En la visita pastoral a Nápoles

Catedral de la Asunción
Nápoles, 8 mayo 2026

Eminencia, excelencias, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, gracias a todos los presentes y a toda la Iglesia en Nápoles.

Es una gran alegría para mí visitar esta ciudad, tan rica en arte y cultura, situada en el corazón del Mediterráneo y habitada por un pueblo inconfundible y alegre, a pesar de las dificultades que afronta. Mi predecesor Francisco I, al venir aquí en 2015, dijo que «la vida en Nápoles nunca ha sido fácil, pero ¡nunca ha sido triste!», y que «éste es su gran recurso: la alegría, el optimismo» (Encuentro de Scampia, 21-III-2015). Hoy también estoy aquí para contagiarme de esa alegría, así que ¡gracias por su bienvenida!

Con este espíritu de amistad y fraternidad, quisiera compartir con ustedes una breve reflexión que espero les sirva de apoyo y aliento en su camino, y que les ofrezca algunas ideas útiles para la vida eclesial y pastoral.

Hay una palabra que resuena en mi corazón al escuchar el relato evangélico de los dos discípulos camino a Emaús: la palabra cuidado. Al igual que aquellos discípulos, con demasiada frecuencia continuamos nuestro camino, incapaces de interpretar los signos de la historia. A veces, desanimados y decepcionados por tantos problemas o por esperanzas personales y pastorales que parecen no cumplirse, tenemos rostros tristes y amargura en nuestros corazones. Jesús, sin embargo, está a nuestro lado y camina con nosotros, acompañándonos para abrirnos a una nueva luz.

Lo opuesto al cuidado es la negligencia. Algunos ejemplos vienen inmediatamente a la mente, como el abandono de las calles y esquinas de la ciudad, los espacios públicos, los suburbios y todas aquellas situaciones en las que se descuida la belleza y dignidad. Por ello, quisiera que reflexionáramos en la importancia del cuidado interior, que es el cuidado de nuestros corazones, humanidad y relaciones personales.

Digo esto, ante todo, a quienes en la Iglesia están llamados a un rol de responsabilidad, a un servicio de gobierno, a una consagración especial. Pienso en los sacerdotes y religiosos, porque la carga del ministerio y la consiguiente lucha interior se han vuelto, en cierto modo, aún más pesadas que en el pasado.

Nápoles es una ciudad de mil colores, donde la cultura y las tradiciones del pasado se mezclan con la modernidad y la innovación. Es una ciudad donde una religiosidad popular, espontánea y efervescente se entrelaza con numerosas fragilidades sociales y las múltiples caras de la pobreza. Es una ciudad antigua pero en constante movimiento, con mucha belleza y al mismo tiempo ensangrentada por la violencia. En este contexto, la pastoral está llamada a encarnar continuamente el mensaje del evangelio, para que la fe cristiana no se limite a unos pocos episodios emotivos, sino que penetre profundamente en el tejido de la vida y la sociedad.

La carga, especialmente para los sacerdotes, es grande. Pienso en el esfuerzo que se requiere para escuchar las historias que se les confían, para interceptar las más ocultas que necesitan salir a la luz, para perseverar en el compromiso con un mensaje evangélico que pueda ofrecer horizontes de esperanza y alentar la elección del bien. Pienso en las familias cansadas que ustedes tratan de animar, y en los jóvenes desorientados a quienes acompañan, y en esos pobres que llaman diariamente a las puertas de sus parroquias y asociaciones.

A esto se suma a menudo una sensación de impotencia y desconcierto, cuando nos damos cuenta de que nuestro lenguaje y acciones parecen insuficientes para las nuevas preguntas y desafíos de hoy. La carga humana y pastoral es, sin duda, elevada, y corre el riesgo de agobiarnos, desgastarnos, extinguir nuestras energías y llevarnos al aislamiento pastoral.

Para ello, los sacerdotes necesitamos cuidado. Ante todo, cuidado de nuestra vida interior y espiritual, alimentando constantemente nuestra relación personal con el Señor en la oración y en nuestro interior, discerniendo y dejándonos iluminar por el Espíritu. Esto requiere la valentía de detenernos, de cuestionar el evangelio ante las situaciones presentes y de no reducir el ministerio a una mera función que hay que cumplir.

