En su visita pastoral a Genazzano
Santuario
del Buen Consejo
Genazzano, 7 septiembre 2026
Queridos hermanos y hermanas, como recordarán, ya en los primeros días de mi pontificado sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al santuario de nuestra Señora del Buen Consejo, que a lo largo de mi vida me ha acompañado con su presencia maternal, su sabiduría y el ejemplo de su amor por su Hijo, que siempre es el centro de mi fe.
Estoy aquí de nuevo con alegría, para celebrar con ustedes la Vigilia de la Natividad de la Santísima Virgen y para encomendar a la niña María todo lo que aún está naciendo en esta pobre pero magnífica humanidad, frágil como un brote pero signo de la fidelidad de Dios. Sí, María es el amanecer de un día diferente, de nuestro mundo finalmente liberado del mal.
Estamos aquí, cerca de ella, alrededor del altar del que nos llega la salvación y nos transforma, hijos en el Hijo. Pidámosle su buen consejo, para que acoja la palabra divina, la guarde en nuestro interior y la saque a la luz mediante decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión.
Queridos hermanos, en este lugar de antigua presencia agustiniana, retomaré las páginas bíblicas que acabo de proclamar con la ayuda de Santo Tomás de Villanueva, fraile agustino y obispo que, dedicando su vida al servicio de los pobres, penetró profundamente en la verdad de la fe. Él supo ver la paradoja de la pequeñez de María y, por así decirlo, su marginalidad, que se convirtió en el centro de la economía de la salvación.
Preguntémonos, pues: ¿Cómo habrá sido el nacimiento de una niña en tiempos de Joaquín y Ana? Santo Tomás de Villanueva profundiza en el tema, al decir:
«A menudo he reflexionado y me he preguntado por qué los evangelistas, que hablaron tan extensamente de Juan Bautista y los apóstoles, nos cuentan tan sucintamente la historia de la Virgen María, que supera a todas las demás en su experiencia y estatura personal. ¿Por qué, pregunto, no se nos ha hablado de su concepción, su nacimiento, su educación, sus hábitos, las virtudes que la adornaban, la relación humana que tenía con su hijo, cómo se relacionaba con él, cómo vivió con los apóstoles después de su ascensión? Todas estas cosas eran importantes, y los fieles las habrían leído con singular devoción, y habrían complacido al pueblo. ¡Oh, evangelistas, a vosotros os dirijo! ¿Por qué nos habéis privado de tanta alegría con vuestro silencio? ¿Por qué habéis omitido detalles tan gozosos, tan esperados, tan agradables?» (Obras Completas, vol. VII, p. 266).
En estas palabras encontramos una importante sugerencia para nuestra fe: cuestionar la Escritura y a sus autores, dialogar sobre el texto y conversar con los testigos de la Revelación, como con amigos. Somos, en efecto, «conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19), y de la misma María aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que pregunta (Lc 1,34) e interpreta los acontecimientos, guardándolos y conectándolos en el corazón (Lc 2,19, 51).
El evangelio de Mateo parece dar la razón a Santo Tomás de Villanueva, sobre el silencio evangélico, cuando relata la presencia de María, pero no dice ni una palabra más. Sin embargo, la simple existencia de María (y del Hijo en ella) mueve toda la historia: la de José y toda su familia.
La presencia de María provoca un salto en la genealogía, como una novedad inesperada, capaz de modificar no sólo las expectativas, sino también el comportamiento predecible de un hombre. Lo que José oye, lo que decide y lo que hace, en esencia, es una respuesta a Dios y a la presencia de María, a su absoluta singularidad, que trasciende todo discurso y relato posible. En María, la salvación encuentra un hogar, el del ¡Dios con nosotros! A este respecto, Santo Tomás de Villanueva escribe:
«Con respecto a estas reflexiones mías a las que me referí, sobre por qué no se ha escrito un libro sobre las obras de la Virgen, como se ha hecho sobre las de Pablo, lo único que me viene a la mente es que fue así porque le plació al Espíritu Santo, y que los evangelistas, por impulso, guardaron silencio sobre ella, por la sencilla razón de que la gloria de la Virgen, como leemos en el salmo, estaba toda en ella, y podía imaginarse más que describirse, y que, como resumen de su historia, lo que se expresa en el título es suficiente: que Jesús nació de ella. ¿Qué más queréis saber? ¿Qué más buscáis en la Virgen? Os basta con saber que es la Madre de Dios» (Ibid, p. 266).
Queridos hermanos y hermanas, nos sentimos mareados ante este misterio, y ¡es imposible acostumbrarse a él! Celebramos el nacimiento de una niña llamada a ser la madre de su Creador, la madre de Dios que salva. Ella nace como una simple niña, como las hijas y nietas que sostenemos en nuestros brazos. Hoy le damos los nobles y elevados títulos de señora y reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo más sencillo y silencioso, pero no por ello menos poderoso y transformador. Es el camino de Jesús mismo, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29).
Pues bien, como María, nosotros también estamos «predestinados a ser conformados a la imagen del Hijo» (Rm 8,29). Por gracia, ciertamente, pero también deseando y prefiriendo su camino, sus elecciones y su senda a otros caminos. En Jesucristo, Dios ha elegido las condiciones históricas más humildes y a las criaturas más humildes para manifestar la singularidad de su Reino, en el que la arrogancia no tiene cabida y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida. A este respecto, Santo Tomás de Villanueva añade:
«Deja volar tu imaginación, amplía los límites de tu entendimiento y pinta en lo más profundo de tu alma a una joven purísima, prudente, bellísima, devota, humilde, dulce, llena de toda gracia, riquísima en santidad, adornada con todas las virtudes, embellecida con todos los carismas, absolutamente grata a Dios; amplifícala tanto como puedas, imagínala tanto como seas capaz. El Espíritu Santo no la describió por escrito, sino que esperó a que la pintaras interiormente» (Ibid, p. 266).
Queridos hermanos y hermanas, es la oración contemplativa, que el mundo no nos cuenta, lo que toma forma y lo que en sí mismo posee una nueva fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. Lo necesitamos, en tiempos de destrucción e incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirle.
En la pequeña Belén, el profeta Miqueas presentía el surgimiento de un Rey de Paz, gracias al cual finalmente podríamos habitar la tierra con seguridad (Miq 5,1-4). Y hoy, en la oración colecta, y dirigiéndonos a la pequeña María, pedimos que «la celebración de su nacimiento aumente nuestra paz».
Sí, queridos hermanos, queremos imaginar la paz, ampliar los límites de la comprensión y plasmarla en nuestras almas, reconocer que ya existe, acogerla y servirla. Es don de Dios, aliento del Resucitado, obra del Espíritu Santo. Permitamos que la paz crezca en nuestro interior. Germinará en el mundo. Y la madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión.
León XIV
Act:
07/09/26
@homilías
papales
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()