Jueves Santo

Basílica San Juan de Letrán
Roma, 2 abril 2026

Queridos hermanos y hermanas, la solemne liturgia de esta tarde nos introduce en el Triduo Santo de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús, como invitados a la cena en la que el pan y el vino se convierten para nosotros en sacramento de salvación.

Participamos, en efecto, en un banquete durante el cual Cristo, «habiendo amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Su amor se convierte en gesto y alimento para todos, revelando la justicia de Dios. En el mundo, precisamente allí donde prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser.

Durante esta Última Cena, Jesús lava los pies a sus apóstoles, diciendo: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15). El gesto del Señor forma una sola cosa con la mesa a la que nos ha invitado. Este es un ejemplo del sacramento, que a la vez que confirma su sentido confía una tarea, que nosotros queremos asumir como alimento para nuestra vida. De hecho, el evangelista Juan elige la palabra griega upodeigma (lit. lo que se muestra ante los propios ojos) para relatar el acontecimiento del que fue testigo.

Lo que el Señor nos muestra, tomando el agua, la palangana y el delantal, es mucho más que un modelo moral. De hecho, nos entrega su propia forma de vida. Lavar los pies es un gesto que resume la revelación de Dios, un signo ejemplar del Verbo hecho carne y de su memoria inconfundible. Al asumir la condición de siervo, el Hijo revela la gloria del Padre, desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia.

Junto con la muda sorpresa de sus discípulos, incluso el orgullo humano nos hace abrir los ojos a lo que está sucediendo. Al igual que Pedro, que al principio se resiste a la iniciativa de Jesús, también nosotros debemos aprender continuamente que «la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza, en que sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión» (Benedicto XVI, Homilía, 20-III-2008).

Estas palabras de Benedicto XVI reconocen con lucidez que siempre estamos tentados a buscar un Dios que "nos sirva", que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder. En cambio, no comprendemos que Dios nos sirve con un gesto gratuito y humilde (lavar los pies), mostrando en ello toda su omnipotencia. Así se cumple la voluntad de dedicar la vida a quien, sin este don, no puede existir. El Señor se arrodilla para lavar al hombre (por amor a él), y el don divino nos transforma.

Con su gesto, Jesús no sólo purifica las idolatrías y blasfemias que han mancillado la imagen que nos hemos hecho de Dios, sino que purifica también nuestra imagen del hombre, que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido.

Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da un ejemplo de entrega, de servicio y de amor. Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, y no porque seamos incapaces de ello sino para aprender a hacerlo como Jesús, a saber: como un digno divino impreso en la historia del mundo, como tarea de por vida.

Jesús es el criterio auténtico, el "maestro y Señor" (Jn 13,13) que despoja de todas sus máscaras tanto a lo divino como a lo humano. Él no ofrece su ejemplo cuando todos están felices y lo aprecian, sino en la noche en que fue traicionado, en la oscuridad de la incomprensión y la violencia. Lo hace para que quede bien claro que el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros, sino para que podamos corresponder a su amor.

Aprendamos de Jesús este servicio recíproco. De hecho, él no nos pide que se lo devolvamos, sino que lo compartamos entre nosotros, al decir: «Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (Jn 13,14). Con ello, Jesús no hablaba de un imperativo abstracto, ni de una orden formal y vacía, sino de un fervor obediente. El ejemplo dado por Jesús, en efecto, no puede ser imitado por conveniencia, de mala gana o con hipocresía, sino sólo por amor.

Dejarnos servir por el Señor es, por tanto, condición para servir como él sirvió. Si yo no te lavo, le dijo Jesús a Pedro, «no podrás compartir mi suerte» (Jn 13,8), a forma de decirle: Si no me acoges como siervo, no puedes creer en mí ni seguirme como Señor. Al lavar nuestra carne, Jesús purifica nuestra alma. En él, Dios ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; no de cómo se destruye, sino que cómo se da la vida

Ante una humanidad abatida por tantos ejemplos de brutalidad, postrémonos también nosotros ante nuestros hermanos y hermanas oprimidos. Así es como habremos seguido el ejemplo del Señor, haciendo realidad lo que hemos escuchado en el libro del Éxodo: «Este será para ustedes un día memorable» (Ex 12,14). Sí, toda la historia bíblica converge en Jesús, el verdadero Cordero pascual. A través de él, las figuras antiguas encuentran su pleno significado, porque Cristo celebra la Pascua abriendo para todos el paso del pecado al perdón, de la muerte a la vida eterna.

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía» (1Cor 11,24). Al renovar los gestos y las palabras del Señor, esta misma tarde recordamos la institución de la eucaristía y del orden sagrado. El vínculo intrínseco entre los dos sacramentos representa la entrega perfecta de Jesús, sumo sacerdote y eucaristía viva por los siglos.

En el pan y el vino consagrados se encuentra el «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 47).

En los obispos y presbíteros, constituidos «sacerdotes del nuevo testamento» según el mandato del Señor (Concilio de Trento, De Missae Sacrificio, 1), reside el signo de su caridad hacia todo el pueblo de Dios, al que están llamados a servir con todo su ser.

El Jueves Santo es, por tanto, un día de ardiente gratitud y de auténtica fraternidad. Que la adoración eucarística de esta noche, en cada parroquia y comunidad, sea un momento para contemplar el gesto de Jesús, arrodillándonos como él se arrodilló y pidiendo la fuerza para imitarlo en el servicio del amor.

León XIV

 Act: 02/04/26    @homilías papales       E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A