Al Centro USA de la Constitución
Independence
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Filadelfia, 3 julio 2026
Queridos amigos, es un honor para mí recibir la medalla de la libertad del Centro Nacional de la Constitución, que este año conmemora el 250 aniversario de la fundación de los Estados Unidos de América, recordando la firma de la Declaración de Independencia del 4 julio 1776. En vísperas de esta trascendental ocasión, extiendo un cordial saludo a todos los reunidos en el Centro Nacional de la Constitución, en Filadelfia.
Como hijo de esta gran nación, fundada por hombres y mujeres valientes que soñaron con la libertad y un mundo mejor para ellos y sus hijos, me uno a ustedes para pedir las bendiciones de Dios para el futuro de Estados Unidos, para que los elevados ideales consagrados al inicio de la Declaración de Independencia continúen guiando la prosperidad de la nación en unidad, justicia y paz.
Desde nuestra juventud, la mayoría hemos admirado la elocuencia de esas palabras, con su poderoso llamamiento a la ley natural y al Dios de la naturaleza como fundamento de su afirmación de que todos los hombres y mujeres son creados iguales y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, incluyendo el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Si bien fue expresada en el lenguaje de la Ilustración, esa afirmación se basaba, en última instancia, en una comprensión de la persona humana inspirada por la gran visión bíblica del hombre y la mujer creados a imagen de Dios. De hecho, es aquí donde descubrimos el fundamento de la dignidad humana, que precede al establecimiento de cualquier estado y cuya preservación es su propósito mismo.
Para muchísimas personas en todo el mundo, durante los últimos 250 años, la inquebrantable determinación de Estados Unidos por hacer realidad la noble visión de sus fundadores la ha convertido en sinónimo de libertad, al abrir sus puertas a sucesivas oleadas de inmigrantes y permitiéndoles (a ellos y a sus hijos) contribuir a forjar el futuro de la nación.
Fue este mismo amor por la libertad lo que inspiró a Estados Unidos en los momentos más oscuros del siglo pasado, durante las dos guerras mundiales. Nuestra patria miró más allá y, con gran sacrificio,defendió la causa de la libertad más allá de sus fronteras.
Como bien saben todos los estadounidenses, el camino hacia la construcción de una sociedad que encarne esos ideales de libertad y justicia no siempre ha sido fácil, y en muchos sentidos sigue siendo una labor en constante evolución. De hecho, el esfuerzo por materializar esta visión debe renovarse en cada generación, y ante desafíos siempre cambiantes.
Este aniversario histórico nos brinda la oportunidad de reflexionar, una vez más, sobre los principios fundacionales de la nación, con la esperanza de que Estados Unidos permanezca siempre fiel al sueño que le valió el título de "tierra de la libertad" y "hogar de los valientes".
El primer derecho consagrado por los fundadores de la nación fue el derecho a la vida, pues nadie privado de ella puede disfrutar de la libertad ni buscar la felicidad. La vitalidad de un país está profundamente ligada al valor que otorga a la vida humana en todas sus formas y condiciones, reconociendo la dignidad con la que toda persona está dotada por el mero hecho de existir.
El valor intrínseco de toda vida humana ha llevado a nobles corazones, durante generaciones, a alabar las maravillosas obras del Creador (Sal 139,14) y a venerar con reverencia este precioso don. Pues bien, es esta reverencia la que debemos seguir cultivando, conmoviendo los corazones de las personas e inspirando leyes que reconozcan y salvaguarden este don desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. La grandeza moral de una nación se manifiesta a través de su capacidad para apoyar, proteger y valorar la vida de todos sus ciudadanos.
Después del derecho a la vida, la libertad fue, y sigue siendo, primordial entre los principios que honraron los hombres y mujeres que buscaron un nuevo comienzo dentro de las fronteras de esta nación, como una esperanza antes inimaginable. Si bien suele entenderse como la capacidad de actuar según la propia voluntad, la verdadera libertad es mucho más profunda. Se fundamenta en la capacidad del ser humano para conocer la verdad y adherirse a lo que es bueno, incluso a un gran costo. Esta es la parte sacrificial, que muy bien conocido muchos de quienes han trabajado para forjar este país.
El anhelo de verdad y libertad, así como la búsqueda de la felicidad, continúan inspirando a personas de todas las generaciones a plantearse preguntas fundamentales sobre el significado de la vida, nuestro propósito último y, en última instancia, Dios. Corresponde a los corazones magnánimos la búsqueda de respuestas sinceras a estas preguntas, sabiendo que las respuestas dan forma al rumbo que buscamos tomar en nuestras vidas,
Estados Unidos ha promovido durante mucho tiempo la libertad religiosa y el respeto a los dictados de la conciencia. Lo ha hecho sin temor ni coacción, tal como se consagra en la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.
Esta es la libertad que consagra la esfera íntima de la persona, donde se forjan las convicciones y donde la conciencia puede guiar las decisiones tomadas en lo más profundo del corazón humano. Esta libertad garantiza el derecho de toda persona a practicar su religión según sus creencias, y el de los individuos, comunidades y asociaciones a expresar públicamente su fe.
La libertad religiosa ha dado origen a la tradición estadounidense de contemplar el diálogo interreligioso y la cooperación entre religiones, con vistas a promover el bien común y enriquecer los debates sobre las grandes cuestiones morales y éticas que han afrontado la nación y moldeado el curso de la historia.
Espero que esta tradición siga dando frutos en el debate público, caracterizado por la moderación, el respeto por otros puntos de vista y un esfuerzo constante por encontrar puntos en común para impulsar la causa de la paz y la reconciliación, tanto a nivel nacional como internacional.
Los antepasados de nuestro país, hombres y mujeres de diversos orígenes, religiones e idiomas, supieron encontrar puntos en común, y la fuerza necesaria para forjar un futuro mejor. Los principios que inspiraron a los fundadores de Estados Unidos, arraigados en la esencia de la persona humana, los unieron en una sola causa, o sueño común. La unidad fortaleció ese sueño, dando origen, bajo la protección de Dios, a los Estados Unidos de América, a forma de "e pluribus unum" (lit. de muchos, uno, nuestro lema fundacional).
Para que nuestra nación prospere, debe estar verdaderamente unida. Unida no sólo por objetivos ligados a esfuerzos momentáneos, sino por ideales que perduren. Que los principios que hemos reflexionado hoy (la dignidad humana compartida, la igualdad y los derechos consagrados en la Declaración de Independencia) sean siempre fuente de esa unidad y guía para el presente y los años venideros.
Al aceptar este premio, ruego que el 250 aniversario de la fundación de esta gran nación sea una ocasión para renovar solemnemente nuestro compromiso con los ideales que han hecho de Estados Unidos un país que valora la paz y la prosperidad, un país caracterizado por la generosidad y la nobleza de corazón. Les encomiendo a todos ustedes, así como el futuro de esta nación, a Aquel que es la fuente misma de la verdadera libertad y la paz duradera, aquel cuyo nombre es Paz.
¡Dios bendiga a América! ¡Gracias!
León XIV
Act:
03/07/26
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