A las Conferencias Juveniles de Steubenville

Universidad Franciscana
Steubenville, 10 julio 2026

Queridos amigos, me complace saludarles a todos ustedes, reunidos en diferentes lugares para las Conferencias Juveniles de Verano de Steubenville, el año en que conmemora su 50 aniversario.

Dado que este evento está organizado por los franciscanos, pensé que sería apropiado reflexionar sobre el mensaje que San Francisco podría ofrecer a los jóvenes de hoy. Creo que podría hablarnos de muchas cosas, pero especialmente sobre la paz auténtica y la alegría perfecta, ya que estos temas fueron una parte importante de su vida.

Si alguno de ustedes se hubiera encontrado con San Francisco en las calles de Asís del siglo XIII, probablemente él le habría mirado con una sonrisa serena y amorosa, y le habría dicho: Paz y bien. Así solía saludar San Francisco, y esto expresa uno de los deseos que albergaba en su corazón. ¿Deseo yo la verdadera paz, para aquellos con quienes me relaciono? ¿Trato a los demás de una manera que les brinde paz?

Me podrían decir que esto no siempre es fácil, y que a veces nuestro comportamiento, incluso hacia quienes amamos profundamente, puede generar frustración y conflicto, en lugar de paz. Bien, pero recordemos que San Francisco no logró sembrar la paz por sus propios esfuerzos, sino porque poseía en sí mismo la fuente de la verdadera paz.

Queridos jóvenes, la paz es un don de Dios, que recibimos cuando invitamos al Señor a nuestros corazones. Cuando esto sucede, impulsivamente nos convertirnos en instrumentos de su paz. Por lo tanto, quisiera invitarles a aprovechar los momentos de silencio durante esta conferencia, para descubrir la paz que Cristo prometió dar a sus discípulos (Jn 14,27).

San Francisco era conocido por su gran alegría, y él siempre se regocijaba en la belleza de la creación. Sin embargo, quizás les sorprenda la forma en que una vez explicó qué era la alegría perfecta.

Una tarde de invierno, mientras caminaba de regreso a Asís con el hermano León, uno de los primeros miembros de la Orden Franciscana, Francisco comenzó a enumerar las cosas aparentemente buenas que no conducen a la alegría. En un momento dado, el hermano León exclamó: "Padre Francisco, dígame dónde se encuentra la alegría perfecta". En respuesta, el santo describió una situación trágica que implicaba sufrir frío, hambre y rechazo (lo contrario de lo que uno podría esperar), y añadió: "Si esas dificultades se afrontan con paciencia, sin quejarse, y con amor a Dios, ésa es la alegría perfecta".

¿Es realmente posible experimentar alegría hoy en día? Sólo es posible si nuestra vida se fundamenta en nuestra relación con Dios como Padre amoroso. De hecho, la alegría de San Francisco, la alegría de la que hablaba, no se encontraba en los dispositivos electrónicos, pasando horas frente a una pantalla o navegando sin cesar por las redes sociales.

Estas actividades electrónicas desperdician un tiempo precioso que podría emplearse en el cultivo de amistades auténticas, pasar tiempo con la familia, investigar la cultura o practicar deporte. La alegría nunca debe buscarse mediante el consumo de drogas, el abuso del alcohol, la promiscuidad, las relaciones superficiales, la obsesión por la imagen o cualquier otro tipo de comportamiento dañino. Sorprendentemente, ni siquiera se encuentra en posesiones como la riqueza, la belleza, la fama o la salud, porque un día dejaremos todo esto atrás.

Sólo el amor de Dios puede darnos una alegría verdadera y perfecta. Si estamos profundamente convencidos de que Dios nos cuida como a sus hijos amados, no nos confundiremos ni nos desanimaremos, ni siquiera en las situaciones difíciles. A muchos de ustedes les han dicho desde la infancia que Dios les ama, pero ¿lo creen de verdad? Ustedes son preciosos a los ojos de Dios (Is 43,4), y él los ama incondicionalmente. ¿Están seguros de esto?

Si cultivan una relación de confianza con él, mediante la oración regular o la recepción de los sacramentos, y si se abandonan en sus manos, entonces la ansiedad, la tristeza y la soledad desaparecerán a medida que su gracia los llene y su amor inflame sus corazones. Este es el secreto para poder afrontar las circunstancias difíciles con una sonrisa. Abran sus corazones para descubrir esta realidad.

Así pues, el mensaje de San Francisco es sencillo: que la verdadera paz, y la alegría perfecta, son dones de Dios que recibimos cuando nos abrimos a él y confiamos en su poder transformador. ¿Qué podemos ofrecerle a cambio de tan gran amor, de dones tan generosos? ¡Nada!, excepto a nosotros mismos.

Lo que el Señor necesita es jóvenes que lleven su palabra a quienes no lo conocen, que construyan familias católicas llenas de amor, que se ordenen sacerdotes para ser padres espirituales y ministros de los sacramentos, así como religiosos y religiosas que den testimonio de la verdadera alegría de su Reino.

Si alguno de ustedes siente que el Señor le llama a una de estas vocaciones, que no se retraiga ni se alejes con temor, sino que dé un paso al frente y diga al Señor: «Aquí estoy, envíame» ( Is 6:8). Al mismo tiempo, no teman hablar de ello con alguien que sea de confianza.

Les deseo a todos una conferencia fructífera, y que durante estos días encuentren la verdadera felicidad. Encomendándoles a la intercesión maternal de la Virgen María, causa de nuestra alegría, invoco con fervor sobre cada uno de ustedes las bendiciones divinas de paz y fortaleza.

León XIV

 Act: 10/07/26    @mensajes papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A