Solemnidad de Pedro y Pablo

Basílica San Pedro
Vaticano, 29 junio 2026

Queridos hermanos, recordamos hoy a San Pedro y San Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma, uno elegido por Jesús como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos dos pilares de la Iglesia.

Pedro, guardián del pueblo de Dios, aparece muchas veces comprometido en la comunión entre sus hermanos. Es él quien, a orillas del mar de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente infructuoso, le dice al Maestro: «No hemos pescado nada» (Lc 5,5), y parte de nuevo, llevándose consigo a los demás.

Mientras muchos se alejan del Señor, tras el duro Discurso del Pan de Vida, Pedro le dice al Mesías: «¿A quién iremos?» (Jn 6,68), y hace mantenerse a los otros once junto al Maestro. En Cesarea, Pedro habla por todos y reconoce a Jesús como Hijo de Dios, en la profesión de la única fe (Mt 16,13-19). Tras la resurrección, y a orillas del lago, Pedro se arroja al agua y nada delante de los demás, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (Jn 21,1-17).

Permaneciendo en Jerusalén, y ante la cuestión de admitir a los paganos al bautismo (lo cual amenaza con dividir a la comunidad), Pedro reúne a sus hermanos, preserva la comunión y dice: «Creemos» (Hch 15,11).

Esta grandeza de espíritu no significa que Pedro fuera perfecto. Durante la pasión, Pedro negó al Maestro, y eso le hizo derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento (Lc 22,54-62). El mismo Pablo, en distintas ocasiones, le reprocha su inconsistencia en alguna de sus conductas (Gál 2,11-14). Sin embargo, Pedro supo reconocer sus errores y arrepentirse, sin desanimarse ni descuidar su misión de congregar al rebaño de Cristo.

Esta preocupación fiel y paciente por la unidad se expresa claramente en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (Mt 16,19). Una llave no derriba puertas, sino que las abre y las cierra, buscando en su interior las palancas adecuadas. Las llaves necesitan acompañar sus movimientos, disolver los bloqueos, hacer deslizar las puertas. Las llaves unen espacios y transforman muchas habitaciones aisladas en un hogar acogedor.

Del mismo modo, la comunión en la Iglesia no se construye aferrándose a las propias posturas, sino buscando puntos de convergencia en la verdad, a cuya luz cada uno se convierte en instrumento de crecimiento para el otro.

Desde esta perspectiva, podríamos interpretar la tarea encomendada por el Señor a Pedro y a sus sucesores, para beneficio de todo el pueblo de Dios: escuchar las voces de cada uno, discernir las inspiraciones, guiar sus caminos, corregir errores, acompañar a los hermanos y conseguir de ellos que, dóciles a la acción del Espíritu (1Cor 12,1-11), cooperen en la salvación mutua y de toda la humanidad.

El ejemplo de Pedro es también una invitación a ser constructores de unidad, poniendo a Dios en el centro de la vida y acercándonos a los hermanos y hermanas, atentos a sus experiencias y necesidades (Francisco I, Catequesis, 9-X-2024). Así es como «llevaremos a término la proclamación del evangelio» (2Tm 4,17).

Pablo es el otro gran apóstol que hoy celebramos, y el incansable proclamador de la buena nueva. Él también tiene símbolos distintivos (el libro y la espada), estrechamente ligados. Como dice el autor de la Carta a los Hebreos, «la palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que cualquier espada de dos filos, capaz de penetrar hasta lo más profundo del alma y del espíritu y de discernir «los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hb 4,12).

Esto fue lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (Flp 3,12) y llevándolo a proclamar el evangelio por todo el mundo. El apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la palabra de Dios, se apartó de la violencia y se adentró en el camino del amor.

Al comentar la conversión y misión de Pablo, San Agustín dijo: «Mientras iba a Damasco con el corazón estremecido por las amenazas y las masacres, fue llamado por su nombre y arrojado al suelo por una voz celestial» (Homilías, CCXCIX, 6), y añadió: «Dios tomó al perseguidor de la Iglesia y lo convirtió en mensajero de paz. Le perdonó todos sus pecados y lo colocó en un ministerio donde podía perdonar los pecados de los demás» (Ibid).

Queridos hermanos, hoy es importante que miremos a estos dos santos (Pedro y Pablo) para comprender cómo nosotros. Haciéndolo, podremos ser mejores apóstoles y constructores de unidad, así como más generosos servidores de la verdad en la caridad-

Con este espíritu, nos preparamos para vivir el antiguo y conmovedor rito de la presentación de los palios, a los arzobispos metropolitanos.

Estas fajas de lana blanca adornadas con cruces expresan el compromiso de todo pastor de cargar sobre sus hombros a los hermanos que le han sido confiados (como a corderos del rebaño del Señor) y de sacrificar por ellos su energía, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el evangelio llegue a todos y el mundo encuentre en él armonía y concordia (Vaticano II, Gaudium et Spes, 38).

Con estos sentimientos, tengo el placer de dirigir mi cordial saludo a los miembros de la delegación del Patriarcado de Constantinopla, enviada por nuestro queridísimo hermano Bartolomé y encabezada por su eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.

Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que él trazó, por el cual oró al Padre en la Última Cena (Jn 17,21-23), la meta que nos enseñó a anhelar con firme esperanza (Benedicto XVI, Homilía, 29-VI-2012).

León XIV

 Act: 29/06/26    @homilías papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A