Domingo de Resurrección

Plaza San Pedro
Vaticano, 5 abril 2026

Queridos hermanos y hermanas, hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría al decir: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos, y con él también nosotros resucitaremos a una vida nueva!

Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar. La muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros.

Éste es un mensaje no siempre fácil de acoger, y una promesa que cuesta aceptar, sobre todo porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, por dentro y por fuera.

Dentro de nosotros, es difícil de aceptar cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo, o cuando las decepciones y la soledad agotan nuestras esperanzas, o cuando las preocupaciones y resentimientos sofocan la alegría de vivir, o cuando sentimos tristeza o cansancio, o cuando nos sentimos traicionados o rechazados. Sobre todo cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, y entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.

Fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles. La vemos en la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, o en la violencia de la guerra que mata y destruye.

En esta realidad, la pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando nuestro espíritu, y en el camino de la historia siembra la victoria prometida. Ella nos pone en movimiento como a María Magdalena y los apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío y que, en cada muerte que experimentamos, también hay espacio para una nueva vida que surge.

El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de los resquicios de la resurrección, que se abren paso en la oscuridad, él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene. Por ello, el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida, sino que estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, y en Cristo resucitado también nosotros resucitaremos.

Así nos lo recordaba Francisco I en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, afirmando que «la resurrección de Cristo no es algo del pasado, sino que entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo». En efecto, «donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección, como una fuerza imparable» (Evangelii Gaudium, 276).

Ciertamente, muchas veces nos parece que Dios no existe, sobre todo cuando vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que, «en medio de la oscuridad, siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (Francisco I, Evangelii Gaudium, 276).

Hermanos y hermanas, la pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: el «primer día de la semana» (Jn 20,1).

El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo. Al mismo tiempo, nos anuncia que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad. La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario.

Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y nosotros, los resucitados con Cristo, somos quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, y anunciémoslo a todos. Llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte pueda resplandecer la luz de la vida.

Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.

León XIV

 Act: 05/04/26    @homilías papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A