A los sacerdotes de Madrid

Auditorio Pablo VI
Madrid, 9 febrero 2026

Queridos hijos, me alegra poder dirigiros esta carta con ocasión de vuestra asamblea presbiteral y hacerlo desde un sincero deseo de fraternidad y unidad. Agradezco a vuestro arzobispo y a cada uno de vosotros la disponibilidad para reuniros como presbiterio, y no sólo para tratar asuntos comunes sino para sosteneros mutuamente en la misión que compartís.

Valoro el compromiso con el que vivís y ejercitáis vuestro sacerdocio en parroquias, servicios y realidades muy diversas. Sé que muchas veces este ministerio se desarrolla en medio del cansancio, de situaciones complejas y de una entrega silenciosa de la que sólo Dios es testigo. Por eso deseo que estas palabras os alcancen como un gesto de cercanía y de aliento, y que este encuentro favorezca un clima de escucha sincera, de comunión verdadera y de apertura confiada a la acción del Espíritu Santo, que no deja de obrar en vuestra vida y en vuestra misión.

El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo a la luz de la fe los desafíos y las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En esto se hace necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades.

Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.

A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos. Hoy en día, ese sustrato común se ha debilitado notablemente.

En efecto, muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.

Sin embargo, estoy convencido que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada, la libertad desvinculada no ha generado la plenitud prometida, el progreso material no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano, las propuestas dominantes han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío.

Por todo ello, muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, y se están conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo. Esto nos recuerda que, para el sacerdote, no hay momento de repliegue ni resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.

Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid, y la Iglesia entera, en este tiempo. Ciertamente, no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con él, nutrida por la eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí.

No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico (ser alter Christus), dejando que sea él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas.

Queridos hijos, permitidme que hoy os hable del sacerdocio sirviéndome de una imagen que conocéis bien: vuestra catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él, pues las catedrales, como cualquier lugar sagrado, existen para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con los hermanos, y sus elementos encierran una lección para nuestra vida y ministerio.

Al contemplar su fachada, aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, pero tan sólo indica, sugiere e invita. Así también, el sacerdote no vive para exhibirse, y tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma, sino que conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo, y toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el misterio, sin usurpar su lugar.

Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria, y antes de entrar algo queda fuera. Pues bien, también el sacerdocio se vive así, estando en el mundo pero sin ser del mundo (Jn 17,14). En este cruce se sitúan el celibato, la pobreza y la obediencia, no como negación de la vida sino como la forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios, sin dejar de caminar entre los hombres.

La catedral es también un hogar común, donde todos tienen lugar. A eso está llamada a ser la Iglesia, y especialmente los sacerdotes: a ser una casa que acoge, protege y no abandona. Así ha de vivirse la fraternidad presbiteral, como la experiencia concreta de saberse en casa, responsables unos de otros, atentos a la vida del hermano y dispuestos a sostenernos mutuamente. Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio. ¡Resistid juntos el individualismo, que empobrece el corazón y debilita la misión!

Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto. La Iglesia ha visto en ellas la imagen de los apóstoles (Ef 2,20). Pues bien, tampoco la vida sacerdotal se sostiene por sí misma, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la tradición viva de la Iglesia, bajo la custodia del magisterio (1Cor 11,2; 2Tm 1,13-14). Cuando el sacerdote permanece anclado en este fundamento, evita edificar sobre la arena de interpretaciones parciales o acentos circunstanciales, y se apoya en la roca firme que lo precede y lo supera (Mt 7,24-27).

Antes de llegar al presbiterio, la catedral nos muestra lugares discretos pero fundamentales. En la pila bautismal nace el pueblo de Dios, en el confesionario es continuamente regenerado. Pues bien, en los sacramentos la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal. Queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia, y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. No olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros y de volver a la misericordia que anunciáis.

Junto al espacio central se abren capillas diversas, cada una con su historia y advocación. A pesar de ser distintas en arte y composición, todas comparten una misma orientación, y ninguna está girada hacia sí misma, y ninguna rompe la armonía del conjunto. Así sucede también en la Iglesia, a través de los carismas y espiritualidades mediante los cuales el Señor enriquece y sostiene vuestra vocación. Cada uno recibe una forma particular de expresar la fe y de nutrir la interioridad, pero todos permanecen orientados hacia el mismo centro.

Miremos el centro de todo, hijos míos: el altar. Mirémoslo, porque aquí se revela lo qué da sentido a lo que hacéis cada día y el lugar de dónde brota vuestro ministerio. En el altar, por vuestras manos, se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas. En el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido, confiado de nuevo a vuestro cuidado. Sed adoradores, hombres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo.

Al término de este recorrido, para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de vuestro santo compatriota, San Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo» (Homilías, LVII). ¡Sed santos! Os encomiendo a Santa María de la Almudena y, con el corazón lleno de gratitud, os imparto la bendición apostólica, que extiendo a cuantos están confiados a vuestro cuidado pastoral.

León XIV

 Act: 09/02/26    @mensajes papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A