Rosario por España
Abadía
de Montserrat
Barcelona, 10 junio 2026
Padre abad de Montserrat, obispos y fieles que participáis en esta peregrinación, niños y niñas que nos acompañáis hoy, ¡gracias por la acogida, gracias por vuestra presencia!
Estoy contento de poder venir a los pies de la Moreneta para encomendarle, lleno de confianza en su intercesión maternal, mi servicio petrino y la misión de la Iglesia en el mundo que clama pidiendo justicia y paz. A este respecto, guardo un grato recuerdo de mis años como párroco de la Parroquia Santa María de Montserrat de Trujillo, en Perú. La Moreneta siempre me ha acompañado. Gracias, Cataluña, por tu fe.
Los muros de este recinto podrían narrarnos las innumerables historias de devoción, gratitud y esperanza que han contemplado a lo largo de los siglos en torno a la Mare de Déu de Montserrat, y también han sido testigos de la sangre derramada por amor a Jesucristo. Así mismo, en esos muros han quedado custodiadas las alegrías y las penas, los gozos y las lágrimas de tantos fieles, y han escuchado también las voces celestiales del canto infantil de la escolanía más antigua de Europa.
Mi predecesor Francisco I ofreció la rosa de oro a esta venerada imagen en 2023, y nos invitó a considerar cómo, durante cientos de años, fieles sin distinción han pasado por este santuario desgranando las cuentas del rosario, porque María, mare de Déu, es fundamental en la vida de todo cristiano.
En esa misma ocasión, Francisco I señaló que «delante de la madre se despiertan los sentimientos más nobles de una persona» (Audiencia, 7-X-2023). Efectivamente, ella suscita en nosotros conversiones profundas, como la de San Ignacio de Loyola, que en este sugestivo lugar, después de una noche en oración ante la Virgen, entregó sus armas de caballero y comenzó una vida nueva al servicio de Jesucristo.
Con esta misma actitud filial, os invito a acoger hoy la invitación que nos hace María: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Estas palabras, pronunciadas en Caná de Galilea, contienen un verdadero programa de vida cristiana, porque María nos conduce hacia Cristo y nos enseña a escuchar su voz, obedecer su palabra y permitir que él nos transforme.
La voluntad de Jesús es clara, y dice lo siguiente: «Esto os mando: que os améis unos a otros» (Jn 15,17). Se trata de un amor que tiene en él mismo su medida y su fuente («como yo os he amado»; v.12). Por eso, cuando María nos dice «haced lo que él os diga», nos invita a alcanzar un corazón reconciliado con los criterios del evangelio.
Jesús nos muestra el camino de la misericordia, la reconciliación, la verdad y la mansedumbre. Al mismo tiempo, desenmascara la violencia que puede esconderse en nuestras palabras y actitudes. Desenmascara la crítica que humilla, la condena que destruyel la agresividad que divide y esa violencia escondida que puede revestirse muchas veces de aparentes armaduras (con las que intentamos proteger nuestras heridas, nuestros miedos o el sufrimiento causado por las injusticias).
María de Montserrat nos muestra a Jesús como un niño indefenso descansando en su regazo. Aquí está ella, junto a su Hijo, invitándonos a amarnos unos a otros. El niño-Dios que María sostiene en sus brazos no lleva armaduras, y será él mismo quien más adelante, desnudo en la cruz, se abandone totalmente al Padre para salvarnos con la fuerza desarmada y desarmante del amor.
Alcemos la mirada a María, y supliquémosle que nos ayude a revestirnos únicamente con las armas de Dios, como nos exhorta San Pablo al decir «Ceñid vuestra cintura con la verdad, revestíos con la coraza de la justicia, calzaos con el evangelio de la paz, embrazad el escudo de la fe, poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Ef 6,14-17).
María de Montserrat sostiene en su mano derecha la esfera del mundo. Éste es el signo de su cuidado materno, porque el mundo entero tiene cabida en su corazón. Ella nos invita a reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división.
Pidamos a María, reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Aprendamos a custodiar y cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz.
Que María, madre de la Iglesia, nos oriente siempre hacia Jesús. Os invito a honrarla con estas palabras: "De los catalanes siempre seréis la princesa, de los españoles el amor. Vosotros sois mi tesoro y yo vuestra madre, no temáis". Que así sea.
León XIV
Act:
10/06/26
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