar sin interés y buscar el bien de los demás, sabiendo que en cada hermano y hermana que sufre es el mismo Señor quien pide y recibe, quien es acogido o rechazado, quien es amado o despreciado.
La caridad evangélica, fundada en Jesucristo y alimentada por su amor, da forma e identidad a la vida personal y comunitaria de todo cristiano. De ahí que cada comunidad eclesial diocesana, movida por la caridad e instruida por el Espíritu Santo, está llamada a acercarse, según sus propias posibilidades y capacidades, y con discreción, delicadeza y perseverancia, a las heridas y necesidades de los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y remediar su pobreza. Cuando lo hace imita la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a nosotros, y siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos, y nos llama también a reconocerlo y socorrerlo en los más necesitados (Mt 25,40).
Es una alegría encontrarme esta tarde con todos vosotros, de tantas maneras vinculados a la asistencia, acompañamiento y promoción de quienes más lo necesitan, sobre todo en los tiempos que estamos viviendo, en los que parece haberse perdido el sentido de la dignidad sagrada del ser humano.
Como cristianos estamos llamados a hacer presente el amor de Dios por cada hombre y cada mujer, en el tejido concreto de la historia. El libro del Génesis nos narra que Dios creó «al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Gn 1,27). En ello radica la dignidad inalienable de todo ser humano, que no depende de las capacidades que posee, de las riquezas que acumula o del rol que desempeña, sino del don que lo precede y lo excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla (León XIV, Magnifica Humanitas, 50).
El Señor nos invita a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano. Como hijos del mismo Padre, toda persona está constitutivamente hecha para la relación, y ha sido pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con él, con los demás y con la creación.
Una expresión singular de este anhelo divino la constituyen las realidades diocesanas de caridad y asistencia, de las que vosotros formáis parte y lleváis adelante con esfuerzo y dedicación, con la conciencia de que la persona humana está en el centro de la acción de la Iglesia (Vaticano II, Gaudium et Spes, 24) y de que la caridad es «el mayor mandamiento social» (CIC, 1889).
Os aliento a que, unidos a vuestros pastores, continuéis animando estos apostolados, dando testimonio del evangelio y mostrando al mundo la belleza de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán plenas en el reino de Dios. Sed, testigos creíbles de la esperanza cristiana, en el servicio solícito a los hermanos y hermanas que, en una condición de vida precaria, marcada por la privación, la fragilidad o la marginación, necesitan ayuda material y sostén moral, así como la amistad de Dios (Francisco I, Evangelii Gaudium, 200).
Deposito a los pies de nuestra Señora del Buen Consejo vuestro trabajo y vuestra entrega, para que su intercesión os acompañe y el Señor haga fructificar abundantemente todo el bien que procuráis. Que Dios os bendiga. Muchas gracias.
León XIV
Act:
10/06/26
@viaje
a españa
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()