El cuidado de nuestro ministerio, hermanos, también implica fraternidad y comunión. Implica una fraternidad arraigada en Dios, en la amistad y el acompañamiento mutuo, en el compartir proyectos e iniciativas pastorales. Debe considerarse «un elemento constitutivo de la identidad de los ministros, y no simplemente un ideal o un eslogan» (León XIV, Fidelidad que genera Futuro, 16).

Precisamente por eso, porque hoy estamos más expuestos a los efectos de la soledad, viviendo en un entorno cultural más complejo y fragmentado, es necesario cultivar y promover la fraternidad, quizás incluso con nuevas «posibles formas de vida común» (Ibid, 17). En estas fraternidades, los sacerdotes pueden ayudarse mutuamente y desarrollar juntos la acción pastoral. Esto implica no sólo participar en alguna reunión o evento, sino trabajar para superar la tentación del individualismo. ¡Pensemos juntos en nosotros mismos, como sacerdotes! ¡Practiquemos el arte de la cercanía!

Francisco I afirmó que, ante cierto individualismo generalizado en nuestras diócesis, debemos reaccionar optando por la fraternidad. Y añadió: «Esta comunión exige vivirse buscando formas concretas que se adapten a los tiempos y a la realidad del territorio, pero siempre con una perspectiva apostólica, un estilo misionero, fraternidad y sencillez de vida» (Encuentro de Cassano all'Jonio, 21-VI-2014).

No olvidemos, pues, que esta necesidad de comunión nos concierne como personas bautizadas, llamadas a formar la única Iglesia de Cristo. Por ello, es una comunión que debemos buscar, fomentar y vivir en todas nuestras relaciones eclesiales, incluidas las mantenidas con los laicos y los agentes de pastoral.

Caminar juntos (siguiendo al Señor) y llevar adelante la misión evangelizadora (valorando los diversos carismas y ministerios), corresponde a la identidad misma de la Iglesia. La Iglesia es un misterio de comunión, y cada persona, desde el bautismo, está llamada a ser piedra viva del edificio, apóstol del evangelio y testigo del Reino.

Sé que han celebrado ya el Sínodo Diocesano, en que toda la comunidad diocesana ha cuestionado su propia forma de ser y de proclamar el evangelio en esta tierra. Quisiera invitarles, a este respecto, a preservar el método del sínodo, como ejercicio de escucha mutua, de compromiso que no excluya a nadie, de sinergia entre parroquias y asociaciones, personas consagradas y laicos.

La Iglesia está llamada a salir de sí misma, a transformar su propia forma de vida, a encarnarse entre los pueblos como faro de esperanza. Así pues, escúchense unos a otros, caminen juntos, creen una sinfonía de carismas y ministerios, encuentren maneras de pasar de un ministerio pastoral de conservación a un ministerio capaz de intervenir en la vida concreta de las personas.

Esta misión requiere la contribución de todos. En una ciudad marcada por la desigualdad, el desempleo juvenil, el abandono escolar y la fragilidad familiar, la proclamación del evangelio no puede existir sin una presencia concreta que involucre a todos (sacerdotes, religiosos y laicos). Todos han de ser parte activa en la pastoral y en la vida de la Iglesia, y no sólo como colaboradores sino como constructores. Construyan, pues, comunidades presentes y atentas, capaces de fermentar la vida.

Queridos hermanos y hermanas, conozco el vínculo especial que les une a su santo patrono San Genaro, y eso que Nápoles ha sido generosa en inspirar a multitud de santos a lo largo de su historia. Les encomiendo a ellos y a la intercesión de María, Virgen de la Asunción y madre amorosa. No lo olviden, son parte de una historia de amor que comenzó antes que ustedes y que no termina con ustedes. Sean piezas únicas e indispensables de esa historia, sean luz en la oscuridad. No se desanimen, y sean sembradores del futuro.

León XIV

 Act: 08/05/26    @homilías papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A