A la Orden Franciscana
Basílica
de la Porciúncula
Asís, 7 enero 2026
Ministros generales y conferencia de la familia franciscana, San Francisco exclamó «nuestra hermana muerte» el 3 octubre 1226 en la Porciúncula, al acercarse a ella como un hombre finalmente en paz. Han pasado 800 años desde la muerte del poverello de Asís, que incisivamente escribió la palabra salvadora de Cristo en los corazones de los hombres de su tiempo.
Al recordar el significativo aniversario del VIII centenario de su muerte, deseo unirme espiritualmente a toda la familia franciscana y a todos los que participarán en los actos conmemorativos, deseando que el mensaje de paz encuentre un eco profundo en la Iglesia y en la sociedad actual.
Al comienzo de su vida evangélica, Francisco escuchó una llamada, y más tarde escribió: «El Señor me reveló que debíamos decir este saludo: Que el Señor te dé la paz» (Testamento, 23). Con estas palabras esenciales, transmitió a sus hermanos y a cada creyente la maravilla interior que el evangelio había traído a su existencia: la paz, suma de todos los bienes de Dios, don que desciende de lo Alto, don activo, que debe ser acogido y vivido cada día (León XIV, Discurso, 16-V-2025).
Es el mismo saludo que el Señor resucitado dirigió a sus discípulos, atemorizados y encerrados en el cenáculo la noche de Pascua: «La paz esté con vosotros» (Jn 20,19). No es una fórmula cortés, sino el anuncio certero de la victoria de Cristo sobre la muerte. Como la voz de los ángeles en la noche de Navidad («gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace»; Lc 2,14), así la paz que anuncia el padre seráfico es la que Cristo mismo hizo resonar entre el cielo y la tierra.
En esta época, marcada por tantas guerras aparentemente interminables, por divisiones internas y sociales que generan desconfianza y miedo, él sigue hablando. No porque ofrezca soluciones técnicas, sino porque su vida señala la auténtica fuente de la paz.
La visión franciscana de la paz no se limita a las relaciones entre los seres humanos, sino que abarca toda la creación. Francisco, que llama al sol hermano y a la luna hermana, y que reconoce en cada criatura un reflejo de la belleza divina, nos recuerda que la paz debe extenderse a toda la familia de la creación.
Esta perspectiva resuena con especial urgencia en nuestro tiempo, cuando nuestra casa común se ve amenazada y sufre bajo la explotación. La paz con Dios, la paz entre las personas y la paz con la creación son dimensiones inseparables de un único llamado a la reconciliación universal.
Queridos hermanos y hermanas, el ejemplo y el legado espiritual de este santo, fuerte en la fe, firme en la esperanza y ardiente en la caridad activa hacia los demás, inspiren en todos la importancia de confiar en el Señor, de dedicarse a una vida fiel al evangelio, de acoger e iluminar con la fe y la oración cada circunstancia y acción de la vida.
En este año de gracia, deseo ofreceros una oración para que San Francisco de Asís siga infundiendo en todos nosotros la alegría y la armonía perfecta:
"San Francisco, hermano nuestro, tú que hace ochocientos años fuiste al encuentro de la Hermana Muerte como hombre de paz, intercede por nosotros ante el Señor. En el Crucifijo de San Damián reconociste la verdadera paz, enséñanos a buscar en Él la fuente de toda reconciliación que derriba todo muro. Tú que, desarmado, cruzaste las líneas de la guerra y la incomprensión, danos el coraje de construir puentes allí donde el mundo erige fronteras. En estos tiempos plagados de conflicto y división, intercede para que nos convirtamos en pacificadores, en testigos inermes y desarmantes de la paz que viene de Cristo. Amén".
Con estos sentimientos, expreso fervientes deseos de bien especialmente para todos vosotros que seguís el carisma del poverello de Asís y para cuantos recordarán de diversos modos el aniversario de su dies natalis, a la vez que envío de corazón la deseada bendición apostólica.
León XIV
Act:
07/01/26
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